Vengadora del rey (Vengadora del rey 1)
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En la taberna
—¡SARGENTO! —ESCUCHÓ A sus espaldas—. ¡Cuidado, detrás de ti!
Alana miró por encima de su hombro justo a tiempo para ver a la mujer que se acercaba con una espada de doble filo que empuñaba con ambas manos.
Saltó a la izquierda y evitó el filo que, al descender, se estrelló contra el suelo de madera de la taberna, lanzando astillas.
La mujer que la atacaba era alta, delgada, con un cabello negrísimo y sensual que le descendía por los hombros y espalda.
Vestía una túnica púrpura que se le ceñía al cuerpo.
Era una mujer hermosa, con ojos violeta y labios rojos y carnosos.
Su nombre era Ilda, una conocida estafadora en ese barrio de la ciudad.
—¡Te cortaré la cabeza! —gritó Ilda.
Por poco lo logró. Alana se agachó y percibió el filo rozando su cabello. Se deslizó a la derecha y dio tres saltos para hacer espacio.
La taberna se desocupaba con rapidez. Los comensales salían atropelladamente por la puerta, temerosos de que les tocara sin querer un espadazo.
En el suelo yacían dos hombres. Uno muerto y el otro retorciéndose de dolor, con el pecho agujereado.
Como a unos diez pasos de ella, vio a Órnel, su joven auxiliar, luchando contra un grandote que intentaba clavarle una daga. Era Órnel quien le había advertido sobre Ilda.
Le debo una , pensó ella.
—Escucha, Ilda —dijo Alana—. Estás bajo arresto, pero podrás defenderte en una corte de justicia. Si me atacas o nos haces daño, serás juzgada con más rigor. Así que suelta tu espada y…
—¡Cierra el hocico, maldita perra del demonio! —respondió la estafadora.
Bien, parece que hoy no llegaremos a un acuerdo.
Ilda hizo girar el arma en sus manos y soltó una risilla divertida:
—Colgaré tu cabeza como trofeo en mi casa.
—No te quiero hacer daño. No te quiero matar.
—¿No? ¿Y qué hay de él? —respondió apuntando al que ya estaba muerto.
—Me atacó primero.
A Ilda no le pareció una buena excusa, pues soltó una creativa serie de blasfemias.
Alana miró rápidamente en dirección de Órnel. Tenía apenas unos quince años y todavía no era soldado. Sin embargo, era rápido, inteligente y buen espadachín. Por lo menos eso había demostrado en las prácticas. Esta era la primera vez que eran atacados con espadas y a muerte.
Y en nuestra primera misión juntos , se dijo Alana. Vaya suerte.
La estafadora se abalanzó lanzando un ataque en forma de equis.
Alana sabía que, aunque su propia espada era de excelente acero y no se rompería, podría perderla debido a la fuerza del golpe.
Así que, en lugar de intentar defenderse directamente, esquivó, deslizándose por el suelo como si fuera un baile y, cuando vio su oportunidad, lanzó una tajada horizontal hacia el pecho de la estafadora.
La punta de la espada alcanzó a cortar un poco de tela y unos mechones de cabello que le descendían por el hombro izquierdo.
Ilda abrió los ojos y miró sorprendida su cabello cercenado. Luego se tocó el pecho, inspeccionando para ver si estaba herida.
Alana, por un breve momento, pensó que quizás eso detendría el ataque de la mujer.
Pero no fue así. Más bien, la enfureció más.
—¿Crees que puedes venir aquí tú, blandiendo tu maldito medallón, y llevarme a tu perrera? ¡Jamás!
La estafadora se refería al medallón plateado que identificaba a Alana como parte de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey, comúnmente llamados los «sabuesos del rey».
Sí, además de su uniforme completamente negro, portaba el medallón plateado con el escudo real y la inscripción «Verdad y Honor».
Normalmente escondía el medallón por debajo de su túnica, pero al llegar a la taberna lo enseñó para obtener información.
Nunca pensó que sería atacada tan rápidamente por tres hombres.
Si no fuera por el ojo avisor de Órnel, probablemente estarían ambos ya en el suelo, desangrándose.
—¡Suelta tu arma, Ilda! —le dijo—. No te quiero lastimar.
Pero, de nuevo, la mujer se lanzó al ataque, con poderosos mandobles. Sí, Alana era delgada y más bajita que su contrincante, pero tenía los músculos bien definidos por años de entrenamiento y sabía usar la velocidad a su favor, al igual que la destreza con la espada.
Detrás de la estafadora se escuchó un grito.
Alana sintió una punzada de terror, pensando que podría tratarse de su auxiliar.
Saltó a la derecha para ver lo que sucedía detrás de la mujer.
Órnel había desarmado a su oponente y sacaba la espada del vientre de su contrincante. El hombre herido lanzaba un alarido de terror, llevándose las manos al vientre, del que ahora emanaba un chorro de sangre. Cayó de rodillas, gritando y retorciéndose.
La situación provocó que la estafadora se distrajera, mirando sobre su hombro:
— ¡No! —bramó.
Alana aprovechó la distracción.
Se desplazó hacia el frente, la hoja silbando en el aire y adentrándose en el hombro derecho de su enemiga.
La estafadora gritó, dio un revés que Alana esquivó, y emprendió la huida.
Se alejó dando zancadas y, en tres palpitaciones, ya estaba llegando a la puerta que daba a la calle.
—¡Órnel, vamos, tras ella!
Su aprendiz estaba petrificado, mirando al hombre en el suelo que todavía se contorsionaba por el dolor.
Se asustó al escuchar el grito de ella y la miró.
Si su piel era ya blanca, ahora parecía un fantasma.
—¡Tras ella! —repitió Alana mientras corría.
—¡Sí, mi sargento! —respondió el joven reaccionando, acompañándola en la persecución.