Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 40
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Fuera, se oye el viento arrastrar la arena desde la playa cercana y hace crujir las ramas secas del pequeño jardín. Dentro, Alex mantiene la pistola temblando entre las manos.

Tiene los párpados enrojecidos y el rostro desencajado de alguien que lleva demasiados años cargando con una culpa que quizás no le pertenecía.

—Molina te está manipulando… —declara Erin—. ¡Tú no mataste a vuestro padre!

Tú no estabas allí aquella noche… —niega él con brusquedad—. La caída… la sangre…

El arma vuelve a apuntarla directamente. Jameson observa a su hermano con incredulidad. Ya no hay rabia en su expresión, solo una mezcla devastadora de pena y desconcierto.

—Alex… ¡Mírame! —le ordena el hermano— Tú jamás habrías querido hacerle daño.

—¡Cállate! —ruge él—. ¡No entiendes nada!

De repente, Erin se acuerda de la nota, la que le dio Beatriz. El último pedazo de verdad que nadie había entendido del todo hasta ahora.

—Escúchame… —murmura con cuidado ella—. La mujer de Diego Durán encontró un escrito en uno de sus cuadernos…

—No sé de qué hablas… —responde él, nervioso.

—Tú creíste que tu padre estaba muerto cuando huiste… Pero no lo estaba. Y esta nota lo aclara todo.

—¿Qué coño significa eso?

—¡Escúchala! —ordena de pronto Jameson, agarrando a su hermano del brazo.

—La nota está ahí dentro —señala Erin su bolso que hay tirado junto al sofá.

Alex se aproxima sin dejar de encañonarla. Tiene el dedo tan tenso sobre el gatillo, que ella está convencida de que cualquier movimiento brusco podría acabar con todo.

Abre el bolso y saca el papel doblado. Las manos le tiemblan tanto que termina entregándoselo a su hermano.

—Léelo tú.

Jameson desdobla la hoja lentamente. La habitación queda en un silencio sofocante, roto únicamente por el viento golpeando los cristales.

Entonces empieza a leer:

«El plan sólo era seguirlo, presionarlo un poco… Pero no matarlo. Y tú… miserable hijo de puta… me obligaste. Amenazaste con matar a mi familia si no obedecía…»

La voz de Jameson empieza a quebrarse, antes de terminar de leer:

«Pero aquel hombre seguía vivo. Aún recuerdo sus ojos suplicantes. Y ahora este crimen me perseguirá para siempre».

Alex se queda completamente quieto. Absorto. Jameson sigue leyendo:

«Ojalá algún día tengas tu castigo. Los tipos como tú no merecen perdón».

El papel cae lentamente de sus manos. Erin, aprovecha ese instante.

—Tu padre seguía vivo cuando te marchaste, Alex… —insiste—. Molina ordenó rematarlo.

La respiración de Alex se rompe y él da un paso hacia atrás.

—No… —niega con la cabeza.

Baja la pistola unos pocos centímetros.

—No… no… no…

Toda la seguridad que llevaba años construyendo alrededor de aquella culpa empieza a desmoronarse delante de ellos.

—Él me dijo… —balbucea con un hilo de voz—. Me dijo que yo lo había matado…

—Porque necesitaba tenerte controlado —le responde Jameson.

—Dios mío… —suelta Alex llevándose una mano a la boca. Siente náuseas.

Ella lo observa con una mezcla incómoda de compasión y miedo. Porque incluso roto, incluso hundido, sigue sosteniendo una pistola. Y eso lo vuelve peligroso.

Él levanta de nuevo la mirada. Esta vez hay algo distinto en ella, algo desesperado.

—Ya es tarde… —farfulla—. Me han visto la cara.

Mira primero a Erin y después a Jameson.

—Tengo que matarla… Y tú, me ayudarás.

—¡¿Pero qué coño estás diciendo?! —responde Jameson, abriendo los ojos de par en par—. ¡¿Has escuchado lo que te hemos explicado?!

