34
La puerta metálica se abre con un sonido estridente, poco ceremonioso. No hay música de fondo, ni un alivio inmediato. Más bien frustración y un vacío interior.
Erin sale acelerando el paso por el pasillo largo y angosto, iluminado con esa luz que no distingue entre culpables e inocentes.
El sonido de sus pasos suena más de lo que debería, casi molesta. Lleva la misma ropa del día anterior, arrugada, marcada por las horas sin descanso. El pelo alborotado, el rostro cansado y… distinto.
Un agente joven le devuelve sus pertenencias en una bandeja de plástico: el móvil, las llaves, la cartera, la placa y el arma descargada.
—Puede irse —anuncia sin mirarla. Es una situación incómoda para ambos.
Ella hace un gesto afirmativo sin responder. Recoge sus cosas con movimientos mecánicos, intentando asimilar que es la primera noche que pasa en un calabozo. Quizás debería escribir un par de sugerencias a los que montan esta clase de cubículos.
Pero aún no está libre. Al menos, no del todo.
Cuando atraviesa la última puerta y pisa el exterior de las dependencias de la policía, el aire le golpea la cara con una frescura casi violenta.
Inspira hondo para no desmayarse allí mismo.
Siente cómo el ritmo de su respiración vuelve a la normalidad.
Allí dentro respiraba a medias. Lizarraga la espera, apoyado junto a la pared, con los brazos cruzados.
Aunque no fuma, da la impresión de que tuviera que encenderse un cigarrillo en cualquier momento.
Tiene esa expresión de quien tiene que dar malas noticias y no sabe por dónde empezar.
Cuando Erin se acerca, él se estira lentamente. Sabe lo que tiene que decirle, pero no cómo hacerlo.
—¿Cómo has pasado la noche?
—¿Tú qué crees? —responde con ira contenida.
—Te dije que esperaras…
—Tendrías que haberme dicho desde el principio que Molina te tiene cogido por el cuello…
—No es tan fácil… No es solo Molina. Ya has visto cómo actúan los de asuntos internos…
Erin se encoge.
Un coche pasa por la calle a la vez que alguien habla a lo lejos. La vida sigue con una normalidad que resulta casi ofensiva.
—Sigues siendo investigada. Estás en libertad, pero con cargos.
—Ya lo sé —suelta, con una pequeña risa sin humor.
—Erin… —lamenta él apartando sus ojos de ella—, siento lo que te voy a decir…
Ella se tensa.
—Hasta que se aclare todo esto… tengo que suspenderte del cuerpo.
Las palabras le arden en el cerebro. No responde de inmediato, solo pestañea incrédula, como si necesitara reajustar la realidad.
—¿Suspendida? —repite, sin alzar la voz—. ¿Durante cuánto tiempo?
—No lo sé —responde él con una incomodidad moral—, son órdenes de Molina.
La expresión de Erin es angustiante.
—Es cautelar —aclara él—. Es el procedimiento estándar en casos así.
—¿Casos así? —le reprocha clavándole la mirada.
Lizarraga no se defiende. Sabe que no puede.
—No puedo hacer nada —admite, afligido—. Si no firmo esto, levantaría sospechas. Y ahora mismo… no estamos en posición de…
—¿De qué? —le corta ella, con más rabia—. ¿De parecer corruptos?
Lizarraga no está enfadada con ella, la entiende. Está defraudado consigo mismo.
—Esto es más grande de lo que aparenta —defiende él.
—Ya lo sé.
—Entonces entiende que tenemos que jugar bien las cartas.
—Claro. Siempre hay que jugar bien las cartas —responde ella con acritud.
Siente una decepción tan profunda, que cree que podría morirse de pena en ese mismo instante.
—No estás sola en esto —afirma él intentando apaciguar las cosas.
Erin sonríe, pero la sonrisa no le llega ni a los ojos.
—Eso me lo han dicho mucho últimamente… Pero curiosamente, cada vez estoy más sola.
El inspector se queda sin palabras. No hay respuesta buena para eso.
—Tienes que acompañarme a dejar la placa y el arma. El agente que te ha atendido es novato y era su primer día. Te ha entregado la placa y el arma por error. Lo siento.
Primero la acompaña a la zona de armería. Allí, un agente mayor, a punto de jubilarse, le entrega una bandeja donde debe dejar el arma. Ella observa la bandeja vacía. Saca lentamente la pistola de la funda. La sostiene un segundo más de lo necesario y luego la entrega, con el corazón hecho añicos.
Más tarde, en el despacho de Lizarraga, entrega su placa. La coge y la examina brevemente. El metal frío en la mano le resulta familiar… y lejano al mismo tiempo.
