VENENO Y ESPINAS Capítulo 25. Él la ve cambiar
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Capítulo 25. Él la ve cambiar

El paso que dieron hacia el interior de la zona de la balsa no fue más largo que los anteriores, pero sí fue distinto en una forma que Lemn percibió con una claridad inmediata y desagradable.

No cambió el terreno, ni la posición de los ombroles, ni siquiera el sonido del agua bajo las flores pálidas.

Lo que cambió fue Mara. No en algo visible para cualquiera.

No en un gesto brusco o en una pérdida evidente de control.

Fue algo más fino, más preciso, y por eso más inquietante: la manera en que su cuerpo dejó de reaccionar a lo que veía para empezar a anticiparlo.

Lemn lo notó en el ritmo de sus pasos. Hasta ese momento habían avanzado midiendo el terreno como quien entra en una zona hostil conocida: lectura, duda, decisión.

Ahora, en Mara, esa secuencia se había comprimido.

No dudaba menos. Dudaba antes. Y cuando se movía, lo hacía con una seguridad que no provenía de la experiencia acumulada, sino de una especie de ajuste interno que el bosque parecía reconocer y no castigar de inmediato.

—Despacio —murmuró él, más para sí mismo que para ella.

Mara no respondió, pero tampoco se adelantó.

Se mantuvo a su lado, como habían acordado, con esa proximidad nueva que no era solo física.

El recuerdo de la noche anterior no había desaparecido al entrar en la zona profunda.

Al contrario, se había vuelto más nítido, como si la tensión del lugar lo delimitara mejor.

Lemn sentía su presencia junto a él con una intensidad distinta, no como distracción, sino como una referencia constante de lo que aún no estaba integrado en el sistema.

La balsa quedaba ya a pocos metros. Desde esa distancia, la superficie cubierta de flores no lograba ocultar del todo el movimiento del agua.

Ondulaciones lentas, demasiado regulares para ser azarosas, recorrían la membrana vegetal como si algo respirara desde el fondo.

Los ombroles más cercanos reaccionaban a esas pulsaciones con una tensión apenas perceptible, pero coordinada.

Lemn evitaba mirarlos directamente, concentrado en el suelo, en las raíces, en los cambios mínimos que podían delatar un movimiento más activo.

Pero aun así, la presencia de Lía —o de lo que quedaba de ella— le golpeaba en la periferia de la percepción con una insistencia que le costaba mantener a raya.

—No te acerques más de lo necesario —dijo.

Mara giró la cabeza hacia él, no del todo, lo justo.

—No lo estoy haciendo.

—Sí lo estás haciendo —replicó Lemn, más seco de lo que pretendía.

Ella no se ofendió. Eso fue lo que más le inquietó.

—No es acercarme —dijo Mara con una calma que no le pertenecía del todo—. Es… que ya estoy dentro de cómo funciona esto.

La frase quedó suspendida entre ellos con una precisión incómoda. Lemn sintió un rechazo inmediato, no hacia ella, sino hacia la idea. No quería que Mara “funcionara” dentro de aquello. No quería que su forma de entender el mundo empezara a coincidir con la lógica del bosque.

—Eso no es bueno —dijo.

Mara respiró hondo, despacio.

—No he dicho que lo sea.

Avanzaron un paso más. Esta vez, cuando una de las raíces superficiales se tensó levemente bajo la capa de tierra, Mara detuvo el pie antes de pisarla sin necesidad de verla. Lemn lo vio. Lo vio claramente. Y esa precisión le provocó un nudo en el estómago.

—¿Cómo lo has sabido?

Mara bajó la mirada hacia el punto donde la raíz apenas se insinuaba.

—No lo he sabido… —se corrigió—. Lo he sentido antes de verlo.

Lemn apretó la mandíbula. No era la primera vez que Mara anticipaba algo. Pero nunca había sido así enseguida, así de limpio.

El sonido del agua volvió a cambiar, más profundo, como si algo hubiera modificado su posición bajo la superficie.

Las flores pálidas se desplazaron ligeramente, abriendo una grieta momentánea en la membrana.

Lemn evitó mirar dentro. No necesitaba ver para saber que aquello no era solo una balsa cubierta.

Mara sí miró. No de frente. No fijando. Pero lo suficiente.

Y entonces ocurrió.

No fue un gesto visible. Fue una pausa interna. Una suspensión mínima en su respiración, en la forma en que el cuerpo se le colocó en el espacio. Lemn lo percibió como quien detecta un cambio en la presión del aire antes de una tormenta.

—Mara.

Ella no respondió de inmediato.

—Mara —repitió, más firme.

Entonces ella parpadeó, como si regresara de un punto muy cercano.

—Estoy aquí.

Lemn no se convenció.

—No estabas.

Mara negó despacio.

—Sí estaba. Solo… —buscó las palabras—. Hay capas aquí que no se ven si solo miras.

Lemn sintió un escalofrío que no tenía que ver con el frío.

—No quiero que veas esas capas.

—Ya las estoy viendo.

