Venenosamente tuyo (La serie de misterio y romance de Sol y Luke 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Luke

No había nada como viajar para recordarle a Luke todo lo que detestaba por el hecho de estar lejos de Londres.

Sabía que podían percibirlo como alguien de miras estrechas, incluso limitado, pero, por dios, cómo echaba de menos su ciudad natal.

Allí todo era objetivamente mejor. Para empezar, estaban en la zona horaria correcta.

Pero aquí se hallaba él, ocho horas por detrás de su biorritmo natural.

Su cuerpo solo quería dormir y, sin embargo, el sol brillaba con una intensidad antinatural para ser enero.

¿Qué clase de lugar era este? Sol le había asegurado que su hotel estaba en una ubicación perfectamente céntrica, aunque nadie lo diría con solo echar un vistazo.

El Fairmont Century Plaza era un bloque de vidrio y hormigón flanqueado por dos rascacielos.

No había el ajetreo de peatones en la calle que uno esperaría de cualquier lugar céntrico.

Luke aún no estaba seguro de si se podía acceder al hotel a pie, ya que estaba rodeado por una entrada para coches de dos carriles.

Después de registrarse y darse una ducha rápida, Sol le había prohibido dormir.

Había argumentado algo sobre la necesidad de adaptarse al cambio horario y mitigar el jet lag .

Para ella era fácil decirlo, ya que se había echado una siesta de siete u ocho horas en el avión.

Pero él no había pegado ojo. Nunca se le había dado bien dormir en espacios públicos.

Quedarse frito y babear delante de desconocidos no encajaba precisamente con su imagen.

Por supuesto, ella no había babeado ni un poco mientras dormía en el avión. Aquella mujer tenía algunos defectos —la falta de paciencia era el peor—, pero él aún no la había pillado en un mal momento. Ni siquiera recién levantada y con resaca estaba desaliñada.

Pero Luke estaba cansado y dolorido por el largo vuelo y temía no parecer exactamente recuperado tras la ducha.

Como si la falta de sueño no fuera suficiente, Sol se lo había llevado a hacer unas compras de emergencia al centro comercial que había junto al hotel.

¿Quizá a eso se refería Sol con lo de céntrico?

Al hecho de que el hotel estuviera pegado a un laberinto aparentemente interminable de tiendas de lujo y a al menos tres grandes almacenes.

Tras llenar tres bolsas con prendas que vestirían a cualquier persona normal durante un mes y una visita a una tienda de productos cosméticos —que, a pesar de lo anunciado, no tuvo nada de rápida—, habían dejado toda la mercancía en la habitación.

Luke le había dedicado a la cama de matrimonio de tamaño California King una mirada de aprecio y deseo, pero no se le permitió satisfacer sus anhelos.

Tenía tanto sueño que se había detenido en el primer sitio que vio en busca de un muy necesario (y ansiado) té English Breakfast .

Sol había dicho algo de ir a otro lugar, pero se trataba de un simple té.

No debería ser tan difícil. Al parecer lo era y fue entonces cuando Luke se dio cuenta de que ya no estaba en el Reino Unido.

Le sirvieron agua caliente en un vaso de papel.

El camarero le había añadido un chorro de leche por encima y luego había abierto una caja de madera con bolsas de té para que Luke eligiera la que prefiriera y la sumergiera él mismo en el agua con leche, que ahora estaba más que tibia.

Aquello nunca iba a tener la intensidad, el color, ni el sabor adecuados.

Tras la calamidad del té, Sol y él se habían quedado atrapados en el tráfico dentro de un Uber, intentando llegar a casa de Simon Smith al otro lado de la ciudad.

Por alguna razón desconocida para Luke, el transporte público no había sido una opción para llegar hasta allí, a pesar de que Sol le había asegurado que la casa del crítico también estaba en una ubicación céntrica.

Estaba empezando a creer que esa palabra significaba algo completamente distinto al otro lado del océano Atlántico.

—Esto no podría ser más auténticamente angelino —dijo Sol con entusiasmo.

¿De verdad estaba intentando que el hecho de estar atrapados en la peor hora punta pareciera la experiencia turística perfecta?

En su defensa, él no había sido exactamente transparente con ella sobre su falta de conocimiento de la ciudad californiana.

Sol tenía la impresión de que Luke ya había estado en Los Ángeles y había visitado todos los lugares emblemáticos durante un encargo de trabajo varios años antes.

Y aunque eso era técnicamente cierto, la realidad era que había estado demasiado ocupado y cansado para conocer el lugar o disfrutarlo.

Había sido una semana entera de conducir sin parar y consumir comida rápida, siguiendo al exmarido de su cliente, que acababa de mudarse a Los Ángeles desde Londres.

