Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 36
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Una semana más tarde. Instituto forense de Rabadás

La morgue habita en un limbo inmóvil. Allí abajo no existen las estaciones, el ruido de las calles, ni tampoco el sol golpeando las fachadas de Rabadás. Solo cuerpos convertidos en expedientes e historias reducidas a números escritos con rotulador negro.

Erin continúa por el pasillo con las manos ocultas en los bolsillos de la chaqueta. Desde que la han suspendido del Cuerpo camina de otra manera; con una postura defensiva y con esa sensación incómoda de estar invadiendo lugares donde antes pertenecía.

Cuantos cadáveres habrá visto en esa misma sala y en otras, con ese mismo aspecto grisáceo y demacrado. Cuerpos que se van deteriorando y que ya no sienten nada.

El sonido de una bandeja metálica chocando a lo lejos retumba por todo el lugar. Ray la espera, ataviado con la bata blanca y los demás complementos de un forense. Lleva el pelo algo desgreñado, señal inequívoca de que lleva demasiadas horas allí metido.

Laura Adaya, o lo que queda de ella, está tirada en una camilla fría de metal cubierta de una sábana blanca.

—Pensé que tardarías más.

—He venido conduciendo como una delincuente —replica ella con cansancio—. Supongo que ya me voy acostumbrando al papel.

Él esboza media sonrisa, pero enseguida se evapora. Lo lúgubre del lugar termina tragándose cualquier intento de humor.

Se coloca unos guantes nuevos y coge la tela.

—Prepárate.

Cuando levanta la sábana, le golpea un hedor que se extiende rápidamente por la sala. Por un momento, Erin aparta la cara llevándose el antebrazo en la nariz, por puro instinto, dado a que el olor a podrido es exageradamente fuerte. Ray, que se da cuenta, le ofrece una mascarilla.

—Joder… —murmura ella aceptando la mascarilla de su amigo.

Siente como el estómago se le revuelve. El olor es mucho más agresivo de lo habitual, no es el olor típico a muerte reciente. Es una mezcla de humedad antigua, carne degradada y productos químicos que no consiguen tapar del todo lo que queda debajo.

Erin ha visto cadáveres suficientes como para no impresionarse fácilmente. Pero aquello hace pensar que es distinto. Más penetrante, más podrido… Da la impresión de que el cuerpo lleva quince años intentando expulsar una verdad que alguien enterró rápido y corriendo.

Ray se apresura en abrir una ventana lateral del edificio forense, mientras ella se coloca la mascarilla con rapidez.

—Esto es muchísimo peor que otras veces… —protesta Erin.

—Porque el cuerpo estuvo enterrado en malas condiciones, hay humedad acumulada en los tejidos y llevamos desde ayer manipulando restos internos. Eso libera gases retenidos desde hace años.

Ella cierra los ojos un instante, asimilando la crudeza del dato.

Luego, vuelve a mirar al cadáver que ha estado enterrado durante quince años bajo tierra.

La piel ennegrecida conserva pocos rasgos reconocibles.

El cabello tiene aspecto de estar pegado al cráneo en mechones irregulares.

Las manos, deformadas por el deterioro, se asemejan a ramas secas.

Ray consulta unas anotaciones.

—La buena noticia es que hemos encontrado restos biológicos conservados.

—¿Qué clase de restos?

—Tejido fetal.

—¿En serio? —pregunta, sorprendida.

—Es algo bastante excepcional, pero no imposible. Hemos tenido suerte.

—¡Eso es genial! —celebra ella— ¿Ya lo habéis enviado al laboratorio genético?

—Sí, esta mañana. Si todavía queda material utilizable, podremos compararlo con el ADN de Molina. Pero…

—¿Pero? —pregunta intrigada.

—¿Cómo conseguimos el ADN de Molina?

—¿Pidiéndoselo amablemente? —propone Erin con sorna.

—Algo se nos ocurrirá… —responde Ray, bajándose la mascarilla.

—Tenemos que ir un paso por delante.

—De momento, los análisis del laboratorio nos demostrarán que estaba embarazada…

Y que era improbable que se suicidara. El siguiente paso será inventarnos algo para conseguir una muestra del ADN del comisario general.

Por otro lado, mi hermano también está trabajando duro para desmontar toda esta trama…

—No lo dudo…

—Y Ángela está analizando el cuerpo de Beatriz Ordóñez, que demostrará que tú no tienes nada que ver con su muerte…

—Y también está la foto donde sale Molina junto a Laura —suelta Erin.

—En cuanto a eso, siento decirte que mi hermano me contó que la imagen no tiene ninguna validez, puesto que solo se muestra a un joven Molina que ni siquiera mira a la cámara. Podría estar allí por casualidad. La playa es un sitio muy grande.

—De verdad que odio cada vez más a la ley —suelta ella encogiéndose de hombros, frustrada— y sus pequeñas excepciones y fisuras. Siempre hay que demostrarlo todo, aunque la verdad esté delante de nuestras narices.

De golpe, se escuchan voces al otro lado del pasillo.

—¡Mierda! Pensaba que hoy no vendrían los auxiliares —dice Ray, inquieto.

—¿Tengo que irme?

—Sí. Ahora mismo —advierte señalando la ventana lateral entreabierta—. Por allí.

Ella lo mira incrédula.

—Muévete, Butler.

Erin obedece entre refunfuños. Sale rápidamente por la zona exterior del Instituto Forense, rodeando el edificio hasta alcanzar el aparcamiento trasero.

—¡Lo siento! —le grita él antes de cerrar la ventana.

