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Genar, diez años atrás
Angus Harris lleva más de una hora contemplando la misma hoja de cálculo sin leerla realmente. En la pantalla del portátil se repiten cifras, columnas, porcentajes… Números que, por separado, no significaban nada. Pero juntos forman algo que no le gusta en absoluto.
Se quita las gafas y se frota el puente de la nariz.
El despacho provisional que le han dado en Genar es pequeño, mal ventilado y no hay ninguna tetera.
Solo una máquina de café en el pasillo. Después de tantos aeropuertos, conferencias y noches interminables revisando expedientes judiciales, él, que no soportaba el café, ha terminado acostumbrándose a ese sabor amargo.
Incluso le reconforta un poco. Quizá porque ya asocia el café al trabajo.
Y el trabajo es lo único que consigue mantenerlo lejos de sí mismo.
Fuera, el verano español aprieta con una humedad pegajosa que se pega a la piel.
Aun así, España siempre le ha parecido un país hermoso.
La gente es muy sociable y tiene sentido del humor.
Pero los sistemas, piensa, se pudren igual en todas partes.
Da igual el idioma o la bandera, la corrupción siempre acaba oliendo igual.
Vuelve a colocarse las gafas y desliza el cursor por varios documentos abiertos.
Lleva trabajando como criminólogo consultor internacional desde hace más de quince años.
Ha impartido conferencias en Italia, Francia, Portugal…
Ha trabajado con jueces, fiscales y policías de medio mundo, pero sin duda su país preferido es España.
Normalmente, se dedica a dar conferencias sobre perfiles psicológicos de criminales integrados en el sistema, redes institucionales corruptas y organizaciones infiltradas dentro de cuerpos policiales. Y otras veces, analiza casos complejos.
Hace escasos días, tras una conferencia sobre Crimen organizado infiltrado en instituciones públicas , Frank Lizarraga se le acercó al terminar la ponencia. Angus lo recuerda perfectamente apoyado en la última fila del auditorio, con aquella expresión tensa y más serio de lo normal.
Habían coincidido años atrás en varios congresos policiales y con los años habían terminado forjando una amistad discreta.
Aquel día, sin embargo, Lizarraga parecía genuinamente preocupado.
—Creo que hay gente dentro del Cuerpo manipulando investigaciones —confesó en voz baja.
—¿Crees… o lo sabes?
—No tengo pruebas suficientes —admitió Frank—, pero llevo tiempo viendo expedientes alterados, informes incoherentes, pruebas desaparecidas… Y cada vez que intento profundizar, alguien me aparta del caso.
—¿Y qué quieres exactamente de mí?
—Que les eches un vistazo por favor. Solo eso…
Angus aceptó, y ahora empezaba a arrepentirse.
Cuanto más observa aquellos archivos, menos le gusta lo que encuentra.
Personas acogidas a programas de protección que emergen muertas pocos meses después, cámaras de seguridad que fallan justo en momentos clave.
Informes duplicados, horas de muerte modificadas, los mismos policías presentes una y otra vez alrededor de casos extraños.
Suicidios demasiado oportunos… Y entre todos esos expedientes hay uno que no consigue apartar de su cabeza.
Laura Adaya. Una chica de diecinueve años, que hace cinco años se suicidó.
Pero no dejó carta de suicidio, no tenía antecedentes depresivos, ni había una explicación convincente.
Angus abre de nuevo el informe de autopsia. Lo ha leído tantas veces que casi podría recitarlo de memoria. Y, aun así, hay algo que le chirría mucho.
—No puede ser… —murmura.
No porque una chica joven no pueda suicidarse. Claro que puede. Pero aquel informe está limpio de una manera artificial. Hay párrafos cortados, referencias ambiguas y datos médicos incompletos. Y eso no ocurre por accidente.
El móvil vibra sobre la mesa. Angus lo mira sin ganas antes de responder, pero al ver el nombre contesta enseguida.
—¡Alex!
—¡Hola, papá!
La voz de su hijo menor suena estable y segura, para alguien de veintiún años. Alex siempre ha sido así: correcto, prudente, casi previsible. El hijo al que no hay que vigilar… o quizá al que vigila sin darse cuenta. El que nunca ha dado problemas.
Alex había llegado a España tres años antes, con apenas dieciocho años, intentando dejar atrás Escocia y ciertos episodios familiares que prefería no recordar.
