Unos veinte
ELADÁN SE DESPERTÓ cuando escuchó la campana anunciar la segunda hora desde el amanecer.
Al principio se sintió completamente desorientado. ¿Dónde estaba?
Miró a su alrededor. No estaba en la litera en la que normalmente dormía dentro del cuartel de los sabuesos.
Le dolía la cabeza y tenía sueño.
Se sentó en la cama, cuyo colchón, tan aplastado como una tortilla, no había hecho diferencia alguna en su espalda, que le tronó al estirarse.
Entonces recordó lo sucedido la noche anterior.
Sobre todo, el ataque. Y la voz: «Mi nombre es Anur, el Segundo. Uno de los supervivientes, servidores del gran Nigromante. Tengo un mensaje para ti, Eladán de Nurani, sabueso del rey».
Un poco de luz se filtraba por los postigos de una pequeña ventana en el cuarto, y así, como de golpe, recordó todo.
Estaba en un mesón.
Después de ser atacado, había decidido meterse en el primer mesón moderadamente decente que encontró, para dormir. De lo contrario, habría tenido que caminar otra media hora hasta el cuartel, y no quería caer en alguna otra emboscada.
Así que encontró este lugar, pidió un cuarto que tuviera candado y tranca.
El mesonero le ofreció uno, diciéndole que podía ofrecerle un barrote para la puerta y otro para la ventana por el precio adicional de cinco cobrines.
Aunque le pareció un poco caro, considerando que solamente pasaría allí parte de la noche, estaba tan cansado que accedió sin regatear.
Después de asegurar puerta y ventana, se quitó la capa, el cinturón y las botas, y se lanzó a la cama, con la espada a la distancia de su brazo.
Por fortuna, pasó la noche sin incidentes. Había dormido como piedra en lodo.
Cuando bajó las escaleras, vestido y armado, encontró abajo una modesta fonda llena de gente que conversaba alegremente. No le sorprendió el gentío, pues era el primer día del festival.
Olía estupendamente, a pan recién horneado, huevo y tocino. Además, el olor del tabaco lo reanimó.
Se sentó en un banquillo frente a una mesa que oscilaba, y pronto lo atendió un chiquillo al que le faltaban los dos dientes frontales.
El chaval, leyéndole la mente, ya le traía una jarra de aguamiel, y le ofreció el plato mañanero.
Después de desayunar, salió. Por el callejón andaban hombres, mujeres y niños. En la calle, al igual que en toda la ciudad, se habían multiplicado las tiendas y negocios. Parecía que todo ciudadano que tuviera una casa frente a una calle había decidido convertir su hogar en tienda o fonda.
Había quedado en verse con Alana y su auxiliar por la noche. Antes, tenía cosas que hacer.
Decidió ir primero al depósito mortuorio de ese barrio, para después visitar a la viuda de Zadán Zekse y darle la noticia.
Era, ahora que lo pensaba, la primera vez que le tocaba a él dar la noticia a un familiar sobre la muerte de un ser querido. Suponía que, cuando lo ascendieran a sargento, tendría que hacer esa labor con más frecuencia. Otra razón por la que no estaba tan apresurado por ascender.
Sí, el pago sería mejor, pero la realidad es que el dinero ni le importaba ni le faltaba.
Después de todo, su padre se había hecho con mucha plata con sus barcos mercantes que transportaban todo tipo de mercancía entre la provincia de Nurani, la gran isla de Azkharel y las pequeñas islas-reino del Aden-akash.
Eladán tenía una muy buena relación con su padre, Darán, pues él estaba orgulloso de que su hijo fuera sabueso del rey.
Su padre mismo había sido comandante naval en la Gran Guerra, pero se retiró con honores debido a una herida por la que perdió el brazo izquierdo entero.
Su padre, entonces, retomó el descuidado negocio familiar que estaba a punto de quebrar, y lo convirtió en lo que era ahora: un pequeño imperio.
