Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

—¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz!…

La canción resuena entre risas desafinadas, vasos levantados y el tintineo de los cubiertos.

La vida parece que recupera un tiempo normal, la casa de Erin está llena de felicidad, solo de gente que la quiere.

La mesa del comedor difícilmente puede contener toda la comida que han preparado. Hay bandejas de embutidos, tortilla, croquetas, ensaladas, refrescos, cerveza y una tarta enorme, que su madre insiste que la hizo ella misma, aunque todos sospechan que la ha comprado en una pastelería.

Erin observa a los presentes y siente algo extraño. Una sensación de paz. Treinta y tres años. Jamás imaginó que llegaría a esa edad después de todo lo ocurrido. Ni que lo haría rodeada de aquella gente.

Logan se esconde debajo de una banqueta de la entrada. Demasiado ruido para él. Leo, el hermano de Erin, discute con uno de sus hijos sobre quién ha comido la última croqueta. Su cuñada intenta poner orden, sin mucho éxito. Ángela conversa animadamente con Ray.

Frank Lizarraga explica una anécdota absurda que provoca carcajadas generales. Y Moisés… Moisés sigue siendo Moisés:

—¡Eh, tortolitos! —protesta señalando a Erin y Neil—. Hay más personas en esta casa, aparte de vosotros dos.

Su risa grave y contagiosa recorre el salón. Neil rodea la cintura de Erin desde hace varios minutos.

—Estoy aprovechando los momentos que tengo con él —replica ella divertida—. ¡Déjame vivir!

—¡Qué empalagosos sois!

—¡Celoso!

—Muchísimo.

Todos vuelven a reír.

Neil aprovecha para besarla en la mejilla.

—¿Ves? —añade Moisés—. Ni siquiera me escuchan.

—Porque nadie te escucha nunca —contesta Ray.

—Eso es mentira y lo sabes.

—No, no lo sé.

—Pues deberías.

—No pienso hacerlo.

—Eres un borde.

—Y tú hablas por los codos.

La discusión continúa varios minutos más, provocando nuevas carcajadas. Erin contempla la escena, con una sonrisa sincera. Aquello es exactamente lo que necesitaba. Normalidad. Algo tan simple… y a la vez tan difícil de conseguir…

Entonces Neil carraspea.

—Bueno… ya que estamos todos aquí…

—Uy —murmura Ángela—. Esa frase nunca trae nada bueno.

—Redoble de tambores —anuncia Erin.

—¿Estás embarazada? —interrumpe Leo alzando una ceja.

—¡¿Qué?! —se queja ella con los ojos abiertos de par en par.

Toda la habitación estalla en risas.

—¿Eres tonto de remate?

—Es una posibilidad.

—Es una estupidez.

—Prácticamente lo mismo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Leo…

—Vale, vale.

—¿Podemos volver al tema principal antes de que se maten? —pregunta Ray levantando las manos.

—¡Gracias! —responde Neil sonriendo—. Lo que quería decir es que voy a solicitar el traslado a España.

La noticia provoca una pequeña explosión de alegría.

Ángela es la primera en levantarse para abrazarlo. Después Ray y luego Moisés. Incluso Frank le estrecha la mano con auténtico afecto.

—Ya era hora —afirma el comisario.

—Aún tardará algunos meses.

—Da igual.

—Los trámites son lentos.

—Lo sé.

—Muy lentos.

—Neil.

—¿Sí?

—Cállate.

Todos vuelven a reír. Erin apoya la cabeza sobre su hombro. Algo ha cambiado, siente que un futuro parece posible y real. No una fantasía construida entre llamadas telefónicas y vuelos internacionales.

Su madre se acerca entonces. Han pasado meses desde la última vez que mantuvieron una conversación realmente tranquila. Su relación jamás será perfecta, hay demasiadas heridas antiguas. Sin embargo, aquella noche ambas resultan cansadas de cargar con el pasado y lo dejan a un lado.

—Me alegro por ti —confiesa su madre.

Erin la observa sorprendida. Aquellas palabras no son habituales en ella.

—Gracias.

—Te mereces ser feliz.

Algo se remueve dentro de ella. Pequeño y hermoso. Porque sabe que, por una vez, ambas estaban intentando acercarse.

Las semanas transcurren con una calma desconocida. Erin cumple la promesa que se había hecho y pide una excedencia para desconectar durante una buena temporada del trabajo.

Apaga el teléfono más veces de lo habitual, duerme, lee, sale a caminar, y vuelve a pintar.

