Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 33
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El pasillo de los calabozos es frío. No tanto por la temperatura, pero sí por lo que representa. Las luces son más pobres, despojadas de cualquier calidez. Todo suena distinto ahí abajo: los pasos, las llaves, incluso la respiración.

Erin está sentada en el banco de cemento, recostada contra la pared. Las manos aferradas sobre el regazo y la vista clavada en el suelo. No ha perdido la calma, pero la rabia… sigue ahí, hirviendo.

Se oyen pasos. No son los de antes. Son más suaves y conocidos.

Erin levanta el rostro. Ray asoma al otro lado de los barrotes. Lleva la chaqueta mal puesta, probablemente se la puso a toda prisa, al salir corriendo. El pelo lo lleva algo desordenado. La preocupación no la disimula.

—¡Hola, Ray! ¿Cómo has conseguido que te dejen entrar?

—Uno tiene sus contactos… Vaya lío has montado… —responde, intentando suavizarlo con una media sonrisa.

Erin no sonríe, aunque algo en su mirada se afloja. Él se aproxima un poco más.

—¿Estás bien?

—He estado mejor…

Ray asiente, serio ahora.

—Mi hermano me ha dicho que estarás detenida hasta mañana… ¿Qué ha pasado? No entiendo por qué te detienen a ti…

—Alguien ha decidido que soy el problema —contesta abatida—. La corrupción es más grande de lo que creía…

—Para ellos eres un peligro. Les das miedo.

—Más bien soy un estorbo… Y se han esforzado en manipular pruebas, registros, cámaras… para que todo apunte hacia mí.

—¿Tan bien hecho está? —pregunta con seriedad.

—Demasiado bien.

—Entonces, hace tiempo que lo estaban planeando…

—Sí… Gente con poder, con acceso y tiempo.

—¿Los culpables están aquí dentro?

—Muy dentro… Simón Molina es uno de ellos —responde con un hilo de voz.

Ray abre los ojos de par en par. Aún no habían hablado de eso. Después, se frota la frente, preocupado.

—Dime qué necesitas… Tenemos que sacarte de aquí.

Ella se acerca un poco más a los barrotes, acortando la distancia entre ellos.

—Necesito que revises la autopsia de Laura Adaya otra vez. Pide una autorización a la familia. Lo que sea… No te dejes nada.

Ray se queda pensativo, procesando la información.

—Pero… ¿cómo? Necesito una autorización judicial para una exhumación.

—Los padres estarán de acuerdo y por lo demás pediremos ayuda a Lizarraga y a Ángela… Quedará entre nosotros…

—¿Ángela? ¿Estás segura?

—Sí —afirma sin titubear—. Ella nos ayudará… Sé que esto no debería hacerse así, pero si esperamos a un juez, no llegaremos a tiempo.

—Lo entiendo —responde él, acariciandole parte de la cabeza a través del barrote—. ¿Qué esperas encontrar en la autopsia?

—Busco algo concreto. Algo que demuestre que no fue un suicidio y que incrimine a Molina directamente. Además, estaba embarazada… Tendríamos que analizar el ADN… Puede que encontremos algo que nadie pudo borrar del todo.

—Vale. Lo haré —contesta sin dudar.

Erin suspira, aliviada.

—Y hay otra cosa… —explica ella—. El vídeo que tienen de mí… de la comisaría…

—¿El de las cámaras de seguridad?

—Es falso.

—¿Y cómo es posible?

—No soy yo. Es un montaje con inteligencia artificial.

—Entonces lo desmontaremos.

—Gracias, Ray, por tu ayuda.

—Para eso estoy.

—Por cierto —añade ella con un matiz más alegre—, no sabía que tenías un hermano abogado. Os parecéis bastante.

—Pero yo soy más guapo, ¿no? —responde divertido.

—Es discutible.

—Me lo tomaré como un sí.

—Otra cosa… —retoma ella—. ¿Podrías llamar a Neil? Solo me dejaron hacer una llamada y te elegí a ti, por lo del abogado.

—Ya lo he hecho —le dice él con suavidad.

Erin lo mira sorprendida. Al momento, le hace un gesto de agradecimiento.

—Oye… —añade Ray con un tono más suave—. No estás sola en esto.

—Lo sé.

Un agente se acerca por el pasillo.

—Tiempo.

—Vale… vale… —responde él con lamento.

Da un paso hacia atrás, pero sigue hablando.

—Aguanta, ¿sí?

Erin hace un gesto afirmativo.

Ray se aleja. Sus pasos se pierden poco a poco en la distancia. El silencio se vuelve insoportable. Se queda sola otra vez. O eso cree. Porque unos segundos después, vuelve a oír pasos, aunque estos son diferentes. Son pasos pesados, lentos y seguros.

Se detienen frente a la celda. Ella levanta la mirada lo justo. Simón Molina la contempla, impecable, con las manos en la espalda. La observa como quien mira un experimento.

—Inspectora Butler… —su voz grave llena el espacio sin esfuerzo—. Qué situación tan… desafortunada.

Ella se incorpora despacio. No retrocede, ni desvía la vista.

—No esperaba menos de ti —continua.

Molina esboza una leve sonrisa.

—¿De mí? —pregunta ella confundida.

—Sí.

Él se acerca un paso más, haciéndola notar que él está fuera y ella dentro de una celda.

—Es curioso —sigue—. A veces, cuando uno investiga demasiado, acaba encontrándose a sí mismo en el lugar equivocado.

—O en el lugar correcto —le responde tensando los labios.

—Eres valiente… Pero imprudente. ¿De verdad pensabas que podías llegar tan lejos… sin consecuencias?

—Esto aún no se ha acabado —responde ella desafiante.

Molina la estudia con los ojos afilados y tensos, midiendo hasta dónde puede apretar.

—Te daré un consejo —anuncia finalmente, en un tono casi amable—. Deja de luchar contra cosas que no puedes cambiar.

—Tú sí puedes cambiar —responde en voz baja—. Puedes entregarte de una vez.

—No sabes en qué terreno estás pisando —sostiene él con la sonrisa helada.

—Y tú no sabes hasta dónde estoy dispuesta a llegar.

—Te propongo algo… —responde él enderezándose un poco—. Trabaja para mí. Me podrías servir de mucha ayuda. Y si aceptas, en menos de una hora estarás fuera de aquí y sin cargos.

Ella lo escruta con una mirada vidriosa.

—Escucha bien lo que te voy a decir. Tal vez me pase en la cárcel los próximos años, por culpa de gente como tú, pero conmigo no podréis…

Porque hay una cosa que me hace libre… y que se llama dignidad.

Eso no me lo podrá quitar nadie jamás. Ningún acuerdo, por muy tentador que sea, hará que deje de respetarme a mí misma.

—Muy bien. Pues enhorabuena por esa super dignidad —contesta riéndose—. Espero que cuando lleves diez años en prisión te acuerdes de esta conversación. No te voy a explicar lo que les hacen a los maderos… Eso tú ya lo sabes. Descansa, inspectora —añade al final—. Te va a hacer falta.

Empieza a alejarse, pero se detiene un instante sin girarse.

—Ah… y una cosa más… No todos los que crees que parecen ayudarte… están de tu lado.

Y se marcha.

Erin se queda quieta. «¿Qué narices ha querido decir con eso?», piensa.

Ahora no solo tiene claro quién está detrás. Sabe algo más peligroso. Esto no va solo de justicia, va de quién sobrevive.