La naturalidad con la que lo dijo fue lo que le dolió. No había fascinación en su voz. No había entrega. Pero tampoco había rechazo.

Un movimiento a su izquierda hizo que ambos giraran ligeramente.

Uno de los ombroles más cercanos a la balsa había tensado una de sus ramas, apenas unos centímetros, como si respondiera a algo que no era visible para ellos.

Lemn llevó la mano al arma por instinto.

Mara, en cambio, no reaccionó con violencia.

—No es hacia nosotros —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no estamos en esa dirección.

Lemn la miró entonces con una mezcla de incredulidad y miedo contenido.

—No puedes decir eso con esa seguridad.

Mara sostuvo la mirada un instante.

—Puedo. Y eso es lo que me preocupa.

Siguió un silencio breve, pero denso.

Lemn apartó la vista hacia la figura que evitaba nombrar.

Lía. El cuerpo estaba a unos metros, parcialmente integrado, pero aún demasiado reconocible.

La postura no era completamente fija. Había en ella una tensión distinta a la de los otros ombroles.

No se inclinaba solo hacia la balsa. Había una ligera desviación, una orientación incompleta que la separaba del resto.

—Está… —empezó Lemn.

Mara no le dejó terminar.

—Sí.

—No lo digas.

—No hace falta.

Lemn sintió el impulso de acercarse. No para tocar. No para comprobar. Solo para reducir la distancia. Pero en ese mismo instante, Mara le sujetó el brazo.

No con fuerza. Con precisión.

Lemn se quedó inmóvil.

—No —dijo ella, muy bajo.

Él no se soltó.

—Es mi hermana.

—Y ahora forma parte de esto —respondió Mara sin dureza—. Si te acercas así, no la estás viendo mejor. Te estás poniendo en su radio.

Lemn cerró los ojos un segundo. La palabra radio no le gustó. Sonaba a algo activo, a algo que podía responder.

—Entonces dime cómo hacerlo —dijo, abriendo los ojos de nuevo—. Porque no pienso irme sin verla.

Mara no retiró la mano de su brazo.

—No la mires como si fuera solo ella.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y te lo voy a repetir las veces que haga falta.

El tono no era autoritario. Era firme. Y, por primera vez desde que se conocían, Lemn sintió que no estaba discutiendo con alguien que dudara.

—Mara… —dijo, y en su voz había algo que no había aparecido antes: miedo por ella.

Ella lo percibió.

—Lo sé —respondió.

—No —negó Lemn—. No lo sabes.

Mara lo miró con una claridad que le resultó insoportable.

—Estoy cambiando —dijo sin rodeos—. Pero no me estoy perdiendo.

Lemn quiso creerlo. Lo necesitaba. Pero lo que veía no era solo cambio. Era adaptación. Y en aquel lugar, adaptarse demasiado rápido podía ser otra forma de integración.

El agua volvió a moverse. Esta vez con más intensidad.

Una ondulación más amplia recorrió la superficie, desplazando varias flores y dejando ver durante un instante algo oscuro, no definido, bajo la membrana.

Los ombroles cercanos reaccionaron de nuevo, coordinados, tensando sus estructuras en una respuesta que ya no podía interpretarse como casual.

Mara sintió el pulso con una nitidez casi física.

—Está reaccionando a nosotros —dijo.

—¿El agua? —preguntó Lemn.

—No solo el agua.

Lemn tragó saliva.

—Entonces no deberíamos estar aquí.

Mara negó despacio.

—Ya estamos.

La diferencia entre ambas frases era mínima. El significado, no.

Lemn volvió a mirar a Lía. Esta vez no apartó la vista tan rápido. No la fijó, pero permitió que su forma se le definiera un poco más en la periferia. Lo suficiente para confirmar lo que no quería confirmar.

—Es ella —susurró.

Mara no lo negó.

El silencio que siguió no fue de duda. Fue de aceptación contenida.

Lemn respiró hondo. Cuando habló, la voz le salió más baja, más firme.

—Entonces no me voy a ir.

Mara asintió.

—No.

—Pero tampoco voy a hacer lo que el bosque quiera que haga.

Ella sostuvo la mirada.

—Eso es lo único que podemos intentar.

Lemn notó entonces algo más. No en el entorno. En ella. Una leve variación en la forma en que lo miraba. No era distancia. Se trataba de algo distinto. Como si, además de verlo a él, estuviera registrando cómo encajaba él en todo aquello.

—No me mires así —dijo, casi sin pensar.

Mara parpadeó.

—¿Así cómo?

—Como si también me estuvieras leyendo.

Ella dudó un segundo. Y esa duda, mínima, fue lo que más le dolió.

—No quiero hacerlo —dijo—. Pero está pasando.

Lemn apartó la vista, clavándola en el suelo.

—Pues deja de hacerlo.

Mara no respondió. Porque sabía que no era una acción que pudiera detener con una orden simple.

El agua volvió a moverse.

Y esta vez, Lemn lo sintió también.

No como Mara. No con esa claridad. Pero lo suficiente para entender que el centro de aquello no era pasivo.

Era activo.

Y ellos estaban dentro.