—No me jodas, Jameson… —ríe Alex con una amargura casi delirante—. Tú estás acostumbrado a meter cuchillos y balas. Para ti esto tendría que ser fácil.

—No así.

—Ah, ¿no?

Jameson se acerca un poco más a él.

—Yo mato por algo.

Alex sonríe con tristeza.

—¿Y es justo que yo vaya a prisión por el resto de mi vida?

—Podremos llegar a un acuerdo… Ya verás —propone Erin, desesperada.

La pistola vuelve a apuntar directamente hacia ella. Nota como el corazón le aletea a una rapidez desbordante.

Su cabeza empieza a disparar pensamientos absurdos a una velocidad ridícula.

Y en medio de todo aquello, piensa en Neil.

Por supuesto que piensa en Neil. Porque el cerebro humano es imbécil y caprichoso.

Todo lo que desea ahora mismo es uno de esos finales estúpidos de película.

Uno donde surge el héroe justo a tiempo y salva a la chica.

Neil entrando por la puerta, arrebatándole el arma a Alex, abrazándola y diciéndole que todo irá bien.

Una fantasía completamente ridícula, pero lleva dos meses sin verlo.

Dos meses pensando en él más de lo que quiere admitir.

En sus ojos claros, en esa voz tranquila, en aquella promesa absurda de besarlo la próxima vez que se vieran.

Dios. Le encantaría que apareciera ahora mismo.

Alex aprieta el gatillo. El estruendo revienta la habitación y Erin cae al suelo de inmediato, cubriéndose instintivamente el pecho.

Pero no siente dolor, no siente sangre. No siente nada.

Parpadea confundida. Entonces, ve a Alex desplomarse.

La bala le ha atravesado el torso. Detrás de él aparece Simón Molina, sujetando una pistola humeante.

—Joder… —masculla Erin.

Alex cae de rodillas mientras mira la sangre extendiéndose sobre su camiseta. Luego, levanta los ojos hacia Molina, doloridos y traicionados.

—¿Por qué? —consigue decir con la última brizna de aire que le queda antes de morir.

Molina ni siquiera responde. Jameson ruge de rabia y se abalanza sobre él. Forcejean violentamente contra la pared. La pistola vuelve a dispararse. El segundo tiro retumba en toda la casa, hasta que Harris se desploma sobre el suelo.

Erin intenta correr hacia la salida, pero Molina logra incorporarse antes y le apunta directamente a la cabeza.

—Ni se te ocurra —advierte, esposándola a uno de los radiadores anclados en la pared.

El comisario respira con dificultad. Está sudado y tiene sangre en la camisa.

Se oye ruido en la puerta principal y alguien entra. Molina se acerca, expectante.

—¿Y este quién coño es?

Neil aparece de repente con la expresión inconfundible de quien sabe que acaba de meter la pata hasta el fondo. Molina lo empuja violentamente hacia el interior. Lo tiene inmovilizado con un brazo detrás de la espalda. Erin siente un vuelco brutal en el pecho.

—Neil…

Los dos se miran.

El comisario registra rápidamente sus bolsillos y saca la cartera. Lee el nombre en voz alta.

—Neil Anderson… —arquea una ceja—. Policía escocés. Muy bonito.

Lo empuja hasta sentarlo junto a Erin.

—¿Falta alguien más en esta fiesta? —pregunta fulminándolos con la mirada.

Enseguida, le pone unas esposas, en el otro radiador.

Cuando Molina se aparta unos metros para hablar por teléfono, Neil aprovecha para acercarse todo lo que puede hacia ella.

—¿Estás bien?

—¿Por qué demonios no cogías el teléfono? —le reprocha Erin.

—Quería darte una sorpresa… —aclara él con una mueca incómoda.

—Pues sorpresa conseguida, sí —responde con los brazos cruzados. Aun así, Erin solo siente ganas de llorar, de abrazarlo, de golpearlo y de todo a la vez.

