28
Después de descansar un poco, Erin toma la carretera hacia el hospital.
El trayecto se le hace más largo de lo habitual, pero no por la distancia, sino por lo que la espera al otro lado.
Los hospitales son como guardianes del dolor, del desespero, de las heridas.
Tienen algo donde el tiempo transcurre de forma divergente.
El vestíbulo está lleno de pasos rápidos, conversaciones en voz baja, miradas que evitan sostenerse durante mucho rato… Erin se abre camino con esa sensación conocida de estar invadiendo un espacio donde todo es demasiado frágil.
Cuando llega a la habitación, se detiene en el umbral. La luz del techo cae directa, sin concesiones. El monitor marca un ritmo constante, dando la impresión de que es lo único que mantiene el orden en ese pequeño universo.
Martina está sentada junto a la cama. Al verla, se levanta.
—Ha estado más despierto esta mañana —le comenta en voz baja—. Pero se cansa enseguida.
Erin asiente.
Martina le aprieta el brazo con suavidad antes de salir, dejándolos a solas. Ella da un paso dentro.
Moisés ya no está perdido en ese limbo del que ella no podía sacarlo. Está ahí. Frágil, sí. Roto en muchos sitios, pero presente.
Tiene la cabeza vendada y un lado del rostro amoratado, con tonos que van del violeta al amarillo apagado. Un brazo está inmovilizado. El pecho sube y baja con esfuerzo. Respirar sigue siendo una tarea más difícil de lo que debería.
—Moisés… —dice despacio.
Al principio no hay respuesta. Solo ese leve movimiento de los ojos, intentando enfocar, hasta que se da cuenta de su presencia.
—Erin… —contesta con un hilo de voz.
A ella se le encoge algo por dentro.
—Eh… tranquilo. No hace falta que hables.
—Estás… —intenta continuar, pero se queda sin aire.
Erin da un paso más, acercándose a su cama.
—Estoy bien. De verdad. Tú céntrate en respirar, ¿vale?
Vázquez la observa fijamente, comprobando por sí mismo que está de cuerpo entero.
—El coche… —murmura, tragando saliva con dificultad—. No fue… un accidente…
—Lo sé…
Él cierra los ojos un instante, reuniendo fuerzas.
—Te buscaban… a ti —explica, cerrando los ojos, intentando reunir fuerzas para seguir hablando.
Erin siente cómo algo le oprime el pecho.
—No lo recuerdas todo —matiza, con cuidado.
—No… pero… alguien… sabía dónde estabas…
Intenta acomodarse, pero el dolor lo detiene en seco. Su cuerpo no responde como espera. Una mueca le cruza el rostro.
—Eh, eh… —Erin lo ayuda a colocarse bien—. Tranquilo.
Vázquez la coge de un hombro.
—No confíes en…
Pero la frase se queda a medio camino, incompleta.
—¿En quién, Moisés?
No puede, el esfuerzo le pasa factura. El cansancio cae sobre él, fulminante. Sus párpados se cierran, esta vez sin lucha.
Al salir del hospital, el aire le golpea la cara con una frialdad inesperada. El cielo está encapotado, arrastrando una tormenta que no termina de estallar.
Camina hasta el coche sin prisa. Necesita un momento para recuperarse.
«No confíes en…» Las palabras siguen ahí, clavadas.
Arranca el motor y emprende el camino.
La casa de Ángela es acogedora y cálida, pero a la vez da la sensación de un orden demasiado controlado.
Cuando Erin llega, la forense la recibe con una sonrisa cansada.
—Pensé que no vendrías.
—Yo también lo pensé —responde ella.
Cenan hablando de cosas superficiales. El trabajo, la rutina, anécdotas sin importancia. Una conversación que se sostiene en lo que no se dice.
Pero Erin no ha ido hasta allí para eso. Está esperando el momento.
En cuanto los platos quedan a un lado, deja caer el informe sobre la mesa. El sonido seco corta el ambiente.
—Tú hiciste esta autopsia, ¿verdad?
Ángela se queda quieta. Después, se levanta sin prisa y va a buscar sus gafas. Se las coloca y mira el documento.
—A ver… ¿qué pasa con esto? ¿Por qué tienes esa cara?
—No me hagas perder el tiempo —le suelta sin apartar los ojos de los suyos.
Ángela pasa una página.
—¡Laura Adaya! —espeta Erin.
—Esto fue hace quince años… —responde Ángela, con desconcierto.