La cliente quería que la agencia para la que entonces trabajaba Luke encontrara algo sobre su ex, cualquier cosa que lo inhabilitara para obtener la custodia de sus hijos.

O alguna historia similar; Luke no recordaba todos los detalles.

El caso había ocurrido casi diez años atrás, cuando acababa de empezar a trabajar en su primera agencia como externo.

Era tan novato —y joven, apenas tenía veintitrés años y acababa de salir de la universidad— que lo habían empleado principalmente como conductor y recadero del detective sénior.

Conducir en aquella ciudad había sido un aburrimiento absoluto que ocupó la mayor parte de sus días allí.

Los atascos y el mal tráfico eran algo tan común que no recordaba haber ido a más de quince kilómetros por hora, ya fuera por la autopista o por las calles.

Todavía podía saborear el júbilo que sintió cuando el caso se dio por cerrado y pudo regresar a Londres.

Cuando su vuelo de Los Ángeles a Londres aterrizó en Heathrow, casi se convirtió en uno de esos pasajeros entusiastas que aplauden en los aviones.

Sospechaba que aquella experiencia, y Los Ángeles, habían instaurado su duradera aversión a viajar.

Pero ahora estaba con Sol. Si había alguien capaz de resaltar el encanto de Los Ángeles para Luke, era ella.

—Recuérdamelo otra vez, ¿dónde vive el tipo este al que buscamos? —preguntó él, cogiendo la mano de Sol, que descansaba sobre el asiento del coche, y entrelazando sus dedos con los de ella.

—North of Montana, en Santa Mónica, bastante cerca de donde vivía yo, de hecho —dijo ella.

—¿Ah, sí? ¿Deberíamos ir a visitar tu antiguo barrio después de ver al crítico?

Sol había compartido algunos detalles sobre la década que había pasado en Los Ángeles tras dejar Barcelona con veintitantos, pero nunca había sido muy comunicativa sobre su etapa californiana.

Luke sentía curiosidad por los años que ella había vivido allí antes de mudarse a Londres y antes de conocerlo.

Sol

—No estoy segura de que haya nada interesante que ver allí —le dijo ella, esperando que Luke no insistiera.

El segundo y menos favorito exmarido de Sol todavía vivía en la casa que ambos compartieron en Santa Mónica. Lo último que quería ella era encontrárselo por accidente mientras paseaba por su antiguo barrio.

—Pero podemos ir a la playa después de esto. Creo que ya estamos aquí —añadió Sol, consultando su móvil y asegurándose de que el conductor había llegado a su destino.

Dieron las gracias al conductor y bajaron del coche frente a un edificio de apartamentos de nueva construcción organizados en torno a un patio central.

Sol intentaba averiguar cómo acceder al edificio si Simon no estaba allí —o si no abría la puerta— cuando vio los coches de policía y a los agentes uniformados que abarrotaban la acera junto a la entrada del edificio.

—¿Ha pasado algo? —le preguntó a uno de los agentes más cercanos, que parecía estar al mando e iba de paisano.

—Buenas tardes, señora, todo va de maravilla —dijo el agente. Medía más o menos lo mismo que ella y parecía rondar los cuarenta. Sol solo quería que la gente dejara de llamarla señora—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Venimos a ver a un amigo de una amiga y nos preguntábamos si podríamos entrar en el edificio —empezó Sol, y se dio cuenta de que no tenía ni idea de adónde se había ido Luke. Había bajado del coche con ella, pero ahora no estaba a la vista.

—Me temo que el acceso al edificio está restringido en este momento a menos que sea usted vecina. ¿Vive aquí por un casual? —El agente tenía un acento del sur de California extremadamente musical.

—No, no vivo aquí.

—Entonces no puedo dejarla entrar, señora —dijo el agente con una sonrisa de lo más fastidiosa.

—Pero verá, mi amiga tiene mucho interés en que compruebe cómo está su amigo, que vive aquí. He venido desde Londres solo para esto.

—¿Ha volado desde Londres para hacer una visita a domicilio?

—¿Qué? No, claro que no. Pero ya que estábamos en Los Ángeles...

—Entonces estoy seguro de que podrá volver en un momento menos inoportuno —prosiguió el agente con su mejor sonrisa.

Sol iba a protestar a pesar de la futilidad de hacerlo, pero vio que Luke se acercaba hacia ella.

—¿Quieres ir a la playa ahora, cara ? —le preguntó él. Ella habría intentado persuadirlo para que se quedara y le ayudara a convencer al agente de que los dejara entrar, pero reconoció el destello de picardía en los ojos de Luke.

