Audiencia
ANTES DE QUE se asomara el sol, Alana y Órnel salieron en dirección del convento del Ojo Sagrado, el cual se encontraba en el monte Altano, dentro de la ciudad, a unas cinco millas en dirección ligeramente al sureste del cuartel.
Aunque intencionalmente se pusieron en marcha muy temprano para tratar de evitar el gentío, ya las calles comenzaban a llenarse de personas que se apresuraban a los templos para ser los primeros en llevar sus ofrendas.
Individuos y familias andaban a paso veloz con sus cestas llenas de vegetales o cereal, botellas de vino y aceite, y frascos de incienso.
Estrictamente hablando, solo una ofrenda era necesaria por persona durante el festival entero, pero muchos devotos irían al templo diariamente para agradecer a Eluvá por la gracia de la Santa Fe Profética, revelada a los Siete Profetas hace unos cuatro mil quinientos años.
—¿Alguna vez ha entrado en el convento? —le preguntó su auxiliar.
—Nunca.
—¿Es verdad que la gran abadesa tiene más de cien años?
—No lo creo.
—Es lo que he escuchado. Que tiene más de cien años porque hizo un pacto con Doriatán.
—¡No digas el nombre del maligno, Órnel! ¡Por los Profetas!
—Mi tío dice que esas son supersticiones anticuadas. Que, hasta donde él sabe, nunca jamás el Príncipe de las tinieblas se ha aparecido cuando alguien lo invoca por su nombre.
—Bueno. No contradeciré al comandante Acklen. Pero eso que dices de la gran abadesa no tiene sentido, y podría considerarse blasfemia. Ni se te ocurra decir semejante tontería cuando lleguemos, porque no dudo que en el convento haya una oreja detrás de cada puerta.
—¿Blasfemia? ¿Por qué sería blasfemia?
—Porque la gran abadesa es una sierva de Eluvá, no del Príncipe de las tinieblas.
—Pero el Príncipe es muy astuto. Dicen que tiene a su servicio a muchos sacerdotes, incluso en el Concilio de los Siete.
—¿Y tú lo crees? ¿De veras lo crees?
El joven se encogió de hombros:
—Uno nunca sabe, sargento. Esta ciudad está llena de maldad.
En eso tiene razón.
Al tiempo vieron los picos gemelos del monte Altano y, sobre una loma, un soberbio edificio blanco cuyas murallas en forma de círculo le habían ganado el nombre por el cual la gran mayoría conocía ese lugar: el Templo Redondo.
Subieron por la vereda empedrada.
—Escucha, Órnel. Deja que las preguntas las haga yo.
—Entiendo, sargento. Tendré el pico cerrado.
En opinión de Alana, su auxiliar tenía el corazón de un niño, aunque el cuerpo de un joven.
Sí, su cabello despeinado color zanahoria, sus ojos grandes rodeados por pecas lo hacían parecer más chico, pero era tan alto como ella, y fuerte.
Y sabía usar bien su espada, mucho mejor incluso que algunos soldados que conocía.
Por un lado, estaba recibiendo excelente entrenamiento bajo la tutela de su tío, el comandante, pero por otro, tenía talento innato.
—No digo que no puedas hablar —explicó ella—. Puedes hacerlo. Solo piensa bien antes de abrir la boca. ¿Sí?
—Lo intentaré —dijo el chico, aunque sin mucho entusiasmo—. ¿Qué es lo que buscamos averiguar?
—La relación entre Ilda y la abadesa. El informe que recibí es que la abadesa fue estafada.
—Me pregunto por qué el capitán no vino él mismo. Mandarnos a nosotros a ver a la gran abadesa… ¡me pone nervioso!
A mí también , pensó ella. Sin embargo, cuando el capitán Arjen le mencionó sobre ir al convento del Ojo Sagrado, ella percibió que él, intencionalmente, no quería ir.
¿Por qué? No lo sabía concretamente. 2 Tampoco le sorprendió demasiado, porque la gran abadesa Aluán era famosa en todo el reino, y no por ser una mujer amable.
Todo lo contrario.
Era la mujer más poderosa en todo el reino de Tresden.
En los últimos años la devoción por las Hermanas del Ojo Sagrado había incrementado significativamente a lo largo del reino.
Aunque las monjas no oficiaban la liturgia sagrada, custodiaban cientos de capillas en las ciudades y los pueblos de las cuatro provincias tresdinas.
Algunos consideraban que la gran abadesa Aluán era la verdadera guardiana de la Santa Fe, incluso por encima del sumo sacerdote y el Concilio de los Siete.
