23
El motel parece haber absorbido la noche y no haberla devuelto del todo.
Durante unos minutos, o quizá más, Erin no se mueve. Sigue sentada sobre la cama, con las piernas recogidas contra el pecho y el cuerpo encogido en una postura casi defensiva, todavía con la sensación de que Jameson continúa en la habitación. El peligro no se ha ido del todo.
Se lleva una mano al cuello. La piel está caliente y sensible. La herida es superficial, un simple corte fino, pero el recuerdo de la hoja afilada presionando su garganta sigue ahí, latente e incómodo.
Exhala despacio. Aquello ya no es solo un suceso. Es una invasión. Jameson se cuela en su casa, en su cabeza, en su vida.
—¡Se acabó! —se dice con el pulso acelerado.
Se levanta despacio. El suelo frío la devuelve un poco a la realidad.
Camina hasta el pequeño baño, enciende la luz y se observa en el espejo.
Tiene las ojeras marcadas, la piel pálida y el gesto endurecido.
No le gusta lo que ve. No porque esté cansada, sino porque empieza a parecerse a alguien que vive al límite… constantemente.
Abre el grifo, se lava la cara con agua fría y permanece un momento con las manos apoyadas en el lavabo, respirando hondo.
Luego toma una decisión. Sale del baño, se viste con ropa cómoda y coge el teléfono.
No sabe si marcar el número o no, pero al final marca el número de Neil.
—Erin…
Solo su voz basta para que algo dentro de ella ceda levemente.
—Hola…
—¿Qué pasa? —pregunta él al instante, percibiendo el tono.
—No sé muy bien cómo explicarte esto… —comenta ella sentándose en el borde de la cama.
—Inténtalo.
—Ha estado aquí.
—¿Quién?
—Jameson.
El cambio en la respiración de Neil es inmediato.
—¡¿Qué?!
—Ha entrado en mi habitación. En el motel.
—¡¿Estás bien?! —la voz de él se tensa—. Erin, dime que estás bien.
—Sí… —responde ella, aunque no suena del todo convincente—. No ha pasado nada… grave.
No quiere mencionar el cuchillo ni la sangre.
—Eso no es suficiente —replica Neil—. No puede acercarse así a ti.
—Lo sé.
—Voy para allá.
—No —corta ella, más rápido de lo que pretendía.
—Erin…
—No vengas —insiste, más suave ahora—. Por favor.
—¿Cómo que no venga? Te está acosando. Ha entrado en tu habitación.
—No me ha hecho nada…
—Esta vez, tenemos que detenerlo.
—Tengo que explicarte algo más…
—¿Qué? —pregunta, intrigado.
—Verás… Hace unos días, Jameson se puso en contacto conmigo, porque quiere encontrar a quien mató a su padre…
—Pero…
—Lo sé… —le corta ella—. Debería habértelo explicado, pero no sabía cómo. Y digamos que me pidió ayuda.
—¿Estás colaborando con un asesino?
—Lo estoy usando, que es diferente.
Neil durante unos segundos no responde nada.
—Necesito que confíes en mí —dice ella.
—Confío en ti. Lo que no me gusta es la situación.
—A mí tampoco —responde, con un deje de cansancio—. Pero si vienes ahora… lo vas a complicar todo.
—¿Complicarlo más que esto?
—¡Neil… escúchame! —sigue ella pasándose una mano por el pelo mojado—. Estoy cerca de algo…
—Pero no me pidas que me quede de brazos cruzados, mientras tienes a más de un asesino acechándote.
—Sé cuidar de mi misma. No quiero que vengas… todavía —insiste—. Hasta que esto sea seguro.
—¿Seguro? —repite él—. Erin, esto no va a ser seguro.
—Te echo de menos —contesta sin pensarlo.
—Yo también —responde Neil, más suave—. Más de lo que te imaginas.
—Entonces quédate ahí… por ahora.
—No te prometo nada —advierte él—. Pero… de momento, esperaré.
—Gracias.
—Pero si pasa algo más…
—Te llamaré.
—Eso espero.
La llamada termina, pero el eco de su voz permanece… en la habitación. Deja el teléfono sobre la cama mientras contempla el techo.
* * *
Hay mañanas que no empiezan del todo, solo continúan lo que quedó pendiente la noche anterior.
Erin se levanta con el cuerpo rígido, atrapada en algo que no acaba de soltarse.