···

—¿Vas a decirme qué estabas haciendo cuando has desaparecido? —preguntó Sol mientras ella y Luke se dirigían a la playa de Santa Mónica desde el edificio de Simon Smith.

—Qué curiosa eres, ¿no? —preguntó Luke, con una mirada traviesa.

—Por favor, apenas hace falta ser un detective tan sofisticado como tú para saber que me muero de curiosidad —dijo Sol mientras paseaban uno al lado del otro.

—¿Sofisticado, eh?

—Sabes que lo eres. Pero ¿podemos ir al grano? ¿Qué estabas haciendo?

Una media sonrisa empezó a dibujarse en los labios de Luke.

—Mientras charlabas con el Agente de Maravilla, he dado la vuelta al edificio y he fingido ser un vecino que buscaba un gatito perdido. Y he conseguido encontrar a unos cuantos chismosos compasivos.

—¿En serio? ¿Tú? ¿Buscando un gatito perdido? Me cuesta creer que alguien pueda resistirse a eso.

Él no pudo suprimir la sonrisa. Aunque no fuera vanidoso, ella todavía podría describirlo como alguien un poco chulo a veces y sabía que a él le gustaba que ella reconociera que era prácticamente irresistible.

No era ningún secreto que lo era. Básicamente encarnaba el canon de belleza.

Era alto, de mandíbula marcada, esbelto, musculoso y atractivo.

Habían dejado de caminar, esperando a que un semáforo de Montana Avenue se pusiera en verde y Sol le devolvió a Luke su sonrisa coqueta.

Por un momento fue como si todo lo demás hubiera dejado de existir o hubieran perdido relevancia.

Solo eran ellos dos, juntos y deseándose el uno al otro.

Él le había hecho olvidar todo lo demás que estaba pasando en su vida: la posibilidad de encontrarse con un exmarido muy despreciado, la novela que había terminado de escribir y que aún no había conseguido agente literario, la carrera periodística que seguía decayendo día tras día, la maleta perdida y el crítico desaparecido que no podría importarle menos, aunque probablemente debería.

El claxon furioso de un coche que esperaba para girar a la izquierda en el semáforo sobresaltó a Sol y la devolvió de golpe a la realidad.

—Me estabas contando que has fingido haber perdido un gato para obtener información —le instó Sol a Luke.

—He hablado con un par de vecinos y con un agente novato que estaban cotilleando sobre Simon Smith.

Al parecer, la puerta de su apartamento estaba abierta de par en par esta tarde.

Su piso estaba desvalijado, pero él no aparecía por ninguna parte.

Todavía no han podido localizarlo y nadie parece haberlo visto.

Y había manchas de sangre por todas partes.

—¿Sangre? —preguntó Sol, horrorizada. La mención de sangre le revolvió el estómago.

—¿Por qué sospechaba Julie que estaría muerto? —preguntó Luke, de repente más interesado que nunca en esa historia.

—Porque no le ha gustado ninguna película desde 1999 —respondió Sol.

Al ver la cara de Luke, se dio cuenta de que, una vez más y como cuando se conocieron, tendría que ser un poco más clara al darle detalles sobre su entorno profesional—.

Porque ha arruinado más de una película —y de paso las carreras de sus cineastas y actores— con su propensión a las críticas ácidas y sin compasión.

—Sigo pensando que es un salto muy grande pasar de “no puedo localizar a mi amigo” a “creo que está muerto” —Luke estaba pensando en voz alta.

—Ella siempre ha tenido un don para el drama. No creo que pensara que Simon estaba muerto de verdad.

—La cosa no pinta bien para ese tal Simon, pero no sabemos si está muerto —dijo Luke.

—¡Me acabas de decir que había sangre en su casa y que no lo encontraban por ninguna parte!

—Precisamente, no hay cadáver. Pero sigo pensando que deberías llamar a Julie. Me huelo que esto se va a filtrar pronto. Estoy seguro de que no seré el único que se gane la confianza de un par de vecinos ancianos amables y de un policía novato a base de encanto.

—No subestimes tus dotes de seducción —dijo Sol.

Estaba dispuesta a olvidarse de todo ese asunto sangriento y desafortunado hasta el día siguiente. Era demasiado tarde para llamar a Julie a Londres, así que decidió saborear la luz de la hora mágica mientras veía la puesta de sol con Luke en la playa.

Los atardeceres en el Pacífico tenían una cualidad hechizante y Sol quería simplemente disfrutar del momento con él. Pero después de que se quitaran los zapatos y empezaran a recorrer la playa de Santa Mónica, acercándose al océano, el móvil de Sol empezó a vibrar. Era Julie McQueen.