Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) El mercader
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El mercader

EL MERCADO DE las Luces era un mercado fijo que constaba de cientos de tiendas coloridas a lo largo del lado este del río Sereno.

Le llamaban así por las incontables linternas esféricas de papel, semejantes a grandes frutos luminosos, que colgaban en hileras entre postes y tejados, iluminando las calles entre las carpas con un resplandor mágico.

El bazar estaba atiborrado de gente, y a Alana y a Órnel se les dificultaba caminar.

—¿Para dónde vamos, sargento?

—Sígueme. Caminaremos hacia el sur siguiendo el río.

—Vengo justo detrás.

—Muy bien. Solo no te pierdas porque no te encontraré.

—No tengo pensado darle la mano, sargento —le contestó, y ella reconoció su tono guasón.

El gentío se debía a que mañana empezaba el festival, y los ciudadanos de Tresden se preparaban no solamente para los ocho días de festejos, sino también para el arribo de miles de peregrinos que vendrían de las cuatro provincias del reino para visitar a sus familiares y ofrecer sus sacrificios en los muchos templos salpicados por toda la ciudad.

Alana no estaba segura de si tendría oportunidad de pasar un tiempo con su familia, que vivía en el centro de la ciudad, cerca del lago de Argalón. Esperaba que sí. Llevaba mucho tiempo sin verlos.

A su alrededor los gritos de los mercaderes que buscaban seducir a los clientes con todo tipo de supuestas ofertas.

En el mercado se vendía todo tipo de comida y bebida, vasijas y aceites, telas y vestidos, cuchillos y agujas, pergaminos y tinteros, anillos y perfumes, figurillas de los Siete Profetas, talismanes de buena suerte y de protección, máscaras ceremoniales e instrumentos musicales.

Por supuesto, no faltaban las prácticas cestas de ofrenda, que se vendían por todos lados.

Cada una estaba ya preparada para un rito distinto, y así facilitaba las cosas para los devotos y peregrinos.

Algunas contenían incienso, para la ofrenda del perdón.

Otras, grano escogido para la ofrenda de adoración, y algunas, vegetales con un frasco de aceite, para el sacrificio de comunión.

Llegaron hasta el templo mayor de ese barrio, cuya explanada permanecía despejada de tenderetes, y doblaron a la izquierda, rumbo al este, por una calle ancha.

Luego subieron una empinada colina por una calle adoquinada cuyas casas amuralladas indicaban que estaban en un sector rico.

—La casa que buscamos —dijo Alana— tiene un portón azul y dos grandes árboles robles que lo flanquean.

No fue difícil encontrarla. Afuera, un vigilante con daga al cinto los atendió.

—Mi nombre es Alana Verlán, soy sargento de la Honorable Compañía.

El vigilante abrió los ojos:

—¿Qué se le ofrece, oficial?

—Estoy buscando a don Lahuale Jiranda. Vive aquí, ¿cierto?

—Eh…, sí. Aunque debo decir, con todo respeto, que a mi señor no le gusta recibir visitas.

Sacó el medallón de su túnica para que el hombre lo viera.

—Esta no es una visita cualquiera. Es una cita oficial de los sabuesos del rey. Dile a tu amo que no está en ningún tipo de aprieto. Simplemente queremos hablar sobre Ilda.

Muy a su pesar, el ceño del vigilante se arrugó al escuchar ese nombre.

—Dile que venimos a hablar sobre la situación —continuó ella.

—Muy bien.

El vigilante mandó a llamar a otro joven guardia, el cual se quedó en lugar de él mientras subía en dirección de la casa.

Regresó bastante pronto y, abriéndoles el portón, caminaron a la hermosa y enorme mansión.

—Vaya —dijo Órnel cuando entraron al espacioso vestíbulo.

Encima de ellos, en el alto techo, una cúpula de cristal por la que entraban los últimos rayos de luz.

Las paredes eran de fina madera, y un enorme lienzo colgaba de una de ellas: un retrato de un hombre robusto con un turbante de seda en la cabeza, soberbios bigotes blancos sobre mejillas pobladas por una corta y elegante barba del mismo color.

—¿Él es don Lahuale? —preguntó Órnel, acercándose para ver el retrato al óleo.