Sin embargo, el corazón de su padre seguía siendo militar. Cada mes, Eladán recibía una carta de él y su madre, la cual prontamente respondía.
Quizás lo único que le decepcionaba era que su hijo siguiera siendo cabo. Aunque eso sí, ser un cabo de los sabuesos del rey no era lo mismo que serlo en el ejército o en la guardia de la ciudad.
Al llegar al mortuorio, encontró al soldado Desani, junto con otro soldado, montando guardia a la puerta.
El soldado lo saludó con un golpe en el pecho y dijo:
—Buen día, mi señor. ¿Todo bien?
—Todo bien —le respondió. Prefirió eso a decirle: «Ayer por la noche fui atacado por un engendro del mismísimo infierno, dormí en una pésima cama, pero almorcé unos excelentes huevos con tocino»—. ¿Qué noticias?
—Hace una hora llegó el médico para examinar los restos.
—¿Sigue el médico aquí?
—Sí.
Entró y encontró al médico examinando de cerca una de las cabezas.
Traía puesta la prenda que lo distinguía: una túnica blanca con una estola roja cruzándole el pecho.
Era un hombre calvo y sin barba, con profundas arrugas en la frente, y le faltaba el ojo izquierdo.
En su lugar, una enorme cicatriz vertical que comenzaba por encima de la ceja y bajaba por su mejilla.
—Buenos días, sabueso —le dijo el maese físico.
—Que Eluvá ilumine su rostro.
—Y el tuyo.
Su voz era profunda, como imaginaba que sería la de un profesor venerable de la Universidad Real.
—Así que fuiste tú el que encontró esto —le preguntó apuntando a las partes del cuerpo que estaban acomodadas en una mesa larga hecha de piedra.
—Así es, maese.
El doctor afirmó con la cabeza. Dijo:
—Mi nombre es Rauel de Iraná.
—¿Fue médico en el ejército?
—Así es. Se nota, ¿eh?
—Sí.
—¿Y tú eres…?
—Mi nombre es Eladán Ikse de Nurani.
—¿Ikse? ¿Qué relación tienes con el comandante Darán Ikse?
Eladán se sorprendió:
—Es mi padre.
—¿De veras? Qué pequeño es el reino. Durante tres años fui médico en su flota.
—¡Vaya!
—Un hombre valiente y honorable. ¿Aún vive?
—Aún vive. Dejó el ejército, sin embargo, después de perder su brazo.
—Recuerdo escuchar eso. El cirujano que lo atendió es amigo mío. Bueno, lo era, pues ya partió al viaje eterno. ¡Qué pequeño es el reino! —reiteró. Luego agregó, mirando los pedazos de carne—: Cuéntame. Cuéntame todo lo que puedas.
Eladán lo hizo, evitando detalles sensibles de la investigación.
El físico escuchó con mucha atención, sus ojos marrones lo miraban con una intensidad notable.
—Bien —dijo el hombre, rascándose el cráneo. Luego se pasó los dedos inconscientemente por la cicatriz de su cara, para luego acariciarse el mentón—. Hay varias cosas que he encontrado y me parecen interesantes. Acércate.
Eladán lo hizo.
—¿Cuántos cuerpos crees que son, sabueso?
—Siete cráneos, pero parecen pertenecer a unas diez personas.
—Eso parece, a simple vista. Pero, al examinar cuidadosamente, llegué a otra conclusión. Aquí hay unos veinte cuerpos.
—¿Tantos?
—Sí. Este brazo, por ejemplo —dijo apuntando—, no pertenece a ninguno de los torsos. Y esta pierna, igual. Lo mismo con esta cabeza. Se llega a esa conclusión por el tono de piel, el tipo de corte, etcétera.
—Entiendo.
—Por lo tanto, llegamos a varias preguntas. ¿Por qué tenían solamente estos pedazos guardados? ¿Y dónde está el resto?
—No lo sé —respondió—. Pero lo investigaré.