Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 38
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La llamada llega alrededor de la medianoche.

Erin está sentada en el sofá, todavía con la ropa puesta, mirando un viejo episodio de Friends .

La casa está casi a oscuras, salvo por una lámpara pequeña junto al sofá.

Logan dormita a su lado, aunque levanta la cabeza en cuanto el móvil empieza a vibrar sobre la mesa.

El nombre de Ray aparece en pantalla. A ella le extraña las horas, pero contesta al momento.

—Dime.

Al otro lado solo escucha una respiración agitada y ruido de fondo, lo que parece el eco de un hospital. Entonces comprende que algo ha salido terriblemente mal.

—Ray…

—Erin… —la voz del forense suena rota—. Tienes que escucharme con atención.

—¿Qué ha pasado? —pregunta levantándose de un salto.

—Lizarraga está grave, lo han apuñalado.

—¡¿Qué?! —pregunta alarmada, con el corazón volcándose.

—Y mi hermano y yo… —jadea un instante—. También vinieron a por nosotros…

—¡¿Quién?!

—Alex… —declara después de una corta pausa.

El nombre cae como un disparo. Erin no sabe cómo reaccionar.

Su mente intenta rechazarlo de inmediato, buscar otra explicación, otro Alex, otro culpable.

Pero no hay otro. Alex Stan. Su compañero.

El hombre que lleva semanas conduciendo junto a ella, tomando café y mirándola a los ojos mientras finge investigar lo mismo que ella.

—No… —murmura.

Ray suelta una risa amarga.

—Ojalá estuviera equivocado.

—¿Cómo estás? —le pregunta notando las piernas algo débiles.

—Estoy bien… Y mi hermano también, pero tienes que largarte de ahí ahora mismo.

Ella aprieta el teléfono contra la oreja.

—Alex no me da miedo…

—Quizás no viene solo. Va a ir a por ti… —la interrumpe él—. Está descontrolado. Y si Molina ya ha dado la orden… no sé hasta dónde llegará.

Toda la rabia acumulada durante días se mezcla con una decepción feroz. Alex… Siempre ha estado ahí, cerca, atento, vigilando…

De pronto, recuerda las miradas extrañas, algunas preguntas fuera de lugar, su facilidad para aparecer siempre en el momento exacto.

—¡Escóndete! —insiste Ray—. ¡Por una vez en tu vida, deja de ir de frente contra todos!

Ella resopla por la nariz, porque él tiene razón y odia que la tenga.

Después de colgar, intenta llamar a Neil, pero siempre que lo hace le sale el buzón de voz. Y es raro en él. La frustración empieza a devorarla poco a poco.

—¡Vamos! ¡Contesta!

Pero sigue sin responder. Le escribe un mensaje rápido:

Tengo problemas. Llámame en cuanto puedas.

Tampoco obtiene respuesta.

El silencio del móvil empieza a resultarle inquietante. Logan salta del sofá y comienza a restregarse contra sus piernas, nervioso por la tensión que llena la casa. Ella lo coge en brazos un momento y apoya la frente contra su cabeza.

—Menudo desastre, ¿eh?

Logan responde con un maullido bajo. Ella lo deja nuevamente en el suelo y va directa al dormitorio. Abre un cajón y empieza a meter ropa a toda velocidad dentro de una mochila. Dinero y un cuchillo plegable.

Pero hay algo profundamente humillante en todo aquello.

Erin Butler lleva media vida persiguiendo criminales.

Y ahora, tiene que esconderse de ellos. La idea le revuelve el orgullo.

Sin embargo, el orgullo no sirve de nada contra hombres capaces de infiltrar policías, manipular pruebas y ordenar asesinatos.

Esta vez, está sola frente a una manada entera de lobos. Y los lobos huelen la sangre.

Cuando sale al rellano con la mochila al hombro, Cecilia está frente a su puerta. Lleva una bata gruesa de color crema y unas zapatillas ridículamente suaves. Tiene el cabello despeinado y una expresión de preocupación.

—¿Cecilia?