Adoptó el segundo apellido de su madre, Stan, consiguió la nacionalidad española tras casarse con una joven catalana unos años mayor y, poco después, empezó a prepararse para ingresar en los Mossos d’Esquadra.
El matrimonio duró poco, pero la nacionalidad se quedó.
Y también esa obsesión enfermiza por pertenecer a algo.
Por tener orden, por no asemejarse jamás a su hermano Jameson. Aunque, a veces, lo añoraba.
—¿Todo bien? —pregunta Angus.
—Sí. Todo bien. Estaba mirando lo de la academia. La oposición de mossos d’esquadra.
Angus asiente, aunque Alex no puede verlo.
—Es una buena idea. ¿Pero por qué tanto sacrificio? Tienes que estudiar otra lengua y estar en otro país, pudiendo estar en tu tierra natal…
—Ya lo hemos hablado. Estoy cómodo aquí. Además, mamá tiene raíces españolas. Me gusta este sitio.
—Está bien… ¿Podremos vernos algún día antes de que me vaya?
—No lo sé… Tengo bastante lío, pero lo intentaré.
La conversación decae. Entonces Angus formula la pregunta que siempre evita.
—¿Has sabido algo de tu hermano? —pregunta con cautela.
—No —responde rápido y sin añadir nada más.
No menciona las peleas, los gritos o el miedo, ni la forma en que Jameson siempre se interponía entre ellos y la ira de su padre.
No dice que Jameson era un desastre, que cada decisión suya parecía una provocación al mundo, que llevaba años temiendo esa llamada que aún no había llegado.
No dice que, en el fondo, parte de su obsesión por el orden nació del caos que su hermano mayor representa.
—Me alegro —reconoce el padre, sin sonar realmente aliviado.
Cuelgan poco después. Angus deja el móvil boca abajo y vuelve a la pantalla.
Durante los días siguientes el caso termina obsesionándolo. El doctor descubre que la autopsia de Adaya está claramente manipulada, por lo que decide alargar un poco más su estancia en España, llegando incluso a posponer algunas de las conferencias ya pactadas en otros lugares.
Cuando revisa el caso de la chica halla algo raro: en la autopsia oficial no sale por ningún lado la palabra embarazo, pero sí hay referencia al aumento uterino y hay restos biológicos eliminados del informe final. Entonces piensa: «Alguien borró esto deliberadamente».
En los días sucesivos, Harris averigua que Laura, antes de morir, fue al médico por mareos y vómitos, que la ginecóloga que la atendió le confirmó que estaba embarazada de ocho semanas. Harris aún no sabe quién es el padre, pero sí que es alguien importante para borrar ese dato.
Sigue indagando un poco más en el caso: encuentra llamadas entre Laura y un número policial, la mejor amiga de la chica le enseña una foto robada, de Molina con Laura.
Entonces, por fin, todo empieza a cobrar sentido. Angus entiende que Molina y Laura tenían una relación secreta, puesto que se llevaban bastante diferencia de edad y él estaba casado y con hijos. Además, él era un policía poderoso y respetado… Por eso manipularon la autopsia.
Horas más tarde, en un café discreto cerca del edificio judicial, Angus habla con el hombre al que no debería haber mencionado nunca.
—No acuso a nadie —advierte Angus, bajando la voz—. Solo necesito saber si me equivoco.
El hombre no responde de inmediato. Remueve el café con una cucharilla que tintinea muy fuerte.
—Hay cosas que no conviene mirar de cerca, doctor Harris.
Angus sostiene su mirada.
—Cuando ciertos patrones se repiten, dejan de ser coincidencias.
El hombre sonríe, pero no es una sonrisa amable.
—A veces, lo que crees que es un patrón es solo eso, una coincidencia.
Angus sale del café con una sensación incómoda en el estómago, por la tensión y a su vez por la ausencia de duda. «Está claro que él es el padre».
Ese mismo día, el doctor decide verse con su amigo Lizarraga en la biblioteca municipal.
—Frank, ya sé por qué borraron el embarazo del informe…
—¿Por qué?
—Porque la chica tenía una relación secreta con el comisario principal…
—¡¿Qué?! ¡¿Molina?! —espeta visiblemente alterado—. ¿Estás seguro?
—Casi al cien por cien. Solo me faltaría una prueba genética para confirmarlo. Además, hoy hablé con él y se le veía en la cara que estaba mintiendo.
