VENENO Y ESPINAS Capítulo 32. Lo que queda #2
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Capítulo 32. Lo que queda #2

—Lemn.

Él no respondió.

Ella lo agarró con más fuerza.

—Lemn.

Entonces él alzó la cara. Lo que había en sus ojos no era simple llanto ni vacío.

Era la forma exacta en que queda un hombre cuando el amor ha tenido que elegir contra la permanencia y aún no sabe si sobrevivirá siendo reconocible para sí mismo.

Mara sintió una oleada de amor tan violenta que por un instante le pareció indistinguible del dolor físico.

—Vámonos —dijo, y la palabra le salió casi como un ruego.

Lemn miró a Lía una vez más. Solo una. Luego metió la mano dentro de la ropa, sacó el anillo de cobre y lo dejó en el suelo, junto al cuerpo de ella.

—No te dejo aquí para ellos —murmuró.

Aquellas palabras le partió a Mara algo dentro porque entendió que, para él, aquello era la única restitución posible: no arrancarla del lugar, sino negarle al lugar el uso continuo del vínculo.

Lía ya no respondió. La cabeza se le había vencido hacia un lado y la respiración, si seguía existiendo, resultaba imposible de distinguir del ruido general del agua y las raíces.

Lemn se puso en pie. Lo hizo con un movimiento torpe, casi ciego.

Mara lo sostuvo del brazo y él, por primera vez desde que se conocían, no fingió no necesitar ese sostén.

Salieron del claro justo cuando parte del borde de la balsa cedía y el agua empezaba a vaciarse por una grieta lateral hacia un canal antiguo.

No era un vaciado limpio. Arrastraba flores, sedimento negro, raíces rotas y algo más oscuro que Mara no quiso nombrar.

El camino de vuelta fue una huida sin heroísmo.

Narel descendió hasta encontrarlos a medio paso, agarró a Lemn por el otro lado sin hacer preguntas y entre ambos lo empujaron cuesta arriba.

Oren, lívido, se había acercado más de lo que debía y apenas podía sostener la pierna, pero seguía allí, negándose a quedar fuera incluso de la retirada.

Los enraizados que encontraban a su paso ya no actuaban como antes.

Algunos caían. Otros seguían tensos en posturas imposibles, como si el movimiento residual del sistema les hubiese quedado clavado para siempre.

Uno de ellos, cerca de una acequia, consiguió alzar de forma torpe una rama con espinas venenosas, no por voluntad propia quizá, sino por el coletazo final de algo que se negaba a perder del todo la función.

Narel lo apartó de un golpe brutal. Lemn ni siquiera lo vio.

El agua era ahora el problema principal.

Lo que antes había sido centro regulado se convertía, sin coordinación, en una circulación peligrosa y caótica.

Canales que antes retenían ahora desbordaban.

Charcos tranquilos se transformaban en corrientes breves y violentas.

La zona profunda estaba respondiendo no con un final, sino con una redistribución del daño.

El bosque, herido, no se retiraba. Ajustaba.

Mara seguía leyendo el terreno con esa precisión que ahora ya no sentía como poder sino como residuo tóxico.

Cada vez que anticipaba un quiebre de piedra o una vena de agua negra dos segundos antes de verla, sentía también la orden de Lía repitiéndose por debajo: no te quedes.

Aquello ya no podía volverse deseable. Tenía que salir de ella, aunque aún fuera útil para salvarlos.

Lo lograron por una suma de torpezas, lecturas y puro agotamiento.

Alcanzaron un alto de ruinas secas fuera del radio inmediato de la balsa justo cuando la tarde empezaba a caer y la zona profunda, lejos de calmarse, seguía emitiendo esa respuesta larga de agua rota, campanillas convulsas y posiciones descompuestas.

Allí se dejaron caer entre piedras, respirando como animales perseguidos.

Nadie habló durante un buen rato. No por solemnidad. Por demolición.

Fue Oren quien rompió el silencio primero, con la voz más gastada que nunca.

—¿Ha terminado?

La pregunta flotó entre ellos con una crueldad perfecta.

Porque ninguno podía contestarla del todo.

¿Había terminado la permanencia de Lía? ¿La respuesta del bosque?

¿La fase de negación de Lemn? ¿La zona profunda como sistema?

¿Lo que el lugar había empezado a hacer con Mara?

¿El margen de Oren? Todo estaba implicado y nada admitía aún un sí o un no limpio.

Lemn fue quien respondió por final. No con certeza. Con la honestidad agotada de quien ya no tiene fuerzas para embellecer siquiera la ignorancia.

—No lo sé.

La frase era pequeña. El dolor que contenía, inmenso.

Narel bajó la cabeza. Mara no podía apartar la vista de Lemn.

Tenía la cara vacía de color, la boca partida en una línea demasiado recta, las manos aún tensas como si recordaran la hoja entrando en el nudo y el anillo dejándose junto al cuerpo de Lía.

Mara quería tocarlo. Quería abrazarlo, besarle la cara, sostenerle la cabeza contra su pecho hasta que el mundo dejara de sonar a agua rota.

No lo hizo. No todavía. Había aprendido ya que a veces el amor debía esperar no por cobardía, sino para no usurpar con consuelo inmediato una pérdida que primero necesita existir entera.

La noche cayó poco a poco y con ella llegaron los primeros signos de lo que realmente quedaba.

La zona profunda no colapsó. Tampoco se recompuso del todo.

El agua siguió corriendo por rutas nuevas, menos dirigidas.

Las campanillas sonaron de vez en cuando, pero sin la cadencia embriagadora anterior, como si los árboles hubieran perdido parte del pulso que las organizaba.

Los susurros de ciertas ramas continuaban, pero ya no encontraban tan bien la forma de la palabra.

Algunos enraizados visibles desde el alto seguían erguidos; otros habían cedido.

La respuesta del bosque no era muerte ni silencio.

Era residuo. Un lugar herido que todavía conservaba demasiadas cosas como para volverse seguro.

—Lo que queda —murmuró Mara, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Los otros la miraron. Ella tardó un instante en entender por qué acababa de decirlo así.

Pero la frase era exacta. Lo que quedaba del sistema.

Lo que quedaba de Lía. Lo que quedaba de su grupo.

Lo que quedaba en ella de esa lectura peligrosa.

Lo que quedaba en Lemn tras elegir contra la permanencia de su hermana. Todo el día podía resumirse ahí.

Narel exhaló por la nariz.

—Pues menuda mierda queda.

Oren, apoyado contra la piedra, tenía los ojos cerrados.

—A veces es bastante con que quede algo que no sea suyo del todo.