—Ay, hija, te he oído hacer ruido. ¿Qué pasa?

—Necesito irme unos días. ¿Podrás cuidar de Logan? —pregunta intentando mantener la calma.

—¿Irte? —la interroga Cecilia abriendo mucho los ojos—. ¿Pero por qué?

—Las cosas se han complicado…

—¿Complicado cómo?

—Hay gente peligrosa buscándome y están infiltrados en la policía… —explica casi en un susurro.

—¡Madre de Dios! —contesta llevándose una mano al pecho.

—Escúchame bien. No abras la puerta a nadie, y si preguntan por mí, diles que casi ni me conoces.

—Me estás asustando muchísimo.

—Yo también estoy asustada.

Aquello es tan raro en Erin, que hasta ella misma se sorprende al admitirlo. Cecilia se acerca despacio.

—¿Y no puedes ir a la policía? —pregunta de manera automática. Y durante una fracción de segundo, Cecilia se da cuenta de que ha metido la pata. Erin arquea una ceja, confusa.

—La policía no es segura —corrige enseguida, la mujer, con nerviosismo—. Claro… ya me lo has dicho.

Erin asiente con un gesto quitándole importancia.

—¿Dónde irás?

—No lo sé… Cogeré un avión o un tren. Lo importante es esfumarme unos días.

Cecilia permanece callada, pensativa.

—¡Espera! Tengo una idea mejor…

—¿Qué idea?

—La casa de Barcens.

—¿La de tus padres?

—Sí. No voy casi nunca. Está medio escondida, cerca de la playa. Nadie pensará en buscarte allí.

La mujer vuelve un momento dentro de su piso y regresa con unas llaves antiguas.

—Toma.

—No quiero meterte en esto —señala Erin dudando mientras observa las llaves.

—Ya estoy metida, cariño.

Aquella frase le provoca un extraño pellizco interno. Cecilia le acaricia el brazo con ternura.

—Ve allí, descansa y piensa tranquila.

Erin acaba aceptando las llaves.

—¿Por qué no te vienes conmigo?

—Uy, no… Tengo que hacer mucho por aquí, cuidar de mis magnolias…

Se abrazan antes de irse.

—¡Gracias, Cecilia!

Barcens queda a una hora de distancia de Genar. La carretera costera atraviesa zonas oscuras donde solo se escucha el mar golpeando a lo lejos y el motor del coche rompiendo la noche.

Conduce tensa, mirando constantemente por el retrovisor. Cada coche que aparece detrás hace que se le acelere el pulso. Cada sombra sugiere una amenaza.

Cuando por fin llega, entiende por qué Cecilia dice que nadie la encontrará allí.

La casa es pequeña y está apartada, sin vecinos, escondida entre pinos bajos y un terreno húmedo.

Tiene un pequeño jardín descuidado y un garaje lateral cubierto por una enredadera salvaje.

Desde allí, no se ve el mar, pero el aire huele con intensidad a salitre y humedad marina.

Por dentro, la vivienda transmite una calma extraña. Erin entra revisando cada habitación por pura costumbre policial. Primero la cocina, luego el baño, el dormitorio… No ve nada sospechoso.

Deja la mochila junto al sofá y se apoya un momento contra la pared. Por primera vez en días puede respirar algo mejor.

Saca el móvil y vuelve a intentar llamar a Neil, pero el buzón de voz salta de nuevo. La ansiedad empieza a morderle otra vez el pecho. Finalmente, le deja otro mensaje.

Neil… Estoy en Barcens. Tienes mi ubicación por si no sabes nada de mí estos días. No estoy segura de si voy a tener cobertura. Es una casa cerca de la playa. Llámame cuando escuches esto, por favor.

Guarda el teléfono y empieza a deambular nerviosa por el salón. Necesita un plan, pensar, mover piezas… Pero el cansancio mental es tan grande que difícilmente logra ordenar las ideas.

