29
Erin cierra la puerta de casa con más fuerza de la necesaria. Las ideas no le han dado tregua. No paran de circular nombres, datos e informes por su cabeza. Todo gira, encaja, se rompe y vuelve a recomponerse como un rompecabezas incompleto.
Al bajar los escalones, lo ve apoyado en su coche, esperando, con esa actitud arrogante.
Otra vez Jameson.
Erin se detiene un momento, lo justo para que el cuerpo reaccione antes que la mente.
La tensión le recorre la espalda como una descarga.
Instintivamente, su mano se desliza hacia la pistola.
No la saca, solo la prepara. Porque no sabe hasta qué punto él juega solo, ni a quién más podría arrastrar consigo.
Reanuda la marcha, con paso firme y el rostro hermético.
—Te dije que no me ocultaras información —lanza él al verla acercarse, separándose del coche con una lentitud calculada.
Su voz no suena enfadada, suena peor, contenida.
Erin se detiene hasta quedar a un par de pasos de él.
—No sé de qué me hablas —replica con frialdad.
Jameson mueve la cabeza de un lado a otro.
—A Laura Adaya la mató uno de los tuyos… —afirma—. Y por tanto, a mi padre también.
Erin no reacciona de inmediato. Lo analiza y mide cada gesto.
—¿Y eso cómo lo sabes? —inquiere finalmente.
Él da un paso adelante. Luego otro. Hasta invadir su espacio, angustiosamente cerca.
—Sus padres me lo han contado todo…
Y antes de que Erin pueda anticiparlo, sus manos se cierran alrededor de su cuello.
No aprieta lo suficiente para hacer daño real, pero sí lo suficiente para marcar territorio. Para imponer.
—No te lo repetiré más: ¡que no me ocultes información!
El pulso de Erin se acelera, pero su expresión no cambia ni un segundo, solo actúa.
Gira el cuerpo, engancha su muñeca, desplaza el peso y lo desequilibra con un movimiento limpio y preciso. Jameson impacta contra el suelo con un golpe seco.
Ella vuelve a retroceder un paso, ya en guardia.
—No puedo concretar nada hasta que no lo investigue —espeta, con la respiración firme—. Seguramente es un policía, sí. Pero no sé el nombre. Son suposiciones. Si lo supiera —le aclara desde arriba—, ya estaría detrás de él.
Jameson permanece un rato en el suelo, mirándola con una expresión casi… divertida.
Se levanta despacio, sacudiéndose el polvo del pantalón como si nada hubiera pasado.
—Pues en cuanto lo sepas, me lo dices —sentencia, clavando sus ojos en los de ella.
—Lo mismo digo.
Se quedan mirando un largo instante. La tensión entre ambos recuerda a un duelo del viejo oeste, hasta que Erin es la primera en romperlo. Lo rodea y camina hacia su coche. Pero cuando pasa junto a él, no puede evitar decir en un murmullo:
—Juro que un día pagarás por todo…
Jameson no la ha oído, pero sonríe con esa sonrisa torcida que no parece humana.
Arranca el coche sin mirar atrás. Siente su mirada clavada en la nuca, hasta que gira la esquina.
Erin siempre ha pensado que las comisarías se parecen a los icebergs: lo esencial rara vez está a la vista.
La sensación regresa en cuanto cruza las puertas de la de Genar.
A simple vista, todo parece funcionar con normalidad.
Agentes que van y vienen, teléfonos que suenan, expedientes que cambian de manos…
Pero bajo esa superficie ordenada circula algo más difícil de nombrar: la cautela de quienes saben cuándo hablar y, sobre todo, cuándo callar.
Cruza la entrada sin saludar a nadie. Hoy no tiene cabeza para las cortesías.
El pasillo le resulta más estrecho que de costumbre. O quizá es ella. Quizá es todo lo que lleva encima.
Al fondo, se encuentra el despacho del comisario. La puerta está entreabierta. Desde fuera percibe algo en su postura, que le dice que algo no va bien.
Empuja suavemente la puerta. Lizarraga está de pie, junto a la ventana. No está trabajando, ni leyendo. No está haciendo nada útil. Solo mirando. Y eso, en él, ya es extraño.
Se gira al oírla entrar.
—Erin —pronuncia, con una rigidez poco habitual—. Justo iba a llamarte.
Ella cierra la puerta tras de sí, sin apartar los ojos de él.
—Lo sé.
—Tenemos que hablar de Angus Harris…
—Aquí no —lo corta ella en seco.
—Tienes razón —responde pasándose una mano por la frente, nervioso.
—Me estoy acercando —añade Erin, bajando la voz.
Lizarraga suelta una especie de risa seca. Sin humor.
—¿Por qué crees que estoy tan nervioso?
—Pronto dejarás de estarlo.
—No hagas nada aún —le pide, con una urgencia que no intenta ocultar—. Espera a que hablemos, en otro sitio. Hay que hacer las cosas paso a paso.
—¿Tanto miedo tienes?
—No es miedo —aclara al fin—. Es… saber contra quién estás jugando.
—Eso lo descubriremos.
—Esta noche —concreta él finalmente—. Nos vemos donde siempre.
Erin asiente una sola vez. Sin preguntas, ni concesiones. Se gira para marcharse, pero antes de abrir la puerta, se detiene sin volverse.
—Si me enviaste a Rabadás para controlarme, te has equivocado.
—Creo que no entiendes nada. Por eso tenemos que hablar.
No sigue la conversación.
El sonido de la puerta resonando en el despacho se queda dentro con el comisario y con todo lo que no ha dicho.
El resto de la mañana pasa como una corriente subterránea. Erin se sienta en su mesa, revisa papeles, abre expedientes, pero nada de eso la ocupa de verdad. Está distraída, intentando conectar cada pieza que ya empieza a tomar forma.
Alex levanta la vista un par de veces, como si quisiera preguntarle algo. Pero no lo hace. Percibe la distancia y la respeta. Erin se lo agradece, aunque no se lo diga.
A media mañana, el sonido de un teléfono rompe la monotonía. Erin levanta la cabeza. Algo en el ambiente ha cambiado. Siempre pasa cuando encuentran un cadáver.
Un agente cruza la sala con paso rápido. Otro se levanta. Las conversaciones bajan de volumen. Erin lo nota. Ese tipo de tensión… no falla. Se levanta.
—¿Qué pasa? —pregunta al aire.
Nadie responde de inmediato, hasta que uno de los agentes se gira.
—Han encontrado a alguien en el río Aniel.
Erin siente un mal presentimiento. Mira a Alex.
—Vamos.
Y mientras se dirigen hacia la salida, una idea se abre paso entre todas las demás. Una que ya no puede ignorar: todo está tan enlazado… como un engranaje maquiavélico.
Y cada paso que da la acerca a algo mucho más grande de lo que pensaba. Mucho más oscuro y, probablemente, mucho más peligroso de lo que está dispuesta a admitir.