30
El agua del río baja turbia, arrastrando hojas, ramas y restos de algo que ya no importa. A ambos lados, la vegetación crece desordenada y salvaje, dueña del terreno desde hace años.
Las cintas de policía cortan el acceso con un amarillo violento que contrasta con el gris del entorno.
Dos agentes contienen a un pequeño grupo de curiosos que observan desde la distancia, con esa mezcla de morbo y miedo que siempre se produce en estos casos.
Cuchichean entre ellos, bajan la voz cuando Erin pasa, pero no dejan de mirar. Ella sigue sin detenerse.
El cadáver está a unos metros de la orilla, medio atrapado entre ramas bajas y raíces retorcidas que emergen del barro. El río hizo su parte y algo, o alguien, se encargó del resto.
Erin se acerca y reconoce el cuerpo. Beatriz Ordóñez está parcialmente sumergida, el cabello oscuro pegado al rostro, enredado con restos de algas.
La piel, pálida, casi translúcida, ha empezado a adquirir ese tono ceroso que borra cualquier rastro de vida.
Lleva una ropa parecida con la que la vio por última vez, aunque ahora está desgarrada en algunas zonas, empapada, adherida al cuerpo, como una segunda piel.
Hay una marca visible en la sien. De golpe seco y contundente. La sangre, ya ennegrecida, se mezcla con el agua y el barro. Una de sus manos queda al aire libre, atrapada entre dos ramas, los dedos ligeramente curvados, como si hubiera intentado aferrarse a algo en el último instante.
Erin siente un nudo en el estómago. No es que sea nuevo. Ha visto innumerables cuerpos, pero este resulta distinto.
Los ojos se le llenan de lágrimas sin permiso. Parpadea con rapidez, intentando contenerlas, pero no desaparecen.
—¿Conocías a la chica? —pregunta Alex, que ha captado el cambio en su expresión.
Erin tarda un segundo en responder. Mantiene la mirada fija en el cuerpo.
—No mucho… —murmura al fin, con un nudo en la garganta—. Es…
«Pero nos unía algo… descubrir la verdad».
Alex espera.
«Y no puedo dejar de pensar… que la han matado por mi culpa».
—Es Beatriz Ordóñez —anuncia finalmente.
Alex arruga un poco el ceño, intentando encajar la información.
—Era la mujer de Diego Durán… —aclara Erin, con la voz más firme de lo que siente—. Un expolicía que se suicidó hace poco.
—¿Erais amigos?
Erin se gira hacia él, sorprendida por la pregunta.
—No… Es solo que… a veces, la vida me resulta demasiado frágil.
Sus ojos vuelven al cuerpo.
En ese momento, una joven se acerca a ellos. Lleva el mono blanco abierto hasta la cintura, guantes de látex manchados y el pelo recogido en una coleta baja. Tiene ojeras marcadas, pero los ojos despiertos y precisos.
—¡Inspectora! —saluda con un leve gesto—. Soy Marta, técnica forense.
—Erin Butler.
—Stan —añade Alex.
La chica asiente.
—Hemos tenido suerte de encontrarla —explica, señalando el punto donde está el cuerpo—. Este río se lo traga todo. Si no llega a engancharse en esas ramas… Niega levemente.
—Debe de llevar muerta dos días, aproximadamente.
«No ha sido suerte», piensa. «No han intentado esconderla».
Levanta la vista hacia el agua.
«No es casualidad… Han querido que la encuentre a propósito… Es una advertencia».
—¿Cómo murió? —pregunta finalmente.
—A simple vista, tiene pinta de ser un golpe en la cabeza —responde la chica—. Pero la forense hará el informe completo.
Erin asiente, aunque ya no la escucha. Su mente sigue dando vueltas a lo mismo.
El coche circula por la carretera mientras el paisaje se desdibuja tras la ventanilla. Árboles, campos, señales… todo pasa sin que Erin realmente lo vea. Tiene la mirada fija, pero está muy lejos de allí.
Las palabras de Beatriz resuenan una y otra vez: «Mi marido quería denunciar…»; «Algo de un coche en un río…»; «Una chica… Adaya…».
Luego, la voz de los padres: «Era policía… mayor… casado… con voz grave…».
Todo empieza a mezclarse, como piezas que no querían unirse hasta ahora.
«¿Quién sería el amante de Laura?» Su mente repasa nombres, rangos y rostros de la policía…
«¿Quién tenía poder hace quince años?»
Una voz grave, autoridad, control… Y entonces, todo se alinea. El nombre aparece solo.
—Simón Molina… —bisbisea casi sin aire. Casi sin querer.
