Capítulo 26. La encuentra
El agua volvió a moverse, y esta vez ya no pudieron fingir que se trataba de una respuesta ambigua del terreno a su proximidad.
La superficie cubierta de flores pálidas se abrió apenas en dos líneas lentas, como si una presión desde abajo separara la membrana vegetal con una paciencia demasiado segura de sí misma.
Los ombroles orientados hacia la balsa no se agitaron ni cambiaron de postura de forma visible; era peor que eso.
Una tensión fina les recorrió las ramas, los hombros, las líneas de corteza nueva, un ajuste mínimo y coordinado que hacía pensar menos en cuerpos quietos y más en un tejido en reposo al que acabaran de darle una orden muda.
Lemn no apartó la mano del arma. Tampoco dio un paso atrás.
—Nos ha sentido —dijo, con la voz baja y áspera.
Mara seguía notando aquella reorganización del espacio con una claridad que le producía tanto miedo como vergüenza.
No porque le gustara, sino porque una parte de su cuerpo empezaba a comprender antes de que la razón terminara de formular.
Lo peor no era entender. Lo peor era lo natural que se estaba volviendo ese entendimiento.
—No solo a nosotros —murmuró—. A ti.
Lemn giró apenas la cabeza hacia ella.
—¿Qué significa eso?
Mara tragó saliva. No quería decirlo, porque cada palabra que convertía la intuición en lenguaje la volvía más real.
—Que aquí dentro tú no eres solo un intruso. Eres… un vínculo.
Lo dicho cayó entre ambos con un peso inmediato.
Lemn no respondió. No porque no comprendiera, sino porque comprendía demasiado.
Lía estaba allí. Lo que hubiera quedado de ella, de su cuerpo, de su memoria o de su posición en el sistema de la balsa, lo reconocía a él como una línea de acceso tan clara como el hambre o la compasión habían sido antes para otros puntos del bosque.
Eso lo convertía, de golpe, en el elemento más peligroso del claro. No por debilidad. Por valor.
—No me uses esa palabra ahora —dijo por fin, sin dureza, pero con algo más feo debajo. Miedo.
Mara no tuvo tiempo de contestar. La figura que evitaban nombrar, a pocos metros del agua y del edificio hundido, se movió.
No con el pequeño temblor de la tensión vegetal ni con el arrastre torpe de quien intenta recolocarse.
Se movió como alguien que responde a una presencia concreta.
La cabeza se elevó un poco más. El hombro desnudo giró apenas.
Y el rostro, o la parte todavía suficientemente humana del rostro, quedó orientado de una manera imposible de confundir hacia ellos dos.
Hacia él.
Lemn dejó de respirar un instante. Mara lo sintió incluso sin mirarlo. Sintió la quietud brutal con que el cuerpo se le cerró por dentro, la forma en que todo en él se colocó al borde de una acción irreversible.
—Lemn —dijo, muy bajo.
No respondió.
La figura abrió la boca. Esta vez no salió solo aire roto. No una palabra entera tampoco. Pero sí una sílaba con suficiente forma humana para que el daño fuese inmediato.
—Ga...
No hizo falta más. No hizo falta que pronunciara su nombre completo ni que la voz resultara limpia. Bastó con ese arranque, con ese sonido que demostraba dos cosas a la vez: que algo en ella seguía organizando el lenguaje y que el bosque sabía exactamente qué clase de recurso ofrecía allí.
Lemn dio un paso.
Mara lo agarró del antebrazo con tanta rapidez que ni ella misma supo de dónde salió el reflejo.
—No.
Él no la miró.
—Es ella.
—Sí.
—Ha dicho mi nombre.
—Ha dicho lo justo.
Lo dicho le salió como una cuchillada. Porque precisamente ese “lo justo” era lo insoportable. El bosque nunca daba demasiado. Solo lo suficiente para que el humano completara el resto.
Lemn intentó soltarse. No con violencia abierta, pero sí con una fuerza contenida que dejó claro que estaba ya a un instante de dejar de obedecer a cualquier lectura que no fuera la suya.
—Mara.
Su nombre, dicho así, sonó más a advertencia que a súplica.
Ella no aflojó la mano.
—No vayas hacia la voz.
Por primera vez desde que habían entrado en la zona profunda, Lemn se volvió del todo hacia ella con rabia verdadera. No contra ella exactamente, sino contra la necesidad de que fuera ella quien dijera eso.
—Es mi hermana.
—Y ahora mismo también es la puerta que el campo está abriendo para ti.
El golpe de la frase le atravesó la cara. Mara vio el instante exacto en que la odiaba por decirla y la necesitaba por ser verdad. No soltó el brazo.
La figura emitió otro sonido. Esta vez menos claro.
Más arrastrado. Como si decir aquella primera sílaba le hubiera costado demasiado.
Pero ya era suficiente. El daño estaba hecho.
El nombre incompleto había entrado en el cuerpo de Lemn de una forma que ningún ombrol, ninguna campanilla ni ninguna raíz habían conseguido hasta entonces.
El agua respondió de nuevo. Una pulsación más fuerte deformó la superficie de la balsa, y varias flores pálidas se hundieron un segundo antes de volver a emerger.
