Capítulo 38
Sol
—¿Así que la conclusión a la que has llegado...? —le preguntó Lola a Sol en catalán al día siguiente, ante un desayuno a base de tostada de masa madre con mermelada de naranja en Superba Food + Bread, en Hollywood.
Sol había dejado a Luke en el hotel listo para salir a correr y aparentemente integrado en Los Ángeles: llevaba una camiseta de tirantes que enseñaba brazos y hombros y unos pantalones cortos que mostraban unas piernas musculosas. Estaba incluso más bronceado que cuando aterrizaron.
—Que soy demasiado vieja para beber y que nunca se debe pedir vino si viene en lata —dijo Sol, que llevaba puestas las gafas de sol en el interior.
—No, no, no. Eso ya lo sabíamos —le quitó importancia Lola—. Simplemente decidiste ignorarlo porque te sentías como si tuvieras treinta años o algo así. Y ahora estás pagando las consecuencias, por lo que parece.
—Si tú supieras —admitió Sol—. Mi único consuelo es que Luke y Divya también están bastante mal. Y son mucho más jóvenes. También bebieron mucho más que yo, así que... ¡Tuvimos que coger un Uber para volver al hotel!
—¿No habíais salido solo a comer unas hamburguesas? —Lola miró a Sol con los ojos como platos.
—No me juzgues, pero fuimos al Cabo Cantina después de cenar —dijo Sol, refiriéndose a un bar mexicano famoso por sus margaritas de la casa servidos por litros—. Todo se vuelve borroso después del brebaje de fresa que compartimos.
—Ya me lo imagino. Pero no nos distraigamos con tu historia salvaje de ayer por la noche. Lo que quería decir es: ¿qué has decidido sobre Luke? ¿Le vas a proponer que viváis juntos? —preguntó Lola.
Sol hizo un gesto con la mano restándole importancia.
—¡Ah, eso! ¡Ya lo he hecho!
—¡Sol Novo! ¡No me habías dicho nada!
—A ver, no he tenido tiempo con todo el lío de ser perseguida por un loco delirante obsesionado con los medios —argumentó Sol—. Por cierto, siento haberos involucrado a ti y a tu familia en todo este embrollo. Y gracias por darnos techo y un colchón durante tantos días.
—Me han dicho que es un colchón muy incómodo —admitió Lola.
—No te lo puedes ni imaginar. Deberías deshacerte de ese trasto. Pero de verdad, gracias. —Sol esperaba que sus ojos transmitieran todo lo que no sabía cómo expresar con palabras.
—Ningún problema. Nos ha encantado teneros en casa. Geoff estaba encantado con toda la gente extra diciéndole que su comida es deliciosa. Y a Alex le cae muy bien Luke —dijo Lola—. Ha sido una gran visita.
—Lo ha sido —dijo Sol.
Ahora que ya no tenía que dormir sobre la incomodidad del colchón de Lola, podía mirar atrás y recordar todas las maneras en las que había sido una gran experiencia.
—Pero no me has acabado de contar tu propuesta.
La curiosidad de Lola sacó a Sol de sus reflexiones.
—Dijo que sí, obviamente, o estaría llorando en tu hombro preguntándome por qué todo el mundo me odia —dijo Sol con sarcasmo.
—Anda ya —la cortó Lola y a Sol no se le escapaba que, de todas sus amigas íntimas, Lola era la que la tomaba menos en serio. Y la quería por eso.
—En fin, creo que me he dado cuenta de algo —continuó Sol.
—¿De que ya no puedes seguir fingiendo que tienes treinta años? —la pinchó Lola, señalando su estado general de resaca—. ¿Y de que los bares turísticos con decoración colorida y bebidas gigantescas deberían reservarse para los turistas?
—No, eso no. ¡Eso ya lo sabía! Pero me he dado cuenta de que el principal defecto de Luke es probablemente su aversión a viajar —dijo Sol con total seriedad—. Pero puedo vivir con ello.
—A ver, ha estado aquí dos semanas, así que es una aversión leve —intentó razonar Lola.
—Mmm —objetó Sol—. Yo no la describiría como leve, pero...
—¿Algo que puedes tolerar?
—Sin duda. En el momento en que me di cuenta de que no es perfecto, aunque a veces lo parezca, pero que no me importaba esa manía en particular, se lo pedí.
—Felicidades. —Lola se inclinó sobre la mesa para darle un abrazo—. ¿Y sigues segura de que no te quieres volver a casar, verdad?
—¡Déjame en paz! —protestó Sol, aunque quizá ya no lo sentía con tanta fuerza como antes.
—Sabes quién no está teniendo un día tan bueno como tú, ¿verdad? —preguntó Lola.
—Ni idea de quién hablas —dijo Sol, lista para el cotilleo.
—El loco delirante obsesionado con los medios de quien hablabas hace un momento. —Sol veía que Lola estaba disfrutando al contarle la historia. Pero, claro, Lola era una cotilla de cuidado—. Simon Smith ha sido cancelado.
Sol no la seguía.
—¿Cancelado?
—¿Sabes que consiguió un contrato de siete cifras para publicar ese libro donde lo contaba todo?
—¡Sí, claro!
—Se llevó un montón de titulares por eso.
Así que algunas personas se interesaron.
Un par de periodistas empezaron a desenterrar algunas de sus críticas no tan antiguas...
—empezó Lola—. Y al parecer, en su día, había dicho que Lady Bird era una historia tonta para adolescentes y un poco limitada en su perspectiva.
—¡Qué pedazo de idiota! Esa película es la perfección.
—Ah, y sugirió que The Hurt Locker podría haber sido una película mejor si no la hubiera dirigido Kathryn Bigelow.
—¡Uf! Se refería a si la hubiera dirigido un tío —dijo Sol y sentía cómo le hervía la sangre—. ¿Por qué estás tan animada con todo esto?
—Porque Simon Smith ha estado rondando mi casa y eso no me gusta.
Mi hijo vive allí. Mi marido vive allí. ¡Yo vivo allí!
No me cae bien y me alegra que unas periodistas hayan encontrado algunos de sus escritos antiguos y le hayan enseñado al mundo que es un idiota integral y un machista.
Y eso no vende mucho como autor comercial hoy en día —razonó Lola con una sonrisa burlona.
—¿O sea que lo han cancelado del todo?
—Sí, la editorial se está echando atrás, posponiendo el lanzamiento. Ese libro no va a salir pronto, si es que sale alguna vez —dijo Lola.
—¿Está mal sentirse bien por las desgracias ajenas? —preguntó Sol y entonces miró a su amiga y recordó lo que Simon Smith había dicho sobre la película perfecta de Greta Gerwig.
—¡Qué va! —decidieron Sol y Lola al mismo tiempo.
—Tengo que consultarte una cosa —dijo Sol, recordando algo de repente—. Emily me dijo algo sobre no esperar a que los demás me digan qué tengo que hacer con mi libro. Y se me ha quedado grabado. Creo que voy a autopublicarlo.
—¿O sea que sigues los consejos de una asesina de maridos? —preguntó Lola, sin dejar entrever qué pensaba.
—Sí —dijo Sol, convencida—. No olvidemos que el marido la quería incapacitar.
—Me parece bien.