25
El sábado amanece sin prisas. Erin no despierta de golpe, como suele hacerlo, esta vez lo hace despacio, como si regresara de muy lejos. Siente el cuerpo exhausto, no por el cansancio habitual, sino por un descanso profundo al que ya no está acostumbrada. Ha dormido más de doce horas seguidas.
Permanece inerte, contemplando las viejas pegatinas del techo.
Luego, gira la cabeza a un lado. Los pósteres siguen ahí: Radiohead, Nirvana, Alanis Morrissette.
Los mismos de siempre. Las esquinas están algo despegadas y los colores han perdido intensidad con los años.
Y en un rincón hay dvds de películas que ya casi no recuerda haber visto.
Más allá, está la estantería con libros juveniles, novelas que devoraba en tardes interminables.
Y los discos… apilados con cierto desorden, como si en cualquier momento estuviese a punto de volver a escucharlos.
Todo está intacto. El tiempo parece no haber pasado por esa habitación.
Sus ojos se detienen en una fotografía. Caterina y ella en un concierto. Las dos sonríen, ajenas a todo lo que vendría después. Aparta la vista, melancólica. Un golpe suave en la puerta la devuelve al presente.
—No quería molestarte… —se escucha la voz de su madre al otro lado—, pero he pensado que quizá ya habías dormido suficiente.
—Entra… —dice incorporándose—. Estoy despierta.
La puerta se abre con cuidado. Su madre asoma primero la cabeza, evitando irrumpir de golpe.
—Son las doce —añade con una media sonrisa.
—Vaya… —responde Erin mirando el reloj de la mesilla.
—Eso es que necesitabas descansar… —continúa ella, acercándose un poco—. Come algo… y si luego quieres volver a dormir, hazlo. Se te nota muy cansada.
Hay algo diferente en su tono, en la forma en que lo dice. Sin reproches, sin tensión. Solo ganas de proteger y cuidar.
A Erin se le empañan los ojos antes de poder evitarlo. Hace una eternidad que no la veía así, tan… serena.
Su madre se da cuenta, pero no hace ningún comentario. Solo le dedica una mirada cálida.
—Te he preparado algo de desayuno.
Erin responde con un gesto afirmativo, incapaz de hacerlo con palabras.
Cuando su madre sale de la habitación, se queda embobada, sentada en la cama, intentando recomponerse. Después se levanta. El suelo es reconfortante bajo sus pies, gracias a una vieja alfombra.
Al salir al pasillo, se detiene sin querer frente a una puerta entreabierta.
La habitación de Leire. La hermana que nunca llegó a conocer.
Empuja suavemente. El aire dentro es distinto.
Más vacío. Los cuadros siguen colgados en las paredes: dibujos infantiles, tonos suaves, recuerdos de una niña que casi no tuvo tiempo de existir.
Pero la pequeña cama ya no está. Tampoco los juguetes, ni la colcha de colores.
El espacio está desmantelado. Ya no hay nada que mantenga ese espacio congelado. Cierra la puerta con cuidado.
Unos pasos más allá, la habitación de Leo sigue exactamente igual. La cama hecha, los objetos en su sitio, inalterados.
Dos formas distintas de enfrentarse a lo mismo. Continúa hacia la cocina. El aroma la recibe antes de entrar. Café recién hecho y pan tostado.
Sobre la mesa hay un desayuno que no esperaba: zumo de naranja recién exprimido, aún con pulpa, una cafetera humeante, croissants dorados y tostadas crujientes con mermelada.
Se queda de pie, observando. Hay algo casi… extraordinario en esa normalidad.
Se sirve café y se sienta. El primer sorbo le calienta el cuerpo de inmediato. Y, por un instante, todo es tan sencillo.
Más tarde, mientras come, su madre se asoma en el marco de la puerta, con el bolso colgado del brazo.
—Me voy —anuncia con ligereza—. He quedado con Aurelia. Iremos un rato a la iglesia… y luego a comer juntas.
Erin alza la vista, sorprendida.
—¿Aurelia?
—Sí —responde con una sonrisa que no le conocía—. De vez en cuando viene bien salir un poco.
Le gusta verla tan diferente y… alegre. Desde la muerte de su padre, se ha reconstruido de otra manera.
—Te he dejado comida, por si te apetece más tarde —añade antes de marcharse—. ¡Y descansa!
—Vale —responde, todavía con asombro.
Se queda sola en la casa que de pronto se anuncia más grande y sin ruido. Pero eso, esta vez no la incomoda.
