27
La cabeza le pesa como si aún siguiera sumergida.
El agua, oscura y profunda, le llena la boca, la nariz, los oídos.
Intenta salir, pero una mano firme le oprime el cuello y la empuja hacia abajo.
Se agita, golpea, araña el aire que no alcanza.
No puede respirar. No puede ver con claridad. Solo siente miedo y desesperación.
Y entonces la ve. A Caterina. A unos metros, también atrapada, también luchando.
Sus ojos buscan los de Erin, suplicantes.
Erin corre. Corre con todas sus fuerzas, pero el suelo se alarga bajo sus pies, como si nunca llegase a alcanzarla.
Grita su nombre, pero no sale sonido alguno.
El agua lo devora todo. Siempre llega tarde. Siempre.
Un trueno irrumpe como una grieta en la escena.
Erin abre los ojos de golpe, incorporándose en la cama.
Respira agitadamente, como si acabara de salir a la superficie tras una inmersión demasiado larga.
Tiene la piel empapada de sudor, el corazón golpeándole con violencia en el pecho.
Por un momento ni siquiera sabe dónde está.
Después, poco a poco, la realidad se recompone: el techo bajo, las paredes desnudas, la ventana mal cerrada por donde se cuela el viento. Rabadás.
El eco del sueño sigue latiendo dentro de ella. Hacía muchísimo que no volvía a tener esa pesadilla. Podía sentir tan real el olor y el sabor de la sal…
Se pasa una mano por la cara, quitando el sudor. Le cuesta calmar la respiración.
—Joder… —gruñe.
La tormenta ruge en la calle con una violencia repentina. La lluvia golpea los cristales con insistencia, el viento silba entre las rendijas, sacudiendo todo a su paso.
Erin se levanta despacio. Bajo sus pies desnudos, el suelo desprende una frialdad terrible. Se acerca a la ventana y la deja entornada. El aire húmedo entra de golpe, cargado de salitre. Cierra los ojos un instante. Han pasado quince años. Quince años y sigue siendo incapaz de cambiar ese final.
El móvil desechable vibra sobre la mesilla. Erin lo mira con pereza antes de cogerlo. El número es desconocido, aunque ya sabe que es Jameson.
¿Alguna novedad?
No hay ningún saludo, ni nada parecido.
No tiene remedio. Quizás debería ignorarlo, pero sabe que no lo hará. No mientras ese hombre siga orbitando en su vida como una amenaza constante.
Le escribe:
Solo he averiguado que la chica se llamaba Laura Adaya. Murió hace quince años. Lo cerraron como suicidio. No tiene antecedentes. Creo que vio algo que no debía. Y tu padre… años después, también.
La respuesta no tarda en llegar:
Bien… encontraré al culpable.
Erin aprieta la mandíbula.
No hagas nada sin decírmelo antes.
Esta vez no hay contestación. Claro. ¿Qué esperaba? ¿Disciplina? ¿Respeto? Está tratando con un hombre que ha hecho del caos su forma de vida.
—Psicópata… —murmura, dejando caer la cabeza hacia atrás.
Se queda unos minutos en la penumbra, escuchando la lluvia.
La cafetería tiene aspecto de resistirse a existir con dignidad. Parece un cuchitril. Un rectángulo de luz mortecina en mitad de la nada, pegado a una gasolinera que nunca duerme. El cartel a su entrada está medio despegado y las paredes por dentro están cubiertas de grasa antigua.
Erin empuja la puerta. Una campanilla suena con un tintineo cansado. Hay dos camioneros a una mesa del fondo, hablando en voz baja. Una televisión encendida sin sonido emite imágenes triviales. La barra está vacía, salvo por una camarera que limpia vasos con movimientos mecánicos.
Ray ya está allí, sentado junto a la ventana, con una taza entre las manos, mirando la lluvia caer.
Cuando la ve entrar, sonríe. Al verlo, ella siente algo parecido a la calma.
—Gracias por venir tan temprano… Era el único sitio abierto a estas horas —le comenta ella, acercándose.
—A mí me gusta esta hora —responde él, con esa serenidad suya tan característica—. Es cuando el mundo todavía no ha decidido ser ruidoso.
Erin deja escapar una sonrisa y se sienta frente a él.
—Dentro de un rato tengo que volver a Genar —explica, quitándose la chaqueta—. Quería hablar contigo antes.
Ray asiente, atento.
—¿Se ha cerrado el caso?
—Una parte sí —responde ella con un leve encogimiento de hombros—. El que me enviaron a resolver. Pero… ya sabes cómo va esto. Cuando tiras de un hilo…
—Aparecen más —completa él.
—Ese sicario, Gabriel Montes… está conectado con Angus Harris y con una chica, Laura Adaya.
