Capítulo 37
Sol
—¿Por qué no me cuentas por qué fue, Emily? —dijo Sol, usando el nombre de la otra mujer a propósito para crear cercanía.
—Hace unos días ni siquiera sabías mi nombre —le soltó Emily—. Y eso que hemos coincidido en varios eventos de trabajo. Durante años, he sido la esposa de Jason o, sencillamente, nadie, porque la gente era incapaz de recordarme. Tú, desde luego, no lo hiciste.
—¡Oh, venga! ¡No juzgues nada por mi incapacidad para recordar un nombre! —replicó Sol—. Soy un desastre. Soy una niñata egocéntrica y egoísta que se pone de los nervios si su peluquero va tarde o si no consigue reserva en el restaurante de moda.
—Y, aun así, consigues gustarle a la gente y que te recuerden. Tienes amigos. ¡Te has agenciado a un novio que parece el hijo de Daniel Day-Lewis y Monica Bellucci! —dijo Emily con un tono casi de reproche.
Sol tuvo que reconocer que Emily había logrado describir a Luke de una forma alarmantemente concisa y acertada.
—Pareja —corrigió Sol—. Pero créeme cuando te digo que yo tampoco sé cómo ha sido posible eso último.
Una parte de mí sigue pensando que me di un golpe en la cabeza contra una pared y que él es solo fruto de mi imaginación.
En cualquier momento me despertaré y me daré cuenta de que me lo he inventado.
—Pues no te lo has inventado, cariño —dijo Emily y Sol recordó que la mujer usaba ese mismo término con su ahora difunto marido sin sentirlo de verdad. Un sudor frío le recorrió la espalda.
Sol dejó de comer de inmediato, aunque sabía que era imposible que Emily hubiera manipulado la comida estando delante de ella todo ese tiempo.
No se permitió levantar la vista para no delatar la posición de sus dos cómplices, pero estaba casi segura de que la mirada vigilante de Luke estaba fija en ella. Y se sintió aliviada solo de saberlo.
—Ya que has dejado de comer, ¿hemos terminado? —dijo finalmente Emily.
—Siento que aún tienes cosas que contarme —Sol intentó persuadirla, pero sabía que probablemente la había perdido y que Emily ya estaba planeando marcharse.
—Solo cosas que probablemente ya sepas: sé extremadamente protectora con tu firma y bajo qué nombres decides publicar —dijo Emily—. He oído que has escrito un libro. No esperes a que otros te digan qué tienes que hacer con él.
Sol tuvo la tentación de preguntar a qué se refería con eso. Quería tener una conversación agradable con una posible amiga y colega. Pero estaba allí por otros motivos.
—He visto que Jason ganó varios premios periodísticos durante su carrera —dijo Sol—. Supongo que, en realidad, eran por tu trabajo.
—Independientemente de quién escribiera qué, él era quien se llevaba los elogios. Y el apellido que recordaba la gente. ¿Cuál es mi apellido, Sol?
Mierda .
—¿Zit? —aventuró Sol.
—¡Como si hubiera ido a ponerme jamás un apellido tan ridículo! —dijo Emily.
—Vale, o sea que te cansaste de que la gente no se diera cuenta de que tú eras el único talento real que tenía Jason —Sol se había quedado sin tiempo y necesitaba bordar sus siguientes frases—.
Y, encima, él se atreve a inventarse una novia falsa para ver si le dejas y así poder quedarse con parte de tu dinero.
—¡Te he dicho que el dinero no tiene nada que ver con esto! —dijo Emily.
—Pero la humillación sí. Primero, te avergonzó renunciando a una carrera en la que tú estabas destacando por él. Después, nunca te dio el crédito que merecías. Te deja en evidencia delante de todo el mundo diciéndoles que te es infiel...
—Como el truco de la novia no le había funcionado, planeaba incapacitarme, declararme mentalmente no apta, ingresarme en un psiquiátrico y quedarse con el puto dinero —dijo Emily.
Sol no podía creer lo que oía. Sus cejas arqueadas daban fe de ello, al igual que sus ojos como platos.
—¡Joder! ¿Podía hacer eso?
—Digamos que, para entonces, estaba demasiado cabreada como para pararme a pensar si tenía alguna posibilidad.
No iba a arriesgarme —dijo Emily con un tono calmado y sereno—.
Así que sí, puede que le pusiera cianuro en la comida.
Me supo mal por Travis, la verdad. Nunca quise que él saliera herido.
Me alivia mucho que no le pasara nada grave.
—Oh, él lo sabe —dijo Sol—. Pero ¿qué pasó en la fiesta?
—Encontré la forma de distraer al camarero que servía nuestra mesa y contaminé la comida de Jason mientras él estaba ocupado. ¡Nunca imaginé que se cambiarían los platos! Pero, pensándolo bien, supongo que es lo que pasa cuando le ofreces hierba a alguien. Se le alteran los sentidos.
—Y entonces te diste cuenta de que era Travis quien había sido envenenado y diste la voz de alarma —Sol intentaba seguir el relato de Emily.
Emily miró a Sol directamente a los ojos.
—No creo en los daños colaterales.
Sol asintió. La creía.
—Por eso la segunda vez elegiste un lugar mucho más privado.
—Compré los bombones, en efectivo, obviamente.
Les inyecté cianuro y los envié por correo a casa.
