32
Ser humilde, justo y compasivo deberían ser virtudes que destruyeran muros en cada paso del camino. Sin embargo, tener esas cualidades en un mundo de corrupción puede ser una maldición.
La sala de interrogatorios aparenta ser más pequeña de lo que Erin recuerda. Quizás porque ahora es ella la que está al otro lado y tiene la sensación de que las paredes cada vez se estrechan un poco más.
No tiene ventanas ni hay relojes. Solo hay una mesa metálica anclada al suelo, tres sillas y una cámara en la esquina superior que registra cada actividad. La luz cae desde arriba, directa, sin dejar espacio a las sombras.
Erin permanece sentada, con las manos esposadas, apoyadas sobre la mesa. Ha dejado de intentar recolocarse. Cada movimiento hace ruido. Y aquí, el ruido juega en su contra.
Cree que ha pasado una hora, pero tan solo han sido minutos. La espera se le hace larga. La puerta se abre con un clic seco.
Entran dos personas. El inspector Hergueta y una agente más joven, con una carpeta bajo el brazo. Ninguno de los dos sonríe.
—¿Más cómoda? —inicia Hergueta mientras toma asiento frente a ella.
Erin aparta la vista del suelo y mira al frente sin responder.
—Vamos a intentar que esto sea sencillo —continúa él, juntando las manos sobre la mesa—. Cuanto antes aclaremos ciertas cosas, antes podrás irte a casa.
—¿Sin abogado? —pregunta, con una calma que roza lo afilado.
—Está en camino —replica él sin inmutarse—. Pero mientras tanto, podemos continuar. No es un interrogatorio formal aún. Solo queremos… entender.
—Curioso. Me detienen, me esposan… pero no es un interrogatorio.
Hergueta sigue sin perder el gesto neutro.
—Tú decides cómo de fácil o difícil quieres que sea esto.
—Yo lo único que sé es que ayer les envié suficientes pruebas, para detener al menos una de las personas implicadas en el asesinato de Laura Adaya y otros delitos. Y ahora soy yo la que está aquí esposada.
Los dos policías hacen caso omiso a lo que acaba de decir, ninguneando vilmente cada una de sus palabras. Ella se da cuenta enseguida que la corrupción que perseguía es más grande de lo que creía. «Frank me advirtió y yo… no le hice caso», piensa lamentándose.
La joven agente abre la carpeta y coloca varias hojas sobre la mesa. Fotografías, informes, capturas de pantalla…
—Empecemos por algo simple —expone ella—. ¿Reconoce este acceso?
Erin baja la vista hacia el informe. Es un registro informático con su usuario, BUTLER.E. Hay accesos a archivos confidenciales y al expediente de Diego Durán.
Siente un leve tirón en el estómago. Hace unas semanas ya se dio cuenta de que alguien estaba manipulando su perfil y ahora entendía el porqué. Para utilizarlo en su contra.
—Sí —responde sin rodeos—. Es mi usuario, pero alguien entró con mis credenciales. No yo.
Los dos agentes se miran. Erin sabe perfectamente qué significa ese movimiento de cabeza. No creen ni una sola palabra.
—¿Entonces, no accedió usted a ese expediente fuera de su turno?
—No.
La agente anota algo.
—¿Está segura?
—Muy segura.
Hergueta ladea la cabeza despacio, algo no le acaba de cuadrar. Ella sabe que aún no la pueden incriminar… No del todo. Pero es el primer paso. ¿Cómo va a demostrar que dice la verdad?
—El usuario que usted —el agente tose—, o supuestamente alguien haciéndose pasar por usted estuvo buscando dentro de un expediente. ¿Qué sabe sobre eso?
—No tengo nada que decir.
Él suspira fuerte, como si se le estuviera acabando la paciencia.
—¿Así que no buscaba información relevante para un caso que usted no llevaba?
—¿Qué caso?
—Angus Harris —contesta el agente escrutándola con los ojos.
—Conozco el caso —anuncia conteniéndose—, pero lo cerraron.
—Interesante. Entonces usted no estaba asignada oficialmente a ese caso, en ese momento, ¿verdad?
Erin no responde. La agente desliza otra hoja.
—También encontramos esto.
Le enseñan una imagen borrosa, en blanco y negro, grabada desde una de las cámaras de seguridad de comisaría. A Erin se le endurece la expresión al instante. Es ella, o alguien que parece ella, entrando de noche en comisaría.
—No —farfulla ella casi sin darse cuenta.
—¿Perdón? —inquiere Hergueta.
—Esa o eso no soy yo —afirma.
—La identificación facial coincide —replica la agente.
—Pues está mal.
Se echa un poco hacia delante, ignorando el tintinear de las esposas.
—Yo no estuve ahí esa noche y a esa hora.
—Erin… —pronuncia él con una cercanía calculada—. Esto no es una persecución. Son hechos. Hay registros, imágenes…
—Manipulados —corta ella.
