Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 35
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Cuando entra en casa, le parece inaguantable la ausencia de ruido. Ni siquiera abre las persianas. Se mueve con gesto torpe y ridículo. Beber unas cervezas de camino no le han sentado bien. Se queda quieta un instante en medio del salón. No recuerda qué tenía que hacer.

Logan surge desde el pasillo y corre hacia ella moviendo la cola. Maúlla varias veces, reclamando atención, pero al verla se detiene de golpe. Ladea la cabeza, desconfiado. Los animales siempre perciben, antes que nadie, cuando su compañero humano no está bien.

Deja una bolsa llena de botellas de vino y otros licores sobre la encimera de la cocina.

Siente un hueco en el pecho. Le han arrancado una parte de sí misma, y ahora su cuerpo no sabe cómo acostumbrarse a la ausencia.

Abre un armario y coge una copa. Se llena el vaso hasta arriba de vodka. Ni siquiera le gusta demasiado el alcohol, pero ahora mismo necesita apagar algo dentro de su cabeza. O intentarlo.

Bebe un trago largo. Le sabe horrible. Parece ácido ardiendo por su garganta. Pero sigue bebiendo.

Acaba sentándose en el suelo de la cocina, con la espalda pegada a los muebles bajos y las piernas dobladas. Logan se acerca despacio y se acomoda a su lado, observándola con esos ojos enormes que seguro que comprenden más de la cuenta.

Erin deja escapar una risa amarga.

—Mírame… —balbucea acariciándole distraídamente la cabeza—. Tú por lo menos sigues teniendo claro lo que eres.

El gato ronronea suavemente.

Ella bebe otro trago, hasta que el calor desagradable del alcohol empieza a subirle por el cuerpo y a nublarle un poco las ideas.

Y allí es cuando llega el golpe de verdad. No se trata ya de Asuntos Internos, de Molina o la humillación. Lo que realmente termina de hundirla es una pregunta absurda y sencilla que brota de pronto en su cabeza: «¿Y ahora qué se supone que soy, si ya no soy policía?».

Cierra los puños con rabia.

Durante años toda su vida ha girado alrededor de aquello: su placa; resolver casos; la necesidad enfermiza de encontrar respuestas; de impedir que alguien más acabara como Caterina.

El nombre le atraviesa el pecho como una cuchilla vieja. La recuerda un instante. Vuelve a verla riendo junto al mar, con el pelo mojado pegado a la cara y esa manera de mirarla, cuando el mundo parecía un lugar seguro.

«Todo esto lo hice por ti», piensa Erin mientras siente cómo el alcohol empieza a revolverle el estómago.

«Y mírame ahora: suspendida, acusada, destrozada…»

—Soy una fracasada… —musita con la voz rota.

Logan se incorpora de golpe cuando alguien llama al timbre. Ella tarda un poco más en reaccionar. El timbre vuelve a sonar.

—Ya voy… —gruñe. Se levanta torpemente apoyándose en la encimera.

Cuando abre la puerta se presenta Cecilia con una bolsa reutilizable llena de tuppers y comida.

La mujer, nada más verla, contrae el entrecejo.

—Madre mía, Erin… ¿Qué haces bebiendo a estas horas de la mañana?

—¡Hombre…! —barbotea ella apartándose para dejarla pasar—. Llegas en el mejor momento.

Cecilia entra despacio, observándola con preocupación.

—Ay, hija… no me gusta verte así.

—Pues acostúmbrate. —Erin se ríe sola mientras vuelve hacia la cocina—. Ven, ven… Vamos a celebrarlo.

Coge otra copa del armario y le sirve el licor sin preguntarle siquiera.

—¿Celebrar qué exactamente?

Erin levanta su vaso como si estuviera brindando en una fiesta elegante.

—Que oficialmente soy una fracasada.

—No digas tonterías —le suelta con ternura cansada.

—No, no… es verdad. Ya no soy policía —hace un gesto absurdo buscando la placa en el bolsillo de la chaqueta—. Mira… ah, no. Espera. Que ya no la tengo.

Cecilia deja la bolsa sobre la encimera y se acerca a ella.

—¿Qué ha pasado?

Erin bebe otro trago, grande.

—Pasa que los malos ganan. Siempre. Y encima tienen otros malos que los protegen. Como muñecas rusas llenas de mierda.

—Todo se arreglará al final…

—No. —Niega con la cabeza—. Nada se arregla nunca. Solo se tapa.

