Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) El Ojo
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El Ojo

LA GRAN ABADESA hizo una pausa para dejarla hablar.

—Entiendo que ya esperaban mi arribo —dijo Alana.

—Así es. Recibimos una paloma del comandante Acklen, diciendo que esperáramos la visita de uno de los sabuesos. No sabíamos quién vendría, pero di la instrucción al atalaya de la torre de que estuviera atento para cuando viera a un soldado vestido de negro acercarse a nuestras puertas.

¿Será que esperaban que viniera el capitán Arjen, en lugar de mí? , pensó. Eso no importa. Yo soy la sargento encargada de este caso, y debo actuar como tal.

—Gracias por recibirme en este santo lugar —dijo Alana—. Me ha sido encomendada la tarea de capturar a Ilda Kladán, para que responda ante las acusaciones que se le imputan.

—¿Por ejemplo?

—Sobre ella pesan once acusaciones de fraude y una orden de captura emitida por la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.

—Once se me hacen pocas —dijo la abadesa.

—Seguiremos investigando.

—¿Qué hay de robo, secuestro y asesinato?

—El informe que recibí menciona que hay sospechas de ello, aunque sin evidencia sólida. — Aunque no me queda duda, considerando que por poco me mata.

—Pues te lo puedo prácticamente garantizar.

—Esa es una de las razones por las que estoy aquí, eminencia. Para recabar testimonio e información que me ayude con la captura de Kladán. Y con su encierro, eventualmente.

—Su ejecución, espero.

—Si el juez así lo determina, así será —respondió Alana.

La ley de Tresden admitía la pena capital por varios delitos, incluyendo la traición, el asesinato, la violación y, en algunos casos puntuales, el secuestro.

—Un caso como este llegaría a los principales jueces de la ciudad. Los conozco a todos. Estoy segura de que mi testimonio sería de gran ayuda.

—Indudablemente, eminencia. Lo que entiendo es que recibieron una visita de Ilda Kladán algunas semanas atrás.

El semblante de la gran abadesa Aluán se ensombreció.

—Sí —respondió—. Aunque, por supuesto, no sabíamos que era ella.

La abadesa se puso de pie.

—Acompáñame. Te contaré mientras te llevo al lugar del robo.

Salieron por una puerta lateral, acompañadas de la monja de ojos claros cuyo nombre no sabía todavía. Anduvieron por un largo pasillo.

—Todo comenzó meses atrás, cuando recibí un mensaje de don Arnel Jandarani, marqués de Ilyón, un territorio en la provincia de Anumá, cerca de la frontera norte.

Él ha sido gran protector de nuestras monjas que hacen la labor de Dios en aquella provincia.

Cuando me dijo que su hija, la heredera de la marca, vendría a Tresden, por supuesto que le ofrecí que nos visitara aquí, en el Templo Redondo.

Salieron a un patio interior grande, atravesándolo por el lado izquierdo.

—Entonces, la hija del marqués llegó… ¿hace cuánto…? —preguntó la abadesa mirando a la monja por encima del hombro.

—Treinta días, su eminencia —respondió la mujer con su voz elegante y suave.

—Sí, treinta días. Llegó ella junto con tres siervas.

Se presentó como Diriana Jandarani, hija del marqués.

La última vez que yo la vi, ella tenía unos diez años.

Así que no conocía su aspecto. Pero traía consigo una carta firmada por su padre.

No estaba sellada. Allí debí sospechar algo.

Pero actuaba con tal naturalidad, y puesto que no tenía razón para sospechar algún engaño, asumí que era ella.

Subieron unas escaleras exteriores, cruzaron un puente que conectaba dos de los enormes edificios, entraron por una puerta pequeña y comenzaron a descender unas escaleras angostísimas en caracol.

Mientras descendían, la abadesa Aluán no habló, pues se concentraba en poner un pie después del siguiente sin tropezarse, pues una caída a su edad podría ser catastrófica.

Debieron de haber descendido por lo menos unos tres pisos. Al final de las escaleras incluso a Alana le faltaba el aliento.

La abadesa se sentó en una silla cercana y tomó un poco de agua de una jofaina que ya le tenían allí preparada sobre una mesita.

—Hace mucho yo era como tú, sargento Alana. Joven, fuerte y hermosa. Nunca usé la espada, pues es un arma de los débiles. ¿Sabes cuál es el arma de los poderosos?

—La pluma —contestó ella, pues lo había leído en El libro del guerrero , escrito por el Quinto Profeta.

La abadesa levantó las cejas, y también la monja de ojos claros la miró con curiosidad.

