VENENO Y ESPINAS Capítulo 32. Lo que queda #3
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Capítulo 32. Lo que queda #3

La frase se clavó en Mara. Porque entendió que eso era exactamente lo que estaban intentando medir sin saber cómo.

No si habían vencido. No si habían salvado algo limpio.

Solo si, después del corte, seguía quedando una parte de sí mismos, de Lía, del vínculo entre ellos, que no perteneciera ya a la administración del bosque.

Más tarde, cuando Narel cayó dormido por puro desplome físico y Oren quedó medio inconsciente de cansancio y dolor, Lemn se levantó del suelo como si el cuerpo obedeciera a una orden dada desde muy lejos y salió unos pasos hacia el borde del alto.

Mara fue detrás, esta vez sin esperar siquiera a preguntarse si debía.

La noche alrededor era menos organizada, pero no más benigna.

El aire olía a barro removido, savia herida, agua liberada y un resto de dulzor enfermo que ya nunca volvería a poder confundirse con descanso.

Lemn se quedó de pie sin mirar el campo. Miraba la oscuridad inmediata, como si todo lo demás le resultara ya demasiado grande para cargarlo de una vez.

Mara se situó a su lado. No habló enseguida. Tampoco lo tocó. Esperó. Al cabo de un rato fue él quien rompió el silencio.

—No sé qué he dejado allí.

Aquello le salió tan baja que casi parecía dicha para el suelo.

Mara respondió con la misma sobriedad.

—Parte de ella. Parte de ti. Parte de eso que quería haceros permanecer.

Lemn soltó una risa mínima, rota, sin una sola chispa de humor.

—Muy alentador.

Mara volvió entonces la cabeza hacia él.

—No te voy a mentir esta noche.

Él cerró los ojos un segundo.

—Bien.

El cansancio de esa palabra le dolió más que una queja.

—Pero tampoco te voy a dejar pensar que solo has destruido.

Lemn tardó en responder.

—¿Y qué he hecho entonces?

Mara sintió el peso completo de la pregunta. No podía responder con consuelo fácil. Ya no.

—Has elegido que no siguiera siendo usada para sujetarte ahí. Que no nos siguiera distribuyendo a todos en torno a ella. No sé si eso la ha liberado. No sé si algo de ella sigue o no. Pero sé lo que no has permitido.

Lemn respiró hondo. Se llevó una mano a la cara y la dejó allí un instante, como si el propio tacto no bastara del todo para confirmar que seguía siendo una sola cosa.

—No me parece amor —murmuró.

Mara entonces sí lo tocó. Le puso la mano en el brazo primero, despacio, dándole al cuerpo de él tiempo para recordar quién lo estaba alcanzando. No sintió espinas. No sintió ardor ni rechazo. Solo la tensión viva, contenida, de alguien que aún no sabe si su propia piel es segura.

—Porque te han enseñado a confundir amor con permanencia —dijo—. Y hoy has tenido que separarlos.

Lemn bajó la mano de la cara y la miró. Muy de frente. Había lágrimas en él, pero no estaban cayendo. Era otra forma de devastación.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué te queda a ti después de bajar ahí dentro tantas veces?

La pregunta le alcanzó en el centro exacto de lo que llevaba temiendo desde hacía días. Mara no apartó la mirada.

—Menos confianza en mi propia claridad.

—¿Y más qué?

Mara tragó saliva.

—Más miedo a encontrar útil lo que no debería serlo. Más ganas de salir antes de que esa parte se quede. Y… más tú.

La última frase le salió como una verdad desnuda, sin adorno ni defensa.

El amor, después de todo aquello, ya no podía expresarse en promesas limpias ni en romanticismo intocable.

Solo en esa clase de constatación brutal: después de la zona profunda, después de Lía, después del corte y de lo que quedaba, lo que sentía por él no había disminuido.

Se había vuelto más difícil, más responsable y más real.

Lemn la miró un momento largo, y por fin algo en su rostro se quebró del todo.

No en grandilocuencia. En cansancio entregado.

Se inclinó un poco hacia ella y Mara lo recibió sin pensarlo más, rodeándolo con ambos brazos esta vez, consciente del riesgo, de las espinas posibles, del veneno siempre latente en su cuerpo y, aun así, negándose a que el miedo siguiera administrándolo también todo entre ellos.

Lemn se tensó primero y luego cedió, apoyando la frente en su cuello con una desesperación silenciosa que le partió el alma.

Mara no sintió reacción mala en la piel.

Solo el peso de él, el temblor contenido, la necesidad humana más simple y más devastada de esa noche: no estar solo dentro de lo que quedaba.

Permanecieron así un buen rato, sin beso, sin palabras grandes, sin intentar convertir ese abrazo en una respuesta a todo.

No lo era. Era solo una forma de no dejar que el bosque tuviera también la última administración del cuerpo que sobrevive después de elegir mal o bien, o quizá solo menos mal que el lugar.

Cuando regresaron al refugio y Mara volvió a tumbarse, comprendió que la noche no cerraba con una resolución completa.

Dejaba residuos. El bosque seguía vivo. La zona profunda no había desaparecido.

Oren continuaba avanzando hacia su propio borde.

Lía había dejado de ser una permanencia útil, pero el sentido de su final no podía decirse aún con limpieza.

Con todo, algo sí había cambiado de forma irreversible: ya no estaban intentando conservar lo que el lugar les ofrecía como continuidad.

A partir de entonces tendrían que decidir cómo vivir con lo que quedaba sin convertirlo otra vez en una manera de quedarse.