De repente, oye un ruido, muy suave, procedente del exterior. Reacciona al instante. Coge el cuchillo plegable y camina lentamente hacia la parte de atrás de la casa. «Debería haberme llevado la pistola», piensa.

Se oye otro ruido, esta vez más cerca de la puerta trasera que está abierta. Ella levanta el cuchillo.

—¡Sal ahora mismo!

Una figura alta aparece entre las sombras.

Y cuando da un paso hacia la luz, Erin siente cómo se le hiela la sangre.

Es Alex. El cansancio le cuelga de los hombros.

Tiene los ojos hundidos y el semblante derrotado.

Cualquiera diría que está a un paso de abandonar la partida y dejarse caer en el sofá.

Sin embargo, la pistola sigue firme en su mano, apuntando a Erin.

—¡¿Cómo me has encontrado?! —pregunta ella con la respiración acelerada.

Alex no responde de inmediato. Cierra la puerta despacio detrás de él.

—Tendrías que haberte escondido mejor.

—Ray me contó lo que hiciste… ¿Tanto te pagan? Traidor…

—No quería hacerles tanto daño… —revela, con los ojos entornados.

—Entonces, ¿por qué? ¿De qué coño vas? ¿A esto te dedicas?

Alex levanta los ojos hacia ella y al verlos comprende que no hay odio, sino desesperación.

—Solo cumplo órdenes.

Entonces Erin recuerda el SUV negro, la descripción de Vázquez: tenía perilla… alto… «¡Dios! Ha sido él todo el tiempo…»

—Tú intentaste matarme, ¿verdad? Eras tú el del coche… ¡Y casi matas a Vázquez! —espeta con rabia.

El rostro de Alex se tensa.

—No tenía elección, y ahora tampoco…

—Siempre hay elección.

Él suelta una risa nerviosa.

—No. No cuando debes una vida.

—Entraste en mi casa, me amenazaste, las fotos… —escupe Erin rabiosa—. ¡Has estado vigilándome!

—Lo siento —responde él bajando un poco el arma.

—No creo que lo sientas.

Antes de que pueda responder, una voz surge desde el exterior.

—¡¿Pero qué coño haces?!

Jameson aparece en la puerta principal respirando agitadamente. Lleva una chaqueta de cuero y su expresión es furiosa.

Alex gira la cabeza de golpe.

—¿Tú qué haces aquí? —le pregunta como si ya lo conociera.

—La seguí —responde Jameson, señalando el exterior—. Le puse un localizador al coche.

—¡¿Me pusiste un qué?! —pregunta perpleja—. Luego hablamos de eso.

Jameson se adelanta un poco más hasta colocarse entre ambos.

—Baja el arma, Alex.

—No puedo.

—Ella no es el enemigo.

—Sí lo es —suelta Alex con una carcajada rota—. Si quiero ser libre… tengo que matarla.

—¿Libre? —replica Jameson, confundido— ¡¿De qué demonios hablas?!

—Yo maté a nuestro padre —espeta Alex de golpe. Y cada palabra parece arrancarle algo por dentro.

Erin, que lleva rato intentando comprender el vínculo entre estos dos, ahora lo entiende todo. Son hermanos. Por eso le resultaba familiar el rostro de Alex.

—Discutimos… —sigue Alex con los ojos húmedos—. Yo me enfadé… Hubo una pelea y cayó.

—¡No! —replica Jameson negando con contundencia.

—¡Que sí! ¡Fue mi culpa! —insiste el policía, con la pistola temblando entre sus dedos—. Molina me ayudó a encubrirlo. No me delató. Y desde entonces, tengo una deuda con él. Y una de las cosas que me ha pedido es matar a Butler.

Jameson no es capaz de procesarlo.

—¿Vas a matar a una mujer inocente por culpa de ese hijo de puta?

Erin nunca hubiera imaginado alegrarse tanto de escuchar a Jameson defenderla.

—Tengo que hacerlo —suelta con un nudo en la garganta.

—¡No! —grita Jameson. Su voz retumba por toda la casa—. Tú no mataste a papá. ¿Me oyes? ¡Tú no!