—¡¿Qué has hecho qué?! Angus, joder… Precisamente tú deberías saber lo peligroso que es eso.
—Tienes razón.
—No sabes con quién te estás metiendo…
—Creo que empiezo a imaginarlo.
—Harás las maletas y te irás de España hoy mismo.
—No pienso irme.
—¡Estás en peligro!
—¡Y tú también! Porque esto no va solo de un policía corrupto… Es una estructura entera, Frank —afirma Harris angustiado—. Policías, jueces, forenses, funcionarios… Gente trabajando junta. Laura Adaya solo nos ha abierto la puerta.
Lizarraga permanece callado. Por primera vez en años, tiene miedo de verdad. Finalmente, consigue esconder a Angus en un pequeño motel bajo un nombre falso: Aldous Huxley.
El doctor permanece allí varios días recopilando documentos y cruzando información y lo que encuentra termina de destruir cualquier duda que le quedaba.
Uno de esos días, por la noche, lo llama su hijo Alex.
Le cuenta que ha ido a verlo, pero no estaba en su antiguo alojamiento.
Angus no le da explicaciones por teléfono.
Duda un momento en si debería salir del motel.
«A Frank no le hará nada de gracia». Finalmente, quedan en los viejos aparcamientos de un polígono industrial.
Antes de irse del hotel escribe al lado de su seudónimo un número de teléfono, quizás con la esperanza de que si tarda en volver esa noche llamen a Lizarraga.
Cuando Angus ve aparecer a su hijo, comprende enseguida que algo va mal. Alex apenas puede mantenerse en pie. Lleva una botella de whisky medio vacía en la mano y los ojos completamente hinchados.
—¿Qué te pasa, hijo?
—¡¿Qué me pasa?! —pregunta soltando una carcajada amarga—¡Tú eres lo que me pasa!
—Estás borracho… No sabes lo que dices…
—Sé muy bien lo que digo.
—Siéntate y cuéntame qué te ha pasado.
Alex no obedece.
—He estado hablando con Jameson… Me llamó desde la cárcel.
A Angus le cambia la cara, se vuelve más pálido.
—¿Qué te ha dicho?
—Me recordó lo mal padre que eras… Ya casi no me acordaba, porque siempre se interponía entre tú y yo… y al final era él quien recibía los golpes.
Alex se acerca hacia él tambaleándose.
—Abusaron de él… ¡Y no hiciste nada!
Angus aparta la vista, avergonzado.
—Le pegabas… Lo humillabas… Y él siempre se ponía delante para protegerme.
—Yo… solo quería enderezarlo… —reconoce el padre, abatido—. Hacerlo un hombre fuerte… Sabía que él no era un chico normal… Y tenía que enseñarle…
—Enseñarle a qué… ¿Eh? ¡Lo convertiste en un monstruo!
—¡No digas eso! Yo no quería que fuese eso en que se ha convertido.
La discusión empieza a escalar con rapidez. Se gritan. Incluso hay empujones. El whisky acaba derramándose sobre el asfalto y la botella se hace añicos.
De pronto, Alex lo empuja con demasiada fuerza y Angus pierde el equilibrio, con tan mala suerte, que se golpea la nuca contra el bordillo.
Alex no reacciona, se queda petrificado.
—¡Dios! Pero qué he hecho… ¡Papá!… —susurra acercándose al cuerpo, pero este no responde.
La sangre empieza a extenderse lentamente bajo su cabeza. Alex entra en pánico y huye de la escena.
Lo que ninguno de los dos sabía es que alguien los estaba observando desde la distancia. Diego Durán. Un policía veterano enviado por Molina para vigilar a Angus Harris.
Cuando Durán se acerca al cuerpo, descubre algo inesperado: Angus sigue vivo, aunque respira débilmente.
Diego llama inmediatamente a Molina.
—Está vivo… Lo llevaré a un hospital.
—No harás eso —responde tajante el comisario.
Molina le ordena inyectarle un sedante y averiguar cuánto sabe realmente. Horas después, cuando obtiene toda la información necesaria y destruyen los documentos comprometidos, Simón Molina toma la decisión definitiva. Angus Harris debe morir.
Y la culpa recaerá sobre su hijo, al que chantajeará más tarde, en cuanto entre en el Cuerpo policial. Porque un hombre que se siente culpable es mucho más fácil de controlar.