—Empieza a sonar importante —dice él arqueando levemente las cejas.
—Necesito que mires esto.
Erin saca su portátil y le enseña el informe de la autopsia. La expresión de Ray cambia. Se vuelve más técnica y concentrada.
Durante varios minutos no habla, solo amplía las imágenes y lee con detenimiento.
—¿Y bien? —pregunta ella, al final.
—Esto… —responde exhalando despacio— no es un suicidio.
Erin no se sorprende. Solo confirma lo que ya intuía.
—¿Por qué?
Ray pasa a una de las imágenes.
—Mira las marcas en el cuello. No son compatibles con una asfixia. Hay presión desigual, puntos de fuerza externa. Y aquí —cambia de imagen—, estos hematomas en los antebrazos… son defensivos. Alguien la sujetó.
—¿Y lo del embarazo?
—¿Embarazo? —pregunta, dudoso—. No dice nada el informe de esto.
—Los padres comentaron que estaba embarazada.
—Sin análisis de tejidos o muestras biológicas no puedo asegurarlo. Pero… es raro que no haya ninguna mención. Eso no se omite por error. ¿Crees que alguien lo borró? —le pregunta él.
Erin señala la firma del informe. Ray se fija.
—Ángela Sáez… —levanta la vista—. ¿No es…?
—Sí —responde Erin, con un gesto tenso—. Es mi amiga.
Ray apoya la espalda en la silla, extrañado.
—Lo siento.
—Yo también.
—¿Puedo ayudarte en algo más? —se ofrece él.
—Ya has hecho mucho.
Se despiden en la puerta del bareto rancio.
—Erin.
Ella se gira.
—Llámame otro día —añade él, con una sonrisa—. Me ha gustado verte.
—A mí también —responde con los ojos clavados en los suyos.
—Y… —continúa él, algo más tímido—, cuando Neil venga, podríamos quedar los cuatro.
—Eso sería genial.
Y esta vez, siente que esa idea no le incomoda.
Cuando entra en la comisaría de Rabadás, Simón Molina está allí de pie, junto a la mesa de Alex. Su presencia llena el espacio sin esfuerzo. Alto, impecable, con esa voz grave que mide cada palabra. El compañero está tenso. Erin no está sorprendida por un carácter fuerte, no le intimida.
—Inspectora Butler —saluda Molina, girándose hacia ella.
—Comisario —responde ella, firme.
—Me comentaba Lizarraga y su compañero que el caso está resuelto.
—Así es. Todo apunta a un ajuste entre sicarios. Algo habitual en esa clase de entorno.
Molina la observa un segundo más de la cuenta, luego sonríe.
—Buen trabajo —dice y le estrecha la mano—. Lizarraga tenía razón. Sabía que lo resolvería rápido.
—¿Podemos volver a Genar, entonces? —pregunta manteniendo la compostura.
—Esta misma tarde.
—Perfecto. ¡Gracias!
Molina asiente, satisfecho.
—Por cierto, su compañero… Vázquez, ¿cómo está?
—Ha salido del coma.
—Me alegro… De verdad.
Y sin añadir nada más, se marcha. Erin nota que Alex expulsa el aire contenido. Le da un golpecito en el hombro, para aflojar su tensión.
* * *
Cierra la puerta tras ella, aliviada. Por fin en Genar. Logan aparece de inmediato, maullando con entusiasmo.
—Eh… tranquilo —le susurra ella, agachándose para cogerlo.
El gato se frota contra su cara, ronroneando. Entonces llaman a la puerta.
—¡Erin! —exclama con alegría Cecilia.
Se abrazan con una naturalidad reconfortante.
—¡Qué bien tenerte de vuelta!
—A mí también me alegra. Por cierto —continúa Erin—, ¿qué tal se ha portado Logan?
—Es un amor…Y muy glotón.
—Sí, es verdad… Pide comida a todas horas.
La vecina le hace una caricia al gato y este le responde con un bufido.
—¡Uy! ¿Pero qué te pasa…? —pregunta Cecilia.
—Probablemente sea por la lluvia —responde Erin mirando hacia la ventana—. No le gustan los días así.
—Le entiendo. A mí tampoco.
Continúan hablando unos minutos más.
—Bueno… te dejo descansar un poco.
—Cecilia… —la detiene Erin antes de que se vaya.
—¿Sí?
—Eres una gran persona.
—¿A qué viene eso? —pregunta, sorprendida.
—A que quiero que lo sepas.
—Y tú también lo eres —responde sonriendo.
Cuando se queda sola, Erin se deja caer en el sofá y Logan se acurruca sobre ella. La lluvia sigue cayendo y el sonido la reconforta.