22
La tranquilidad es una de las mejores mentiras que existen. Rabadás ha perfeccionado esa mentira durante años: calles ordenadas, vecinos que se saludan por su nombre, comercios que abren a la misma hora desde hace décadas. Desde fuera, todo parece conservar el lugar exacto que le corresponde.
Pero Erin ya ha aprendido que las cosas rara vez son lo que aparentan.
Conduce sin prisa, una mano apoyada en el volante y la otra junto a la palanca de cambios. Las calles están medio vacías. Un anciano pasea al perro, dos niños cruzan el paso de cebra con unas mochilas muy pesadas y alguien levanta la persiana de un bar.
La vida continúa con esa obstinación tranquila de los pueblos pequeños.
Han pasado un par de horas en la comisaría cuando Alex entra en su despacho. Ella ni siquiera levanta la vista del expediente. Está absorta, pero no en lo que tiene delante, sino en el caso que verdaderamente le ocupa en su cabeza.
—Tengo algo —anuncia.
Erin eleva la mirada despacio, como si regresara de muy lejos. Lo observa con una mezcla de cautela y escepticismo.
—Te escucho.
—Gabriel Montes no era solo un guardia de seguridad —anuncia dejando una carpeta sobre la mesa con un golpe seco.
Erin tose, agitada. Su gesto permanece imperturbable, pero por dentro algo se contrae. Ha estado tan volcada en Angus Harris… que ha descuidado esto.
—Era evidente —replica, tratando de restarle importancia.
Y, aun así, una incómoda presión le atenaza el estómago.
Alex curva algo los labios, como si intuyera la verdad detrás de esa respuesta. Abre la carpeta donde emergen fotografías, extractos bancarios, informes…
Ella entrecierra los ojos, repasando la información con rapidez.
—¿De dónde has sacado todo esto? —inquiere, ahora sí, con interés real.
—He tirado del hilo financiero. Tiene varias cuentas secundarias. Movimientos en efectivo, cantidades repetidas… Siempre después de desapariciones, agresiones, ajustes de cuentas…
—Continúa —dice ella completamente presente.
—He cruzado fechas con casos sin resolver en la zona: personas que se esfuman y otras que aparecen… destrozadas.
Erin cierra la carpeta con cuidado, como si pesara más de lo que aparenta.
—Entonces, era un sicario —concluye ella.
—Exacto.
—¿Y nadie había visto esto antes? —masculla ella—. ¿Nadie se molestó en investigar?
—Al parecer alguien sí lo hizo —responde Alex—. Y se encargó de borrar las huellas.
Erin lo observa un rato más de lo habitual. Por primera vez, no ve a un novato.
—Buen trabajo —le felicita de manera seca, pero honesta.
Alex asiente sin recrearse.
—Deberíamos hablar con su mujer.
—Vamos —contesta ella ya en pie.
La casa de Valentina Delgado da la impresión de haberse encogido desde la última vez. Una maceta seca descansa olvidada junto a la puerta y el correo está sin recoger.
Cuando Valentina abre, su expresión se tensa al momento.
—¿Ha ocurrido algo? —pregunta, con la voz quebrada—. ¿Saben algo de mi marido?
—Tenemos que hablar —responde Erin manteniendo el contacto visual.
Dentro, el ambiente huele a cerrado y no está tan ordenado como el último día. Los agentes se sientan en las sillas del comedor junto a la mujer.
—Su marido no era solo guardia de seguridad —le explica sin rodeos.
—No sé de qué me está hablando… —responde, nerviosa.
—Lo sabemos, Valentina… Lo que hacía su marido —interviene Alex en un tono conciliador.
—No… no… —niega con vehemencia.
—Tenemos pruebas —añade Erin.
Valentina empieza a jadear. Sus ojos buscan una salida que no existe.
—Yo no he hecho nada…
—Y nadie le acusa de eso —aclara Erin—. Pero ocultar información sí tiene consecuencias.
La mujer se derrumba.
—Le pedí que lo dejara —aclara cubriéndose el rostro con las manos—, mil veces… Cuando nos casamos no teníamos nada… —sigue, con la voz rota—. Deudas, problemas… Todo iba mal… Y entonces empezó…
Erin le tiende un pañuelo.
—Primero eran trabajos pequeños: vigilar, seguir a gente… Pero luego… ya no. Le pagaban mucho dinero.
—¿Quién? —pregunta Erin.
—No lo sé.
—¿Nunca los vio?
—Jamás —responde sacudiendo la cabeza con desespero—. Nunca hablaba de ellos. Solo decía que no podía salir.
—¿Por qué?
—Porque no te dejan.
La frase queda enquistada en el salón.
—¿Cree que alguien le ha podido hacer daño? —plantea Alex.
—Sí… —contesta con sollozos.
—¿Quién?
—No lo sé… Pero Gabriel… hirió a mucha gente. Alguien podría haberse vengado…
—O sus propios jefes… —añade Erin.
Valentina no responde… Solo asiente con la cabeza.
De vuelta al coche, Erin mira por la ventana, pensativa, mientras Alex conduce.