—No deberías haber venido… Idiota.

—Claro que tenía que venir —la mira de una manera que la desarma por completo.

Molina se gira hacia ellos.

—Eh, ¡vosotros dos! Parad de miraros así, me recordáis a una pareja en terapia.

Neil resopla. Ella aprovecha el momento para sacar toda la rabia contenida:

—¿Por qué, Molina? ¿Por qué mataste a Laura?

—Yo la quería… —contesta, bajando la cabeza.

Algo cambia de forma tenue en el rostro del comisario. Una grieta mínima. Ella siente náuseas al escucharlo.

—Se quedó embarazada —continúa él—. Y empezó a exigirme cosas imposibles. Quería que dejara a mi mujer, que reconociera al niño. Amenazó con denunciarme. Dijo que contaría las otras cosas a las que me dedico. Tenía nombres y direcciones. Era muy arriesgado.

—¿Y por eso la mataste?

—No lo decidí yo… —responde apretando la mandíbula—. No entiendes cómo funciona el mundo…

—No, por suerte, no.

—Esto es mucho más grande que yo. Jueces, policías, forenses, empresarios… Todos protegiéndose entre ellos. Una sociedad entera.

—Entonces todos deberíais pudriros en prisión.

—Idealista hasta el final… —gruñe él.

—¿Qué pasa aquí? —interrumpe una voz femenina desde la entrada.

Erin se queda helada. Ha reconocido la voz.

—¡Cecilia! ¡No entres! —le advierte.

Pero ya es tarde, ella aparece en el salón. Hay algo en su rostro que le resulta extraño. Está muy tranquila y fría. Va vestida de forma distinta a la habitual. Más elegante, más joven incluso.

Molina baja la pistola al verla.

—Esto es un desastre… —se queja Cecilia, observando los cadáveres.

Molina abre los ojos, avergonzado.

—¿Cuántas cagadas tuyas tengo que arreglar? —pregunta con fastidio.

Erin siente un cosquilleo nervioso invadiendo sus extremidades. No entiende nada. Se toca la cara, por si acaso ha muerto y está en el purgatorio. Pero es más real de lo que le gustaría admitir.

—Lo siento —agacha la cabeza el comisario.

—Dame la pistola —le ordena.

Erin no da crédito a lo que está presenciando, aunque poco a poco va entendiendo que el verdadero monstruo nunca fue Molina.

Él obedece sin rechistar. Cecilia primero se asegura que el arma está cargada y sigue hablando:

—Te he dado muchas oportunidades —le advierte al hombre—. Te he protegido, tapado cosas… Pero desde lo de aquella chica, Laura, solo nos has traído problemas…

Después, apunta directamente al comisario.

—Te juro que no volverá a pasar —suplica él.

—Ya no me sirves.

El disparo le atraviesa la cabeza. Erin se queda paralizada, con la duda de si lo que está viendo no es solo una pesadilla.

Cecilia observa las salpicaduras de sangre sobre su blusa y hace una mueca de fastidio. Luego, los obliga a moverse hacia el garaje. Erin camina con dificultad, tiene las piernas temblando.

—No puedo creer que todo este tiempo fueras tú… —comenta Erin al fin, con los ojos vidriosos, dando paso a la furia—. ¡¿Pero por qué?!

Cecilia, una mujer a la que ahora ya no reconoce, enciende un cigarro.

—Ay, cariño, las facturas no se pagan solas, ¿sabes? Y este trabajo me da mucho dinero.

—Pero tú… siempre has cuidado de mí. Yo te quería… Y creía que tú también… Creí que éramos amigas…

Neil observa la escena con prudencia y con poco margen para la acción.

—Erin, qué ingenua… —contesta Cecilia riéndose—. Mira, yo soy como esos espías que hacen un papel. He fingido un papel durante muchos años y nos iba bien así. Yo te mantenía a raya. Sabía en qué estabas trabajando en todo momento, mientras jugaba al parchís contigo.

