Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 37
86%

37

Erin aparca frente al hospital, con el limpiaparabrisas marcando un ritmo cansino. Dentro del coche, suena Black de Pearl Jam mientras observa el edificio iluminado. Las luces de los faros alumbran el goteo de la lluvia.

Desde fuera, las ventanas del hospital se asemejan a unos ojos abiertos en mitad de la noche.

Se pasa una mano por la cara antes de salir, procurando así quitarse el agotamiento que lleva encima.

Ojalá pudiera dormir seis horas seguidas.

Entre la exhumación de Laura, la visita de Jameson y el miedo constante a que todo termine explotándole en las manos, el cansancio ya no es solo físico, se ha instalado dentro.

El ascensor sube lentamente hasta la planta de rehabilitación.

Cuando las puertas se abren, el lugar está tan tranquilo que resulta hasta irritante.

Solo se oyen ruedas de camillas desplazándose muy a lo lejos, el pitido flojo e intermitente de algún monitor y conversaciones amortiguadas tras las puertas.

Martina está sentada en el pasillo que hay al lado de la habitación de Vázquez, con un café entre las manos. Al verla, se levanta enseguida.

Tiene mejor cara que días atrás, pero sigue arrastrando ese abatimiento intenso que le apaga la cara.

—Erin…

Se abrazan.

—¿Cómo está hoy?

—Mejor… Creo. Ya habla más. Los médicos dicen que eso es una buena señal.

—¿Y él qué dice?

—Que odia la comida del hospital. —Sonríe con ternura.

—Entonces sí que está mejorando —responde Erin, riendo.

—Está despierto desde hace rato. Preguntó por ti…

Erin mira hacia la puerta. De pronto, siente nervios, porque mientras su amigo está atrapado en aquella cama, ella sigue deambulando libre de moverse mientras él apenas puede hacerlo.

Entra sin hacer mucho ruido. Moisés está sentado en una silla de ruedas junto a la ventana. Tiene el torso encorvado hacia delante y una manta cubriéndole las piernas. El vendaje de la cabeza ha disminuido, aunque todavía conserva hematomas amarillentos alrededor de un ojo y parte de la mandíbula.

Está más delgado, incluso más viejo, pero está vivo… y eso, ahora mismo, ya es un milagro.

Él gira con lentitud la cabeza, al darse cuenta de su presencia.

—Mira quién ha venido… —articula con voz ronca.

—Te veo bien —bromea.

Vázquez suelta una especie de risa cansada que termina transformándose en tos.

—Eh, tranquilo.

—No sabes… lo difícil que es… reírse, con las costillas rotas.

—Pues no hagas esfuerzos innecesarios.

—Tú dando consejos —dice y alza una ceja—, tiene gracia.

Ella arrastra una silla y se sienta frente a él. Moisés observa la lluvia tras el cristal, con una expresión extraña, más seria de lo habitual.

—Martina me ha contado lo de la suspensión.

—Qué rápido llegan las noticias…

—Lo siento de verdad.

—Me estoy acostumbrando a ser una civil normal —responde ella encogiéndose de hombros.

—No digas eso.

La firmeza de su tono la sorprende. A pesar del cansancio y del dolor, sigue teniendo esa autoridad tranquila que siempre lo caracteriza.

—Te han quitado una placa —continua él—. No quién eres.

Erin intenta aclararse la garganta al oír eso. Es justo lo que le dijo Neil también. Sólo que, esta vez, es justo lo que necesitaba escuchar, aunque no quiera reconocerlo.

Al rato, Vázquez respira hondo y hace una mueca de dolor.

—Joder…

—¿Llamo a la enfermera?

—Ni se te ocurra, bastante me torturan ya. Estoy esperando al fisioterapeuta… Si tarda un poco más, no pasa nada. Escucha… —sigue después de unos segundos callado—. Hay algo que no deja de rondarme la cabeza.

—¿El accidente?

—Así es… Recuerdo fragmentos… No todo, pero sí algo importante.

—¿El qué? —pregunta tensa.

—Luces… ruido… —balbucea, con los ojos entornados— el coche negro detrás de nosotros… Luego… un hombre alto.

—¿Viste quién era?

—No exactamente… Llevaba capucha y gafas. Pero… creo que tenía perilla. Y tenía ese gesto de seguridad…

—¿Qué quieres decir?

—No parecía alguien improvisando, ni siquiera un delincuente. Creo que fue uno de los nuestros, Erin.

