Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) Qué demonios
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Qué demonios

ELADÁN IKSE DE Nurani encendió la tercera pipa de la noche.

Se acababa la tercera vigilia, lo que significaba que quedaba poco más de tres horas de oscuridad antes de que rayara el alba.

Frente a él, diez soldados de la guardia trabajaban en la habitación sacando los pedazos humanos de las cajas de sal. Siguiendo su instrucción, colocaban los miembros ordenadamente en el suelo, trabajando a la luz de varias velas.

Uno de los soldados, jefe de la tropa, se acercó:

—Parece que ya es todo, mi señor sabueso.

Era un hombre joven de cabello rubio, de nombre Desani.

—¿Cuántos cuerpos?

—Imposible saber si están completos, mi señor, pero parecen unas diez personas. Aunque solo siete cráneos.

Eladán opinaba lo mismo.

—No pensé que fueran tantos —dijo el soldado.

—Tampoco yo.

Yo venía buscando a un mercader perdido, y en lugar de eso tengo diez cadáveres, pensó Eladán.

Se acercó a los cuerpos. Estaban bien cortados, y preservados en sal. Lo interesante era que no eran cortes al azar, sino estratégicos, de manera que se preservaban pedazos grandes: brazos, torsos, piernas, cabezas.

—Un buen carnicero hizo esto —dijo el soldado Desani.

—Así parece —contestó Eladán. ¿Pero por qué?

—¿Había visto algo así antes, mi señor?

—Algo como esto, no. En la guerra me tocó ver montones de cuerpos mutilados a las afueras de nuestros pueblos. Pero esto parece haber sido hecho de manera calculada, para preservar las extremidades.

—Si querían deshacerse de los cuerpos, podrían haberlos simplemente quemado. ¿Pero conservarlos en sal? —Desani sacudió la cabeza—. A veces me parece que esta ciudad está maldita. ¿Qué tipo de brujería es esta?

Eladán chupó la pipa y exhaló.

No lo sé. No sé por qué alguien querría preservar el cuerpo de Zadán Zekse.

Zekse no era de los mercaderes más pudientes de la ciudad.

Pero había estado creciendo en su riqueza.

Antes de dedicarse a las piedras preciosas, había tenido un negocio de telas provenientes de la provincia de Erkande.

En ese negocio no le fue tan bien. Comenzó a llenar de dinero sus arcas cuando empezó a vender plata, diamantes, esmeraldas y rubíes que sacaba de las minas en las montañas de Aduán, al noroeste de la gran ciudad.

Su esposa lo reportó desaparecido, una hermosa y joven mujer. Llevaban menos de un año casados después de la muerte de la primera esposa de Zekse.

Eladán se entrevistó personalmente con ella, quien le rogó entre lágrimas que lo encontrara, y le dio en un pergamino un retrato del hombre, especificando que tenía un lunar grande en la mejilla izquierda, justo en el pómulo.

Así es como identificó la cabeza que yacía frente a él, en el suelo.

—¿Qué quiere que hagamos, mi señor sabueso?

—Pongan todo cuidadosamente en el carromato, y llévenlo al depósito mortuorio. Que se encarguen de catalogar los restos. Te escribiré una nota para que se la des al custodio encargado. Que el custodio contacte a un médico, para que analice todo con cuidado.

Le dieron papel y tinta, escribió la nota, firmada y sellada, y se la regresó a Desani.

—Cuatro de vosotros id al mortuorio. El resto se quedará aquí, resguardando el lugar.

—Sí, mi señor sabueso.

Eladán lanzó al suelo las cenizas de su pipa. Tenía el estómago revuelto no solamente por los trozos de carne humana, sino porque no había cenado nada, y el tabaco lo dejaba ligeramente nauseabundo y con dolor de cabeza.

Desani le preguntó si necesitaba escolta, y le respondió que no era necesario.

Salió de allí y se puso en marcha hacia el norte, al séptimo cuartel de los sabuesos. Escuchó la campana cercana de un templo que anunciaba la décima hora de la noche, que era el comienzo de la cuarta y última vigilia.

Vaya noche, pensó.