Sin saber muy bien por qué, sale al jardín. El cielo está despejado, con ese azul pálido de los días tranquilos.
El jardín necesita atención. Antes se encargaba su padre. Las plantas han crecido sin control. Hay hojas secas en el suelo. La tierra está desigual.
Se arremanga. Empieza por lo sencillo: recoger, apartar, ordenar…
Sus manos se ensucian de tierra mientras el sol le calienta la espalda.
Y, poco a poco, su mente deja de girar tan rápido.
Durante un rato, no hay casos, ni nombres ni amenazas.
Solo el sonido de las hojas al romperse, el roce de las ramas, su propia respiración acompasada.
Hasta que el teléfono rompe esa calma. Erin se limpia las manos en el pantalón antes de contestar.
—Sí.
—¡Inspectora! —La voz al otro lado es seria—. Hemos encontrado un cuerpo cerca del muelle.
—¿En qué estado se encuentra? —pregunta, con el estómago contraído.
—Está…mutilado… Creemos que se trata de Gabriel Montes.
Erin deja escapar el aire. Ya sabe que Jameson ha sido quien se ha encargado.
—Voy para allá.
La calma se esfuma sin dejar rastro.
Entra rápido dentro de la casa. Coge las llaves, la chaqueta y sale. Justo cuando está a punto de subirse al coche, el teléfono vuelve a sonar.
—¿Quién será ahora? —gruñe Erin con el gesto tenso.
El número es desconocido.
—¿Sí?
—¿Erin? —La voz es casi ininteligible y nerviosa.
—¿Beatriz? —pregunta sorprendida ella.
—Necesito hablar contigo… Pero no puedo hacerlo aquí en Genar.
—¿Qué ocurre?
—No por teléfono.
—Vale… —responde, expectante—. ¿Dónde?
—Castell —propone—. Mañana por la mañana. Frente a Correos. ¿Va bien?
—De acuerdo.
La línea se corta. Erin se queda pensativa con el teléfono en la mano.
«¿Qué ha cambiado? ¿Qué ha decidido contar ahora?»
Una inquietud sorda se instala en su pecho.
El trayecto hasta el muelle se le hace más corto de lo habitual. Cuando llega, ya hay patrullas, cintas acordonando la zona y un par de curiosos a lo lejos. Erin se acerca sin entretenerse.
No necesita ver el cuerpo para saber que se trata de Montes. Aun así, lo ve. Frunce el ceño, furiosa.
«Un asesino matando a otro asesino. La justicia deformada hasta volverse irreconocible…»
Lo más inquietante no es el cuerpo, sino entender que, en algún punto del camino, esa línea que separa a unos de otros empieza a desdibujarse. Y ya no está tan claro quién persigue a quién.
Horas después, ya de noche, regresa al motel. Tiene la sensación de haber cruzado una línea que no termina de cerrarse detrás de ella.
Deja las llaves sobre la mesilla, se quita la chaqueta y se deja caer en la cama sin encender la luz.
El móvil vibra. Mira la pantalla. Es Cecilia.
—¿Cómo estás? —pregunta nada más descolgar, con ese tono cercano que siempre consigue aflojarle algo por dentro.
—Bien… —miente Erin, sin mucha convicción—. Cansada.
—Logan ha decidido que ahora la casa es suya —comenta Cecilia con una ligera risa—. Se pasea como un rey.
—Eso no es nuevo.
Hablan un rato de cosas pequeñas, de lo cotidiano, de nada importante… Y, precisamente por eso, es necesario.
—¿Y tú? —pregunta Cecilia, al final—. ¿Qué tal por Rabadás?
—Movidito…
—Y aquel extranjero del que preguntabas hace poco, el que dices que desapareció, ¿sabes algo de él?
Erin decide explicarle todo lo que ha ido investigando sobre Angus Harris, lo de Diego Durán, lo del sicario, Laura…
—¡Madre mía, hija! No hace falta que me cuentes nada más. Parece una película de acción. ¡No me extraña que no duermas!
—Estoy reuniendo pruebas… Espero que pronto pueda dormir de un tirón.
—Seguro que sí… Con todo lo valiente que eres. Estoy muy orgullosa de ti.
La emoción que siente al oír eso le deja la mirada al borde del llanto.
—Ten cuidado, ¿vale?
—Siempre.
Al colgar se detiene frente a la ventana. La noche se extiende más allá del cristal.
«Mañana, nuevo rumbo a Castell. ¿Qué querrás decirme, Beatriz?»
Y, en algún punto entre todo eso… está el nombre Laura. «¿Por qué su nombre estaba oculto?»