Vaya sorpresa
ALANA SE DETUVO para recuperar el aliento.
Junto a ella, Órnel.
Habían perseguido a Ilda Kladán por casi un cuarto de hora, entre callejones, atravesando una plaza y dos mercados.
Pero se les escapó.
—Estoy impresionado —dijo Órnel, que respiraba con fuerza—. Nunca pensé que lograra escabullirse. Tiene excelente condición física para…, eh…
—¿Para ser mujer?
—Sin ofender, mi sargento.
—Tienes razón. Además, conoce la ciudad demasiado bien. Estamos en su barrio y se nota.
Se hallaban lejos de la parte de la ciudad que le era más familiar a Alana. Se encontraban al sur del cuartel de la séptima zona de la Honorable Compañía, cerca del río Sereno, al norte del lago de los Naufragios.
Era un barrio densamente poblado, lleno de casas de madera de varios pisos y barracas altas atiborradas de gente. Además, era una zona de colinas, por lo que las calles subían, bajaban y se retorcían. Por si no fuera poco, muchos callejones sin salida.
A Alana le preocupaba que mañana donme , primer día de la semana, comenzaba la gran fiesta de Revelación, una de las cuatro fiestas anuales.
Era la fiesta de primavera, y duraba ocho días.
En ese tiempo las calles estarían repletas de personas visitando los templos, llevando sus ofrendas, participando en los festivales de barrio, comiendo, danzando, y agradeciendo a Eluvá por la revelación de Los siete libros proféticos. Ocho días de festejos.
A partir de mañana, encontrar a Ilda será como hallar un anillo en el fondo del lago de los Naufragios, pensó.
La campana de un templo cercano anunció la hora décima desde el amanecer. Quedaban unas tres horas de luz.
—Vayamos a buscar algo de comer a alguna taberna —dijo ella.
—¿Y si vamos a la misma de la que acabamos de salir? —preguntó Órnel.
Al mirarlo, vio la sonrisa picarona que su auxiliar tenía y el destello en los ojos grandes y verdes.
Le gustaba hacer bromas, normalmente no muy buenas.
Órnel, auxiliar de los sabuesos, era un joven de mejillas pecosas y desaliñado cabello tan rojo como una zanahoria.
Era delgado pero fuerte, ligeramente encorvado y con un semblante que no podría describirse como apuesto, pero tampoco feo.
En los sabuesos del rey, un auxiliar, o aprendiz, sería similar a un criado de armas en el ejército.
Pero a diferencia del ejército, al aprendiz de los sabuesos se le permitía llevar espada, aunque no portaba el uniforme negro ni el medallón plateado, sino una túnica gris con un sencillo cinturón de armas, y una capa encima del mismo color.
Tenía permitido portar cota de malla, aunque rara vez la llevaba, debido al peso extra.
—Recuerdo ver una taberna cerca de aquí —dijo Órnel.
Alana lo siguió. Encontraron a un niño corredor en una esquina y se detuvieron para dejarle un mensaje.
Por toda la ciudad había corredores. Eran jóvenes de diferentes edades que se dedicaban a mandar mensajes o transportar cosas de un lugar de la ciudad a otro, por algunas monedas de cobre.
Órnel sacó papel, pluma y tintero de la alforja que llevaba siempre sujeta con una correa que le cruzaba el pecho.
Escribió Alana una breve nota dirigida al capitán de la guardia de ese barrio, informándole sobre lo sucedido en la taberna, aunque sin dar demasiados detalles.
No quería que la guardia de la ciudad interfiriera con su investigación.
Firmó con su nombre y rango. Se lo entregó al chaval y, al recibir tres cobrines, se alejó corriendo.
Entraron entonces a una taberna que estaba ya casi llena. En una esquina, una pequeña banda de tres: un hombre tocaba la lira, otro la flauta y una mujer —de cabello marrón, largo, y un vestido colorido— cantaba y golpeteaba un pandero.
El aire era espeso por el humo de las pipas y olía a cerveza y tocino.
Alana y Órnel encontraron una pequeña mesa sola y se sentaron allí.
Los atendió un criado, quien les informó sobre lo que se servía esa noche. Puesto que tenían mucha hambre, y algo de dinero asignado para la misión, pidieron tocino frito, costillas de cerdo, dos bolillos de pan, aguardiente para ella y cerveza rebajada para Órnel.
El muchacho se distrajo escuchando a los músicos, su pie izquierdo golpeando el piso al son de la canción, una melodía alegre que cantaba la historia de un viejo zapatero que siempre les daba a sus clientes los zapatos equivocados.
Era una canción graciosa y tenía a media taberna entretenida entre gritos y risas.
Les trajeron la comida y la bebida. El joven aprendiz hizo la señal de la veneración, tocándose el corazón con el dedo índice y anular, luego rozando sus labios para después tocarse la frente. Inmediatamente se puso a comer.
No me sorprende, pensó. No habíamos comido nada desde que salimos del cuartel, temprano en la mañana.
