Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 26
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Castell tiene un aire medieval, pero no hay doncellas ni caballeros.

Las calles empedradas, estrechas, discurren entre casas de piedra clara, con balcones de hierro forjado y macetas desbordadas de geranios.

Nada más pisar el lugar, la nariz se te atasca con ese olor mezclado de humedad antigua y pan recién hecho.

A lo lejos, la silueta de la iglesia domina el pueblo, sólida y vigilante, observando desde hace siglos los cambios que se van produciendo.

Erin aparca al lado de la plaza principal.

Se pone una gorra y unas gafas de sol. El edificio de Correos es pequeño y discreto.

Frente a él, apoyada en la pared, está Beatriz.

La reconoce al instante, pero no aparenta ser la misma mujer.

Está más dejada, menos atractiva. Lleva unas gafas de sol enormes.

Su cabeza se mueve constantemente, escaneando el entorno a la espera de que alguien aparezca en cualquier momento.

Cuando Erin se acerca, Beatriz apenas la saluda.

—Mejor hablamos en otro sitio. Haz ver que me preguntas la hora —musita casi sin mover los labios—. Nos vemos dentro de la iglesia.

Se da la vuelta sin esperar respuesta. Erin la sigue a unos metros y cambia de calle para disimular. Luego, cruza la plaza y entra en la iglesia. Las puertas están abiertas. Dentro, la luz mortecina las envuelve de inmediato, fresca, silenciosa y aparentemente protectora.

La mujer de Durán se aproxima a uno de los bancos del fondo y se sienta, dejando un pequeño espacio entre ambas, haciendo ver que no se conocen.

Al principio, ninguna habla. Solo se oye el eco lejano de unos pasos y el crujido de la madera.

—Me están vigilando —farfulla finalmente Beatriz, con la vista al frente. Se quita las gafas.

Erin no se sorprende. Ya lo sabía.

—Lo imaginaba —contesta Erin indiferente.

—A mí… y a mis hijos —añade y le tiembla la voz.

—¿Te han dicho algo?

—No directamente… pero lo sé. Lo noto. Las llamadas, los coches… siempre los mismos.

—Tu marido… —dice Erin, con cuidado— no se suicidó, ¿verdad?

Beatriz gira la cabeza lo justo para mirarla.

—Lo mataron. Estaba reuniendo pruebas —continúa ella con angustia—. Decía que había hecho algo horrible. Que se arrepentía.

Rebusca en el bolso, saca una hoja y se la entrega.

—Esto lo arranqué de uno de sus diarios, antes de que la policía viniera a casa. Se sentía culpable porque… decía que había matado a alguien.

Erin recoge la nota con sumo cuidado.

—También hablaba de un coche… en un río. No sé más. Nunca quiso explicarlo del todo.

—¿Un coche en un río?

Erin comprende enseguida que todo está tan conectado como el mismo universo.

—¿Seguro que no te explicó nada más?

—No…

—¿Y crees que quería denunciar?

—Sí —asiente con fuerza—. Decía que iba a confesar. Que no podía seguir viviendo con eso. Creo que se lo hicieron pagar —concluye, con la voz quebrada.

—¿Sabes qué clase de pruebas tenía?

—No me lo decía. Solo… una vez mencionó a una chica.

—¿Qué chica?

Beatriz se lleva una mano a la sien, esforzándose por recordar.

—Adaya… creo que se apellidaba así.

El pulso de Erin se dispara.

—¿Y el nombre?

—No lo recuerdo… —contesta la mujer cerrando los ojos un segundo.

Erin no duda en probar.

—¿Te suena Laura? ¿Laura Adaya?

—Sí… —afirma abriendo mucho los ojos—. Laura Adaya… ¿Quién era? —pregunta Beatriz después de una pausa.

Erin se queda mirando el altar, y aunque sabe que allí no hay respuestas, no puede apartar la vista.

—Aún no lo sé… Pero lo averiguaré.

Una hora después, en la biblioteca de Castell, Erin se sumerge en otra clase de silencio.

El edificio es antiguo, con techos altos y vigas de madera oscura.

Las estanterías, repletas de libros desgastados, desprenden ese olor inconfundible a papel viejo y polvo.

La luz entra filtrada por grandes ventanales, dibujando franjas doradas sobre las mesas.

Se instala en un rincón apartado con su portátil. Accede a la base de datos interna. El problema no es entrar, sino donde está a punto de hacerlo. El expediente de Adaya no está asignado a ella y cada movimiento que haga quedará registrado. Aun así, vale la pena arriesgarse.

Teclea el nombre completo: Laura Adaya. Los resultados tardan un rato en salir. Y al fin aparecen: diecinueve años. Se suicidó hace quince años.

Erin observa la fotografía. «Era muy guapa… Y muy joven». Revisa si tiene antecedentes, pero no hay nada sospechoso, está limpia.

—Alguna cosa pasaba contigo… —musita para sí.

Apoya los codos sobre la mesa, pensativa.

«Si Angus Harris escribió su nombre y Diego Durán también la mencionó, no es ninguna coincidencia. Y ahora ambos están muertos».

—A ver… —murmura—. Angus no podía conocerla. Llegó a Genar cinco años después.

—Mmm… Entonces la descubrió más tarde…

Vuelve a abrir el expediente. Lee con atención cada línea, cada detalle.

—Tuviste que ver algo… —susurra—. Algo tan importante como para que quisieran silenciarte. Y después… A él.

Por la tarde, de vuelta en comisaría, Erin trabaja en silencio junto a Alex. O eso aparenta. Mientras él teclea concentrado en su ordenador, ella revisa en secreto el informe de la autopsia de Laura.

