Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 24
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El muelle de Rabadás siempre ha tenido algo inquietante al caer la noche. Las farolas, separadas a mucha distancia, dejan franjas de sombra entre una y otra. El mar golpea suavemente contra los pilotes de madera, con un sonido rítmico, casi hipnótico.

Erin camina despacio por las tablas húmedas, haciendo el mismo recorrido que hizo por última vez Caterina.

Jamás dejará de culparse por no haberla podido salvar.

Siente un pinchazo en el estómago. El viento le aparta los mechones de pelo de la cara, pero no los recoloca.

Se lleva las manos a los bolsillos de la chaqueta.

Tiene los hombros tensos y la mirada alerta.

Entonces, lo ve apoyado contra la barandilla, de espaldas.

Quieto. Integrado en el paisaje hasta confundirse con él.

Su silueta recortada contra el mar es inconfundible.

—Sé que secuestraste a Gabriel Montes —lanza Erin sin rodeos, deteniéndose a unos metros.

Él no se gira de inmediato. Permanece así, tranquilo, contemplando el agua, ajeno a la acusación.

—Sabía que lo averiguarías —contesta finalmente Jameson—. No esperaba menos de ti.

Erin da un paso más hacia él.

—¿Y bien? —replica con dureza—. ¿Qué tienes que decir al respecto? Creí que éramos un equipo… ¿No dijiste eso?

Jameson se gira. Sus ojos brillan bajo la luz amarillenta de la farola.

—Lo somos —responde con calma—. Pero hay cosas que no puedo explicarte, porque no te gustarán.

Él se aproxima despacio, acortando la distancia entre ellos. Ella no retrocede.

—¿Por qué lo has hecho?

—Porque está implicado en la muerte de mi padre.

—¿Qué? —pregunta, desconcertada—. ¿De dónde sacas eso?

Jameson entrelaza las manos, pensativo.

—Mi padre habló con mi hermano antes de morir. Le dijo que estaba investigando algo grande… Algo sucio. Una de las pistas lo llevaba hasta Gabriel Montes, al que alguien le encargó un trabajo: matar a una chica.

—¿Qué chica?

—Una tal Laura.

Erin nota como el corazón le martillea en el pecho. Todo empieza a entrelazarse: Gabriel, el dibujo, Laura, el código, Angus Harris…

—No puede ser… —susurra, más para sí que para él.

Luego alza la mirada, clavándola en Jameson.

—¿Y cuándo pensabas decirme esto? Si me ocultas información, no puedo ayudarte, ni progresar.

—Estoy compartiendo lo que sé —replica él con una leve impaciencia—. Pero no lo sé todo.

Erin se pasa una mano por el cabello, visiblemente alterada.

—Estoy hecha un lío… ¿Qué tiene que ver Gabriel con Angus Harris? ¿Y quién es esa Laura? ¿Tiene apellido?

Jameson niega lentamente.

—Mi padre era criminólogo consultor. Revisaba casos, conectaba datos, encontraba lo que otros no veían. Estoy seguro de que descubrió algo sobre alguien importante… Alguien dentro de la policía.

—Un pez gordo… —responde ella.

—Exacto —asiente Jameson—. Y ese alguien ordenó la muerte de esa chica a través de Gabriel.

—¿Laura qué más? —insiste Erin—. ¿No sacaste nada más?

La frustración cruza el rostro de él.

—No. Solo el nombre.

—¿Y tampoco sabes quién está detrás de todo esto?

—Tampoco.

—¿En serio, no has conseguido que hablara? Qué extraño… —le reprocha ella.

—Quien dio la orden era listo —responde Jameson esbozando una sonrisa ladeada, casi peligrosa—. No usaba su nombre real.

—¿Y dónde está Gabriel? —pregunta, tensándose—. Espero que esté vivo.

—Dejó de ser útil.

—¿Qué le has hecho? —pregunta, consternada.

—Lo que hago siempre —contesta él desviando la vista hacia el mar.

El golpe emocional es inmediato.

—Eres un monstruo —escupe Erin, con la voz quebrada por la rabia.

—Él sí que lo era —le responde mirándola con frialdad—. Mató a esa chica. La estranguló. Y lo preparó todo para que pareciera un suicidio.

—Eso no lo sabía… No justifico que esté bien los asesinatos que haya podido cometer —protesta Erin, conteniéndose—. Pero no era el villano principal, era solo un engranaje. Podríamos haberlo juzgado, haber hecho justicia de verdad.