Ella no responde porque sabe que tiene razón.

—Y van a intentar terminar el trabajo… Por lo que deberías esconderte.

—Ya lo están intentando hacer, pero no dejaré que pase.

—Siempre tan cabezota…

—Moisés, lo que yo quiero es que te recuperes pronto, porque necesito a mi compañero… y que me ayudes a ponerlos contra las cuerdas.

—Entonces escucha bien lo que voy a decirte.

Ella se queda quieta esperando sus palabras.

—Confía solo en quienes han demostrado que están dispuestos a perder algo por ti. No te fíes si son simpáticos o amables. Pregúntate si serían capaces de dejarlo todo si tú les pidieras ayuda. Yo lo dejaría todo.

Aquella frase la sacude más fuerte de lo esperado. Ray, Neil, Ángela… Incluso Lizarraga, a su manera cobarde y desesperada.

Y después, sin querer aparece Alex en su cabeza. «Ni siquiera me ha llamado… No me ha preguntado qué ha pasado o si estoy bien…»

Pero antes de que pueda profundizar en ello, Moisés vuelve a hablar.

—Por favor, deja de intentar salvar sola al mundo entero.

—Esta vez tengo ayudantes.

Él sonríe satisfecho. Después, le da un beso en la mejilla antes de marcharse.

Esa misma tarde, en la comisaría de Genar, el comisario finge revisar informes que no está leyendo.

Un sudor gélido le recorre la sien. No puede quitarse de la cabeza la conversación que ha escuchado accidentalmente media hora antes.

Simón Molina está nervioso y eso es peligroso.

Lizarraga ha pasado demasiados años viendo cómo funcionan hombres como él.

Sabe reconocer cuándo alguien empieza a sentirse acorralado… y Molina lo está.

Recuerda a la perfección sus palabras al teléfono: Si esas pruebas salen a la luz, estamos muertos.

Lo que le ha preocupado no es tanto el contenido, como el tono en que lo ha dicho.

Haz desaparecer lo necesario… y a Butler también.

Compungido, baja los párpados. Es un cobarde y lo sabe. Tiene tanto miedo de enfrentarse a todo ese grupo de delincuentes, que no es capaz de saltarse las reglas y luchar. Y ahora, tiene a una buena agente que no pertenece ya al cuerpo y a otro en un hospital. Erin tenía razón desde el principio.

Se levanta de golpe del escritorio y coge las llaves. Necesita advertirla y ayudarla.

Cuando Erin abre la puerta del coche ve al comisario junto al portal de casa. Este respira agitado. Se da cuenta de que algo va mal.

—¿Qué ha pasado?

Él entra sin esperar invitación. Una vez arriba, Lizarraga le explica la conversación que ha oído de Molina.

—¿Qué conversación?

—Saben que estáis reuniendo pruebas. Tú, Ray, el abogado, todos.

El corazón de Erin empieza a latir más rápido.

—¿Y cómo se ha enterado?

—No lo sé, pero van a intentar destruirlas.

—¿Qué quieres decir? —pregunta ella con la expresión más endurecida.

—Que van a enviar a alguien a eliminarlo todo y… también van a por ti.

Entre ellos se instala una mudez sepulcral y desagradable.

—¡Tenemos que llamarlos y avisarlos! —espeta ella—. A Ray, Izan, Ángela…

—Ya lo he hecho…

Los dos se miran. Ella con una expresión agradecida y él con la que provoca el peso de la culpa.

—Lo siento, Erin —consigue decir el comisario.

Ella lo mira sin comprender.

—¿Por qué me pides perdón ahora?

—Porque he sido un cobarde… —lamenta con la voz quebrada—. Durante años vi cosas que no me gustaban y miré hacia otro lado, porque pensé que era la única manera de sobrevivir aquí dentro. Y por miedo a que le hicieran daño a mi familia…

—Pues vaya momento para desarrollar conciencia moral —le reprocha ella, con los brazos cruzados.

—Tienes razón —contesta aceptando el golpe sin más.

Aquello desarma parcialmente la rabia de Erin.

—Escúchame bien —sigue él—. Proteged esas pruebas en un lugar fiable.

Erin afirma con la cabeza.

Una hora después, Lizarraga regresa a la comisaría. El edificio está casi vacío, ya es de noche. Solo algunas luces continúan encendidas entre los despachos y algunos agentes que les toca guardia sacan algunos cafés de la máquina.

