Encuentro
LLEGÓ HASTA LA ventana y la cruzó.
Los últimos rayos de luz se filtraban por entre los postigos de las ventanas, además de colarse por un techo en mal estado y con agujeros en diversas partes. Pronto habría completa oscuridad.
Debajo de ellos, un número incontable de cajas grandes de madera, barriles, piezas sueltas de madera y todo tipo de basura.
Una persona se podría fácilmente esconder en ese laberinto de objetos.
Órnel tenía la espada desenvainada.
—No lo veo —le susurró su auxiliar en referencia a la sombra que perseguían.
Ella asintió con la cabeza. Con la mano le ordenó que la siguiera. Llegaron hasta la escalera y descendieron con precaución, puesto que los escalones de madera crujían suavemente debajo de ellos.
Alana se acercó a la oreja del chaval:
—Busquémoslo, con cuidado.
Caminaron entre los trastos. Se asomaron a una caja que estaba abierta y, para sorpresa de ambos, estaba llena de paja.
—¿Quizás tenga algo adentro? —dijo Órnel.
—O quizás simplemente la llenaron de paja para confundir a Lahuale.
Continuaron, pero se detuvieron al ver un resplandor delante de ellos. No lograban discernir de dónde provenía exactamente, pues cajas, barriles y basura se interponían entre ellos y el aura.
Alana sacó su espada y, como panteras, se acercaron.
Sintió su corazón acelerándose. Se preguntaba no solamente quién era la figura que perseguían, sino qué hacía allí, y la razón por la que entró secretamente.
Finalmente llegaron hasta la luz.
Provenía de una pequeña lámpara de barro —de las que tenían un anillo para sujetarla con un dedo— puesta sobre un barril. Pero estaba abandonada.
—Demonios —masculló Órnel.
En ese momento Alana sintió una punta apretarse contra su espalda. Luego una voz:
—Si te mueves, te mato.
Se quedó congelada.
Órnel se giró rápidamente con semblante sorprendido y asustado pero, antes de que hiciera cualquier movimiento, la misma voz agregó:
—Si te mueves, chaval, ¡la mato!
Órnel se quedó quieto, con los ojos bien abiertos.
—Envainadlas —les dijo. Una voz joven pero firme, segura, serena.
Alana miró a su auxiliar, le dijo que sí con la cabeza, y ambos regresaron el acero a su funda.
—¿Quiénes sois y qué hacéis aquí?
—Preguntaría yo lo mismo —dijo Alana.
—Pues las preguntas las hago yo, a menos que quieras que te perfore un riñón.
—Más vale que no lo hagas, si no quieres a los sabuesos del rey tras tu pista por el resto de tu vida.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. Soy sargento de los sabuesos. Será mejor que enfundes tu arma si no quieres pasar el resto de tu vida en un calabozo.
—¡Por los Profetas! —dijo la voz—. ¿Alana?
El hombre dio dos pasos hacia atrás.
Ella se giró. Al principio no lo reconoció, porque traía el capuchón de la capa puesto y le ensombrecía el rostro. Pero entonces notó el tatuaje en la parte derecha del cuello: azul oscuro, circular, mostrando los cuatro puntos cardinales.
—¿Eladán? —dijo ella.
Se quitó la capucha. Efectivamente, era Eladán Ikse de Nurani, soldado de los sabuesos del rey y uno de los miembros de la unidad del capitán Arjen.
—¿Qué hacéis aquí, Alana? ¿Y quién es él?
—Órnel Mindel, auxiliar de los sabuesos, para servirle —dijo el chaval—. Usted no sabe quién yo soy, pero yo sí sé quién es usted. Mucho gusto en conocerlo.
—Es mi auxiliar —confirmó Alana.
—Bien —dijo Eladán enfundando.
Aunque iba envuelto en un manto negro, Alana lo conocía relativamente bien.
Era alto, casi una cabeza más alto que ella, delgado pero atlético.
No llevaba barba, y su cabello era negro y más corto encima de las orejas.
