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Una vez fuera, ambos contemplan la casa desde el coche. La vivienda les recuerda a la casa de los horrores, con un jardín mal iluminado por una farola lejana. Cuesta creer que, unos minutos antes, aquel lugar hubiera sido escenario de disparos, traiciones y cadáveres.
Neil arranca el motor y se incorpora a la carretera.
Aún está débil por la intoxicación. Tiene el rostro algo pálido y los movimientos son más lentos de lo habitual, pero conserva la serenidad suficiente para conducir.
De vez en cuando carraspea para aliviar la irritación que todavía le quema la garganta.
Erin, sentada a su lado, intenta controlar el temblor de los dedos, al pulsar el número de la centralita.
Apoya una mano contra el salpicadero del coche, intentando calmarse.
El gas aún le oprime el pecho y la cabeza le martillea detrás de las sienes.
A su lado, las luces de la carretera atraviesan la oscuridad de la madrugada.
Finalmente, marca el número de la centralita.
—Central, aquí la… —se interrumpe a sí misma, con voz ronca, antes de pronunciar la palabra inspectora— Erin Butler. Necesito hablar urgentemente con la inspectora jefa Serrat.
Mariana Serrat ocupa temporalmente el puesto de Frank Lizarraga mientras este continúa ingresado en el hospital, recuperándose de las graves heridas provocadas por Alex.
Es una mujer que ronda los cincuenta años, impecable en el vestir, de carácter firme y una testarudez legendaria dentro del Cuerpo.
Sin embargo, también posee una virtud poco frecuente entre los altos mandos: escucha antes de juzgar.
La operadora tarda poco en responder.
—Ahora te la paso, Butler.
Erin apoya la cabeza contra el reposacabezas y exhala lentamente.
Lo que viene a continuación, resulta mucho más difícil de lo que esperaba, porque no se trata sólo de explicar lo ocurrido.
Tiene que describir a Cecilia. Convertir en sospechosa a una mujer que durante años ha sido una constante en su vida.
La mujer que aparecía con sopa caliente cuando estaba enferma.
La que nunca se olvidaba de su cumpleaños.
La que la abrazaba siempre que lo necesitaba.
La que siempre parecía estar ahí cuando todo se derrumbaba… Un nudo doloroso le oprime el pecho.
La voz de Serrat surge al otro lado de la línea.
—Butler.
Erin tarda un instante en responder. Después de explicarle todo lo que ha sucedido en la casa, describe a Cecilia.
—La sospechosa responde al nombre de Cecilia Rivas —articula finalmente—. Mujer de unos sesenta años, cabello gris corto y complexión delgada. Lleva pantalones vaqueros oscuros, americana gris y camisa blanca. Ahora os pasaré una foto.
Escucha su propia voz y le resulta extraña, automática, distante. Como si estuviera describiendo a una desconocida.
—Conduce un Toyota Yaris rojo. La matrícula termina en noventa y seis.
Al otro lado del teléfono, solo se oye el sonido de unas teclas.
—Bien, Butler —responde Serrat, visiblemente consciente del desastre que acaba de caerle encima—. ¿Estáis heridos? ¿Necesitáis asistencia médica?
—No. Estamos bien.
La respuesta sale de manera automática, porque en realidad no están bien en lo psicológico. Pero siguen vivos.
—Deberíais venir inmediatamente a comisaría para prestar declaración.
—No hay tiempo. Si conozco mínimamente a Cecilia, ya estará preparando una vía de escape. Intentará abandonar el país cuanto antes. Hay que vigilar estaciones, puertos y aeropuertos. Nosotros vamos hacia el aeropuerto de Barcens.
Serrat guarda un momento de reflexión.
—De acuerdo. Movilizaré todas las unidades disponibles.
Luego, añade con un tono mucho más serio:
—¡Y escucha bien, Erin! Legalmente sigues suspendida. No eres agente operativa en este momento. No hagas ninguna imprudencia.
Erin deja escapar una sonrisa amarga. Después de todo lo ocurrido, aquella advertencia resulta casi absurda.
—Recibido.
La comunicación se corta y ella continúa sujetando el teléfono sin moverse.
