El capitán y el sargento
—TODAS LAS CAJAS están llenas de cuerpos —dijo Alana, al examinar las otras.
—Santos Profetas —musitó Eladán, inspeccionando también él.
El semblante de Órnel era como el de un fantasma. Dio varios pasos hacia atrás, alejándose del tétrico espectáculo.
—Será mejor que te acostumbres a esto, si quieres llegar a ser sabueso —le dijo el antiguo marinero mientras sacaba su pipa y llenaba el hornillo de tabaco.
—¿Esto es… normal? —preguntó el chaval.
—No diría que normal —contestó Eladán, encendiendo su pipa y exhalando tres bocanadas rápidas de humo, para que el tabaco prendiera bien—, pero te puedo decir que, en mi tiempo en el ejército, y después en los sabuesos, he visto cosas que le quitarían el sueño a cualquiera.
—¿Te quitan a ti el sueño? —preguntó el chico, acercándose lentamente.
—No recuerdo la última vez que soñé —respondió Eladán, envuelto en humo—, pero hay vigilias en donde me despierto con un sudor frío por todo el cuerpo.
Alana sabía perfectamente a lo que se refería. Ella también, algunas noches, despertaba bañada en sudor y con un grito atorado en la garganta.
Es verdad que ella, a diferencia de Eladán Ikse, nunca peleó en la Gran Guerra.
Pero vio los horrores de ella. Huyó junto con su familia de su pueblo natal cuando tenía tan solo cinco años, pero incluso a esa corta edad, el terror de la batalla y sus consecuencias seguían sellados en su memoria.
Su pueblo, incendiado, al igual que los pueblos cercanos.
Montones de cuerpos tirados por el camino.
Y a las entradas de las villas: hombres, mujeres y niños quemados en hogueras, otros crucificados, algunos empalados.
Fue un milagro que llegaron con vida a Tresden, esquivando campamentos enemigos.
Al asentarse en la gran ciudad, todavía transcurrieron diez años de guerra.
Diez años de incertidumbre. Sin saber si las murallas lograrían resguardarlos del avance implacable de los ejércitos del Sagrado Imperio de Ragidán.
Por la gracia de Eluvá, ganaron la guerra cuando ella tenía dieciséis, el mismo año que se unió a la guardia real, ante las vehementes objeciones de su padre, pues la ciudad, si bien estaba eufórica por el tratado de paz firmado, se había inundado de criminales.
—¿Y qué vamos a hacer con esto? —preguntó Órnel apuntando a las cajas.
Eladán miró a Alana, pues aunque él tenía más tiempo que ella en la Honorable Compañía, ella era sargento y, por lo tanto, de rango más alto.
—Hay que informar a la guardia de la ciudad para que vengan y se lleven los cadáveres —dijo ella.
—Yo puedo encargarme de eso —le aseguró Eladán—. Iré al cuartel de la guardia y les informaré de lo sucedido. Probablemente estaremos aquí el resto de la noche.
—Nos quedaremos a ayudar —dijo ella.
—Como usted ordene, sargento —respondió el sabueso—, pero es algo que puedo hacer sin ningún problema.
Sugiero que aprovechen para descansar. Nos podemos ver mañana a mediodía en El Ancla Azul —dijo en referencia a una taberna cercana al cuartel que se había convertido en una de las favoritas de los sabuesos.
Alana lo consideró:
—Sí. Está bien. Gracias, Eladán. Te acompañaremos al cuartel de la guardia.
Salir no fue tan difícil como entrar, pues encontraron una puerta lateral cerrada solo con un barrote.
Poco tiempo después, arribaron al cuartel más cercano de la guardia de la ciudad.
Puesto que Tresden era una metrópoli colosal — con cientos de miles de habitantes y un número incontable de edificios, entre templos, casas y construcciones diversas—, la guardia de la ciudad tenía cuarteles chicos, medianos y grandes salpicados por todo el mapa.
