Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 31
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Las comisarías son expertas en convivir con el desastre. Lo archivan, lo clasifican y aprenden a seguir adelante. Pero hay días en los que ni siquiera ellas consiguen disimularlo.

Camina con paso firme hasta su mesa, aunque por dentro lleva horas en tensión y sin dormir. Ha repasado mentalmente cada prueba, unas cuarenta veces, cada conversación, cada pieza del puzle. Todo está listo. O eso quiere creer.

Deja el bolso, se sienta y finge normalidad. Pero sus dedos tamborilean nerviosos sobre la mesa. El gesto es mínimo, imperceptible para cualquiera que no la conozca.

Sabe que van a venir. Y cuando lo hagan… ya no habrá marcha atrás.

Desde el despacho acristalado, Frank la observa. No se esfuerza mucho en disimular. Su mirada es insistente, inquieta. Parece querer anticiparse a algo que no controla. Finalmente, sale de la dependencia.

Se aproxima con aparente calma, aunque el leve fruncir de su ceño lo delata.

—Butler… —susurra en voz baja—. No habrás hecho ninguna imprudencia, ¿verdad?

—No es ninguna imprudencia —replica con serenidad—. En unos minutos vendrán los de la unidad de asuntos internos.

Lizarraga se queda petrificado.

—¡¿Qué has hecho, Erin…?! —farfulla, ahora sin disimular el enfado y la preocupación—. Te dije que esperaras.

—¿Esperar a qué? —pregunta desconcertada por la reacción.

Él niega con la cabeza. Se pasa una mano por su barbilla, visiblemente alterado.

—Ahora no podré protegerte…

—No pasa nada —dice apoyando una mano en su hombro, intentando tranquilizarlo—. Todo va a salir a la luz, por fin…

Pero él no está muy convencido, al contrario, su inquietud crece.

A unos metros, Alex observa la escena en silencio. No interviene, pero sus ojos van de un lado a otro, atento.

Entonces ocurre. La puerta de la comisaría se abre. No de golpe. Hay presencias que no necesitan ruido para imponerse. Tres figuras entran con paso firme, trajes oscuros, rostros serios y miradas que no se detienen en lo insustancial. No saludan, ni tampoco sonríen. Evalúan, analizan y juzgan.

El murmullo habitual empieza a apagarse poco a poco, al igual que si alguien estuviera girando lentamente el dial del sonido hasta dejarlo en casi nada.

Uno de ellos, el que encabeza el grupo, se detiene en el centro de la sala. Extrae su placa, con un gesto preciso.

—¡Buenos días!

Su voz no es muy alta, pero atraviesa el espacio con autoridad.

—Inspector Hergueta, Unidad de Asuntos Internos.

Hace una breve pausa, controlada.

—A partir de este momento, les ruego que dejen lo que estén haciendo.

Algunos agentes intercambian miradas. Otros continúan tecleando un segundo más, hasta que comprenden que no es una sugerencia.

—Durante las próximas horas —prosigue—, esta comisaría quedará bajo supervisión interna. Se realizarán verificaciones de sistemas, análisis de equipos informáticos y entrevistas individuales. Queda restringido el uso de teléfonos móviles y accesos a terminales, hasta nueva orden.

Un suspiro nervioso se escapa en algún punto de la sala. Un portátil se cierra con un golpe seco.

La tensión se instala como una descarga invisible.

Erin contempla la escena sin moverse. Por fuera, está impasible, en cambio por dentro, no deja de estar expectante. Es el momento que tanto ha esperado.

Uno de los agentes se dirige directamente al despacho de Lizarraga. La puerta se cierra tras ellos.

Dentro, el ambiente se vuelve aún más áspero.

—Comisario —indica Hergueta, con una compostura milimétrica—. Necesitaremos acceso a los servidores, registros de actividad y expedientes recientes.

Lizarraga permanece de pie, rígido como una figura tallada.

—¿Se puede saber el motivo?

—Se le informará en su debido momento. Por ahora, requerimos su colaboración.

El comisario exhala con fuerza y no es solo por resignación. Intuye que algo malo está por llegar.

—Adelante —concede finalmente—. Tienen vía libre.

—¡Gracias!

El inspector asiente y se vuelve hacia su equipo.

—Comiencen.

La puerta se abre de nuevo. Y cuando lo hace, la comisaría ya no es la misma. No hay conversaciones, ni ruido. Solo movimientos medidos y miradas que evitan cruzarse.

Por primera vez, nadie sabe en quién confiar allí, dentro.

Hergueta recorre la sala con la vista y se detiene en medio de esta.

—¿Quién es la inspectora Butler?

—Soy yo —responde sin temblarle la voz.

Está deseando explicar todo lo que ha encontrado.

Hergueta la observa con detenimiento, de arriba abajo, dando la impresión de que ya tenía una opinión formada de ella.

—Erin Butler Roble —articula con precisión—, ¡queda usted detenida!

El impacto es brusco.

—¡¿Perdón?! —Su expresión se endurece—. Debe de haber un error.

—Queda detenida por presuntos delitos de sustracción de pruebas, encubrimiento, acceso ilegal a sistemas policiales, allanamiento de morada y posible homicidio.

—¡¿Pero qué demonios dicen?!

Cada acusación cae con el peso de una sentencia anticipada. El mundo se vuelve más lento de repente. Dos agentes se aproximan.

—Tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí misma y a designar un abogado.

—Esto es absurdo —interrumpe Erin, retrocediendo un paso—. Yo soy quien ha solicitado…

El sonido de las esposas interrumpe cualquier explicación. Clic.

—¿Es necesario? —interviene Lizarraga, incómodo.

—Es el procedimiento estándar —responde Hergueta, sin mirarlo siquiera.

—Están cometiendo un error —insiste ella, ahora con una rabia contenida que no logra disimular—. Van detrás de la persona equivocada.

Pero nadie responde. Algunos compañeros la observan. Alex no sabe dónde mirar. Otros apartan la vista. Nadie interviene. La traición no siempre es un grito. A veces… es un silencio amargo.

Mientras la guían por el pasillo, intenta recomponer el caos en su cabeza. «Yo no debería estar aquí… He picado como una mosca en una telaraña…» «Lo tenían todo preparado… para que yo cayera…»

Al final del pasillo, lo ve apoyado contra la pared. Impecable, tranquilo e intocable. Simón Molina.

Sus miradas se cruzan. Ella siente un latigazo de ira recorriéndole el cuerpo. Él sonríe. No es una sonrisa abierta y jocosa. Tampoco evidente. Es cínica. La sonrisa de alguien que ya ha ganado antes de empezar la partida.

Niega con la cabeza, incapaz de ocultar su decepción y a la vez su victoria.

Erin se detiene una fracción de segundo ante él.

—Esto no va a quedar así —escupe, con la voz cargada de furia.

Molina no responde. Se aparta de la pared y, con las manos en los bolsillos, se marcha con absoluta calma. Nada en su actitud delata al hombre implicado. Al cabo de poco, su presencia ya parece haberse borrado del lugar.

Erin reanuda la marcha. Y ahora lo tiene claro. Esto no es una equivocación. Están todos compinchados. Es una jugada. Y acaba de empezar la partida más peligrosa de todas.