Capítulo 17
Sol
Sol tenía motivos de sobra para estar ansiosa e irritada.
Sin embargo, se sentía tranquila y casi animada.
Se permitió repasar todo lo que había ocurrido en la última hora una vez más mientras su Uber se aproximaba lentamente a su destino esa mañana.
Tenía algo más que una corazonada de que su satisfacción actual tenía mucho que ver con lo que acababa de pasar.
Había estado duchándose en el baño de invitados de Lola, que conservaba todo el encanto y la incomodidad de un diseño original de los años veinte.
Tenía las paredes de azulejos de un verde brillante y una bañera separada del estrecho hueco de la ducha.
Sol se estaba enjabonando el pelo en la cabina de la ducha cuando se dio cuenta de que no estaba sola en aquel espacio mínimo. Luke también estaba allí. Desnudo.
Él se había llevado el dedo índice a sus labios carnosos, como pidiéndole que guardara silencio.
—Todo el mundo se acaba de ir —le había dicho casi en un susurro—. Pero no hagamos ruido. No quiero que se quejen más vecinos.
—¿Y por qué exactamente tendrían que quejarse los vecinos? —le había preguntado ella con insolencia, con una sonrisa asomando a sus labios.
—He pensado que te vendría bien un poco de relajación. —Él la ayudó a aclararse el champú del pelo en lo que debió de ser el gesto más sexy que ella había visto jamás. Y eso que había visto a Robert Redford lavándole el pelo a Meryl Streep en Memorias de África .
Por supuesto, en aquella película no había habido ninguna escena tórrida en la ducha que era exactamente lo que Sol había previsto que ocurriría. Y, por primera vez en días, no se había sentido decepcionada. Al menos, no del todo.
—Cuando pensé en este pequeño pasatiempo, sobreestimé enormemente el tamaño de este espacio —le dijo Luke con tono ronco mientras le besaba el cuello. Inició un lento descenso por su clavícula, buscando uno de sus pechos y mordiéndole el pezón sin piedad—. Voy a tener que improvisar.
Usó los labios en su boca, en el lóbulo, en la nuca de ella.
Pero fueron los dientes en sus pezones. De haber habido sitio, sabía que él se habría arrodillado entre sus piernas y habría usado la lengua.
Pero tuvo que conformarse con los dedos en su clítoris.
Luke demostró ser igual de competente: pulsando y acariciando su centro sin descanso, deslizando primero uno y luego dos dedos dentro de ella.
—Me encantan tus dotes de improvisación —le dijo ella con un gemido jadeante.
—¿Seguro? —Su voz era pura insinuación. Áspera y sexy, de esa forma en que solo sonaba cuando estaban juntos y a solas.
De alguna manera, se había acercado aún más a ella, presionándola contra la pared, con su cuerpo contra el suyo, sus labios sobre los de ella, sus dedos en su interior. El agua caliente corría por su piel, haciendo que todo se sintiera más sexy.
¿Qué tenía el sexo en la ducha que activaba algo en su cuerpo, bloqueando todas sus inseguridades y haciendo que solo quisiera sentir? Sol arqueó la espalda contra la pared de azulejos y gimió, de forma audible.
Fue la risa satisfecha de él contra su pecho, con su boca todavía allí y su mano en su centro, lo que la empujó al abismo. Jadeó de placer mientras el orgasmo sacudía todo su cuerpo. Él silenció sus repetidos gemidos con sus labios, besándola mientras los dos compartían aquel momento fugaz.
—Mi turno de jugar —le había dicho ella, todavía sin aliento, cuando salió del desorientador orgasmo.
Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.
—Me encantaría dejarte jugar —arrastró él las palabras, con un tono cargado de intención—. Pero vas a llegar muy tarde a lo de Julie.
—¡Mierda! —había gruñido ella con frustración, cogiendo una toalla y abandonando la ducha y el cuerpo de Luke.
Ni siquiera se había permitido una última mirada en su dirección.
Sabía que, de hacerlo, probablemente habría decidido quedarse con él y, efectivamente, jugar.
¿Y se arrepentía ahora de no haberlo hecho?
Esa imagen de la desnuda soledad de Luke dentro de una ducha de azulejos verdes era la razón por la que Sol se sentía solo satisfecha a medias cuando su coche la dejó en la dirección de Hancock Park.
No solo había dejado a su pareja desnuda e insatisfecha dentro de la ducha, sino que había mentido sobre la naturaleza de su cita.
···
Veinte minutos después, Sol estaba cómodamente sentada en el gigantesco sofá modular que juraría haber reconocido de un catálogo de Roche Bobois, donde se vendía por más de veinte mil dólares.
También era plenamente consciente de que el salón donde residía el nada barato sofá pertenecía a una mansión de estilo neocolonial de seis dormitorios y seis baños que Redfin le había dicho que estaba valorada en poco menos de siete millones de dólares.
¿De verdad los editores ganaban tanto más dinero que los escritores?
Porque, de ser así, Sol claramente se había equivocado de profesión.