A través de la ventanilla desfilan árboles, señales de tráfico y largas extensiones de oscuridad.
Neil la observa de reojo. No necesita preguntarle qué ocurre, lo sabe perfectamente.
Sabe que acaba de perder a alguien importante y que todavía le duele haber entregado la placa.
Sabe que ahora mismo está intentando mantenerse entera, únicamente porque no puede permitirse derrumbarse.
Sin apartar la vista de la carretera, alarga una mano y la apoya suavemente sobre la de ella. Sus dedos se entrelazan. No hace falta ninguna palabra. El temblor de las manos disminuye poco a poco.
El aeropuerto de Barcens no es muy grande, pero sí lleno de gente, a pesar de las horas.
Erin observa las pantallas de salidas y se detiene en un vuelo con embarque inmediato hacia Casablanca.
—Es ese.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta Neil.
—Porque desde Casablanca puede esfumarse fácilmente. Puede ir hacia Mali, Mauritania, Senegal… Tiene demasiadas opciones.
Los dos se dirigen en direcciones opuestas, para dar con ella. Por fin, Erin la ve en la cola de embarque. Sus ojos se cruzan por un momento. Cecilia abandona la maleta y echa a correr. Erin la sigue, y si en algo no la ganan es en correr.
La mujer se mete dentro de una de las cafeterías de esas que tienen entrada y salida mientras tira sillas y mesas por detrás.
—¡Cecilia! ¡Detente! —grita Erin.
La mujer gira un segundo la cabeza. Durante un momento sus miradas vuelven a encontrarse. Ni siquiera parece sorprendida de que Erin siga viva. Después, echa a correr de nuevo.
—¡Mierda!
Erin sale tras ella. Los viajeros se apartan sobresaltados mientras algunas maletas vuelcan. Se oyen sirenas en la lejanía.
Un vigilante intenta interponerse y atrapa a Erin. Esta, de forma automática, le intenta enseñar la placa, pero no la tiene, así que se deshace de él con un empujón que lo tira al suelo.
—Lo siento.
Cecilia atraviesa una puerta de emergencia y huye por un corredor de mantenimiento.
Neil la sigue por el otro extremo. La persecución termina junto a una verja metálica que separa la terminal de la zona de servicio.
Cecilia comprende mientras mira a Erin que ya no tiene salida.
Respira agitadamente y, por primera vez, parece vieja. Muy vieja.
—Supongo que esto era inevitable —afirma Cecilia, sin apenas aliento.
Erin siente ganas de gritarle, de preguntarle por qué, de exigirle una explicación por años enteros de mentiras. Pero no puede. Siente un dolor agudo por dentro.
Dos agentes la sujetan. Uno de ellos le coloca las esposas y le lee sus derechos mientras Erin la observa.
—Cecilia Rivas, queda detenida por homicidio, asociación criminal, encubrimiento, obstrucción a la justicia y otros delitos que se le comunicarán formalmente.
—Lo siento, Erin —responde ella bajando la mirada.
Aquellas tres palabras terminan de romper algo dentro de ella.
* * *
Tras la muerte de Molina, la aparición de nuevas pruebas y las declaraciones de varios testigos, el caso contra Erin comienza a derrumbarse pieza por pieza.
Lo que durante semanas parecía una acusación sólida resulta ser una construcción levantada sobre pruebas manipuladas, testimonios interesados y una sofisticada falsificación digital.
Izan no pierde el tiempo. En las siguientes horas presenta ante el juzgado todo el material recopilado.
Ángela entrega los nuevos informes forenses que desmontan la versión oficial de las muertes investigadas.
Ray aporta la documentación relacionada con la exhumación de Laura Adaya y las evidencias que acreditan su embarazo.
Neil certifica técnicamente que el vídeo utilizado contra Erin fue generado mediante inteligencia artificial y manipulado para incriminarla.
La inspectora jefa Serrat valida la cadena de custodia y la autenticidad de las pruebas recuperadas.
El volumen de información es tan contundente que el juez instructor convoca una comparecencia urgente esa misma mañana. La sala está casi vacía. Erin permanece sentada junto a Izan. Está agotada. Tiene la sensación de llevar semanas sin dormir.