—¿Eres mujer lectora? —preguntó Aluán.

—Crecí con libros —respondió ella—. No por mi padre, sino por mi abuela.

Tenía una pequeña biblioteca en la casa de la familia, y por las tardes entraba y ella sacaba algún libro y me leía.

Es una mujer devota. Me leyó Los siete libros .

Sin embargo, lo perdimos todo cuando huimos de nuestro pueblo.

Los ragidianos incendiaron nuestra casa. La biblioteca… quedó hecha ceniza.

—Lamento oír eso, sargento. —La abadesa tenía un rostro de genuino abatimiento—. La guerra fue… terrible. Por decir poco. Eluvá maldiga a Ragidán. ¿Se perdieron todos los libros?

—Casi todos. Mi abuela hizo que uno de mis hermanos llenara un par de alforjas con sus libros más preciados, en especial los de cartografía. Es un tema que le apasiona. Cuando finalmente nos acomodamos en Tresden, ella fue comprando más libros, poco a poco.

—¿Aún vive?

—Aún vive. Ya no puede ver tan bien.

—Tu abuela es una mujer extraordinaria.

—Lo es.

—¿Han visitado la Torre Invertida?

—Solo el primer piso —respondió Alana. Era, por supuesto, un sueño tanto de ella como de su abuela, ir más allá del primer piso.

La Biblioteca Real, apodada la Torre Invertida, era casi tan antigua como el reino mismo, habiendo sido construida más de tres mil años atrás.

Albergaba cientos de miles de códices, pero a la ciudadanía solo se le permitía entrar al primer piso, excepto con una dispensación especial.

—Es impresionante. Visita obligada para los que somos amantes de los libros.

—Fue de los primeros lugares que mi abuela y yo visitamos cuando llegamos a Tresden —dijo. Cuando mi abuela aún caminaba, pensó.

—Les daré un permiso especial. Para entrar a los primeros tres pisos. Más allá de eso es casi imposible, excepto para los eruditos.

Alana se quedó sin palabras. Había escuchado que la gran abadesa era una mujer temible, con espías esparcidos por el reino entero. Sin embargo, le acababa de ofrecer la oportunidad de ver lo que muy pocos.

—Yo… —balbuceó—. Gracias.

La abadesa apuntó a la monja con un dedo y dijo:

—La hermana Zanda te escribirá un pase con mi sello. Lo muestras y te darán franca entrada.

—Gracias, gran abadesa. No sé qué decir, o cómo agradecer.

—Nada qué agradecer. —La anciana se puso de pie—. Acompáñame. Estamos cerca.

Llegaron a un salón inmenso y oscuro. Alana no alcanzaba a distinguir el techo.

Apenas un par de antorchas iluminaban una parte de la estancia.

Lo que vio la dejó sin palabras. Parecía un museo oculto bajo tierra.

Sobre pedestales de piedra, mesas de barro y soportes de bronce descansaban toda clase de reliquias: espadas cubiertas de inscripciones, cascos de formas extrañas, escudos, pequeños cofres con herrajes ennegrecidos, estatuillas de oro y marfil, máscaras ceremoniales, vasijas pintadas, coronas antiguas, tablillas de piedra grabadas con símbolos desconocidos y enormes jarrones que parecían haber permanecido siglos sin que nadie los tocara.

Todo estaba perfectamente ordenado, como si alguien hubiese dedicado una vida a conservar aquel tesoro en las entrañas del convento.

Llegaron a lo que podría ser el centro del salón.

Sobre un elegante pilar de obsidiana relucía una hermosa piedra empotrada en un engaste plateado que asemejaba delgadas ramas de un árbol. Era de color verde, su forma ligeramente ovalada, como la silueta de un ojo, y en el centro tenía un círculo negro.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó la gran abadesa.

—No, su eminencia.

—Este es el Ojo Sagrado de Eluvá.

Alana sintió un escalofrío y emitió un jadeo de sorpresa.

Estaban delante de una legendaria y poderosa reliquia.

—No lo puedo creer —dijo la sargento—. De ella toma su nombre el convento, ¿cierto?

—Así es, sargento.

—No sabía que existía en realidad. Pensé que era un… mito.

—No es un mito —respondió la abadesa—. El Ojo Sagrado existe. Excepto que no es este.

—¿Cómo dice? —preguntó la sargento, mirando a la abadesa.

—Esa, sargento, es una réplica exacta del Ojo Sagrado. La verdadera reliquia ha sido robada. ¿Y sabes quién la tomó?

Alana tenía una muy buena sospecha.