Aquella vieja pasión que había abandonado años atrás, cuando decidió convertirse en policía. Descubre que sigue recordando cada movimiento del pincel, cada mezcla de colores, cada sombra. Es como reencontrarse con una versión olvidada de sí misma.

* * *

La luz de la tarde atraviesa los grandes ventanales de la academia de arte. El olor a óleo flota en el ambiente.

Alumnos de distintas edades trabajan concentrados frente a sus caballetes. Erin observa el lienzo. Ha pintado una pequeña casa blanca rodeada de flores silvestres y el mar, de fondo.

Un lugar tranquilo, un lugar donde quizá podría vivir algún día. De repente, oye una voz detrás de ella.

—¡Madre mía!…

Reconocería aquella voz incluso entre una multitud.

—Eres realmente buena.

—¡Gracias! —sonríe sin apartar la vista del cuadro—. Pero no has venido para ver mis dibujos —dice dejando el pincel.

Frank Lizarraga se sienta junto a ella. Está completamente recuperado, aunque todavía conserva cierta rigidez al caminar.

—Tienes razón.

—Lo sabía.

—Siempre lo sabes.

—Es una de mis muchas virtudes.

—Y de tus muchos defectos.

—También.

Él observa el cuadro.

—¿Y qué te trae por aquí? —pregunta ella.

—Me gustaría que volvieras al Cuerpo —responde acomodándose las gafas.

Erin suelta una carcajada incrédula.

—¿En serio me estás pidiendo eso?

—Sí.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Después de todo lo ocurrido?

—Sí.

—No han pasado ni tres meses… —se queja ella.

—Lo sé.

—No tienes remedio —responde ella negando con la cabeza.

—Es verdad.

—Frank…

—Te necesitamos.

—No.

—Te subiré el sueldo.

—No.

—Tendrás más vacaciones.

—No.

—Fines de semana libres.

—Sabes perfectamente que eso no existe.

—Podemos intentarlo.

—Frank.

—¿Media jornada?

—No.

—¿Tres cuartos?

—No.

—¿Dos horas al día?

—No.

—¿Una?

Erin suelta una carcajada.

—¿Vas a seguir así mucho rato?

—Hasta que aceptes.

—Entonces vas a perder la tarde.

Él exhala dramáticamente.

—¿Y si me pongo de rodillas?

—Sería humillante.

—Lo haría igualmente.

—Pues seguiría siendo un no.

—Está bien —dice Lizarraga recogiendo su chaqueta.

—¡Gracias!

—Pero creo que este caso te interesaría…

—He dicho que no.

—Perfecto —dice él y se dirige hacia la puerta.

—¡Adiós entonces!

—¡Adiós!… La víctima era una adolescente.

Erin continúa pintando.

—Muy bien.

—De Rabadás.

Otro trazo.

—Estupendo.

—Apareció en el mar.

El pincel se detiene, solo un segundo.

—Qué pena.

—Ahogada.

—Hay accidentes… —responde apretando con fuerza la mandíbula.

—Eso pensamos al principio.

—Bien.

—Pero no creemos que estuviera nadando, en el mes de marzo.

Ahora sí, gira la cabeza, solo un poco. Lo suficiente.

—¿Qué edad tenía?

La sonrisa victoriosa de Lizarraga aflora de inmediato.

—Dieciséis años.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No sé de qué hablas.

—La conozco demasiado bien.

—Yo no he dicho nada.

—Precisamente.

—Estaré en mi despacho —indica el comisario abriendo la puerta.

—¡Suerte con el caso!

—¡Gracias!

—¡Adiós!

—¡Adiós!

La puerta se cierra. Erin vuelve hacia el lienzo, intenta hacerlo.

De verdad que lo intenta. Hunde el pincel en la pintura azul, traza una línea, seguida de otra…

Pero la concentración ha desaparecido. La casa blanca empieza a deformarse.

Las flores dejan de parecer flores. Los colores se mezclan sin sentido. Su mente ya no está allí.

«Adolescente, ahogamiento, Rabadás… ¿Quién era? ¿Por qué estaba en el agua? ¿Accidente? ¿Suicidio? ¿Asesinato?»

Una parte de ella todavía desea ignorarlo. Seguir pintando, viviendo. Seguir siendo simplemente Erin. Pero la otra parte, la que nunca descansa, la que hace preguntas, la que persigue verdades imposibles… ya ha despertado.

Deja lentamente el pincel sobre la mesa. Se queda observando el cuadro arruinado y comprende que Lizarraga ha ganado la partida.

Ya no puede dejar de pensar en aquella chica. En su nombre, en su historia. Y en lo que realmente ha ocurrido aquella noche junto al mar.