Un silencio plúmbeo se interpone entre los dos. Ella mira la placa una última vez. Todo lo que representa. Todo lo que ha sido. Y sin dramatismo, sin gestos grandes, la deja en la mano de Lizarraga.
Ahora sí. Es real. Ya no es inspectora. El inspector recoge la placa con cuidado y respeto.
—Es temporal… te lo prometo —añade él, aunque suena más a deseo que a firmeza.
Erin no dice nada. Se gira dando un paso y luego otro sin mirar atrás.
—Recuerda que tienes que comparecer ante la fiscalía en una hora… Y dúchate… —se oye decir a lo lejos el hombre.
El sol ha subido lo suficiente como para iluminar las calles con una claridad que ahora le parece cegadora. Todo se muestra excesivamente visible. Siente que la luz le molesta.
Camina sin rumbo fijo durante unos minutos. Necesita moverse y sentir que todavía puede decidir hacia dónde ir, pero en su cabeza todo sigue girando como una noria: las pruebas, el vídeo, el informe… y Molina. El repugnante señor Simón Molina.
Se detiene en una esquina y saca el móvil casi de manera automática. Al encenderlo ve que tiene una pila de mensajes: de Ray, de Neil, de Cecilia… Duda un momento si responder a alguno de ellos. Pero el cansancio del fracaso la tiene hundida, completamente abatida.
Finalmente llama a Neil, aunque es él quien lleva casi toda la conversación. Ella apenas escucha algunas frases sueltas, entre el ruido de la ciudad y el cansancio acumulado que le aplasta las sienes.
—No te rindas, Erin… Ya casi lo tienes… Y lo del vídeo puede desmontarse, ya me he puesto con ello.
Mientras lo escucha se deja sostener por la pared de un edificio y cierra los ojos un instante. Hay gente caminando a su alrededor, coches pasando, conversaciones lejanas… Nadie parece percatarse de que su vida acaba de romperse por dentro.
—He hablado con el hermano de Ray —continúa él—. Quiere analizar los metadatos del archivo original. Si el vídeo está manipulado, dejará rastro. Siempre lo hace…
—Me encanta cómo habláis los informáticos… —responde Erin, dejando escapar una risa breve, agotada—. Metadatos… Suena muy esperanzador.
Neil también se ríe, aunque ella percibe la tensión escondida detrás.
—Porque lo es. La inteligencia artificial puede imitar una cara, una voz o unos movimientos… pero todavía comete pequeños errores. Y cuando los encontremos, podremos desmontar toda esta mierda.
«Eso es exactamente en lo que se ha convertido mi vida ahora, en una mierda», piensa Erin.
Baja la mirada hacia la funda vacía del arma que suele llevar en la cintura. El peso resulta mínimo, pero emocionalmente le resulta insoportable. Nunca había imaginado que le dolería tanto separarse de algo tan simple como un trozo de metal y su arma.
—Ya no soy inspectora… —suelta al final.
—Eso no cambia quién eres.
Esa frase, esa maldita frase, le golpea más fuerte de lo esperado. Porque ahora mismo ya no sabe quién es. Una policía suspendida, una sospechosa, una mujer agotada persiguiendo una verdad que parece devorar a cualquiera que se acerque demasiado…
Aprieta los labios para contener el temblor que amenaza con romperle la voz.
—Tengo miedo, Neil.
Es la primera vez que lo admite en voz alta. No miedo a morir. A eso hace años que se acostumbró. Miedo a perderse a sí misma por el camino.
Neil tarda un poco en responder.
—Entonces… deja que te ayudemos.
Es verdad que hay personas que intentan ayudarla: Ray, el abogado, Ángela… Incluso Lizarraga, atrapado en su propia cobardía. Hay personas intentando sostenerla mientras todo alrededor se desmorona.
Erin abre los ojos y observa perpleja el movimiento de la calle.
—¿Dónde estás ahora? —pregunta Neil.
—No lo sé… —responde, desorientada.
Y es verdad. No sabe exactamente dónde está, ni hacia dónde va.
—Voy para casa —anuncia finalmente—. Tengo una maravillosa cita con la fiscalía.
—Está bien… Cuéntame luego como te ha ido.
—Oye, Neil…
—¿Sí?
Le gustaría decirle muchas cosas: que lo echa de menos, que necesita abrazarlo, que últimamente, cuando todo se hunde, él es una de las pocas cosas que todavía le son seguras. Pero al final solo susurra:
—¡Gracias!
—No tienes que darme las gracias —contesta con suavidad—, ya lo sabes.
La llamada termina. Erin se queda parada, sujetando el teléfono entre las manos. Después, lo guarda y echa a andar otra vez.