Le dio un buen trago a su bebida, sintiendo que regresaba la energía a su cuerpo.
Estaba agradecida, primeramente, por estar viva.
Había sido un cuatro contra dos. Esos canallas no dudaron en tratar de acuchillarlos, y enfrente de mucha gente.
Normalmente las personas lo pensaban tres veces antes de enfrentarse a algún sabueso del rey, pero Alana pensaba que la habían menospreciado por ser mujer y acompañada por un chavalín.
Vaya sorpresa que les dimos.
Por la bendita providencia no estaba muerta o herida.
Esta era su primera misión sola. Llevaba poco tiempo desde que fue admitida en la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.
Había ayudado al capitán Arjen en varias investigaciones, lo cual fue de gran aprendizaje.
Aunque por poco perdió la vida, y vio morir frente a ella a un soldado de la unidad.
Pero eso era parte de lo que significaba ser un sabueso del rey.
La ciudad estaba siendo azotada por lo que parecía ser una ola de crímenes, y la guardia de la ciudad no se daba abasto.
Los sabuesos tampoco. Por lo tanto, el capitán Arjen Dabidji la mandó en la misión de investigar el paradero de Ilda, una conocida criminal que, aparentemente, se había atrevido a estafar a varias personas de alto perfil, entre ellos a nada más y nada menos que la gran abadesa del Convento del Ojo Sagrado. ¡Menuda locura!
Puesto que el resto de la unidad estaba ocupada con alguna misión, le asignaron a ella un auxiliar: Órnel Mindel.
Ella ya lo conocía, primero porque era sobrino de Virlán Acklen, quien era el comandante del séptimo cuartel de la Honorable Compañía, cuartel al que ella pertenecía.
Y segundo, porque por pura casualidad le tocó verlo en un entrenamiento, y le sorprendió el manejo que tenía de su acero, una espada de hoja muy delgada a la cual Órnel se refería cariñosamente como Alfiler.
—¿Y cómo estás, chaval? —le preguntó.
Órnel levantó la vista. Tenía la boca llena de tocino y pan. Levantó el pulgar para decir que bien.
—Heriste a uno y mataste a otro —persistió ella.
El chico tomó el tarro y, dándole un sorbo, se pasó la comida. Se quedó pensativo un momento, mirando la mesa.
—Por lo menos estamos vivos, sargento.
—Sí.
—Y debo admitir que no pensé que mi vida correría riesgo en mi primera misión como auxiliar.
—¿Esta es tu primera misión?
Se encogió de hombros:
—Formalmente, sí. Antes he andado con mi tío, llevando sus armas, mandando mensajes, trayéndole comida…
—Emocionante.
—Demasiado —respondió arqueando las cejas y pelando los ojos—. Así que cuando me asignaron con usted me puse muy feliz. ¡Andar con una mujer famosa!
Alana arrugó el ceño:
—No tengo idea de qué hablas.
—Usted es de las pocas sabuesas que hay. Y además, auxilió al capitán Arjen en su última misión.
—No en su última. En su última él fue a la isla de Azkharel. Yo me quedé aquí.
—Ah, entiendo. Pero bueno, usted estuvo con él en la misión más famosa. ¿Ya leyó el folletín?
—¿Cuál folletín?
—¡Cómo cuál! ¡El del Bardo! La semana pasada salió la nueva aventura de Los sabuesos de Tresden , ¡y usted sale!
—¿Qué? ¡Eluvá bendito, no me digas eso!
—Sí. Y, de hecho, la describe muy bien. Su trenza larga de cabello negro, su ojo izquierdo café, azul el derecho. Piel blanca…
Ella sacudió la cabeza:
—Espero que no haya usado mi nombre real.
—Sí lo puso, solo que se equivocó en su posnombre. Alana Verinda, algo así. Quizás porque suena más bonito… ¿Yo qué sé? No soy escritor.
—¿Y qué tiene de feo mi posnombre, eh? Bah, no importa.
El criado les rellenó las bebidas. Terminaron de comer. A decir verdad, ella tenía más hambre, y no dudaba que Órnel también. Pero el dinero para la misión era limitado, así que no quería gastar demasiado, no el primer día.
—¿Y entonces, sargento? —preguntó su auxiliar—. ¿Qué sigue?
—Pronto anochecerá. Además de la taberna a la que fuimos, el capitán me dio otro contacto, no muy lejos de aquí. Iremos allí para ver si podemos sacar un poco de información.
—Esa Ilda es resbaladiza.
—Y que no te engañe con su semblante. No es nada tonta. Por lo que he oído, es una mujer astuta y letal. No le tiembla la mano para matar.
—De eso no me queda duda.
—También me gustaría ir al convento del Ojo Sagrado y hablar con la gran abadesa. Tengo algunas dudas, y creo que ella podría resolverlas.
—¿La gran abadesa Aluán? —preguntó Órnel.
—Sí.
—Ella me da más miedo que Ilda.
Alana sonrió. Dijo:
—Termínate tu cerveza y pongámonos en marcha.
—Sí, mi sargento.