Capítulo 3
Luke
Luke no estaba contento. Pero su malestar se debía a motivos totalmente ajenos a las reflexiones de Sol.
Y, desde luego, no le importaba tener que encargarse de la maleta perdida de ella.
Al contrario, le encantaban las ocasiones en las que ella le permitía tomar las riendas de la situación. Eran poco frecuentes.
Sin embargo, no podía negar el hecho de que ahora estaban en un país extranjero y él odiaba viajar.
Lo había intentado —de verdad que se había esforzado por hacerlo bien—.
Por ella. Luke Contadino había llegado al extremo de volver a ver Up in the Air para tomar notas de todo lo que el personaje de George Clooney decía sobre cómo hacer el equipaje.
Especialmente teniendo en cuenta que las indicaciones de Sol habían sido absurdamente vagas: “¡Oh, trae lo que creas que vas a necesitar allí. Y no te olvides del traje!”.
Como si eso hubiera aclarado algo. Aunque no se había olvidado del traje.
Se habían encontrado para el vuelo con destino a Los Ángeles directamente en el aeropuerto de Heathrow.
Habían decidido que sería más fácil así, viniendo cada uno de su casa y haciendo la maleta en lados opuestos del Támesis.
Luke se sentía muy orgulloso de su equipaje de mano compacto, hasta que la vio a ella arrastrando la maleta con ruedas más gigantesca del mundo y cargando con una bolsa de viaje igual de grande.
—Volvemos dentro de cuatro días, ¿verdad?
—le había preguntado Luke, de repente asustado.
Aceptar ir a Los Ángeles con ella ya le había provocado suficiente ansiedad; era imposible exagerar lo mucho que odiaba estar lejos de Londres.
Solo esperaba que Sol no hubiera cambiado de opinión y quisiera pasar un mes entero allí o algo parecido.
A juzgar por su equipaje, llevaba cosas para al menos cuatro semanas.
—Claro. Solo para asistir al evento, ver a unos amigos y volar de vuelta. ¿Por qué? —le había preguntado ella, confundida.
Él se limitó a mirar su propio equipaje y luego valoró con la mirada el tamaño del de ella.
—¿Estoy juzgándote yo por esa maleta ridículamente pequeña que llevas?
—había dicho ella, pero su tono sí sonaba crítico, y Luke empezó a dudar de su método para hacer el equipaje.
Quizá debería haber sido menos minimalista y más de “todo vale”.
—Nunca viajo ligera. Solo mi neceser ya no cabe en una maleta de mano.
¿Estás seguro de que tienes todo lo que vas a necesitar? —le preguntó, casi en tono acusador.
A Luke no se le escapaba la ironía de todo aquello: las cosas de Sol habían desaparecido y su propia maleta de mano estaba a buen recaudo junto a él. No es que tuviera intención alguna de decírselo.
Sobre todo teniendo en cuenta que las cosas no habían mejorado precisamente entre ellos durante el vuelo tras el desacuerdo por el equipaje.
Le gustaba pensar que había llegado a conocer bastante bien a su pareja.
Sospechaba que Sol habría comprado billetes de primera clase si él no se hubiera empeñado en pagarse el suyo.
Ella había intentado disuadirlo. Pero él le había dicho que la única forma en que iba a acompañarla en ese viaje, y asistir como su acompañante a un compromiso laboral que ella tenía en Los Ángeles, era si se pagaba su propio billete de avión.
Al final, ella había transigido, pero Luke sospechaba que habría preferido viajar sola y en primera clase en lugar de con él y en la “estrechez plebeya” (palabras de ella) de un asiento de premium economy .
Comparado con la limitada experiencia de vuelo de Luke, los asientos que habían ocupado en una fila de salida de emergencia con dos plazas —Sol en la ventana, él en el pasillo— eran amplios, cómodos y casi lujosos.
Pero ella se había quejado y refunfuñado nada más subir al avión.
Sin embargo, no pareció estar incómoda por mucho tiempo, ya que pronto se quedó dormida, abastecida con todos los accesorios de un viajero frecuente.
De hecho, a Luke le había desconcertado un poco la faceta de viajera frecuente de Sol.
Casi se sentía tentado a decir que Sol era la peor compañera de viaje de la historia.
Él había asumido que el trayecto sería una oportunidad para pasar más tiempo juntos.
Ambos habían estado muy ocupados. Atrás quedaban los diez días junto a la playa que pasaron aquel verano en una isla mediterránea sin nada más que hacer que comer, dormir, leer, tomar el sol y follar —no necesariamente en ese orden—.
Había pensado que la escapada rápida a Los Ángeles significaría otra oportunidad para disfrutar de la compañía del otro.
Pero desde el momento en que subieron al avión, Sol actuó con la absoluta independencia y desapego de alguien acostumbrado a viajar a menudo y exclusivamente solo.
Se puso sus auriculares con cancelación de ruido y se aisló del resto del avión, incluso de él.
Él iba a proponerle ver una comedia romántica juntos en el sistema de entretenimiento, pero ella no le dio esa opción.
Ni siquiera se molestó en quitarse los auriculares a la hora de comer.
Apenas habían despegado y ya dormía plácidamente.
¿Cómo era posible siquiera? Eran viajeros muy distintos.
Estaba tan acostumbrada a volar que ni siquiera una rápida sucesión de turbulencias la había asustado o despertado. Apenas se revolvió en su asiento y murmuró algo entre dientes. Terminó invadiendo el espacio de Luke. A él no le importó. Le gustaba tenerla cerca.