—Aun no puedo creerlo —confiesa Erin dejando escapar una lágrima.

—No se vale llorar ahora. Cuántas veces te aconsejé que te tomaras unas vacaciones, que cogieras distancia del trabajo, que era peligroso… pero no, tú siempre tan obcecada con la verdad, la justicia… Y mira donde te ha llevado eso…

—¡Bruja de mierda! —le grita Erin.

—¡Cuidado con el tono, niña! Sigo siendo mayor que tú y me debes respeto. La verdad es que ya me estaba cansando de hacer el papel de vieja tonta que se pasa el día limpiándote los mocos.

—¡¿Para quién trabajas?! —pregunta la inspectora, llena de ira.

—Para quién, no. Para quiénes. He oído a Molina cómo te lo explicaba… Hay toda una sociedad… Aunque atrapes a unos cuantos, seguirá habiendo muchos más.

—¿Pero qué necesidad tenías? —insiste Erin con frustración.

—Y dale… Este mundo ya está podrido y algunos aprendimos a sacar beneficio de ello. Esa es la necesidad. Extorsionamos, falsificamos, manipulamos, para que haya un sistema más equilibrado.

—¿Equilibrio llamas a eso?

El garaje está completamente sellado, sin ningún tipo de ventilación, se nota que lo han preparado todo anteriormente. Dentro, hay un coche antiguo con el capot abierto. Erin comprende el plan al instante.

—No…

—Tranquila, querida, será una muerte dulce —explica Cecilia con una serenidad aterradora—. Dentro de nada, os quedaréis fritos. El resto, vendrá solo.

No podría pegarte un tiro. Al fin y al cabo, pasar tantos años contigo me ha enternecido.

—Ya veo…

Seguidamente, los esposa a dos columnas y enciende el motor del coche viejo. El gas empieza a extenderse lentamente.

—Te echaré de menos, reina. Y no te preocupes por Logan, se quedará conmigo.

Y sin ningún remordimiento se va silbando del lugar. Neil gira la cabeza hacia Erin. Los dos intentan, sin mucho éxito, quitarse las esposas, pero es inútil.

—Bueno… —comenta él—. Al menos tocamos cabeza con cabeza.

—Sí… —ríe ella con las lágrimas contenidas.

Se acercan todo lo que pueden. El beso es lento, intenso, cargado de una urgencia que no nace del deseo, sino del miedo a que no exista un después.

—Al menos moriremos juntos… —contesta Neil.

—Si sobrevivimos, siempre podremos decir que nuestro primer beso fue de muerte —responde Erin entre bromas delirantes.

Se acarician con la frente el uno al otro e intentan hablar para no quedarse dormidos.

—No te duermas, Neil… Nos encontrarán…

Poco a poco, los dos van cerrando los ojos en lo que aparenta ser un sueño eterno.

Pero justo antes de perder la conciencia, oyen una tos. Es Jameson. ¡Está vivo! Pero ninguno de los dos es capaz ya de pedir ayuda, ni hablar.

Harris se acerca primero al cuerpo de su hermano. Se inclina junto a él y le acaricia el pelo ensangrentado, con una mezcla de tristeza e incredulidad. Cuando finalmente se aparta, lo ven avanzar hacia ellos tambaleándose, como un hombre que acaba de perder algo imposible de recuperar.

Para sorpresa de ambos, no huye. Les rompe las cadenas con una herramienta oxidada del garaje.

A Erin le cuesta mantenerse en pie cuando salen del garaje. El aire helado les golpea los pulmones. Neil mira a Jameson alejándose.

—No podemos dejarlo escapar…

Ella observa la silueta del hombre perdiéndose en la oscuridad. Luego piensa en todo lo que ha pasado: Alex, Molina, Cecilia… y murmura con agotamiento:

—Creo que ahora mismo hay monstruos peores.