Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) Creo saberlo
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Creo saberlo

EL CUERPO DE Anur se hizo ceniza.

Alana no lo podía creer. Había sucedido todo tan rápido que parecía un sueño.

Lo he matado. Lo logré. Lo he matado.

Pero todavía quedaban más enemigos. No tenía energía para enfrentarse a ellos. Menos sin Desani, y con Eladán y Órnel heridos.

De todas maneras, encaró a los otros cuatro.

—Juro por los espíritus de Eluvá que os mataré —dijo ella.

Los engendros la observaban, anonadados. No se explicaban cómo había sobrevivido el hechizo y matado a su cabecilla.

Al ver a su líder caído, se retiraron de allí, caminando como si, repentinamente, se hubieran olvidado de todo. Desaparecieron en el bosque.

Exhaló, aliviada, y por poco cae al suelo de rodillas por el cansancio.

Permaneció de pie por un momento, incrédula ante lo que acababa de suceder. Sentía que algo le quemaba ligeramente la piel entre los senos. Era la piedrecita del collar. Vio que la piedra ya no era roja, sino grisácea. La escondió de nuevo.

De Anur no quedaba nada, excepto una maraña de sus andrajos.

—Eladán, ¿estás bien?

El sabueso había ya sacado grasa y ungüento de su cinto, y los aplicaba en la herida. Seguía pálido.

—Maldita misión —murmuraba—. Maldita misión de los infiernos.

—¿Estás bien?

—Estaré bien. ¿El chaval?

—Está vivo. Pero hay que ir a un médico, pronto.

—Fracasamos —dijo Eladán—. Pero por lo menos estamos vivos. Todavía.

—¿Fracasamos?

Eladán la miró:

—Perdimos al mago y el libro. El Nigromante lo tendrá. No sé cuál será el poder tenebroso del Ojo Sagrado, pero seguramente será algo malo. ¿Cómo podremos detenerlos? ¡Necesitaremos un ejército de magos y hechiceras!

—Tienen el libro, pero no el mapa —dijo ella.

—Tendremos que hablar con el comandante y después con el rey, para que todo el ejército se involucre y… espera, ¿qué dijiste?

Alana sonrió:

—Tienen el libro, pero no el mapa.

Eladán frunció el ceño.

—Cuando estábamos en la Torre Gris y ese hijo de perra se puso a gritar —dijo ella, mirando las cenizas de Anur—, Rabadán corrió a la ventana para ver. Y yo aproveché para… —Sacó de sus túnicas un pedazo de hoja, doblado en cuartos—. Para arrancar la hoja del mapa.

Los ojos de Eladán brillaron. Esbozó una sonrisa cansada:

—Sargento… ¡demonios! —Sacudió la cabeza—. No lo puedo creer.

Ella desdobló la hoja rasgada, mostrando lo que parecía el mapa de una pequeña ciudad que no era Tresden. Tenía, además, múltiples anotaciones en la lengua muerta de umanata.

—Las instrucciones estaban en la hoja izquierda, y el mapa en la derecha. Solo pude hacerme con el mapa. Lo hice demasiado rápido, casi sin pensarlo.

De haber tenido más tiempo, habría tomado la otra hoja, también.

Pero actuó lo más rápido que pudo, con el temor de la reacción del mago si se daba cuenta. Incluso, al rasgar esa hoja, sintió una punzada de culpa por el sacrilegio a tan antiguo libro, y casi pudo ver la mirada desaprobadora de su abuela.

—Bien hecho, sargento.

—Significa que tenemos que encontrar rápidamente adónde apunta el mapa.

—Aunque no tengamos las instrucciones.

—Hay maneras —dijo ella—. Solo es cuestión de encontrar a qué ciudad se refiere.

—¿Y cómo lo haremos?

—Creo saberlo. Creo saber cómo.

—Si el libro llega a las manos del Nigromante, como seguramente sucederá, ¿podrá también arribar al lugar?

—Quizá al lugar, pero no sabrá específicamente dónde está escondido El rastro de sangre. Eso creo.

—Así que hay que apresurarnos.

—Sí. Salgamos de aquí y encontremos un médico. Y luego buscaremos ese maldito libro, y lo destruiremos de una vez por todas.