Allí se quedó Eladán, soldado de los sabuesos, para reclutar algunos hombres que le ayudaran a traer los cuerpos descuartizados.
Alana y su auxiliar se dirigieron hacia el norte, al séptimo cuartel de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.
Al arribar, cruzaron el patio de armas, pasaron de largo los barracones —es decir, los dormitorios— y entraron al refectorio común, para ver si encontraban un poco de comida.
Puesto que los sabuesos entraban y salían a distintas horas, normalmente el sargento Gunam, cocinero de la tropa, dejaba algún platillo para aquellos que no llegaban al tiempo en que se servía la comida.
Encontraron que, para su sorpresa, ahí estaban tanto el capitán Arjen como Zark, el sargento primero.
—Buenas noches, caballeros —les dijo al acercarse.
Ambos, que habían estado muy concentrados en su potaje, levantaron la vista. Aunque eran hombres serios y melancólicos, sonrieron al verla.
—¿Qué noticias del frente, sargento? —le preguntó el capitán.
Ella se sentó en la mesa de madera, junto con Órnel. El cocinero había dejado un potaje de lentejas ya frío, y algunos cuencos para servirse.
—Un día interesante, mi capitán —respondió ella mientras llenaba el cuenco y el de su auxiliar.
—¿Sí? —preguntó el capitán.
—¡Casi nos matan! —dijo Órnel.
Ambos hombres levantaron las cejas al escuchar eso, sorprendidos.
—Resulta que por casualidad, o por providencia del Gran Creador, nos encontramos con Ilda en la primera taberna en que preguntamos —dijo ella.
—Válgame —exclamó Zark—. ¡Vaya suerte! —El sargento primero, Zark Sedare, era de tez bronceada, cabello negro y lacio que le ocultaba las orejas y descendía hasta la quijada.
—Nos echó encima a tres de sus secuaces —dijo Alana—, y nos deshicimos de ellos. La perseguimos, pero escapó.
—Es una mujer escurridiza —dijo el capitán.
—Así es. Y la cosa no termina allí.
Les contó el resto de lo sucedido, incluyendo los cuerpos encontrados en la bodega.
Arjen Dabidji, capitán de su unidad, se quedó pensativo. Ella lo admiraba. Era ya una leyenda entre los sabuesos, y en la ciudad también. Un héroe de guerra, y un soldado implacable e inteligente. Su piel, áspera; arrugas en la frente, barba corta y negra, y unos ojos oscuros y cansados.
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó el capitán.
—No —respondió ella rápidamente. Era su primer caso asignado, y estaba completamente segura de ser capaz de resolverlo—. Con Órnel es suficiente y además mañana nos veremos con Eladán.
—Apóyate en él si lo necesitas —le dijo Arjen.
—Así lo haré.
—No sé cuál sea la relación entre Ilda, Lahuale y Zadán Zekse —dijo Arjen—, pero algo me dice que los casos están conectados.
Zark, concordando, dijo que sí con la cabeza.
—Lo mismo pienso —respondió ella.
—Cuidaos bien las espaldas —dijo el capitán—.
Este caso es más complejo de lo que inicialmente parecía.
Si no fuera porque Zark y yo estamos metidos en una situación urgente, os ayudaríamos.
Mañana mismo saldremos de la ciudad, una misión secreta.
Lendo y Amaret están en su propia investigación, así que solo queda Eladán en nuestra unidad.
Pero si es necesario, le pediré al comandante que te asigne a un par de soldados.
Si así lo requieres, ¿me lo harás saber?
—Puede contar con eso, capitán.
—Bien.
Una media hora después, Órnel se dirigió a su dormitorio, y ella al suyo. Mientras caminaba, se preguntó si estaba metiéndose en un caso más grande de lo que era capaz.
Y apenas es el primer día, pensó.
No tenía ella idea, pero la situación apenas comenzaba a complicarse.