—Has hecho un buen trabajo —reconoce al fin—. No te lo había puesto fácil.
—¿Eso es una disculpa? —pregunta él observándola de reojo.
—No te acostumbres —replica ella, con una sonrisa—, pero sí.
—La acepto —contesta devolviéndole la sonrisa.
De repente, el silencio entre ambos se vuelve más cómodo.
—¿Cenamos esta noche? —propone Erin.
—¿Será un interrogatorio encubierto? —pregunta él alzando una ceja.
—No.
—Entonces me apunto.
El bar, cerca del muelle, está bañado por una luz cálida que contrasta con el gris del exterior. El murmullo es bajo, casi íntimo. Huele a madera, a salitre y a vino. Erin hace girar el vaso entre sus dedos.
—He estado distante.
—Sí —responde él sin suavizar la respuesta.
—No es por ti.
—Ya lo imaginaba…
—Es todo lo demás… Hay casos y situaciones que te atrapan por dentro y no te sueltan.
—Y Vázquez —añade él.
—Sí… Ese coche iba a por mí… y él… me salvó la vida.
—Lo siento.
Le coge la mano y se la acaricia con suavidad. La frialdad de su piel contrasta con la calidez del gesto. Erin se pone rígida, algo en su mirada no le gusta.
—Alex…
—Deberías desconectar —continúa él hablándole muy cerca de sus labios—, bajar la guardia un poco…
—Un momento —ella lo aparta y le retira la mano, algo brusca—. Creo que no estás entendiendo nada.
Él parpadea.
—Solo estamos hablando —continúa ella con tono firme—. Ya está. Deja de acariciarme e intentar seducirme.
Alex asiente, algo incómodo.
—Tienes razón. Me he pasado —se levanta—. Mejor me voy.
—Espera.
Él se detiene.
—Siéntate.
—¿Es una orden? —pregunta, extrañado.
—Sí.
—Entendido —responde intentando sonreír.
—Te he llamado la atención y creo que has pillado la indirecta. No tenemos que hacer de esto una montaña. ¿Te parece?
—Me parece bien. Perdona si te he molestado.
—Mañana será otro día. Mejor dejamos la cena para otro momento. Buenas noches, Alex.
—Buenas noches.
El motel se alza frente al mar como una construcción resignada a su lenta erosión. El neón de la fachada titubea a intervalos irregulares, y bajo la pintura desconchada asoman capas de otros tiempos, de colores ya olvidados.
Dentro, el pasillo conserva ese olor indefinible a humedad, lejía y polvo acumulado. La habitación es pequeña e impersonal, pero funcional. Las paredes son tan finas que se puede oír al vecino de al lado respirar.
Erin deja las llaves sobre la mesilla, se quita la chaqueta y se apoya un instante contra la pared, como si el cansancio se hiciera cada vez más agotador.
Una vez en la ducha, el agua cae caliente sobre su piel, pero no le acaba de calmar.
Sale con la toalla enrollada al cuerpo. Se sienta en la cama y abre la imagen otra vez. Ahí siguen las formas. Ya no le parecen simples garabatos. Son figuras imperfectas… pero intencionadas.
De repente, algo que ve despierta un recuerdo. Un juego de pequeños con su hermano Leo. Números, letras, códigos secretos…
—Vamos a probar…
La primera figura tiene doce líneas.
—Número doce… corresponde a la letra L del abecedario.
La siguiente solo una línea.
—A.
Otra figura tiene veintiuna caras.
—U…
Ya no hay duda. Las letras se alinean, una tras otra, hasta que cobran forma. Mira la palabra.
—LAURA. No es casualidad… —bisbisea con la respiración agitada.
Angus lo dejó ahí. Para alguien. Para que alguien como ella lo descubriese.
—¿Qué querías decirme…? ¿Quién es Laura?
Sujeta el móvil con fuerza, con la vana esperanza de que surjan más códigos o letras. Entonces, nota una presencia. Un movimiento detrás, muy cerca. Una mano. La hoja de un cuchillo frío en su cuello.
—No estás siendo sincera… —le susurra Jameson al oído, con voz peligrosa—. Estás investigando por tu cuenta… Chica mala.
—Pensé que no querías matarme —responde ella conteniendo el aliento.
—Y no quiero… —bisbisea, apartándole el pelo húmedo—. Pero me intrigas.
El acero presiona su piel.
—¿Qué me ocultas?
—Nada…
—¿Segura?
—¿Por qué iba a mentirte?
—Porque no quieres ayudarme.
—Queremos lo mismo —replica con dificultad—. Atrapar al que hizo esto a tu padre y a mi amigo…
Una gota de sangre resbala por el cuello. Jameson se detiene y la suelta. Luego, le lanza una toalla del baño.
—Tapónate la herida. Es solo un rasguño —dice como si nada hubiera pasado—. Cuéntamelo todo.
—No sé mucho…
—¿Y esto? —pregunta refiriéndose al dibujo.
—Lo encontré en un cuaderno de tu padre… Creo que es un jeroglífico.
—Laura… —lee en voz alta—. ¿Quién es?
—Eso es lo que tenemos que averiguar.