—Siéntate un momento —sugiere la mujer apartándole suavemente la copa de la mano.

—¿Me estás echando la bronca?

—Te estoy cuidando.

La frase desarma a Erin más de lo esperado. Se deja caer en una silla mientras Cecilia empieza a moverse por la cocina con naturalidad, como si hubiera vivido allí toda la vida. Encuentra un sobre de manzanilla, pone agua a hervir y abre el armario, sin preguntar.

—Mira el lado bueno —comenta intentando aligerar el ambiente—. Puedes tomártelo como unas vacaciones o para hacer otras cosas.

Erin se ríe con amargura.

—Buena idea. Igual mañana voy a echar currículum al supermercado que hay al final de la calle.

—No te pegaría nada.

—Ah, ¿no? Se me daría genial colocar yogures, mientras pienso en conspiraciones policiales.

La mujer se echa a reír.

—Necesitas descansar.

—Necesito justicia.

—Y también dejar de beber y dormir ocho horas seguidas.

Erin la contempla. Hay algo reconfortante en su presencia. Algo cálido. Maternal incluso. Eso la hace sentir todavía peor. Porque últimamente todo el mundo intenta sostenerla y, aun así, ella sigue cayendo.

El agua empieza a hervir. Cecilia le prepara una taza hasta arriba y luego le hace unas tostadas, aunque Erin difícilmente puede probar dos bocados antes de notar una arcada subirle por la garganta.

—Oh, no… —farfulla llevándose la mano a la boca.

A duras penas llega al baño. Vomita el alcohol y toda la ansiedad acumulada de los últimos días.

Cuando termina, se queda sentada en el suelo, apoyando la frente contra la bañera, mientras el mundo le da vueltas.

«Qué patético todo».

—¿Estás mejor? —pregunta Cecilia desde la puerta.

—Creo que me voy a morir.

—No dramatices.

Erin suelta una pequeña risa agotada.

Más tarde, se da una ducha caliente que se diría que le arranca parte del mareo y el olor agrio del alcohol.

Se pone ropa limpia y, todavía con el pelo húmedo, recoge todas las botellas que había comprado impulsivamente al salir de comisaría.

Las mete en una bolsa de basura, una detrás de otra, con la misma intención que si estuviera expulsando algo radioactivo de casa.

Cuando vuelve al salón, Cecilia ha subido las persianas. Se está preparando para irse.

—¿Seguro que estarás bien?

Ella tarda un instante en responder. Mira alrededor. La casa sigue siendo pequeña y caótica. La misma de siempre. Pero algo dentro de ella ha cambiado. Ya no tiene protección. No tiene placa, ni autoridad, ni respaldo legal, pero aun así, sigue enfadada. Sigue obsesionada con descubrir la verdad.

—Voy a seguir adelante —afirma de pronto.

—Erin…

—No pienso parar. Aunque ya no sea policía. Aunque intenten destruirme. Esto ya no va de trabajo… Es personal —dice pegándose en el pecho con suavidad.

Cecilia suspira, casi resignada.

—Solo intenta no destruirte tú también por el camino. De verdad, creo que deberías parar… Hacer otras cosas. Pero tú sabrás lo que haces…

Cuando la puerta se cierra tras la vecina, Erin se deja caer en el sofá junto a Logan. Busca el número de Ray y lo llama por teléfono. Él responde enseguida.

—¡Erin! ¿Cuándo has salido?

—Hace unas horas…

—Uy… Tienes una voz rarísima.

—He bebido.

—¿Tú? Entonces la cosa es grave. Si quieres voy a verte, en una hora llego…

—No, tranquilo. Solo quería saber si tenéis alguna novedad.

Al otro lado escucha papeles moverse.

—Esta misma mañana hemos empezado a tramitar el permiso para exhumar el cuerpo de Laura Adaya. He hablado con mi hermano y con Ángela.

—¿Y?

—Tardaremos unos días, pero creo que podremos hacerlo.

Por fin, desde que salió del calabozo, siente algo parecido a la esperanza.

—Ray…

—¿Sí?

—Gracias por no dejarme sola.

—No pienso hacerlo. Ninguno de nosotros va a hacerlo.

Después de aquello, los párpados acaban cediendo y cae rendida sobre el sofá. Al despertar, se da cuenta que tiene más de diez llamadas de Lizarraga. El reloj marca las once y cincuenta de la mañana. Entonces lo recuerda. Su cita con los fiscales.

—¡Mierda!