Mientras escucha los trámites judiciales, le cuesta concentrarse. Su mente continúa atrapada en la casa de Barcens, en el olor a gas, en la traición de Cecilia y en los disparos que aún resuenan en su memoria.
Finalmente, el juez deja la documentación sobre la mesa y se ajusta las gafas.
—Examinadas las nuevas pruebas aportadas y valoradas las declaraciones practicadas, este juzgado concluye que no existen indicios racionales que vinculen a la inspectora Erin Butler con ninguno de los hechos investigados.
Erin contiene la respiración y mira a Izan que esboza una pequeña sonrisa.
—En consecuencia —sigue el magistrado—, se acuerda el sobreseimiento libre de las actuaciones respecto a la inspectora Erin Butler.
Las palabras caen con una contundencia casi física, sin cargos, sin medidas cautelares y sin investigación pendiente. Totalmente libre.
Ella deja escapar el aire suavemente. Hacía tiempo que no podía respirar de verdad.
La tensión acumulada durante aquellas semanas abandona su cuerpo poco a poco.
Cuando salen del juzgado, Izan le da una palmada amistosa en el hombro.
—Te lo dije.
Ella lo mira.
—Has estado a punto de perder una apuesta.
—Jamás dudo de mis clientes favoritos.
—Soy tu única clienta favorita.
—Precisamente por eso.
Después de tantos días, Erin consigue esbozar una sonrisa sincera.
Horas después regresa a comisaría. La sensación resulta extraña.
Muchos agentes la observan al pasar. Algunos le dedican una leve inclinación de cabeza, otros simplemente apartan la mirada, incómodos por todo lo ocurrido.
La inspectora jefa Serrat la espera en el despacho de Lizarraga, el mismo despacho donde días atrás tuvo que entregar su placa. El mismo lugar donde sintió que una parte de sí misma desaparecía.
Serrat termina de revisar unos documentos y cierra la carpeta. El sonido seco resuena en toda la estancia.
—A efectos judiciales y administrativos, quedas libre de todos los cargos.
Erin asiente, aunque todavía le cuesta asimilarlo.
—¿Y ahora qué?
Serrat intercambia una mirada cómplice con Izan, que permanece apoyado contra una de las paredes.
—Ahora me toca hablar a mí.
Abre lentamente uno de los cajones del escritorio. Durante un instante, Erin no entiende qué está haciendo. Después lo ve. La placa, o mejor dicho, su placa. Al verla, ella se queda clavada en el suelo.
Serrat la toma entre los dedos y la deposita sobre la mesa. El metal refleja la luz de la ventana.
—La suspensión cautelar queda anulada con efecto inmediato.
Erin siente un nudo en la garganta. Aquella pequeña pieza de metal pesa mucho más de lo que recordaba. Pesa todas las noches sin dormir, todas las acusaciones, todos los errores, todas las pérdidas…
—Inspectora Erin Butler… —anuncia Serrat poniéndose en pie.
La mujer le extiende la placa. Erin, se levanta de la silla y la recoge con cuidado. Después, escucha las palabras que llevaba semanas necesitando oír.
—Bienvenida de nuevo al Cuerpo.
Siente como el alivio le recoloca algo por dentro. Desde que comenzó aquella pesadilla, vuelve a sentirse ella misma.
—¡Gracias! —le dice a la inspectora jefa, y luego al abogado.
—Para eso me pagan —sonríe él.
—Mentira. Lo has hecho gratis.
—No destruyas mi reputación profesional —le susurra al oído.
Ray suelta una carcajada desde la puerta. Erin lo mira entonces. A él también. Al amigo que nunca dejó de creer en ella.
—Gracias, Ray.
El forense se encoge de hombros.
—La próxima vez, intenta no acabar acusada de asesinato. Me ahorras papeleo…
—Lo intentaré.
—No lo harás.
—Probablemente no.
Las risas llenan la habitación. Y aunque todavía quedan heridas por cerrar, Erin comprende algo importante. Ha sobrevivido. Y esta vez, nadie podrá arrebatarle la verdad.