Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) El granero
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El granero

EL SOL, PREPARÁNDOSE para el ocaso, pintaba el cielo de rojo y naranja.

Alana y su aprendiz andaban por el mercado, cuya clientela no daba indicación de disminuir pronto. Se ciñó la capa al cuerpo, en parte porque comenzaba a correr un aire fresco, pero también para proteger de los ladroncillos las monedas que llevaba al cinto en la escarcela de cuero.

—¿Hacia dónde vamos, mi sargento? —preguntó Órnel.

—A inspeccionar la bodega.

—Muy bien. Excelente trabajo, si me lo permite, mi sargento. Usted es una investigadora extraordinaria.

—Gracias —le respondió, aunque no estaba tan segura de ello. Se sentía como una completa novata. Tan aprendiz como él. También, el cansancio de un día intenso comenzaba a pesarle en los pies, en los hombros y en los párpados.

El cuartel de los sabuesos estaba a una media legua de distancia, y el plan era dormir allí, para no gastar moneda en algún mesón.

—Ese don Lahuale no me da buena espina —dijo Órnel—. La única manera de tener tanto dinero es haciendo tratos oscuros, si me preguntan.

—No todos los mercaderes son corruptos —dijo ella, pensando en su propia familia. Su tatarabuelo había comenzado un negocio de pesca en la ciudad costera de Burdán-Akesh, en una pequeña península al norte del canal de las Tormentas, en la región de Anumá.

Por desgracia, la Gran Guerra desplazó a su familia completa, huyendo para evitar ser capturados o asesinados por los ragidianos.

Intentaron quedarse lo más que pudieron, pero el pueblo estaba peligrosamente cerca de la isla enemiga de Ragidán, así que finalmente huyeron para establecerse en Tresden.

Tuvimos que comenzar de nuevo en el lago de Argalón. Gracias a Eluvá, a mi padre le comenzó a ir mejor y mejor en los últimos años, gracias, en parte, a la paz que ahora goza el reino.

Cuando Alana decidió unirse a la guardia real, el negocio de su padre prosperaba, y no fue fácil que su familia aceptara que su hija, en lugar de dedicarse al negocio de la pesca, andaría por la ciudad con una espada envainada al cinto y arriesgando su vida para mantener la paz del reino y, en específico, de la gran ciudad del mundo.

Por fortuna, tenía dos hermanos mayores que se encargaban del negocio familiar junto con su padre.

—No digo que todos sean corruptos —continuó Órnel—, solo la mayoría. Y siempre se creen superiores.

—¿Tu padre a qué se dedica?

—No tengo idea —respondió el joven.

Ella lo miró de soslayo:

—¿No?

—No. Nunca lo conocí. Y mi madre murió cuando yo era pequeño. Viví en casa de mis tíos Acklen por un tiempo, y ahora en el cuartel, desde que tuve edad suficiente.

—Siento lo de tus padres, chaval —dijo ella, notando que los ojos del chico se volvían vidriosos.

Pero el joven se encogió de hombros:

—Fue hace tiempo. Lo he aceptado como la voluntad de Eluvá. Sus designios son misteriosos. Por lo menos eso dicen los sacerdotes.

—Sí. Eso dicen.

Alana, al igual que la gran mayoría de los ciudadanos del reino, era devota de la Santa Fe Profética. Eso, sin embargo, no significaba que tuviera respuestas a algunas de las preguntas que se hacía.

Como la del sufrimiento, por ejemplo.

¿Por qué lo permitía Eluvá?

Miró a Órnel, y notó que el joven lanzaba una mirada subrepticia hacia atrás.

—¿Todo bien? —le preguntó.

—Sí —contestó—. Por un momento me dio la impresión de que alguien nos seguía.

Alana se detuvo en una tienda que vendía legumbres, preguntando el precio de las lentejas, y aprovechó para mirar.

Gente. Mucha gente.

Pero ninguna cara sospechosa.

—Mantente alerta —le dijo cuando reanudaron la marcha.

Salieron del mercado y continuaron tomando callejones en dirección noreste, acercándose a un brazo del río Sereno que corría hacia el sureste.

De repente, ella se detuvo.

Inmediatamente su aprendiz se llevó la mano al pomo de su espada.

—Pensé haber escuchado pasos —dijo Alana.

Estaban en una zona poco transitada, una calle malamente adoquinada.

Se quedaron por un momento allí, de pie, pero nada. Solo silencio.

Continuaron hasta llegar cerca de ese brazo del río, un riachuelo relativamente angosto, pero con muchas casas y construcciones a un lado y al otro.

—Debe estar por aquí cerca.

—Un ancla sobre la puerta —dijo Órnel, recordando la señal.

Buscaron, recorriendo las calles por las que —aunque no estaban vacías— ya no transitaban muchas personas, pues oscurecía rápidamente.

Anduvieron por un callejón angosto, doblaron hacia la derecha en una leve inclinación ascendente, luego bajaron hasta llegar al brazo del río y, de repente, adelante de ellos la vieron. La bodega era una construcción vieja de madera y estaba contigua al riachuelo.

—Mire, sargento —dijo Órnel apuntando—. Hay alguien allí, merodeando.

El chico tenía razón.

Un hombre caminaba por la pared izquierda de la bodega y parecía inspeccionarla. Iba envuelto en una capa oscura, y desde donde estaban no le veían el rostro.

Ella y su aprendiz se pegaron a la pared de una casa, escondiéndose bajo un tejadillo cuya sombra los ocultaba.

El hombre se detuvo mirando hacia arriba, a una pequeña ventana de la bodega que tenía los postigos abiertos.

Con una destreza notable, el hombre trepó por la pared, aprovechando que las barras de madera ya no estaban bien empotradas debido al tiempo.

Subió hasta un segundo piso, por lo que una caída significaría por lo menos un tobillo torcido.

Sin embargo, llegó sin mucho batallar, y entró por la ventana.

—Demonios, ese hombre es una hormiga humana —dijo Órnel—. ¿Cómo entraremos nosotros?

—Igual que él.

—¿Por la ventana?

—No veo otra opción.

—Está alta.

—¿Te da miedo?

—No. He trepado más alto.

—No me sorprende.

—Más bien me preocupa usted.

—Estaré bien.

—Eso espero. Porque una caída desde allí…, ¡ff! Puede torcerle el cuello y mandarla al viaje eterno.

—Estaré bien. Solo esperemos unos momentos. No queremos encontrarnos con el hombre allá arriba. Iba armado.

Así que esperaron un poco, y luego cruzaron desde donde estaban.

—¿Quién sube primero? Puedo hacerlo yo, mi sargento. Llego arriba y me aseguro de que todo esté bien.

Ella asintió con la cabeza.

Órnel ascendió. Si el hombre que vieron era una hormiga humana, Órnel era una araña. Llegó en menos de lo que se decía un rezo mayor.

Desapareció adentro y, momentos después, asomó la cabeza y le mostró un pulgar hacia arriba.

Mi turno.

Comenzó a subir, con cuidado.

Solo no te caigas, Alana.