Durante el recorrido hacia el coche, siente que el hedor todavía no se ha despegado del todo de su nariz.

* * *

Más tarde, va a casa de Ángela. La vivienda es pequeña y ordenada hasta el extremo.

Hay cuadros de Dalí, libros médicos apilados junto a una lámpara encendida y varias plantas sobreviviendo junto al balcón.

El lugar transmite esa calma artificial de quienes necesitan controlarlo todo para no desmoronarse por dentro. Ángela le abre, con expresión agotada.

—Pasa.

Tiene el rostro apagado y unas discretas canas afloran entre el cabello rojizo. Sobre la mesa del comedor descansan carpetas forenses abiertas y fotografías tapadas parcialmente con una toalla.

—¿Has dormido algo? —pregunta la mujer.

—Unas dos horas. Todo un lujo…

—He terminado gran parte del análisis de Beatriz Ordóñez —expone Ángela, directa al grano.

—¿Y?

—No fuiste tú.

—Eso ya lo sé.

—Y yo también —corrige Ángela—, pero ahora puedo demostrarlo.

Le muestra varias imágenes.

—Presenta un fuerte traumatismo en la sien izquierda. El golpe fue previo a la muerte. Además, hay marcas de arrastre cerca de la espalda y restos vegetales distintos a los del punto donde apareció el cadáver.

—Porque la llevaron hasta el río…

—Sí. Y lo interesante de todo esto es que, por muy fuerte que tú seas, no es posible que pudieses arrastrar el cuerpo pesado de la señora Ordóñez hasta el agua, sin ayuda.

—Exacto.

—Sí. Y hay otra cosa. Hemos encontrado restos de piel bajo sus uñas. Debió de arrancárselos al agresor mientras intentaba defenderse. Si tenemos suerte, podremos identificar al causante.

Cierra los ojos un instante. Ese detalle le hace sentirse aún peor. La culpa vuelve a atravesarla. «Beatriz aún estaría viva si no hubiera hablado conmigo…»

—Eso espero.

Finalmente, Ángela apoya la frente en el hombro de Erin, con el ánimo un poco más caído.

—Han intentado sobornarme otra vez —confiesa—. Primero con la amenaza de mi hermanastro, luego con dinero…

—¿Y qué has hecho?

—Mandarlos a la mierda.

—Eso es… ser muy valiente, Ángela.

—No. Valiente debería haber sido hace quince años.

—Eres una buena amiga y eres atrevida. Las decisiones que tomamos a veces no son fáciles —responde Erin y la abraza.

Ya es de noche cuando vuelve a casa. Abre la puerta, fatigada. De repente, nota un aroma inusual, masculino, mezclado con tabaco suave. Jameson.

Camina de puntillas hasta el dormitorio, abre el cajón de la mesita y agarra con rapidez la pistola de reserva.

—Sal de donde estés… Veo que lo del móvil sigue sin ser tu fuerte…

La puerta del baño se abre de golpe. Jameson se manifiesta y se abalanza hacia ella, pero Erin le apunta directamente al pecho. Él frena en seco.

—Esta vez has sido rápida.

—Gracias a ti, estoy desarrollando todos mis sentidos. ¡Siéntate!

Jameson obedece, dejándose caer en el sofá. Incluso sentado impone, hay algo animal en él, algo peligroso.

—¿Qué haces aquí? —le pregunta sin bajar el arma.

—Sé que te quieren acusar de matar a mi padre y haber matado a esa mujer… —declara con rabia—. Y ya no eres policía. ¿De qué va todo esto? Porque como me estés engañando…

—De verdad que te creía más inteligente —responde ella visiblemente agobiada.

—Ten cuidado cómo me hablas…

—Haz cálculos. Hace quince años yo tenía veintidós años y solo era una agente novata de Rabadás. Dime, ¿qué motivo podría tener yo para matar a tu padre?

Él no responde.

—Veo que tu radar policial no lo tienes muy afilado… —añade ella.

—Mi contacto dice que tú estás detrás de todo —responde él pasándose una mano por la nuca, claramente alterado.

—Pues tu contacto miente… Me han tendido una trampa. Me estoy acercando tanto a la verdad, que me quieren fuera del Cuerpo de policía.

—No sé qué creer —contesta apretándose las sienes.

—Entonces… ayúdame a demostrarlo.

—¿Cómo?

—Simón Molina.

—¿El comisario principal? ¿Qué pasa con él?

—Él es uno de los implicados y creo que uno de los responsables de la muerte de tu padre.

—Me estás vacilando…

—No. Y te lo demostraré…

Se lo explica todo con delicadeza, como a un niño pequeño. La autopsia de Adaya, el embarazo, la confesión que quería hacer Diego Durán, las amenazas… Jameson escucha sin interrumpir, esta vez intentando conectar cada palabra que escucha.

—Necesitamos el ADN de Molina —concluye Erin—. Y he pensado que alguien con tus habilidades podría entrar en su casa, sin muchos problemas.

—¿Quieres que robe un cepillo de dientes?

—O pelo de un peine. Lo que encuentres.

Jameson permanece callado unos segundos que se le hacen eternos.

—De acuerdo.

Antes de marcharse, se detiene junto a la puerta.

—Voy a darte otra oportunidad, Butler.

Hace un gesto rápido cruzándose el dedo por el cuello.

—Y como me estés mintiendo…

Erin le sostiene la mirada sin pestañear.

—Me matarás, ya… —le interrumpe ella—. Pero primero averigua quién destruyó realmente a tu familia.