Capítulo 36
Sol
—¿Soy la única que tiene sentimientos encontrados sobre esto y piensa que deberíamos dejar que Emily...? —Sol dejó la frase en el aire.
Los tres se habían marchado de Gjusta y ahora paseaban por el tramo más comercial de Main Street, en Santa Mónica.
—¿Qué? ¡¿Que se salga con la suya tras un asesinato?! —dijo Luke.
—Eso es lo que pasa cuando dejas que se involucren civiles. Son unos blandos —dijo Divya, moviendo la cabeza con incredulidad.
—A ver, hay que compadecerse un poco de la mujer, ¿no?
Conoce a Jason en la universidad, se enamora...
—argumentó Sol, enumerando algunos de los hallazgos que habían desenterrado sobre Emily tras una búsqueda precisa en internet guiada por la charla con el detective Owens—.
Empiezan a salir, se casan, se mudan a Los Ángeles persiguiendo su sueño de ser críticos.
Supongo que compartir exactamente el mismo sueño profesional era jugar con fuego, pero bueno.
Se mudan aquí, a los dos los contrata milagrosamente la misma publicación y luego, claro, las cosas empiezan a ponerse feas.
—Sigue sin ser motivo para dejar libre a alguien capaz de matar —dijo Luke—. ¿Y si se vuelve a casar y también se cansa del segundo marido?
Como mujer que se había cansado no de uno, sino de dos maridos, Sol podía entender el dilema de Emily. Por otra parte, ella no había llegado a envenenar a ninguno de sus exmaridos, ni siquiera al segundo.
—Creo que debería ser yo quien hable con ella —dijo Sol.
No estaba segura de qué esperaba tras decir aquellas palabras, pero desde luego no fue lo que ocurrió a continuación.
—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Luke con los dientes apretados—. ¿Alguna objeción, Divya?
—¿Objeciones? ¿Yo? Ninguna. Sol es perfecta para el trabajo. Comparte profesión con Emily, se conocían de antes y las dos tuvieron maridos que eran una auténtica mierda. Pero mi pregunta es: ¿te encuentras bien, mate ?
—Probablemente tenga una insolación, pero básicamente estoy de acuerdo con todo lo que has dicho —le dijo Luke a Divya y luego miró fijamente a Sol—. Creo que le caes bien a Emily. Aprovechémonos de eso.
—Vale, pero tengo que avisaros. Ella también me cae bien a mí. Dependiendo de qué más averigüe y de lo que me cuente sobre sus motivos, puede que simpatice aún más con ella. —Sol sintió náuseas tras decir aquello en voz alta.
—Mientras no acabes envenenada ni facilites la fuga de Emily de alguna manera, no es ningún delito que te caiga bien alguien responsable de un asesinato de vez en cuando —dijo Luke.
Sol seguía sin comprender cómo Luke tenía la capacidad de decir siempre exactamente lo que ella necesitaba oír. Solo estaba segura de una cosa: era una mujer con mucha suerte. Y ese pensamiento hizo que, de alguna manera, se compadeciera aún más de Emily.
···
Sol y Emily compartían una mesa para dos junto a los ventanales que daban a La Brea Avenue en République, y Sol deseó que no hubieran elegido un lugar tan icónico.
Se sentía intrínsecamente mal —y era extraño— esperar que alguien confesara un crimen en un edificio neogótico de 1928 encargado por Charlie Chaplin.
Pero, como Luke no dejaba de repetir una y otra vez, todo aquello era muy Hollywood.
Al fin y al cabo, estaban en Los Ángeles.
—Señora —le dijo un camarero a Sol mientras traía el pedido de té Genmaicha y kouign-amanns . ¡La gente tenía que dejar de llamarla así! Realmente no era tan mayor.
—No esperaba tu llamada —le dijo Emily a Sol después de que el camarero se marchara—. No tan pronto después de la visita de ayer.
—No sé si me vas a creer cuando te diga que, después de haberte conocido un poco, me habría encantado que fuéramos amigas —dijo Sol—. Pero me temo que esta no es una quedada amistosa.
—¿Qué clase de quedada es, entonces? —dijo Emily.
Una vez más Sol vio cómo la mujer amable se transformaba en alguien más feroz ante sus ojos.
—Creemos que fuiste tú quien envenenó a Jason —dijo Sol.
Decir aquellas palabras en voz alta había sido mucho más difícil de lo que había previsto.
Esta era la última vez que se enredaba en uno de los casos de Luke.
Se permitió echarles un vistazo microscópico a él y a Divya, que estaban encaramados en unos taburetes en la barra del restaurante, fingiendo ser una pareja de influencers a juzgar por la cantidad de selfies que se estaban haciendo.
Luke iba disfrazado de tal manera —peluca rubia, larga y ondulada, camisa hawaiana y pantalones cortos de colores vivos— que incluso a Sol le costaba reconocerle.
Pero se sentía mejor teniéndolos tan cerca y sabía que, aunque pareciera que no le estaban prestando atención, lo hacían.
—¿Creemos? —cuestionó Emily.
—Ya sabes que mi pareja es detective privado —dijo Sol—. A él y a su colega los contrató la empresa de Jason para investigar qué le había pasado.
