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Al abrir la puerta del apartamento, oye como Logan se acerca correteando desde el comedor con la cola erguida. Se detiene frente a Erin y suelta un maullido exigente, que solo puede interpretarse de una manera: reclama su dosis de atención inmediata.
—¡Hola! —saluda Neil desde el sofá—. ¿Cómo ha ido?
Le encanta la voz cálida y tranquila de Neil. Suena tan normal, que por un instante se olvida de lo vivido las últimas semanas.
Erin le enseña la placa.
—Veo que muy bien —responde incorporándose.
La abraza con fuerza, rodeándola con los brazos. Aquello no es solo una felicitación. Es un alivio. La constatación de que sigue viva y de que ha recuperado aquello que casi le arrebataron para siempre.
Erin apoya la frente contra su hombro. Después, llega un beso y luego otro. Uno lento, sin prisas y sin miedo.
A sus pies, Logan protesta por la falta de atención y comienza a restregarse contra la pierna de Neil.
—Veo que os habéis hecho amigos.
—Sí —admite él mientras le rasca detrás de las orejas—. Creo que por fin me ha aceptado.
—No cantes victoria.
—Ah, ¿no?
—Es un manipulador profesional.
Logan responde con un ronroneo satisfecho.
—Entonces se parece bastante a su dueña.
—Largo de mi casa.
Neil suelta una carcajada.
La mañana transcurre apaciblemente. Erin había olvidado lo que era vivir un día normal, sin cadáveres, sin persecuciones, sin informes y sin mentiras.
Han hecho el amor, después han pedido sushi para comer y luego han estado viendo una película a la que ninguno de los dos ha prestado demasiada atención. Por unas horas, Erin consigue convencerse de que el mundo puede seguir girando sin ella. Pero la ilusión le dura sólo algunas horas.
El teléfono comienza a sonar con insistencia sobre la mesa del salón. Erin reconoce el nombre de inmediato. Mariana Serrat. Sabe que la tregua acaba de terminar.
—Tenemos un problema. Ha desaparecido… —anuncia la inspectora jefa.
El estómago de Erin se contrae.
—¿Cómo que ha desaparecido? ¿Quién?
—Cecilia.
—¡¿Pero cómo?! —pregunta incorporándose de golpe—. Si estaba en una prisión provisional…
—Ha escapado…
La noticia le cae como un cubo de agua helada.
—Eso es imposible.
—Todo indica que varios funcionarios colaboraron. Le facilitaron ropa civil, acceso a una salida de servicio y un vehículo.
—Joder… —se lleva una mano a la frente—. ¡Vaya mierda!
—El lenguaje, Butler.
—Lo siento.
No lo siente. Lo que siente es rabia, impotencia y cansancio.
—La encontraremos —le asegura Serrat—. Solo quería mantenerla informada.
Pero ya era tarde. Su día libre acaba de extinguirse. Se va derecha hacia la comisaría. Serrat ya ha dado la orden de que vigilen todas las estaciones de tren, puertos y aeropuertos.
—Va a estar una temporada escondida como una rata —espeta Erin.
—¿Tú crees?
—Sí. Intentará camuflarse entre la gente, cambiando de aspecto. Es muy buena actriz. Sabe disfrazarse y maquillarse genial. A mí me vendió durante años que era la vecina perfecta, una amiga, casi como una madre…
—Incluso las ratas como ella cometen errores… Y allí estaremos nosotros esperando.
—Eso espero.
Al caer la tarde reciben un aviso. Dos pescadores de la zona han encontrado un cadáver junto al río Aniel. El mismo río. El mismo lugar donde empezó aquella pesadilla meses atrás.
Cuando Erin desciende del vehículo policial, reconoce inmediatamente el paisaje con sus aguas oscuras y la vegetación de la orilla.
Los pescadores permanecen allí, traumatizados, con la mirada desencajada y pálidos por lo que han visto. Uno de ellos discute con un agente joven que intenta convencerlos para que regresen a casa, pero estos se niegan a abandonar la escena.
—¿Qué está pasando aquí? —protesta Genís.
—No puedo darles detalles.
—Nadie nos explica nada —insiste Ovidi—. Primero encontramos aquel coche hundido con aquel cadáver y ahora esto…
No puede acabar la frase. La voz se le quiebra, las náuseas vuelven a asomar en su rostro.
—Creíamos que Genar era un pueblo seguro —se queja Genís.
—Y lo es —interviene Erin, salvando al pobre agente, a la que le da las gracias con los ojos—, pero da la casualidad de que, en pocos meses de diferencia, nos hemos encontrado con esto.
Los dos hombres se giran hacia ella.
—¿Y usted quién es?
—La inspectora Erin Butler —responde estrechándoles la mano—. Por cierto, quería agradecerles personalmente vuestra colaboración en estos meses.
Los dos se ruborizan y se miran de reojo, sorprendidos.
—Gracias a vuestra llamada encontramos pistas muy importantes.
Los dos comienzan a discutir inmediatamente sobre quién llamó primero a la policía. Erin termina riéndo. Incluso el joven agente se muestra más relajado.
—Ahora sí. Márchense a casa y descansen.
—Le aseguro que no volveremos a pescar aquí durante una temporada.
—Probablemente, yo tampoco.
Cuando los técnicos terminan de acordonar la zona, Erin se acerca al cuerpo. Entonces lo ve y siente que algo se hunde dentro de ella. Es Cecilia. O lo que queda de ella. El cuerpo presenta mutilaciones brutales.
Neil, que ha querido acompañarla, está junto a ella observando la monstruosa escena.
—¿Ha sido quien yo creo? —le pregunta Neil.
Erin tarda varios segundos en responder intentando ahogar una arcada.
—Sí.
—Jameson…
—Ojo por ojo…
—¿Y ahora qué?
—El monstruo sigue libre, pero ya no es el más peligroso de todos.
Al día siguiente, Erin decide llamar primero a los padres de Laura Adaya, para explicarles quién mató a su hija y por qué. Al final de la llamada, se sienten profundamente apenados y, a la vez, agradecidos con ella por llegar hasta la verdad.
Después, llama a la mujer de Angus Harris, Adelina Gil Stan, para explicarle lo acontecido estos días.
La viuda de Harris responde tras varios tonos. Su voz suena cansada y gastada por años de incertidumbre.
Cuando Erin le explica que finalmente han encontrado a Angus, la mujer rompe a llorar.
—No puedo creerlo… Siempre pensé que volvería algún día.
Aquellas palabras atraviesan a Erin, porque sabe que muchas personas sobreviven gracias a la esperanza y que a veces la verdad es mucho más cruel.
Sin embargo, lo peor está por llegar, porque aún tiene que contarle lo de su hijo Alex.
Su muerte, el final trágico de un hombre que había vivido quince años cargando con una culpa que nunca le perteneció.
Al otro lado del teléfono se escucha un grito ahogado. Después, un llanto silencioso, profundo y desgarrador.
Erin cierra los ojos y decide omitir todo lo ocurrido durante los últimos días. No le habla de los disparos, de la persecución, de las decisiones equivocadas. Aquella madre ya había perdido demasiado…
—Los cuerpos serán repatriados en los próximos días —informa con suavidad.
—Gracias… —musita en un susurro.
—Lo siento muchísimo, señora Gil.
Esta vez Erin no habla como policía. Habla simplemente como alguien que comprende el peso de una pérdida.