Pero el corazón se le acelera cuando abre la puerta de su despacho. Los cajones están abiertos, los papeles desparramados por el suelo y varios archivadores vacíos. Alguien registra el armario metálico de espaldas a él.

—¡Eh! —le avisa.

El hombre se gira de inmediato. Todo ocurre con excesiva rapidez.

—¡¿Alex?!

Lizarraga casi no tiene tiempo de reaccionar cuando recibe un fuerte golpe en el costado. Cae contra la mesa. La lámpara termina estrellándose contra el suelo. El agente es más fuerte y joven. Forcejean entre respiraciones agitadas y golpes secos.

—¡No hagas esto, chico! —le ordena mirándolo a los ojos.

Pero Alex, nervioso, le clava una navaja en el abdomen. El dolor es insoportable, brutal. El comisario retrocede tambaleándose, mientras la sangre empieza a extenderse por su camisa.

El subinspector lo observa con una mezcla extraña de culpa y frialdad.

—Lo siento, jefe.

A lo lejos se oye a los agentes venir a toda prisa. Mientras tanto, Alex huye por las escaleras de emergencia, con varias carpetas bajo el brazo.

A varios kilómetros de allí, en Rabadás, Ray está en casa de su hermano Izan, el abogado, con los informes del caso Adaya y otros documentos.

—Deberíamos poner todos estos documentos en un lugar seguro. Incluso tu ordenador, con toda la información que puedas tener —le propone Ray a su hermano.

—Un momento… No nos volvamos locos. Estoy acostumbrado a trabajar con delincuentes de todo tipo. Ninguno se ha atrevido a atacar al abogado, es absurdo…

—Estos no son delincuentes normales. Guárdalo en un lugar fiable.

—Está bien… —responde Izan resignado—. Si estás más tranquilo lo pondré en la caja fuerte.

—Gracias —contesta el forense, aliviado.

—¿Te vas a quedar a cenar?

—Vale… ¿Dónde están Isa y los niños?

—Están en el cine y luego se van a comer por ahí con los primos. Qué me dices, ¿pizza y peli?

—Está bien… —responde Ray, contento de aprovechar el poco tiempo que tiene de verse con su hermano.

Una hora después, están viendo una película, cuando Ray oye ruidos en el exterior.

—¿Qué es ese ruido? —pregunta él.

—Va… —responde quitándole importancia—. Será el camión de basura, suelen pasar por esta hora.

Aun así, el forense, desconfiado, va a la entrada principal. La puerta se abre violentamente. Alex irrumpe en el salón.

—¡¿Qué coño…?!

Ray no llega a terminar la frase. Un puñetazo le impacta de lleno en la mandíbula. Sale despedido contra un armario y queda aturdido.

El atacante empieza a registrar los cajones. Izan emerge desde el pasillo, con un cuchillo de cocina.

—¡Eh! ¡Vete! ¡He llamado a la policía!

Alex se gira y, con una lámpara de mesa, le asesta un golpe brutal en la cabeza. El abogado cae al suelo, con un gemido ahogado. Ray intenta levantarse, pero recibe una patada en las costillas que lo deja sin aire.

El agente se acuclilla hacia Izan y le susurra al oído:

—Dime dónde narices tienes los documentos y pruebas…

—No lo sé… —responde casi sin poder hablar.

—Creo que sí lo sabes —dice tirándole del cabello.

—No… —suelta con una mueca de dolor.

Alex cambia de dirección y se sitúa al lado de Ray. Recoge el cuchillo del suelo y lo apunta en el cuello.

—O me lo dices, o ya sabes lo que le va a pasar.

—No se lo digas… —indica Ray, con un hilo de voz.

El abogado mira a su hermano y luego al atacante.

—En la caja fuerte —asevera Izan.

—Los números, ¡ya! —le ordena Alex.

—Dos, cinco, siete, ocho, nueve, cero.

Abre apresuradamente la caja. Allí encuentra una carpeta roja con los resultados preliminares del embarazo de Laura Adaya, documentos relacionados con el análisis digital del vídeo manipulado y otros archivos igual de relevantes.

Antes de marcharse, observa a ambos hombres heridos en el suelo. Coge el arma que lleva en la cintura y los apunta. Pero por la razón que sea, la vuelve a guardar y se pierde en la oscuridad mientras se oyen los zumbidos de sirenas a lo lejos.