—¿Justicia? —Jameson deja escapar una risa breve, sin humor—. No me hagas reír. A estas alturas, confías más en mí que en tu propio Cuerpo de policía.

Erin abre la boca para contradecirlo, pero no puede. Porque, en el fondo, sabe que hay algo de verdad en esas palabras. El peso de la placa en su bolsillo se vuelve insoportable, casi la siente arder a su costado.

«¿Quién decide ahora qué está bien y qué está mal? ¿El que mata en nombre de la ley, o el que lo hace desde las sombras?»

—No puedes seguir así… —farfulla, agotada—. Y menos… descuartizando a la gente.

—No pongas esa cara —dice restándole importancia—. Solo es anatomía.

—Vale —le corta Erin, levantando una mano—. No quiero detalles. Solo una cosa: mañana llamarás a su mujer o a la comisaría y dirás dónde está el cuerpo.

—De acuerdo, jefa —responde sonriendo.

—No soy tu jefa, ni somos amigos —corrige ella con firmeza—. Y si tenemos que hablar, usamos el teléfono. ¡No vuelvas a colarte en la habitación de mi motel!

—Como quieras.

Ella da un paso atrás, preparándose para marcharse.

—Ah —añade él con ligereza venenosa—. Dale recuerdos a la mujer de Vázquez, si hablas con ella. Es bastante guapa.

Erin se gira de golpe, furiosa.

—Ni se te ocurra…

Pero él ya se aleja, perdiéndose entre las sombras del muelle y dejando, como siempre, ese rastro de amenaza flotando en el aire.

Erin deambula sin rumbo fijo por el paseo marítimo. El sonido del mar ya no le resulta calmante. Todo en su interior está en tensión. Hay muchas piezas moviéndose a la vez.

Decide llamar a la mujer de su amigo, para asegurarse de que todo está bien.

—¿Martina?

La voz al otro lado suena cansada.

—Sigue igual… —responde ella antes de que Erin pregunte—. No ha despertado.

—Voy a encontrar al responsable —afirma con determinación—. Te lo prometo.

Cuelga sin añadir nada más. Sabe que algunas promesas dejan de ser palabras en el mismo instante en que se pronuncian.

Sigue caminando por el paseo sin un objetivo claro.

Al final de la calle, la luz cálida de un pub rompe la oscuridad.

Al pasar frente al ventanal, una figura conocida capta su atención.

Es Ray. Una punzada inesperada le atraviesa el estómago.

Le vendría bien desahogarse con su amigo, poder charlar con alguien de confianza.

Está a punto de entrar, cuando ve a una chica acercarse a él.

Es guapa y parece alegre. Se besan. Erin se queda petrificada.

No sabe exactamente qué siente. No son celos.

O no del todo. Quizá es otra cosa. La constatación de que todo sigue adelante… incluso cuando ella se queda atrapada.

Oprime los labios con fuerza y se marcha.

Dentro del coche, el habitáculo se llena con los primeros acordes de Karma Police del grupo Radiohead, uno de sus preferidos.

Antes de arrancar, apoya la cabeza un instante contra el respaldo. Las ideas empiezan a ordenarse, despacio.

—Creo que esto ha sido cosa de Lizarraga —bisbisea con un hilo de voz—. Lo de enviarme a Rabadás…

Creía que la querían apartar del caso, para olvidarse de Angus Harris, pero se da cuenta que es todo lo contrario… Lizarraga quería que averiguara qué conexión tenía Gabriel Montes con Angus Harris.

—Querías que llegara hasta aquí…

Arranca el coche y casi sin darse cuenta, acaba frente a la casa de su madre. Las luces aún están encendidas.

Duda un momento antes de bajar del coche, pero al final lo hace. Llama a la puerta. Su madre abre y la observa con sorpresa.

—¿Puedes darme un abrazo? —le pregunta Erin sin más preámbulos.

La mujer tarda un segundo, insegura sobre cómo reaccionar. Luego, abre los brazos y Erin se hunde en ellos. El ruido constante de su cabeza se desvanece.

—¿Quieres quedarte a cenar? —pregunta su madre, con delicadeza.

—No… solo necesito dormir. ¿Puedo quedarme?

—Claro. Esta es tu casa.

«Casa…»

La palabra resuena dentro de ella de una forma extraña.

Sube las escaleras despacio. Entra en su antigua habitación. Todo sigue casi igual. Se deja caer en la cama sin desvestirse siquiera. El cuerpo, al fin, cede. Cierra los ojos. El cansancio la acaba venciendo antes que el miedo.