Era muy consciente de que Jason era tan goloso que no podría resistirse a comérselos todos, aunque no supiera quién los enviaba —Emily soltó una risita, sacudiendo la cabeza como si todavía no diera crédito—.
¡Su ego estaba tan inflado que pensó que eran de una fan!
—¿Entraba siempre en tus planes comerte tú también algunos bombones? —preguntó Sol.
—La esposa siempre es la principal sospechosa, cariño. Pero nadie podría sospechar de la pobre de mí, ¿verdad? —dijo Emily con ojos feroces, casi amenazadores—. Entonces, ¿cómo me habéis pillado?
—Una corazonada —admitió Sol—. Y una visita a Cacao Vieille. Hay un dependiente allí que recordó a una mujer pelirroja comprando una caja grande de bombones un día antes de que Jason muriera.
—¡Nadie me recuerda nunca! —replicó Emily con los rasgos endurecidos.
—El dependiente es de ese tipo de personas que nunca olvida una cara.
Emily soltó una carcajada.
—¡Oh, qué ironía!
Luke
—¿Está mal que diga que una parte de mí piensa que Emily fue demasiado amable y que probablemente debería haber optado por una forma más dolorosa para deshacerse de Jason? —dijo Sol cuando ella, Luke y Divya subieron por fin al coche tras el arresto de Emily.
El Agente de Maravilla los había interrogado durante horas y le habían entregado la grabación de la conversación donde ella había confesado.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntó Luke desde el asiento del conductor.
Le cogió una de las manos, que descansaba inerte en su regazo. Estaba un poco preocupado por ella.
—¡Intentó incapacitarla!
—¡Era un auténtico pedazo de mierda! —asintió Divya desde el asiento trasero del coche.
—Lo era —dijo Luke—. Y por eso he estado insistiendo en que no deberías involucrarte. Parece que te ha pasado un puto tren por encima.
—Maravilloso. Al parecer, me siento como una mierda y tengo una cara de mierda —dijo Sol.
—No quería decir eso —Luke intentó un giro a la izquierda no muy brusco en Santa Monica Boulevard. Quienquiera que hubiera diseñado intersecciones así se merecía toda su antipatía—. Estás guapísima, siempre lo estás. Pero veo que este maldito caso te ha pasado factura emocionalmente.
—Creo que antes no me había dado cuenta —dijo Sol y mantuvo la mirada perdida en el horizonte, sin mirarle—. De lo dura que puede ser esta profesión vuestra.
—¡Oh, nunca es para tanto! —dijo Divya—. Solo has elegido el caso equivocado para ser tan entrometida. Lo último que hicimos en Londres fue encontrar a una mujer de unos sesenta años que se había peleado con su hermano hacía veinte años y habían perdido el contacto.
—Al final se reconciliaron y fue bastante conmovedor —dijo Luke, todavía agarrando la mano de Sol.
—¿Podemos ir todos a cenar algo sencillo y rico, como pizza o hamburguesas, y emborracharnos mucho? —dijo Sol.
Por fin había dejado de tener la vista fijada en el horizonte para girarse primero hacia Divya y luego hacia Luke. A él se le alivió el corazón al cruzar su mirada con la de ella. Su mirada le prometía amor y adoración en silencio.
—Por supuesto —le dijo Luke.
—Suena fantástico —asintió Divya.
Sol introdujo la dirección de Burger Lounge en Santa Mónica en el móvil de él para que el sistema de navegación los guiara hasta allí y los tres se quedaron sentados en perfecto silencio y comodidad, todavía dándole vueltas al caso.
—¿Está contento el cliente? —les preguntó Sol a Luke y Divya.
—Hablé con la gente de Marquee Media antes de que me interrogara el maldito Agente de Maravilla —dijo Luke—.
Parecían contentos. Claudia sobre todo. Pero empiezo a entender por qué eras tan inflexible con lo de no volver a trabajar para ella.
Esa mujer no es nada agradable. Abroncó a uno de los redactores conmigo al teléfono.
No tuvo ningún problema en decirle que era el reportero más mediocre con el que había trabajado nunca.
—¡Ay! Me da pena. Ella realmente puede ser lo peor. —A Sol le vinieron a la memoria algunas de sus propias malas experiencias con la editora—. Pero dime, quiere escribir sobre Emily, ¿verdad?
—Me temo que sí —dijo Luke.
Sol soltó una carcajada.
—Primero tendrá que averiguar su apellido.
—Creo que esa es probablemente la razón por la que todavía no se ha publicado nada —dijo Luke—. Pero dijo que hablará bien de la agencia.
—¿Y os mencionará en todos los artículos? —preguntó Sol. Sonaba satisfecha con la idea de que la agencia recibiera un montón de publicidad.
—Algo así, sí —admitió él.
—Y lo mejor es que por fin podemos enviar todas esas facturas. Y vamos a cobrarles un extra por trabajar fuera de Londres —aportó Divya.
—Sí, pongamos un extra bien generoso —asintió Luke.
Todo el asunto de estar fuera de Londres había sido extremadamente incómodo.
Sol entrelazó sus dedos con los de él, ya que su mano derecha seguía apoyada en el regazo de ella.
Él sonrió. Se iban a casa y habían sobrevivido a esa puta ciudad.
No solo eso, ella le había pedido que se fueran a vivir juntos.
Quizá Los Ángeles no había sido una experiencia tan terrible después de todo.