—¿Decías algo? —pregunta Alex.
—No… —responde, forzando la normalidad—. Pensaba en voz alta.
Él no insiste, aunque no deja de observarla más de lo necesario.
Al llegar a comisaría, Erin ni siquiera se quita la chaqueta.
—Tengo que hacer una cosa —le suelta a Alex.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Quieres que te acompañe?
—No hace falta.
Sale antes de que pueda añadir nada más y se mete en el coche. Marca un número de teléfono.
—¿Sí? —responde finalmente el padre de Laura Adaya.
—Soy la inspectora Erin Butler. Nos vimos hace poco. Necesito preguntarle algo más.
—¿Ha pasado algo?
—Aún no lo sé. ¿Laura tenía alguna amiga íntima?
—Sí… —responde al fin el padre—. Eva Ferrer.
Erin anota mentalmente el nombre y la dirección que le proporciona el hombre.
—¡Gracias!
—Pero…
—Tranquilo… Si averiguo alguna cosa, serán los primeros en saberlo.
Cuelga sin más preámbulos.
La calle de Eva Ferrer tiene esa quietud particular de los lugares donde todos saben quién vive detrás de cada puerta. Nada llama la atención. Precisamente por eso, cualquier anomalía resulta imposible de ignorar.
Cuando abre la puerta, Erin se encuentra con una mujer de unos treinta y pocos años. Lleva el cabello rizado y rubio, sus ojeras son suaves, pero tiene la mirada en alerta.
—¿Sí?
—Inspectora Butler —se identifica Erin, mostrando la placa—. Necesitaría hablar con usted sobre Laura Adaya.
Al oír el nombre, cambia algo en su expresión. Un gesto mínimo, pero suficiente para removerle por dentro.
—Han pasado muchos años…
—Lo sé.
—Está bien. Pase…
El interior es sencillo y cálido. Fotografías en las paredes, estanterías con libros, algún recuerdo de viajes y un gato durmiendo sobre una silla.
Se sientan.
—Laura era mi mejor amiga —confiesa Eva, sin rodeos—. Y nadie quiso escucharme cuando dije que aquello no fue un suicidio.
—¿Sabía que estaba con alguien?
La chica se muestra por un momento dubitativa, pero al final responde.
—Sí.
—¿Quién era?
—No puedo…
—Alguien más ha muerto —la interrumpe tajante Erin—. Y no va a parar.
Eso rompe a la chica, que se levanta sin decir nada y va hacia una estantería. Saca una fotografía que hay dentro de una caja y se la tiende.
—Solo vino una vez … Un día en la playa.
Erin observa la imagen. Muestra a Laura, riendo, con el mar detrás. Y a unos metros… un hombre. No está posando, ni mira a cámara. Pero es él. Más joven, pero inconfundible. Es Simón Molina. Ya no es solo una sospecha.
El corazón de Erin se detiene un momento.
—Él no sabe que tengo esta foto —añade Eva—. Se lo prometí a Laura.
—Tranquila, no se enterará.
—Hay una cosa más… —advierte Eva—. Unos años después de que Laura muriera, un hombre con acento extranjero vino a preguntarme por mi amiga. También le enseñé la foto, pero nunca supe nada más.
Erin no dice nada. «Angus Harris…», piensa.
Cuando llega a su barrio, la noche ya ha caído. El agotamiento de todo lo vivido le está pasando factura.
Cecilia está en la puerta, cargada con bolsas del supermercado.
—¡Erin!
Se acerca un poco más al ver el mal aspecto que tiene.
—¿Qué te pasa?
—Creo que ya sé quién es.
—¿Quién? —pregunta Cecilia tensando el entrecejo.
Erin la mira. En sus ojos ya no hay duda.
—El culpable —responde tragando saliva.
Cecilia tarda un rato en reaccionar intentando comprender lo que está diciendo.
—Voy a hacer justicia —continúa.
Cecilia la observa, preocupada… pero también orgullosa.
—Entonces, ¡hazlo, hija, hazlo! —responde la mujer dándole un abrazo de esos que sostienen.
Erin entra en casa y se sienta frente al portátil. Empieza a ordenar todas las pruebas: nombres, fechas, archivos, imágenes… Todo parece conectar a la perfección. Cuando termina, coge el móvil y escribe un mensaje a Frank Lizarraga:
Lo tengo todo preparado. Mañana se sabrá la verdad…
La respuesta no tarda en llegar con urgencia.
Espera, Erin. Aún no hagas nada. Así no es como se hace…
Ella observa la pantalla.
Ya está hecho.