—Lo sé.
—Entonces… ¿qué pasa?
—No disimules y no me trates como a una idiota. La autopsia de Laura está manipulada —responde Erin enfadada.
La forense se queda callada. Y esa pausa… ya es una confesión.
—¿Por qué Ángela?
La mujer levanta la vista. Lo que hay en sus ojos no es culpa, es desgaste.
—Porque tú no sabes lo que hay detrás de ese nombre.
—Pues explícamelo —responde Erin disgustada.
—No se puede explicar… Solo se puede sobrevivir.
En ese momento entiende algo peor que la traición. Ángela no está en el otro lado, está atrapada dentro.
—Si sigues con esto —añade Ángela—, no voy a poder ayudarte.
—No hay vuelta atrás —replica Erin—. Quiero saberlo todo.
Ángela exhala despacio, rindiéndose.
—Hace quince años, una persona muy importante del Cuerpo mantenía una relación con esa chica.
—Lo sé. Sigue.
—Ella era mucho más joven y él estaba casado.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo.
Erin la observa con dureza.
—Ella se quedó embarazada y le dio un ultimátum. O dejaba a su mujer, o lo contaba todo. No solo su relación, sino también otras cosas turbias a la que se dedicaba el hombre.
—¿La mató él?
—No directamente. Encargó el trabajo.
—¿Y tú por qué accediste a ayudarlo? Siempre hay elec…
Ángela no le deja acabar la frase.
—¡No! —responde tajante—. A veces no hay elección. No todos somos como tú. No podemos permitirnos ser valientes.
—Yo…
—Mira… —vuelve a interrumpir la forense—.
Hace dieciséis años, a mi hermanastro lo detuvieron por presunto asesinato.
Y a mí me tocó hacer las pruebas al cadáver.
Sé que mi hermanastro lo hizo en defensa propia.
El muerto era su jefe, un cretino arrogante, déspota y manipulador, pero con mucho poder.
¿Y a quién iban a creer? ¿A un pobre desgraciado sin recursos, o a la familia de un magnate que pueden comprar a abogados y jueces?
Así que no lo pensé dos veces. Lo acusaban de haberlo estrangulado, pero yo decidí poner en el informe que fue un suicidio.
Tuve la suerte en ese momento, de que, al tener apellidos diferentes, ni siquiera se percataron que había un parentesco entre el acusado y yo.
—¿Y qué pasó?
—Que cuando creía que me había salido bien la jugada, un año después, alguien se enteró de que el acusado y yo éramos familia. Me vino a pedir explicaciones. Pero en vez de denunciarme, me propuso que lo ayudara… Y así es como acabé en todo esto.
Erin no dice nada. Tampoco la juzga. Es un caso complicado.
—¿Qué harías tú por la familia? —acaba preguntando Ángela.
Erin baja la cabeza con el ceño más relajado.
—Me tenían cogida. Amenazaron a mi familia.
—Entiendo… ¿Y Angus Harris? ¿Borraste las pruebas?
Ángela asiente, avergonzada.
—Hace diez años, Harris revisó el caso de Adaya y descubrió que había cosas incongruentes en la autopsia… y no solo eso. Descubrió a los culpables.
—¿Culpables? —pregunta sorprendida—. ¿Cuántos son?
—No son policías normales…
—Eso ya lo sé…
—Son otra cosa. Criminales. Gente que hace desaparecer personas, que contrata sicarios, manipulan pruebas, amenazan, controlan cosas… Y si te digo nombres, seré la siguiente.
La conversación con Ángela había sido más dura de lo que podía imaginar. Aunque comprendía alguno de sus actos, no podía dejar de pensar si ella hubiera actuado igual…
De vuelta en casa, se deja caer en el sofá, exhausta. Llama a Neil, que contesta al segundo tono.
—Eh…
Su voz cambia al escucharla.
—¿Estás bien?
—No lo sé —responde ella.
Le cuenta todo. El hospital, Vázquez, Ángela, la autopsia… Al otro lado, Neil escucha sin juzgar.
—Te estás metiendo en algo muy grande.
—Estoy ya metida en el barro hasta el cuello.
—¿Y si paras un poco? Toma algo de distancia durante unos días…
—No puedo parar ahora.
—Entonces hazlo bien… Y no confíes en nadie.
—Eso me han dicho hoy dos personas.
—Pues por algo será… ¡Ten cuidado!
—Siempre.
Pero esta vez, siempre no suena tan convincente.