A menos que, por supuesto, la casa no se hubiera adquirido con el dinero de Jason Zit, sino con el de su esposa, Emily.
¿A qué se dedicaba ella exactamente? Algo increíblemente lucrativo que aun así le permitía estar en casa un miércoles a las 10:30 de la mañana, ofreciéndole a Sol té perfectamente preparado y pastas.
Por otra parte, Jason también estaba allí.
Había refunfuñado por su condición de teletrabajador y por tener que dejar una reunión antes de tiempo, a pesar de que Sol había llegado puntual gracias a la previsión de Luke... y a su resignación.
—Me encanta vuestra casa —les dijo Sol a Emily y Jason en el que fue probablemente el intercambio más genuino que había tenido con ellos—. Está decorada con mucho gusto.
—Oh, gracias. Nadie parece darse cuenta nunca —soltó Emily, visiblemente complacida por el cumplido de Sol.
—¿En serio? —dijo Sol con incredulidad. Dejó que su mirada vagara por los cojines perfectamente ahuecados, los ramos de flores frescas colocados con gusto en elegantes jarrones y los cuadros cuidadosamente seleccionados que colgaban de las paredes—.
¿Eso es un Banksy de verdad? —Sol no pudo evitar preguntar por una lámina que representaba a la modelo Kate Moss, imitando el estilo y los colores de los famosos retratos de Marilyn Monroe de Andy Warhol.
—Probablemente lo sea. A Emily le gustan las cosas caras —dijo Jason Zit con exasperación—. ¿A qué debemos el placer de tu visita? Me sorprendió un poco que te pusieras en contacto conmigo ayer.
—Julie me pidió que hablara contigo —explicó Sol.
—¿Julie? —preguntó Jason.
—Julie McQueen; es editora ejecutiva en Red Carpet y una de las amigas de toda la vida de Simon Smith —dijo Sol.
—Ah, la británica pesada que no me deja en paz porque cree que tengo algo que ver con que Simon se haya largado —pareció recordar Jason.
—Está muy preocupada por Simon.
—¿Sigue sin darle señales de vida? —dijo Jason. A Sol le pareció que sonaba innecesariamente cruel.
—Cariño, por favor. El hombre ha desaparecido —Emily pareció hacerse eco de los pensamientos de Sol.
—¿De verdad? —Jason pareció genuinamente sorprendido.
—La policía parece no poder localizarlo —ofreció Sol.
—¿Han mirado en los bares? —continuó Jason, riéndose de su propio intento de humor y, al parecer, encontrándose graciosísimo—. Estoy seguro de que simplemente está ahogando sus penas con chardonnay barato en algún lugar entre la oficina y su casa.
—¿Era algo que solía hacer a menudo? —preguntó Sol, resistiendo el impulso de sacar su libreta y tomar notas. Necesitaba que esto pareciera una charla amistosa, no un interrogatorio.
—Digamos que le gustaba beber —dijo Jason.
—¡Oh, por favor! —protestó Emily—. A muchos periodistas les gusta beber. Él no era precisamente una excepción, cariño.
—¿Así que tú también lo conocías? —le preguntó Sol a Emily.
—Conozco a todos los colegas de Jason. Así fue como te conocí a ti también, ¿te acuerdas?
Sol sonrió con timidez. Seguía sin acordarse de Emily y se sentía un poco mal por ello. Emily era una mujer muy agradable y Sol era muy consciente de que ella misma difícilmente podría ser descrita como tal.
—¿Y se le veía angustiado, más reservado, diferente estas últimas semanas? —continuó Sol.
Jason se reclinó en el sofá, haciendo una pausa para dar énfasis.
—Tenía su aspecto habitual de cascarrabias.
—En realidad, no. ¿No te acuerdas? —intervino Emily de nuevo y Sol empezaba a sentirse a la vez harta de ella pero contenta de que estuviera allí para refrescar la obtusa memoria de Jason y mantenerlo a raya—.
Estaba incluso más gruñón de lo habitual.
Creo que es porque le estaba costando mucho encontrar una editorial para su libro —dijo estas últimas palabras en un tono más bajo y compasivo.
—¿Podría ser motivo suficiente para que hiciera alguna tontería? —dijo Sol vacilante.
No estaba preparada para lidiar con ese tipo de preguntas. Debería haberle dicho a Luke lo que Julie le había pedido que hiciera, pero él se había mostrado tan firme en que ella no se involucrara en el caso...
—¿Alguna tontería? ¿Te das cuenta de lo que has dicho? —ladró Jason—. ¡Es como si estuvieras jugando a los detectives! No, no estaba tan angustiado por no poder vender su libro como para suicidarse. ¡Si eso es lo que estabas insinuando!
—Había puesto cuerpo y alma en ese libro —dijo Emily.
—¡En detrimento de su trabajo periodístico! —Jason levantó las manos, frunciendo el ceño.
—¿Quieres decir que sus críticas estaban empeorando? —dijo Sol.