Dos ombroles del borde tensaron a la vez sus estructuras, apenas unos centímetros, como si el sistema entero hubiese recibido la confirmación de que la escena estaba funcionando.
Mara lo sintió con una claridad tan nítida que casi la hizo tambalearse.
—Ahora sí está reaccionando a ti —dijo.
Lemn volvió la cabeza hacia la balsa. Respiró una vez, hondo, con un esfuerzo visible por reorganizar el cuerpo desde fuera. Cuando habló, la voz le salió más baja, más rota.
—Dime qué ves. Ahora. No dentro de un minuto.
Mara parpadeó. No esperaba la rendición. O mejor dicho: no esperaba que tomara esa forma. No retroceder. No discutir. Pedirle lectura. Confiarle precisamente ese punto donde más le dolía depender de ella.
Cerró un instante los ojos. No por misticismo ni por pose, sino para evitar que las imágenes del claro impusieran antes de tiempo una forma sentimental al conjunto. Respiró. Dejó que la presión del lugar se organizara sola. El agua. Las raíces. Los cuerpos. La figura de Lía. Lemn. Todo.
Y lo vio.
No como una visión completa. Como una relación de fuerzas.
Lía no era el centro de la balsa. No exactamente.
Era uno de los nodos más recientes y más sensibles de ese sistema, una interfaz humana todavía activa, todavía capaz de reconocer, todavía lo bastante próxima a sí misma como para servir de acceso más fino que los demás.
El agua no quería absorber a Lemn físicamente.
No al principio. Quería fijarlo. Quería que cruzara el paso por voluntad propia, que orientara el resto de la escena desde el vínculo con ella.
Todo el conjunto estaba dispuesto para eso.
Mara abrió los ojos.
—No te quiere en el agua —dijo muy despacio—. Te quiere quieto aquí. Lo bastante cerca de ella como para que sigas creyendo que la estás alcanzando, pero sin llegar a romper del todo la distancia.
Lemn la miró.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque el impulso no es hacia la balsa. Es hacia ella. Y ella está donde debe estar para que entres en el radio del conjunto sin tocar el centro todavía.
La explicación no sonaba a teoría improvisada. Sonaba, horriblemente, a lectura correcta.
Lemn tragó saliva.
—Entonces lo que quiere…
—Es que vayas por amor y te quedes por sistema.
El silencio resultó brutal.
La figura —Lía, ya no servía fingir que no lo era— volvió a alzar apenas la cara.
La luz gris de la mañana le marcaba el contorno de la mejilla, la línea pálida que descendía por el cuello, el cabello pegado a la cabeza por humedad y savia.
Había algo de ella ahí. No una ilusión completa.
No un señuelo vegetal sin conciencia. Algo de ella, y precisamente por eso todo resultaba peor.
—No puedo irme sin hablarle —dijo Lemn.
Mara no respondió de inmediato. Porque una parte de ella sabía que ese deseo no era error puro. Era humanidad. El problema era el ángulo.
—No le hables desde donde te quieren poner —dijo al fin.
Lemn la sostuvo con la mirada.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo ahora.
Él volvió a mirar a Lía.
Y entonces ocurrió algo que cambió otra vez el equilibrio.
Lía movió la mano.
No hacia ellos exactamente. Hacia un punto de tierra seca a un lado de su cuerpo, donde varias raíces finas se hundían junto al borde de una piedra desprendida.
El gesto fue mínimo, casi el de una contracción.
Pero Mara lo entendió enseguida porque lo sintió antes de pensarlo: no era una llamada. Era una indicación.
—Espera —susurró.
Lemn se tensó.
—¿Qué?
Mara señaló el punto sin avanzar.
—No te está diciendo ven. Te está marcando ahí.
Lemn miró, desconfiando a medias de todo, incluso de la lectura de Mara. Pero la figura repitió el gesto. Más torpe. Más costoso. Mano hacia la piedra. Vuelta al muslo.
—Joder —murmuró Lemn.
Mara empezó a comprender otra cosa, algo aún más fino y terrible: Lía no estaba solo siendo usada por la red. Estaba luchando desde dentro para desviar esa lectura lo justo, para dejar un margen de interpretación humana dentro del sistema.
—Ella también está intentando que no hagas lo que quieren —dijo.
Lemn la miró como si esa posibilidad le doliera más que cualquier otra.
—¿Estás segura?
Mara negó despacio.
—No. Pero creo que sí.
El agua volvió a tensarse, esta vez con una vibración molesta, como si la demora en la respuesta no le conviniera.
Uno de los ombroles de la izquierda giró apenas la cabeza.
O lo que quedaba de ella. La coordinación empezaba a volverse más activa.
No podían seguir eternamente en ese punto sin desencadenar otra cosa.
—Tenemos que decidir ya —dijo Lemn.
Mara asintió. Y por primera vez desde que habían entrado en el núcleo, comprendió con una nitidez insoportable que él la estaba mirando a ella no solo como compañera ni como amada reciente, sino como criterio. La iba a seguir o no la iba a seguir. Pero la decisión pasaba por su lectura.
Lía hizo el gesto una tercera vez. Mano hacia la piedra. Más débil. Más urgente.
Lemn apretó los dientes.
—Voy a ir hasta ahí. Solo hasta ahí.
Mara sintió el pánico subirle de golpe.