Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 21
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Una comisaría nunca está realmente en calma. Lo único que cambia es el ruido. Erin entra en la de Rabadás mientras los teléfonos, los pasos y las conversaciones se superponen en ese desorden que sólo parece comprensible para quienes trabajan allí.

Al adentrarse por los pasillos, tiene la extraña sensación de estar ocupando un lugar prestado. Algunos la saludan con un gesto rancio y cansado, incómodos ante una intrusa. Las miradas, inquisidoras, no se cortan ni un pelo.

Antes pensaba que las comisarías eran un lugar que debería ser seguro, pero ya no lo piensa. Tiene que andar con pies de plomo y moverse con sutileza.

Se quita la chaqueta sin prisa y la deja sobre la silla. Observa el espacio, buscando algo que justifique su presencia allí. Pero no lo encuentra. Debería estar investigando el caso Harris. No aquí, perdiendo el tiempo con una desaparición corriente.

—Buenos días —saluda Alex.

Él ya está allí, apoyado en una mesa, con un café en la mano, apartándose el flequillo de la cara.

—Depende de para quién —responde ella.

—¿Un mal día?

Erin hace un gesto con la mano, quitándole importancia.

—Fui al centro comercial —responde tajante.

—¿Y?

—Nadie lo vio entrar ni tampoco salir. Nadie recuerda nada extraño.

—Eso es raro —dice Alex.

—Pero tiene una explicación… Estuve revisando las cámaras.

Alex espera con curiosidad a que desarrolle la respuesta.

—Hay un momento en que aparece un tipo con gorra. Incluso hablan. No hay ninguna pelea. Y se dirigen juntos hacia la salida de emergencia del subterráneo.

—¿Se le ve la cara?

—No.

—¿Y de altura o complexión?

—Media. Podría ser cualquiera…

—Perfecto —murmura Alex—. Es un fantasma.

—Es lo único que tenemos de momento —contesta ella cruzándose de brazos.

—Vale. Entonces empezamos por ahí.

—Sí…

Pero su mente ya no está ahí. No del todo.

Después de unos minutos de papeles y teclados, Erin finge trabajar en el caso del guardia de seguridad.

Revisa informes que ya ha leído, ordena datos que no le dicen nada…

Pero está inquieta. No puede estar tranquila, esperando…

No es así como funciona. Mira a Alex, concentrado en su ordenador.

Ella aprovecha para levantarse sin hacer ruido.

Coge el teléfono y se dirige hacia el pasillo, alejándose lo suficiente.

Marca el número de Ángela, que tarda dos tonos en responder.

—Erin… Por fin me llamas.

—Perdona que no contestase a tus mensajes. Es que he estado ocupada. Me han trasladado a Rabadás.

—¿Qué? ¿Cómo que a Rabadás?

—Es solo temporal… Me han dicho que tenía que resolver una desaparición… En fin.

—Te quieren lejos.

—Eso creo.

—Bueno, tómatelo como una pausa. Te irá bien para ordenar las ideas… ¿Puedo hacer algo por ti?

—En realidad, sí.

—Dime.

—Necesito que revises algo.

—¿Qué pasa?

—Lo de Angus Harris —dice bajando la voz.

—Erin… Desconecta un día al menos.

—Escúchame… No puedo acceder a nada desde aquí.

—Está bien —resopla Ángela—. ¿Qué quieres que haga?

—Que busques una cosa en el archivo de efectos personales de Harris.

—Ya revisamos sus pertenencias.

—¡Hazlo otra vez!

Se produce un silencio al otro lado.

—Perdona, Ángela. No quería gritarte… Es que…

—Tranquila —responde ella rebajando la tensión—, pero de verdad que no había nada, solo había un cuaderno con las hojas arrancadas. Casi vacío.

—Lo sé —contesta ella apoyando la espalda contra la pared—, pero quiero saber si había algo más.

—No lo había.

—¿Algún número? ¿Anotación? ¿Algo fuera de lugar?

—No… —responde, pero dudando.

—¿Qué? —pregunta Erin.

—Solo… unos tachones sin importancia.

Erin abre los ojos un poco más.

—¿Qué tachones?

—Un garabato… Nada importante.

—Escanéalo y me lo envías.

—Erin…

—¡Envíamelo! No es una petición, es una orden.

Un rato después, el teléfono de Erin vibra con la imagen recibida.

Al abrirlo, su rostro se tensa un poco, aunque al principio no ve nada.

Sólo líneas, trazos, formas mal definidas…

Como si alguien hubiera dibujado sin pensar o sin tiempo.

Ladea ligeramente el teléfono. Lo examina más de cerca.

Hay algo en la repetición. En la forma en que ciertas líneas se agrupan. No es aleatorio. No puede serlo.

—¿Lo ves? Solo son garabatos —asegura Ángela.

Pero Erin no deja de observar.

—No es nada —insiste Ángela—. Probablemente lo hizo mientras hablaba con alguien o…

—No… —contesta con voz queda—. Esto no es un garabato.

Ángela aguarda una respuesta.

Erin amplía más la imagen. Algunas figuras son más cerradas, otras no. Algunas se repiten y otras cambian sutilmente. «Hay un patrón. Tiene que haberlo…»

—¿Qué estás viendo? —pregunta la forense.

Erin no responde de inmediato. Tiene aquella sensación. La que aflora justo antes de comprender algo importante. Pero aún no acaba de salir a la superficie.

—No lo sé —contesta al final—. Pero lo averiguaré.

—Está bien… Erin, si te puedo ayudar con algo más dímelo, pero vigila con quien hablas y lo que haces.

—¡Gracias, Ángela! Luego hablamos.

Se queda contemplando la pantalla un poco más. El dibujo sigue ahí, estático. Guarda el móvil y vuelve a la sala.

—¿Todo bien? —pregunta Alex sin apartar la vista del ordenador.

—Sí —responde casi con una mentira ensayada.

Vuelve a su sitio e intenta centrarse, pero no puede. El dibujo sigue en su cabeza; las líneas, las formas… Hay algo en la manera de acoplarse que le recuerda a un jeroglífico. Aún no tiene sentido, pero intuye que lo tendrá.

Hay investigaciones que terminan al cerrar un expediente y otras que empiezan a crecer en la cabeza.

Horas después, Erin abandona la Jefatura de policía sabiendo que este caso pertenece a la segunda clase.

Camina hacia el coche. Antes de abrir la puerta, alza la vista y examina la calle por puro reflejo profesional.

Al subirse al coche vuelve a observar, casi de manera obsesiva, la foto. Esta vez más despacio. Sigue las líneas con los ojos… Hay repeticiones, pero aún no consigue ver el patrón completo.

—¿Qué querías decir Angus? —se pregunta a sí misma.

«¿Y si este dibujo contiene una última conversación? Una advertencia o una pista…»

Erin, por fin apaga la pantalla, aunque la imagen se queda grabada en su mente.

Arranca el coche, con los pensamientos corriendo uno tras otro sin parar:

«Si Angus dejó eso ahí… no era para cualquiera. Era para alguien que supiera mirar. Lo descubriré…»

Después de todo, quizás volver a Rabadás no ha sido tanta pérdida de tiempo, sino justo lo contrario.