—Lo sé —dijo Emily, que ya no era la mujer amable y complaciente—. Marquee Media, por supuesto, me llamó para avisarme. Me pareció extraño que hubieran elegido a un par de forasteros, la verdad.
—Tienen mano para los asuntos de Hollywood, aunque no siempre lo publiciten —dijo Sol, incapaz de ocultar el orgullo que sentía al decir aquellas palabras—.
Sabemos que a Jason y a ti os contrató la misma publicación hace años y que empezasteis trabajando primero como reporteros de espectáculos y luego como críticos.
No sabemos exactamente qué pasó, pero tú dejaste de colaborar. Tengo mis sospechas.
—¿Cuáles serían?
—Me voy a tirar a la piscina y diré que fue una reducción de plantilla —dijo Sol.
—Una apuesta fácil en este sector, pero sí —dijo Emily—. Pero para que quede claro, he admitido que me despidieron, no que haya matado a mi lamentable marido. Sigo sin estar segura de qué es exactamente lo que crees saber.
—Entendido —dijo Sol—. Pero creo que tu lamentable marido era aún más patético de lo que pensamos. He estado leyendo esta mañana todo lo que he podido encontrar en internet de tus escritos de entonces y de los artículos de Jason. Eras divertida, natural, compasiva y daba gusto leerte.
—Gracias —dijo Emily.
Sol sabía que la forma más fácil de llegar al corazón de un escritor era demostrarle que valoras su trabajo. Pero había sido sincera con sus palabras sobre la escritura de Emily.
—Pero Jason era un fanfarrón engreído al que no parecía importarle si las palabras de sus críticas eran comprensibles —continuó Sol—. Por supuesto, él fue quien se quedó con el puesto.
—No hace falta que te diga cómo funciona esta profesión —dijo Emily y realmente no hacía falta. Tenía un sentido retorcido que la mejor escritora hubiera sido la que perdió su trabajo.
—¿Intentaste buscar otro empleo después de aquello? —continuó Sol.
Normalmente nunca le preguntaría eso a nadie. Era muy partidaria de no presionar a la gente para que se sintiera útil todo el tiempo. Pero en este caso, era pertinente.
—Lo hice —dijo Emily. Sol pudo notarlo en su voz: no le había gustado la acusación—. Estoy segura de que sabes que no necesitaba el dinero necesariamente.
—Eso no significa que no necesitaras la emoción, ¿verdad?
—dijo Sol con una sonrisa sincera—. Lo que no puedo entender es por qué, en algún momento, empezaste a escribir tú los textos de Jason.
No pude evitar fijarme en que sus artículos mejoraron muchísimo después de que tú dejaras de publicar con tu propia firma.
—Desde luego le venía bien mi ayuda —dijo Emily, sin siquiera intentar negar el hecho de que había estado escribiendo por Jason.
Era casi como si necesitara contar la historia y Sol le estaba dando la oportunidad de hacerlo—.
Volví a encontrar la emoción, aunque fuera con el nombre de Jason.
Fue muy Zelda Fitzgerald por mi parte, si quieres verlo así.
Estábamos enamorados, estábamos casados.
Todo era una sociedad, incluso nuestra escritura.
—¿Entonces qué pasó? —preguntó Sol. Realmente quería saberlo.
—El idiota se cansó —dijo Emily. Había tanta exasperación y decepción detrás de esas cuatro palabras—. Ya sabes cómo va esto. Escribir agota. Y aunque yo hacía la mayor parte del trabajo de redacción, él decía que se estaba cansando de proponer temas y de pelearse con sus editores cada santo día.
—Así que pasó a un puesto de editor.
—Y lo odiaba profundamente. Y no es que tener que lidiar con la escritura de otros no fuera agotador también —dijo Emily—. Por supuesto, le dije que eso iba a pasar, pero para entonces ya había dejado de escucharme. También había dejado de quererme.
Si cuando subió a aquel avión con destino a Los Ángeles casi dos semanas atrás alguien le hubiera dicho a Sol que el viaje la obligaría a enfrentarse a su relación pasada y a su divorcio en múltiples ocasiones, se habría reído en su cara.
Se le había dado así de bien evitar recordar nada que tuviera que ver con David.
Pero allí estaba, escuchando unas palabras que le sonaban demasiado cercanas a su vida pasada no tan lejana.
—Mi segundo exmarido también se las apañó para dejar de prestarme atención hasta un punto increíblemente irritante —recordó Sol—. Creo que eso inclinó la balanza y me ayudó a dejar de quererle.
—Oh, yo dejé de quererle, desde luego —dijo Emily, pareciendo casi ofendida por la insinuación de las palabras de Sol.
—Pero no querías ser tú la que le dejara, porque eso habría significado que él se habría quedado con parte de tu dinero —dijo Sol.
De nuevo, Sol detestó aquella conversación y se prometió no volver a ofrecer sus servicios como detective aficionada nunca más. Que los profesionales se encargaran de quienes podían haber cometido un asesinato y que, además, resultaban ser personas extremadamente simpáticas.
—¿Puedes culparme? —preguntó Emily y Sol no quiso tener que responder a esa pregunta—. Pero te equivocas. Crees que toda esta carnicería fue por dinero. No fue así.