—Supongo que sí. No lo conozco en persona —respondió Alana.

—Se nota que es muy rico.

—¿Por qué?

—Por esa tremenda barriga. La única manera de tener una barriga así es con suficiente comida en los graneros. ¡Imagina, sargento! Ha de comer lo mismo que una pequeña ballena.

—Bienvenidos a mi humilde hogar —escucharon detrás de ellos.

Se giraron y sí, era don Lahuale Jiranda.

—¡Demonios! —se le salió a Órnel.

—Aquí no hay demonios, maese chavalín —dijo el hombre extendiendo sus brazos. Traía puesto un turbante esmeralda, una túnica púrpura de seda, y andaba descalzo—. Toda la casa está protegida por amuletos.

—Disculpe a mi auxiliar, don Lahuale. Batalla para… mantener su boca cerrada.

El retrato no le hacía justicia. Era mucho más grande y redondo. Alana se imaginaba que el pintor, probablemente bajo la dirección de su mecenas, le había quitado muchas libras de encima.

—Una disculpa, mi señor —dijo el joven haciendo una reverencia—. No fue mi intención compararlo con una pequeña ballena.

Alana resistió el impulso de darle un manotazo en la nuca.

En lugar de ofenderse, el mercader echó la cabeza para atrás y lanzó una poderosa carcajada que los estremeció.

—¡Los niños de ahora son tan estúpidos! —dijo—. Gracias a Eluvá no tengo.

Órnel levantó una ceja.

—Vengan, acompáñenme al comedor. —Los dirigió por un pasillo corto y entraron al comedor que, para sorpresa de nadie, derrochaba lujo.

Tres criadas esperaban las órdenes de su señor.

—Tráiganme un poco de todo —les dijo, y ellas se retiraron inmediatamente.

La mesa rectangular era para más de veinte personas. Don Lahuale se sentó en el extremo y les apuntó unas sillas cerca.

—En realidad, don Lahuale… —comenzó a decir Alana.

Pero el hombre levantó la palma de la mano:

—De ninguna manera comenzaremos una conversación como la que creo que tendremos sin primero tomar vino.

Como por arte de magia, un sirviente les puso delante una rebosante copa de plata.

Lahuale levantó la copa y esperó a que ellos lo imitaran. Órnel, presto, levantó su copa. Alana, dudando un poco, lo hizo también.

—¡Por los sabuesos del rey! ¡Defensores del reino y ejecutores de la justicia! ¡Salud!

—¡Salud! —gritó Órnel con entusiasmo; estaba sentado a la derecha de Alana.

Ella estaba por decirle que se mesurara con el vino, pero el muchacho apuraba el líquido como si fuera aguamiel.

—¡Eh! —le dijo entre dientes—. ¡Tranquilo con eso!

—Tenía mucha sed, mi sargento.

—Es vino, por los Profetas.

—¡Y del bueno! —respondió, dándole otro traguito.

Ella le dio un sorbo a su copa.

¡Siete Profetas!, pensó. Es el mejor vino que he tomado en mi vida.

—Bien, bien —dijo el mercader, sonrisa en el rostro y ojos brillando—. Cuando me informaron de que un sabueso y su auxiliar estaban a mi puerta, me fastidió mucho. Pero al decirme que era una mujer, una sabuesa, me ganó la intriga. ¿Cuál es su nombre, estimada oficial del rey?

—Mi nombre es Alana Verlán. Soy sargento de la Honorable Compañía. Él es Órnel Mindel, mi auxiliar.

—Bienvenidos, pues.

—Gracias por darnos audiencia a esta hora de la noche.

—No me dieron demasiada opción —dijo con un atisbo de hastío—. Pero, de todas formas, era de esperarse. Supongo que están aquí para hablar de ella, ¿eh?

Órnel subrepticiamente se llevó de nuevo la copa a los labios.

—De Ilda Kladán —dijo Alana.

Entonces don Lahuale soltó tal cadena de juramentos, con una voz tan impregnada de odio, que Órnel se atragantó con el vino.

—Hablemos de esa perra —agregó el mercader—. Y de cómo la colgaremos de una esquina con las tripas de fuera.