Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) La impostora
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La impostora

ALANA SE ACERCÓ para ver el Ojo Sagrado de Eluvá.

—¿Dice que es una réplica, entonces? —preguntó.

—Lo es —respondió la gran abadesa.

—¿Cómo es que se dio cuenta? ¿La diferencia es aparente?

—No es aparente. Es una excelente réplica, de hecho. Ninguna de mis monjas se dio cuenta. No me sorprende. Son muy pocas las que bajan aquí, y mucho menos las que conocen a profundidad los tesoros que este lugar protege.

—Cuando dice proteger, gran abadesa, ¿a qué se refiere? Con todo respeto, pero no he visto ni un solo guardia.

—¿Por qué habríamos de necesitar guardias en el Templo Redondo? —preguntó la anciana, su voz ligeramente tensa—. Estamos a medio camino de la cima de un monte, detrás de murallas impenetrables que son resguardadas por vigías.

No eran muchos atalayas , se dijo Alana, pues no recordaba notar ninguno. Sin embargo, la vieron acercarse, lo cual significaba que habría por lo menos alguien al tanto de quienquiera que se acercara. Eso sí, la única entrada al convento parecía ser la gran puerta principal.

—Además, toda persona que entra y sale —continuó Aluán— lo hace bajo nuestro estricto control. Sí, hay un par de hermanas que una vez a la semana bajan a desempolvar los objetos. Además de ellas, nadie viene aquí, excepto personas muy contadas y por invitación.

—¿Ninguna de ellas vio o notó algo extraño?

Aluán negó con la cabeza.

—Entonces —dijo Alana—, fue usted la que vio que algo andaba mal. Que la piedra había sido suplantada.

—Así es. Algo aquí me lo dijo —aseguró, apuntando con su dedo al corazón—. Eso y el hecho de que la mujer, la impostora, mencionó el Ojo Sagrado en su conversación.

—¿Preguntó al respecto?

—Preguntó si todavía lo resguardábamos.

—Ah.

—No me causó sospecha porque ella, la impostora, estaba alabando nuestro santuario y, durante la conversación, mencionó que su padre había dicho que ningún otro lugar en el reino resguardaba tesoros como los aquí encontrados.

De nuevo, no me causó sospecha porque, efectivamente, su padre sabía sobre el Ojo Sagrado.

Después de todo, la reliquia se encontró precisamente en Ilyón, donde don Jandarani es marqués.

—¿Quién fue el que lo encontró?

—Lo encontró la venerable hermana Eniada hace unos dos mil quinientos años. Ella fue quien fundó nuestra orden y este convento, pero la reliquia permaneció en Ilyón por siglos, pues los habitantes de esa región la consideraban santa.

—¿Quién, entonces, trajo el Ojo aquí?

—Yo misma —dijo la abadesa, satisfecha—. Aunque todo sucedió con extrema confidencialidad.

Eso no le sorprendía a Alana. Ella no había escuchado que el Ojo estuviera allí, en la ciudad de Tresden.

—¿Por qué se hizo con tanto sigilo? —decidió preguntar.

—Porque los habitantes no solo de Ilyón, sino de toda la región de Anumá, consideran que esta reliquia les pertenece. Algunos dicen que fue el Ojo Sagrado quien los protegió de sucumbir ante el Imperio de Ragidán, en las incursiones.

—¿Y entonces por qué está aquí, gran abadesa?

—¿Sabes cuántas veces lo intentaron robar en el lugar donde estaba? Decidimos traerlo… para resguardarlo.

—Pero lo han robado.

La piel de la cara de la abadesa Aluán se tornó carmesí:

—Evidentemente. Por tanto, es imprescindible recuperarlo. Todo debe hacerse con mucho… tacto. Si se llegara a saber, el escándalo sería, eh, considerable .

—Cuando habló usted con mi comandante, ¿le comentó esto?

—No —admitió la anciana—. Pensé que enviaría al capitán Arjen, quien es de mi confianza, y que él se encargaría de la situación.

—Lamentablemente, el capitán está fuera de la ciudad.

—Hmm. Ya veo. Eso lo explica.

Alana decidió ignorar ese comentario. Sí, lo quisiera o no, para bien o para mal, ella estaba ahora a cargo. Quizás cuando regresaran el capitán Arjen y el sargento Zark, tomarían ellos el caso. Pero mientras tanto, era su responsabilidad.

—Así que usted trajo el Ojo. Esa es la razón por la que reconoció que esta piedra es falsa.

—Así es. Casi todo está bien. Pero el color…

el color no es exacto. El real es de un verde más oscuro.

También, el diámetro del círculo negro está equivocado.

Es más grande de lo que debería. Pero la prueba irrefutable es esta —agregó, tomando el cristal en sus manos, enseñando la parte de abajo—.

Aquí. El Ojo Sagrado tiene una ligera marca, apenas visible.

Un rasguño similar en forma y tamaño a la lúnula de la uña.

Varias personas han visto el Ojo Sagrado, pero pocos ese rasguño. Quizás yo sea la única. No lo sé.

Alana se quedó pensando por un momento. Preguntó:

—Entonces, usted está segura de que el Ojo fue robado por la impostora que vino junto con otras tres mujeres. La impostora pretendió ser la hija del marqués.

—Así es. Luego la impostora bajó aquí, cambió la reliquia por esta piedra y se largó.

—Ya veo. Y ¿qué es lo que le hace pensar que la impostora es Ilda Kladán?

La gran abadesa respiró hondo y exhaló con fuerza. Miró a la monja delgada de ojos color miel, y le dijo:

—Dile.

Zanda, la monja, explicó:

—Comenzamos a sospechar que algo andaba mal cuando la supuesta hija del marqués acortó su estadía por casi una semana.

Muy temprano dijo que tenía que salir urgentemente.

Le dimos, por supuesto, la salida. Luego, esa misma noche, recibimos una carta firmada y sellada por el marqués de Ilyón, disculpándose y explicándonos que su hija no podría acompañarnos en el convento, pues estaba gravemente enferma y siendo atendida en el castillo del marqués.

—¿Cómo? —preguntó Alana—. ¿Enferma? Es decir, ¿la hija del marqués nunca salió de Ilyón?

—Exactamente —dijo la gran abadesa.

—Por supuesto —dijo la hermana Zanda—, pensamos que era un error.

Enviamos un mensaje inmediatamente de regreso al marqués, explicando lo sucedido acá.

Días después, recibimos su respuesta. Estaba inmensamente preocupado.

Nos dijo que quienquiera que había venido no era su hija, pues la verdadera Diriana Jandarani apenas comenzaba a recuperarse de su dolencia.

—¿Sabe el marqués sobre el robo?

—¡Por supuesto que no! —respondió la abadesa Aluán—. ¡Y no es necesario que lo sepa!

—¿Cómo saben que la impostora es Ilda Kladán?

La abadesa miró a Zanda, dejando, de nuevo, que fuera ella quien explicara.

—A decir verdad, no estamos completamente seguras —dijo Zanda—. Pero me puse a investigar. Pasé días y días preguntando, tratando de seguirle la huella. Hicimos un retrato de la impostora. Finalmente, alguien lo vio y me dijo: «Es Ilda Kladán, la estafadora».

—¿Tiene el retrato? Yo he visto a Kladán en persona.

—Aquí lo traigo.

La hermana Zanda sacó de su túnica un pequeño pedazo de cuero, en donde alguien había dibujado, con bastante destreza, el rostro de una hermosa mujer.

—¿La reconoce? —le preguntó la abadesa a Alana.

—Sí. No tengo ninguna duda. Es ella.