La palabra queda suspendida en el aire. Hergueta la observa con algo más que neutralidad.
—¿Está insinuando que alguien ha falsificado pruebas para incriminarla?
—No lo insinúo.
La agente pasa a la siguiente fotografía.
—También tenemos constancia de que accedió al domicilio de Diego Durán sin orden judicial.
Eso sí que no puede negarlo.
—Sí —contesta con la mandíbula tensa.
—¿Puede explicar por qué?
—Porque estaba investigando su muerte.
—¿Por su cuenta?
—Sí. Porque no creo que se tratase de un suicidio.
—¿Saltándose el procedimiento?
—Sí.
La agente levanta la vista.
—¿Entiende que eso constituye allanamiento de morada y posible sustracción de pruebas?
—Entiendo que a veces alguien tiene que hacer el trabajo que nadie está haciendo.
—O que alguien está intentando ocultar algo muy grave —responde Hergueta.
Erin siente como el hombre le devuelve el golpe.
—Si quisiera ocultar algo —responde, midiendo cada palabra—, no lo haría dejando rastro en los sistemas de la policía.
En esta ocasión, la agente duda al escribir, pero Hergueta no desiste.
—Entonces, explíqueme esto.
Desliza un último documento: un informe con transacciones, movimientos, vinculaciones…
Su nombre aparece asociado a pruebas desaparecidas. Eso sí es un golpe de verdad.
—Esto… —empieza a decir y su voz se quiebra—, no es real.
—Todo lo que tenemos apunta a lo contrario.
—No. No —responde ella negando con velocidad—. Esto está montado.
Siente cómo el pulso se le acelera.
—¿Quién? —pregunta Hergueta, sin perder la calma—. ¿Quién tendría interés en incriminarla?
Erin está a punto de abrir la boca. El nombre gira en su cabeza, pero no quiere decirlo aún.
—No lo sé —miente.
—Eso es un problema —afirma recostándose en la silla.
La agente cierra la carpeta con un golpe seco.
—Porque ahora mismo, inspectora, todo apunta a usted.
Erin siente un peso dentro. Empieza a preguntarse si podrá salir de ahí.
—Esto es un error… —articula, más para sí misma que para ellos.
—Entonces, ayúdenos a entenderlo —insiste Hergueta—. Porque ahora mismo, lo que vemos es a una inspectora accediendo ilegalmente a archivos, entrando en domicilios sin autorización y vinculada a la desaparición de pruebas, entre otras cosas.
—Ahora yo estaba investigando un asesinato y… —intenta aclarar.
—¿El de Beatriz Ordóñez? —interrumpe la agente.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque usted fue una de las últimas personas en verla con vida —continúa la agente.
—¡¿Qué quiere decir con eso?! —pregunta Erin rabiosa.
—Que usted aparece relacionada con la muerte de Ordóñez.
—Eso no… —niega, pero su voz ya no es igual—. Eso no tiene sentido.
—Lo tiene —responde Hergueta—. Si empezamos a mirar en la dirección correcta.
Erin siente el vértigo, como el agujero de la trampa se va haciendo más grande hasta caer dentro.
—Estáis yendo en la dirección que alguien quiere —espeta, más alto ahora—. Esto está preparado.
—¿Por quién?
Entonces… La puerta se abre, sin aviso.
—Mi clienta no va a responder a ninguna pregunta más.
La voz corta la sala como un cuchillo limpio. Los tres se giran hacia el hombre con traje oscuro y gesto serio. Hay algo familiar en él. Entra con paso firme. Erin pestañea un poco y se fija bien en su rostro. Y entonces se da cuenta: esa forma de la mandíbula, los ojos…
Cuando le dejaron hacer una llamada, llamó a Ray para que le buscara un abogado. Lo que desconocía era que tuviera un hermano que ejerciera de ello.
Sin poder evitarlo, se le escapa, incrédula, una media sonrisa.
—Soy Izan López, el abogado de la inspectora Butler… Y por lo que veo, llego justo a tiempo.
Hergueta se pone en pie.
—Aún no habíamos comenzado el interrogatorio formal.
—Entonces mejor —responde el abogado sin perder el tono—. Así evitamos cualquier irregularidad.
Se acerca a Erin en voz más baja, añade:
—Soy hermano de Ray. Él me ha avisado.
—No hace falta que me lo jures —responde ella sonriendo.
Él esboza también una sonrisa. Después, se gira de nuevo hacia los agentes.
—A partir de ahora, cualquier pregunta pasará por mí. Y les recomiendo que revisen muy bien esas pruebas, antes de seguir adelante.
—Esto no ha terminado —advierte Hergueta, con tensión.
—Ni ha empezado bien —replica el abogado.
Erin relaja los hombros, algo aliviada. Esta vez parece que el oxígeno vuelve a existir.
Y la partida acaba de empezar.