El trayecto hasta la comisaría de Rabadás se le hace más largo de lo habitual.
Las calles están húmedas, salpicadas de charcos irregulares que reflejan edificios desgastados por el salitre.
Algunos comercios levantan sus persianas con desgana; otros permanecen cerrados, ajenos al ritmo de la mañana.
Al entrar a comisaría Alex ya está allí. Es puntual y trabajador, eso le gusta. Se siente mal por no poder responder de la misma manera, dado que tiene la cabeza puesta en otra cosa.
—Buenos días.
Erin asiente, dejando la chaqueta sobre la silla.
—¿Qué tenemos?
—He estado revisando lo del centro comercial —informa él sin rodeos.
—¿Y?
—El tipo de la gorra. No se le ve la cara, pero hay algo.
—¿El qué?
—La forma de moverse, el ritmo al que camina, su postura…
—¿Qué pasa?
—Podría ser alguien entrenado —añade él—. O alguien que está acostumbrado a no llamar la atención.
—Sí… O alguien que sabe exactamente lo que hace —apunta Erin.
—Eso también.
El resto de la mañana siguen cruzando datos, revisando informes, intentando reconstruir los últimos movimientos de Gabriel Montes.
Erin está presente a medias. Parte de su mente sigue en otro sitio. «Laura…»
A media mañana, durante una breve pausa, Alex se fija en que está concentrada en otra cosa.
—¿Qué haces? —pregunta inclinándose hacia su móvil—. ¿Y ese dibujo?
A Erin le molesta la poca discreción.
—Es…de mi sobrino —responde, airosa.
—Ya —contesta él, sin mostrarse muy convencido.
Al rato, reciben una llamada urgente de Valentina Delgado. La mujer está fuera de sí. Es incapaz de expresar con palabras el horror que siente. Solo grita «es él…».
Cuando los inspectores llegan a la casa, hay un despliegue de policía montado a su alrededor. La puerta está abierta, custodiada por un policía. Valentina, destrozada, se derrumba en una silla, incapaz de sostenerse. Habla con una de las agentes que la intenta tranquilizar.
—¡No… no… no…! —repite entre sollozos.
Los de la científica sostienen una caja abierta sobre la mesa, haciéndole fotos y todas las pruebas necesarias.
Erin y Alex se acercan con curiosidad profesional hacia la caja. Al momento comprenden la gravedad de la situación. Se trata de una mano humana cortada limpiamente.
Los inspectores se acercan a la mujer, con prudencia.
—¿Cómo está Valentina? —pregunta Erin.
La mujer es incapaz de articular palabra.
—Siento mucho tener que preguntarle esto, pero debo hacerlo. La científica va a hacer pruebas de… la extremidad. Aun así, ¿usted afirma que es de su marido?
—Sí, … es de él —gimotea—. Es de Gabriel… Es su anillo.
Erin entiende que aquello no es una desaparición cualquiera, es un mensaje.
De vuelta en la comisaría, se sienta frente al ordenador y reproduce de nuevo la copia del vídeo del parking.
Examina al hombre de la gorra caminando, una y otra vez.
Hay algo en la manera de caminar, la cadencia, la forma de apoyar el pie, esa ligera inclinación de los hombros…
Entonces se da cuenta. Un destello de reconocimiento.
—No puede ser… —dice para sí misma con el pulso acelerado—. ¡Cómo no lo había visto antes…!
Cuanto más mira… más sentido tiene. Coge el teléfono de prepago y marca un número.
—¿Sí?
La voz de Jameson suena al otro lado.
—Tenemos que hablar.
—Vaya… qué directa.
—No es una petición.
—Lo sé…
—Ahora.
—Prefiero vernos en persona.
—Está bien —contesta ella apretando los dientes—. Quedamos en el parque San Mateo, en media hora.
—No.
—Entonces dime dónde.
—El muelle. Esta noche.
El corazón le da un vuelco.
—¿Tienes algún problema?
Ella no abre la boca. No piensa darle el gusto de verla sufrir, ni de admitir que es el último lugar donde querría volver, desde la muerte de Caterina.
La llamada se corta. Erin permanece inerte aun con el teléfono en la oreja.
«El muelle…»
Hacía años que evitaba pronunciar siquiera esa palabra. Cierra los ojos un instante. Hay lugares que no pertenecen al pasado, sino que esperan pacientes a que regreses.