Las páginas pasan lentamente bajo sus dedos.

Hay algo que no le acaba de cuadrar. Lo lee de nuevo.

Las conclusiones hablan de suicidio por ahorcamiento, pero…

Ni las marcas ni las mediciones corresponden del todo.

Hay irregularidades en la presión ejercida.

La disposición del cuerpo no coincide completamente con la mecánica descrita y falta precisión en detalles que, en una muerte así, deberían ser incuestionables.

«Jameson dijo que Gabriel Montes confesó que él era un sicario y lo enviaron para estrangular a una chica llamada Laura… Tiene que ser esta Laura… Lo hicieron parecer un suicidio. ¿Pero quién envió matar a la chica y por qué?»

Erin se fija en el nombre del forense que realizó la autopsia. No puede creerlo. De repente todo a su alrededor se tambalea. Ángela Sáez. Su amiga.

—¡Mierda! —masculla tapándose la boca para ahogar un grito.

Cierra el archivo con cuidado y sale de comisaría a toda prisa. El corazón le va tan rápido que le cuesta marcar el número de teléfono.

—¡Ray! —vocea con la voz agitada.

—Dime… ¡¿qué te pasa?!

—Necesito que revises una autopsia, por favor. En secreto.

—¿Eso puede meterme en problemas?

—Quizás.

—¿Es importante?

—Más de lo que creo —responde ella mirando el informe.

—Entonces cuenta conmigo. Te estaba vacilando —dice, simpático—. ¿Pero te pasa algo?

—Si quieres, quedamos mañana y te cuento.

—Perfecto.

Mientras tanto, Alex continúa con el caso de Gabriel Montes. Pero algo en su actitud ha cambiado. Ahora parece más interesado en cerrar el caso que en resolverlo.

—Creo que ya lo tenemos —comenta sin apartar la vista de la pantalla—. Ajuste de cuentas entre sicarios.

—¿Tan claro lo tienes?

—Todo apunta a eso.

—Podríamos seguir tirando del hilo… —responde ella con disimulo, aunque tampoco le fascina que ahora mismo descubran quién ha sido.

—No merece la pena. Es un callejón sin salida.

Erin entorna los ojos con recelo, pero no insiste.

—Entonces… podemos volver a Genar —anuncia finalmente—. Hablaré con Lizarraga.

—De acuerdo.

Antes de marcharse al motel, decide hacer una última parada. Ha conseguido la dirección de los padres de Laura Adaya.

El edificio es un bloque de pisos envejecido, con la fachada agrietada y la pintura desconchada. Hay un ascensor antiguo, de esos con puertas metálicas que chirrían, y que al subir se mueve de un lado a otro suavemente.

Una vez arriba, Erin llama al timbre. Tardan un poco en abrir. Cuando lo hacen, se encuentra con dos rostros marcados por el tiempo… y por algo más profundo: dolor.

—Disculpe que los moleste. Soy inspectora de policía —anuncia enseñándoles la placa—, y me gustaría hacerles algunas preguntas sobre su hija.

—¿De nuestra niña? —responde el padre con dureza—. ¿Otra vez?

—Ya les dijimos hace años que no volvieran —añade la madre.

—Lo sé —responde ella con calma—. Y no quiero remover el pasado, pero sí hacer justicia.

La madre la observa con desconfianza.

—La policía dijo que se suicidó.

—¿Y ustedes qué creen?

La incomodidad se instala entre ellos. El padre aprieta los labios.

—Mi hija era alegre, tenía toda la vida por delante… —explica sin poder terminar la frase.

—A nuestra hija la mataron —continúa la madre, dejando caer las palabras con una fuerza brutal.

—Si me dejan entrar… podremos hablar con más tranquilidad. Estoy de su lado.

Dudan un instante, pero finalmente ceden.

Dentro, la casa está llena de recuerdos. Fotografías, objetos, pequeños restos de una vida interrumpida.

Se sientan en un viejo sofá estampado.

—¿Por qué creen que la mataron? —pregunta Erin con delicadeza.

La madre tarda en responder.

—Porque estaba embarazada.

—¿Embarazada?

Le viene mentalmente la autopsia a su cabeza. No decía nada sobre eso.

—¿Quién era el padre?

El padre niega con la cabeza.

—No lo sabemos —niega el padre—. Solo nos dijo que era policía.

—¿Entonces nunca llegaron a conocerlo?

—No. Sólo lo oí un par de veces por teléfono. Tenía la voz muy grave… y eso es todo lo que recuerdo —comenta el padre frotándose la barbilla.

—Ella estaba enamorada —añade la madre—de ese policía… Y luego… murió —concluye.

—Suicidio dijeron —escupe el padre con rabia contenida.

—Está bien, muchas gracias por su tiempo. No les quiero molestar más.

—Encuentre a su asesino y haga que se pudra en prisión para siempre—suelta el padre.

Erin asiente con la cabeza.

De camino al coche intenta conectar una idea con otra… «¿Por qué matarían a una chica embarazada? ¿Solo porque estaba con un policía? ¡No tiene sentido!»

El teléfono suena. La voz de Martina suena por el manos libres.

—¡Ha despertado, Erin! —anuncia al otro lado, nerviosa y emocionada.

La inspectora, conmovida por la noticia, aparca como puede delante de una panadería.

—¿Moisés? ¿De verdad? —responde, llorando de alegría.

—Sí… está desorientado, pero me ha reconocido. Puede hablar.

—Es una gran noticia —dice aliviada.

No recuerda la última vez que una llamada le trajo algo distinto al miedo.