Le gruñían las tripas. Recordó que por allí cerca estaba la taberna de El Corcel Negro, que con frecuencia abría durante la noche. Se tendría que desviar hacia el río Sereno, pero no demasiado.

Acortó por un callejón angosto. La calle se hizo un poco más ancha y, al doblar a la izquierda, un par de antorchas iluminaron mejor su camino.

De pronto se detuvo y se giró, apresuradamente, con la mano en el pomo de su espada.

Había escuchado un ruido, el ligero rozar de una bota sobre el adoquín.

Efectivamente, a unos doce pasos de distancia, una figura envuelta en un manto negro.

—Hasta allí y ni un paso más —dijo Eladán, firme—, a menos que quieras probar el filo de mi espada.

La figura no respondió, por lo menos no al principio.

Pero luego habló, una voz grave, carrasposa:

—Mi nombre es Anur, el Segundo. Uno de los supervivientes, servidores del gran Nigromante. Tengo un mensaje para ti, Eladán de Nurani, sabueso del rey.

Un escalofrío le recorrió la espalda al escuchar su nombre.

—Habla ya, o lárgate —le respondió—. Que no tengo tiempo para estupideces.

El encapuchado se rio, un sonido gutural y espasmódico:

—Solo una vez serás advertido. Apártate de nuestro camino, y vive. De lo contrario, te unirás a los muertos en el viaje eterno. ¿Cuál es tu respuesta al Nigromante?

¿El Nigromante? ¿Pero qué…?

—No sé quién sea él, pero le puedes responder que se pudra en los infiernos. ¡Ahora lárgate, pedazo de animal!

Tras una breve pausa, el encapuchado empezó a caminar en su dirección mientras sacaba a relucir una espada corta.

Eladán desenvainó y se puso en posición de combate.

Solo esto me faltaba.

—¡He dicho que te detengas! —le gritó.

Pero el otro, más bien, apretó el paso. El capuchón se le bajó y, por un momento, horrorizado, Eladán vio el semblante de su enemigo.

La delgada y grisácea piel se le pegaba a los huesos del rostro.

No tenía labios, solamente enseñaba los dientes blancos, y en las cuencas de los ojos, sin párpados, asomaba solamente un ojo, y en el otro un hoyo oscuro.

— Profetas —musitó el nureño cuando lo tenía a unos cinco pasos.

Se preparó para el choque entre las espadas, pero eso no fue lo que sucedió.

El cadáver viviente saltó, un salto imposible, uno que ni una pantera podría hacer. Pareció flotar en el aire, pasando por lo menos tres codos por encima de su cabeza, el capote ondeando al viento.

Cayó del otro lado con la agilidad de un felino y, girándose sobre sus talones, lanzó un mandoble con una espada de hoja negra. Eladán a duras penas se defendió.

El enemigo se abalanzó sobre él con una fuerza incongruente con su demacrado físico.

El antiguo marinero retrocedió ante la embestida pero, recuperando el equilibrio, contraatacó y, haciendo descender su espada sobre el brazo izquierdo del otro, le hizo un tajo a la altura del codo.

La extremidad cayó al suelo, pero su contrincante ni siquiera gritó. No salió sangre del muñón.

Simplemente retrocedió.

Eladán no sabía cómo interpretar su semblante, porque tenía la misma expresión que antes, con los ojos saltones y los dientes de fuera.

—Ya nos veremos de nuevo —le dijo con esa tétrica voz. Dándose la vuelta, primero corrió, luego saltó imposiblemente sobre un tejadillo, de allí dio otro salto a una pared, y se aupó sobre un techo, desapareciendo.

Eladán temblaba no de miedo, sino por la excitación del combate. El corazón le golpeteaba con fuerza.

Se quedó allí, alerta, para asegurarse de que el engendro de Doriatán, Príncipe de las tinieblas, no se preparaba para contraatacar o, peor, regresar con algunos otros monstruos.

En el suelo, los dedos del brazo se retorcían, como una araña moribunda.

De repente, la mano dejó de moverse. En dos palpitaciones del corazón, se hizo ceniza. Donde había estado un brazo, ahora solo un montón de polvo.

Eladán maldijo:

—Por el Gran Creador, qué demonios es esto.