Pero Luke temía que ella acabara dándose cuenta de que él era demasiado joven y poco sofisticado para ella. ¿Estaría cuestionándose si hacían buena pareja?
Entonces vio a Sol venir hacia él tras colgar la llamada que la había apartado de la crisis de la maleta.
Incluso después del vuelo más largo y pesado, se veía radiante y jodidamente preciosa.
Su pelo castaño, cortado justo por encima de los hombros, estaba despeinado de la forma más sexy.
Llevaba leggings y una camiseta corta de corte cuadrado que realzaba su esbelta figura en todos los lugares adecuados.
Y le sonreía. Él aparcó sus preocupaciones y empezó a caminar hacia ella, con una sonrisa asomando también a sus labios.
···
Sol
—Creo que nos he conseguido un trabajo.
—¿Nos? —preguntó Luke a Sol, visiblemente sorprendido—. ¿Un trabajo? No necesitamos un trabajo.
—Habla por ti —respondió Sol.
Por fin estaban dentro del Uber que los llevaría al hotel Fairmont, en Century City.
A Sol todavía le faltaba una maleta grande llena de cosas tan básicas como gafas de sol de repuesto, sandalias de tacón ancho y un bolso de fiesta, pero había decidido dejar de quejarse por ello al menos durante un minuto.
Luke le había asegurado que recuperaría sus cosas pronto.
Así que estaba compartiendo con él sus noticias urgentes.
—Era mi editora, la que me ha llamado al aeropuerto —empezó Sol.
—¿Julie McQueen?
—¿Te has acordado de su nombre y su apellido?
—A ella le dio un vuelco el corazón. Luke no solo era sexy e inteligente a partes iguales, sino que acababa de lidiar con los empleados del aeropuerto en su nombre y recordaba el nombre completo de su editora.
Tenía la rara cualidad de prestar atención.
Encontrar a alguien que se preocupara y escuchara era excepcionalmente difícil.
Y si una tenía la suerte de encontrar a una persona así, normalmente nunca tenía el aspecto de un modelo italiano con pelo ondulado oscuro perfecto y unos labios carnosos aún más perfectos.
Y, sin embargo, estaba sentado a su lado, mirándola con atención y todavía esperando una respuesta.
—Julie, sí —dijo Sol finalmente. Tenía el cuello un poco dolorido por la siesta en el avión y estaba intentando masajearlo—. Está preocupada porque uno de sus amigos, que por lo visto es insoportable, ha desaparecido. De hecho, cree que está muerto, pero he intentado tranquilizarla acerca de eso...
—¿Desaparecido? —Luke llevó su mano izquierda al cuello de ella y empezó a masajearle los músculos con una presión perfecta y aliviadora.
—No responde a ninguno de los mensajes, llamadas o correos de Julie —dijo Sol, cerrando los ojos. Disfrutaba del tacto experto de las manos de Luke en su cuello.
—Sol, sabes que Julie me cae bien —dijo Luke, sin dejar de trabajar sobre sus músculos tensos.
Su voz sonaba deliciosamente ronca—. Te mantiene empleada mientras intentas que publiquen tu novela y me doy cuenta de que es una de las pocas editoras que no te provoca una reacción alérgica.
Pero ¿no podría este amigo estar de viaje y desconectado de sus dispositivos?
O tal vez simplemente no quiera hablar con Julie.
—¿Eso es lo que les dices a todos tus clientes potenciales? —Abrió uno de sus ojos y lo entrecerró mirando a Luke.
La voz de él se volvió más baja, ronca y profunda, haciendo que cada palabra pesara más:
—No, esa es la versión para la persona cuyo cuello me gusta acariciar.
—Así que no todos tus clientes reciben un servicio tan excepcional —dijo ella, ahora con los dos ojos abiertos y una nota de coqueteo sexy en su tono.
—Definitivamente no —dijo Luke, inclinándose hacia ella, con voz juguetona—. Pero cuéntame más sobre ese trabajo que nos has conseguido.
—Julie está en Londres, lógicamente. Así que me ha pedido que vaya a casa de su amigo y compruebe cómo está, ya que ella no puede hacerlo. Él vive aquí, en Los Ángeles.
—¿Y si no lo encontramos en casa porque está de viaje o se ha ido al supermercado?
—Dejaremos una nota —dijo Sol con naturalidad.
—¿Una nota?
—Sí, pidiéndole que nos llame porque Julie está preocupada. Y mañana tendremos otra oportunidad de encontrarlo, porque se supone que asistirá a la misma entrega de premios a la que vamos nosotros.
—Recuérdame una cosa, ¿cuánta gente va a asistir a eso mañana?
—Más de mil quinientas personas —dijo ella con timidez.
—Debería ser bastante fácil —dijo Luke, sin pretender siquiera ocultar el sarcasmo—. Me da miedo preguntar, pero ¿nos van a pagar por este trabajo?
—Lo hacemos como un favor a Julie.
—¿Ah, sí? —dijo él, con las manos aún en su cuello y los ojos clavados en los de ella, con una sonrisa pícara en los labios.
Quizá las cosas entre ellos dos no estaban tan tensas, después de todo, y lo único que habían necesitado era salir de Londres. No había nada como viajar para recordarle a Sol todo lo que amaba.