—¡Sus críticas siempre habían sido malas! —El tono de Jason iba en aumento—. Pero últimamente eran sencillamente atroces. ¡Mira lo que hizo con Haughty Horizons , que es una película perfectamente magistral de un autor visionario! ¡La destrozó!
Sol intentó mantener un tono tranquilo, aunque se dio cuenta de que Jason se estaba agitando.
—¿Así que tú no compartías su visión sobre la película?
—¡Claro que no! Llevo años quejándome de Simon a nuestro editor jefe. Pero ¿acaso alguien me escucha?
¿Había puesto Emily los ojos en blanco ante el último comentario de su marido?
—La ceremonia de entrega de premios de la otra noche fue una agonía absoluta —se quejó Jason, ya sin gritar—.
Estar sentado en la misma mesa que Victor Lago.
Quería decirle que no compartía la opinión de Simon sobre su obra maestra.
Él fingió que no le importaba, pero estaba estupefacto.
Pero entonces ocurrió ese desafortunado incidente con Travis y nunca pude explicarme ante Victor.
Sol habría jurado que a Jason le molestaba que Travis se hubiera dejado envenenar, robándole así la oportunidad de comportarse como un fan con el cineasta.
—Debió de ser difícil editar a alguien cuyas opiniones sobre las películas eran tan diferentes a las suyas —dijo Sol tentativamente. No perdía de vista a ninguno de los dos esposos—. Y luego tener que interactuar en la vida real con la gente que hizo esas películas.
—Ese es literalmente mi trabajo como editor.
—¿Entonces no le guardabas rencor a Simon? —insistió Sol.
—¿Qué estás intentando decir? ¿Crees que tuve algo que ver con la desaparición de Simon porque no me gusta cómo escribe? ¿Te has vuelto loca? —El editor volvía a gritar.
—No hay necesidad de insultar a Sol, cariño —dijo Emily y una vez más Sol notó que la mujer usaba el término cariñoso cuando estaba claramente exasperada con su marido.
Sin embargo, parecía capaz de calmarlo—.
Julie le pidió que viniera a hablar contigo porque está preocupada por Simon y Sol ha hecho precisamente eso —continuó Emily con ese tono agudo y exagerado que se usaría con un niño malcriado—.
Siento que no hayamos podido ser de más ayuda —le dijo a Sol con su voz de adulta, cortando la conversación.
—No hay problema —dijo Sol—. Y muchas gracias por el té.
—Oh, me encanta tener invitados —dijo Emily—. Deja que te acompañe a la puerta.
Las dos mujeres dejaron a Jason rumiando en el sofá y caminaron hacia la gran entrada de la casa.
—No quería decir nada delante de Jason —le dijo Emily a Sol en un susurro junto a la puerta principal de su casa—. Pero Simon me envió su manuscrito.
—¿Ah, sí? —dijo Sol, sin estar segura de lo que Emily quería decir.
—Nunca se lo dije a Jason, porque no creo que Simon lo quisiera compartir con él también. Nunca fueron muy amigos —continuó Emily—. Pero supongo que podría compartir el libro contigo, por si hay algo ahí que pueda ayudarte a encontrarlo.
—¿Lo harías? ¡Sería estupendo!
—Claro, está en mi oficina en algún sitio. Espera un segundo —dijo Emily.
La mujer desapareció tras una puerta y Sol se quedó pacientemente en la entrada, esperando que Jason no apareciera por allí. Lo último que quería era volver a ver al editor grosero.
Mientras esperaba, Sol vio un paquete recién entregado de Cacao Vieille con el nombre de Jason Zit como destinatario. Solo esperaba que los bombones gourmet pusieran al agrio editor un poco menos gruñón. Emily regresó apenas dos minutos después, sosteniendo una gruesa pila de folios en una mano.
—¡Eso debe de tener al menos quinientas páginas! —Sol abrió mucho los ojos.
—Seiscientas ochenta y siete, para ser más exactos.
—¿Por casualidad lo has leído? —preguntó Sol.
—Empecé, pero nunca encontré tiempo para terminarlo. Le dije a Simon que estaba deseando ver la adaptación de Meshflixx en formato miniserie —dijo Emily alegremente.
—Pero no es ficción, ¿verdad? Oí que escribió un relato en primera persona de su experiencia en Hollywood.
—Solo leí unas pocas páginas, pero creo que reconocerás a unas cuantas personas en él —le dijo Emily con un tono de insinuación.
Sol le dio las gracias a Emily una última vez y salió de la casa de Hancock Park, dispuesta a recorrer el barrio.
Si no lo recordaba mal, había un Café Gratitude perfectamente encantador en Larchmont Boulevard, donde podría empezar a leer un poco mientras tomaba un té verde y picaba algún superalimento vegano.
También tenía que pensar en qué le iba a decir exactamente a Luke.
Se había dado cuenta de que le había mentido de forma tan descarada porque no le gustaba que le dijeran qué hacer o qué no hacer.
Pero no le gustaba mentirle. Y no había forma de que pudiera ocultarle ese mamotreto de libro por mucho tiempo. No se lo iba a tomar nada bien.