Era oriundo de un pueblo costero en la provincia de Nurani, al sureste del reino, de una familia de marineros.
Valiente, ágil, sereno, excelente espadachín, y aprovechaba cualquier excusa para encender su pipa.
—Estamos investigando a Ilda, la estafadora —dijo Alana, respondiendo a la pregunta hecha.
—¿Y por qué aquí?
Alana le contó brevemente la conversación con el mercader Lahuale Jiranda, incluyendo la estafa del acero, y la importancia de este lugar como punto de encuentro entre Lahuale e Ilda.
—Interesante —respondió el soldado—. He oído de ella. Mujer despiadada.
—Casi nos manda al viaje eterno —dijo Órnel.
—¿Sí? —preguntó el nureño.
—El día de hoy, por poco le echamos mano —dijo Alana—. Tres de sus secuaces nos atacaron, y ella también. Pero se nos escapó.
—¿Y sus secuaces?
—Los enviamos al viaje eterno —dijo el chavalín con cara de satisfacción.
—No estará nada contenta —dijo Eladán—. Hay que cuidarse las espaldas.
—¿Y tú? —le preguntó Alana—. ¿Qué haces aquí?
—Busco a un hombre desaparecido. Es un mercader, también.
Su nombre es Zadán Zekse. Es un orfebre con un negocio de piedras preciosas muy lucrativo.
Lleva cinco días desaparecido, y su esposa está preocupada.
Llevo ya tres días buscándolo, y finalmente una pista me llevó hasta aquí.
Aparentemente alguien lo vio entrar, escoltado por varias personas.
—Pues busquémoslo —dijo ella—. Te ayudamos.
—Separémonos en dos grupos. Este lugar parece completamente vacío, pero si alguno necesita ayuda, que pida auxilio.
Eladán tomó su lámpara, que sagazmente había dejado como señuelo. Alana y Órnel encendieron una de las varias velas que llevaban siempre en el cinturón de armas.
Buscaron con cuidado, en cada rincón y removiendo las tapas de las cajas que no estaban selladas con clavos.
—Si lo mataron y lo escondieron en algún lugar aquí —dijo Órnel—, no lo encontraremos ni siquiera si lo buscáramos la noche entera. Necesitaremos un pequeño escuadrón de soldados que nos ayuden.
—Probablemente tengas razón. Aunque si está por aquí muerto, lo oleremos.
Órnel olfateó con fuerza tres veces:
—Pues a animal muerto no huele.
Estuvieron unas dos horas inspeccionando la bodega, sin encontrar nada que les pareciera sospechoso. Se reunieron con Eladán, decidiendo inspeccionar juntos el rincón que les faltaba.
De repente dijo Órnel:
—Mire, sargento, hay una puerta escondida aquí, detrás de este armario.
El chico tenía razón. Un armario contra la pared escondía una puerta. Se acercaron; la encontraron cerrada con candado.
Eladán halló una vara de hierro con un extremo aplanado, y la usó para romper el pestillo.
Era una habitación pequeña y, al entrar, inmediatamente supieron que algo no andaba bien.
El olor.
No olía a muerto, sino a sangre.
Sus sospechas se confirmaron al acercarse al otro extremo de la pared, en donde dieron con una silla de madera con manchas carmesí. Debajo de la silla, en el suelo, unas cuerdas cortadas.
—Tuvieron a alguien aquí capturado —dijo Alana.
—Y lo torturaron —agregó Eladán.
—Mirad —dijo Órnel apuntando una mesa cercana que, al igual que la silla, estaba llena de manchas de sangre. El muchacho dio unos pasos hacia atrás, horrorizado.
—Es un salón de tortura —dijo Alana.
Además de la silla y la mesa, en el extremo izquierdo del cuarto había unas cinco cajas grandes de madera alineadas contra la pared.
Eladán se acercó a una, y puesto que no estaba clavada, la destapó y alumbró adentro. La caja estaba llena de sal. Pero había algo más.
—Creo que he encontrado a Zadán Zekse.
Alana fue a mirar. Adentro, semienterrada, la cabeza cercenada de un hombre.