Esto, por supuesto, había tensado las relaciones entre el Templo Redondo y el Templo Sagrado de Eluvá, donde los siete sacerdotes del Concilio se reunían diariamente, y donde el rey escuchaba la liturgia sagrada.
Llegaron hasta el portón de entrada. Era enorme, de hierro pintado en rojo, con un magnífico relieve de Sarguiradán, rey de Erkande, decapitando a Uarán, el dios-rey de los gigantes y los monstruos.
—Vaya —dijo Órnel—. No sabía que Sarguiradán fuera tan musculoso.
—Estoy segura de que exageraron un poco su aspecto físico. Además, esta puerta se construyó, me imagino, muchos años después de la muerte de nuestro fundador.
—Mira —dijo Órnel apuntando a la esquina superior derecha de la puerta—, ahí están los Siete Profetas. Me pregunto…
En ese momento se abrió una puertecita más pequeña que el portón tenía.
Era una monja anciana de ojos azules, vestida con el hábito que las distinguía: una túnica negra holgada, un velo blanco cubriéndole el cabello, la frente y las orejas, el cual descendía por los hombros hasta la cintura.
—¿Eres… la sabuesa? —preguntó la anciana, mirándola de arriba abajo, con unos ojos que parecían desaprobar que ella perteneciera a la Honorable Compañía.
—Así es —respondió, sorprendida, pues no sabía que la esperaban.
—Una mujer, ¿eh? Bien. Tú puedes entrar, pero el chaval se queda afuera. La última vez que entraron hombres, fue un fiasco. Así que se queda afuera.
—Yo espero aquí —dijo Órnel rápidamente, agradecido de no tener que entrar.
—Sígueme —le dijo la monja.
Alana cruzó la entrada y recorrió con la mirada el amplio patio central.
Asombroso , pensó.
Árboles frutales de distintas alturas rodeaban un hermoso estanque.
Un camino empedrado serpenteaba entre ellos hasta la entrada principal del convento.
Al alzar la vista, comprendió por qué tantos hablaban de aquel lugar.
El edificio principal se erguía majestuoso, coronado por un gran domo azul.
Bajo él, una inmensa roseta de vidrios multicolores brillaba reflejando los primeros rayos del sol.
A su alrededor se alzaban otros domos menores y, hacia la izquierda, una torre sostenía una campana.
El convento era tan vasto que varios edificios estaban unidos por puentes de piedra apoyados sobre arcos.
Llegaron al edificio principal, en donde se le pidió dejar sus armas en el zaguán de entrada.
Luego la condujeron por pasillos, algunos angostos y otros anchos, subieron y bajaron escaleras, hasta arribar a un elegante salón con dos puertas dobles de madera que medían en altura lo mismo que una casa de dos pisos.
—La gran abadesa te espera en el salón de audiencias —dijo la anciana.
Frente a la puerta, una monja delgada cuyo velo le cubría el rostro entero excepto los ojos color miel. Fue ella quien, pidiéndole su nombre y rango, abrió la enorme puerta solo lo suficiente para que entraran.
Alana la siguió.
Aunque nunca había estado en el salón del trono real, imaginó que debía de ser parecido a aquel, al menos en tamaño.
Un techo abovedado se alzaba sobre sus cabezas, con cúpulas de cristal de distintos colores que bañaban el salón en una luz que solo podía describirse como mágica.
La estancia no solo era larguísima, sino también descomunalmente ancha.
A lo largo de las paredes se erguían estatuas de marfil de elefantes a tamaño real, con las trompas alzadas, y ni siquiera su presencia lograba hacer que el salón pareciera más estrecho.
Al final del salón, sobre un estrado, le esperaba la gran abadesa sentada en una silla de marfil tan grande que, desde la distancia, la hacía aparecer como una muñeca de juguete.
Cuando estaban a unos diez pasos de llegar al estrado, le invadió el nerviosismo pues nadie le había dicho cuál era el protocolo. ¿Debía postrarse? ¿Inclinarse? Decidió imitar lo que hiciera la monja delgada.
—Que Eluvá ilumine tu rostro —dijo la monja, inclinándose con elegancia ante la abadesa.
Alana hizo lo mismo, sintiéndose tonta.
—Asimismo el tuyo, hermana —respondió la abadesa.
—Le presento a Alana Verlán, oriunda de Burdán-Akesh, sargento en la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.
—Bienvenida, Alana —dijo la abadesa—. ¿Cuál es el motivo de tu visita?
—Su eminencia, he sido enviada por el capitán Arjen Dabidji por cuestión de un caso que estamos investigando.
¿Se había estremecido la monja de ojos color miel al escuchar el nombre del capitán de los sabuesos?
Aluán, la gran abadesa, afirmó con la cabeza.
—Tenemos mucho que hablar, entonces —dijo.