Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) Una fortuna
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Una fortuna

—COMO SABÉIS —CONTINUÓ don Lahuale Jiranda—, yo soy el mercader más rico de este condado de la ciudad. ¡Quizás de la ciudad entera, no me sorprendería!

Alana no sabía eso, y tampoco tenía idea de si era la verdad.

Le daba la impresión de que don Lahuale era el tipo de persona al que le gustaba hacer alarde de sí mismo y exagerar sus propios méritos.

Tresden era una ciudad enorme, la única en el reino que estaba dividida por condados, debido a un antiguo acuerdo entre la realeza y la nobleza de la ciudad.

—Así que hago tratos con muchas gente —continuó—. ¡Mucha! Me es imposible hacer una investigación profunda de cada persona con la que hago algún negocio. ¿Me entendéis?

Hizo una pausa para que ellos respondieran, pero ninguno de los dos habló. Esa era una excusa típica que Alana había ya escuchado antes de personas que se inmiscuían con bandidos y ladrones.

—Pues bien, hace algún tiempo se acercó a mí una mujer hermosa y bien vestida que decía ser importadora de hierro proveniente de la península de Ayatán. Como bien sabéis, yo soy productor y vendedor de espadas, lanzas y escudos. Entre otras cosillas.

Alana tampoco sabía eso, pero hizo una nota mental de investigar bien a este hombre. Había cometido el error de venir a la entrevista sin primero indagar bien sobre quién era, qué hacía y cuál era su pasado.

Estoy aprendiendo, se dijo.

—Me dijo que ella podía proveerme de dicho acero. Según ella, era mejor que el acero acasiciano. Por supuesto, yo no le creí. Pero me llevó a su bodega y me mostró cajas y cajas de acero. Me regaló una y debo decir que me dejó sorprendido. ¡Era mejor que el acero acasiciano, en mi opinión!

—Dice que usted vio la bodega llena de cajas, ¿cierto? —preguntó ella.

—Así es, mi estimada sargento.

—¿Y la mujer le enseñó solamente una caja, o todas?

—Imposible verlas todas. Eran demasiadas.

—¿Le enseñó una, o varias?

—Unas cinco, diría yo.

—Quizás ese fue el engaño —dijo Órnel—. Quizás el resto de las cajas estaban vacías.

Alana miró al chaval con unos ojos que decían: guarda silencio, por el amor de Dios.

El ceño del mercader se frunció:

—Nadie se atrevería a jugar conmigo de esa manera.

Excepto que Ilda lo hizo, pensó Alana.

—¿Esta mujer era Ilda Kladán? —le preguntó ella.

—No lo sabía en ese momento, por supuesto. Me dio otro nombre. De haber sabido que era ella, no habría hecho trato alguno. Es una estafadora conocida en estos rumbos. Pero yo no la conocía de vista. Además, dicen que es una maestra del disfraz.

—¿Cómo fue que se enteró de que, en efecto, era ella?

—Pues al principio todo fue bien. Me suministró un primer cargamento de media tonelada. ¡Y a muy buen precio! Unos seis meses después me vi con ella de nuevo e hicimos un trato grande. Le compré una cantidad enorme de acero por doscientos cincuenta reales.

—¡Por los mil demonios! —exclamó Órnel—. ¡Doscientos cincuenta reales! ¡Eso es una fortuna! ¡Por los mil…!

—Órnel —dijo Alana, firme.

—Una disculpa, mi sargento.

Don Lahuale solo se rio:

—Ay, los niños, tan estúpidos.

Órnel levantó, de nuevo, una ceja. Se atrevió a decir:

—No soy un niño. Tengo quince años.

El mercader lanzó una carcajada como si acabara de oír el chiste más gracioso en mucho tiempo. Incluso se limpió una lágrima que le descendía por una mejilla.

—Pues bien, como decía, esa maldita mujer, esa serpiente infernal, esa hija de Doriatán…

—Los insultos no son necesarios —puntualizó Alana.

El mercader la miró con un destello de hastío.

—Firmamos un contrato, le di un anticipo de cien reales, y ¿sabéis qué fue lo que sucedió después de eso, sargento?

—Desapareció.

—¡Desapareció! La maldita infeliz se esfumó. Pero no por completo, no. Lahuale Jiranda tiene también algunos recursos a su disposición. Me di a la tarea de encontrarla.

—¿Cómo?

—Quizás haya escuchado de él. Su nombre es Damarco Randá, de Anumá. Era un cirujano que, por alguna razón, cambió de, digamos, oficio. Ah, por su semblante, veo que sí.

Alana maldijo para sus adentros. Sí, sabía quién era él.

Un astuto mercenario, un espadachín a sueldo, un sinvergüenza que se vendía al mejor postor.

Tendría unos veinticinco años, y Alana lo conoció tres años atrás, cuando ella trabajaba en la guardia de la ciudad, aún no como sargento.

Jiranda tenía razón: había sido aprendiz de cirujano, e incluso practicante por un tiempo. Pero cambió el bisturí por la espada.

—Lo conozco. Sí.

Don Lahuale se cruzó de brazos:

—Ya veo que se conocen, y mejor de lo que pensé. —Le guiñó el ojo.

Ella lo ignoró:

—Así que fue Randá el que averiguó quién era.

—Sí. Le tomó tiempo, y me costó caro.

—¿Y qué decidió hacer usted al respecto?

—Pues ¿qué podía hacer? Soy un mercader, no un matón. No tengo sicarios a sueldo.

Quizás no los tengas , pensó Alana, pero no dudo que haya dos o tres personas en la ciudad que te hayan hecho algún trabajo de esos. Acuchillar a alguien por la espalda en algún callejón oscuro.

—Además, ella tiene hombres que la cuidan. Hombres violentos.

Alana sintió la mirada de Órnel.

—Sí. Es una mujer peligrosa —coincidió Alana.

—Así que, después de dos o tres intentos de acercarme a ella, procedí con lo que debí haber hecho desde un principio: informar a la guardia real. Imagino que fue el comandante de la guardia quien le informó a los sabuesos.

—M-hm —respondió ella.

El mercader hizo una pausa.

—¿Y entonces? —dijo.

—Vamos a investigar. Téngalo por seguro. —Luego se dirigió a su auxiliar—: ¿Tienes el mapa del barrio?

El joven inmediatamente lo sacó de su alforja. Un mapa de tela que se desdoblaba.

—¿Pudiera apuntarnos al lugar donde está la bodega en donde Ilda Kladán le mostró las cajas?

—Por supuesto.

Les apuntó con el dedo, no demasiado lejos de allí, especificando que además de ser grande, sobre la entrada colgaba un ancla de barco.

Ella se puso de pie, Órnel también.

—Gracias por su tiempo, don Jiranda.

—Espero que la encuentren. Me ha robado mucho dinero. Además, el mayor del ejército me está exigiendo un cargamento de armas. Y no tengo acero suficiente. Y el mayor es, como yo, un hombre muy impaciente. Pero violento, además. No me gusta lidiar con gente así, sargento.

—La encontraremos —le aseguró.

Aunque no sé si recuperaremos su dinero, pensó mientras salían de allí.