20
La casa de Valentina Delgado está en una calle tranquila, discreta, de fachadas encaladas y macetas en las ventanas. Una de tantas.
La mujer abre la puerta casi al instante. Da la impresión de que esperaba su llegada. Tiene el rostro cansado, ojeras marcadas y el pelo recogido con una pinza.
—Gracias por venir… —dice con una voz a punto de romperse.
Erin es la primera en entrar. Se fija en la distribución de la casa. El salón es sencillo; un sofá con una manta doblada, fotos familiares en una estantería… Una vida aparentemente normal, o eso resulta a primera vista.
—Sus hijos… —pregunta Erin.
—Están en el colegio. Bueno, el mayor en el instituto —responde ella antes de que acabe la frase—. No quería que estuvieran aquí.
Las dos se sientan en el sofá. Stan permanece algo más atrás, observando en un rincón la conversación y los detalles del lugar.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a su marido?
—Hace dos días… por la mañana —responde la mujer inquieta—. Yo trabajo en una tienda. Él siempre lleva a los niños al colegio…
Se para un momento como si necesitara coger aire.
—Nos dimos un beso antes de salir. A los niños también… Todo normal.
Erin la escudriña mientras habla, en busca de algún gesto o movimiento extraño.
—¿Había algo que le preocupara últimamente?
—No… Yo lo vi como siempre.
Pero sus ojos vacilan apenas un segundo y Erin lo detecta.
—En la denuncia indica que trabaja en seguridad privada.
—Sí. En el centro comercial de la zona.
—¿Sabe si habló con alguien ese día? ¿Si quedó con alguien, o si alguien lo recogió en el trabajo?
—No… —niega, cada vez más tensa—. Es que no llegó a presentarse al trabajo.
Con un gesto, Erin da a entender que comprende.
—No se llevó ninguna maleta, ni el pasaporte, ni ropa… Nada —añade ella.
—¿Se llevó el móvil?
—Sí… pero no responde. Ni siquiera da señal.
—Vamos a intentar localizarlo —finaliza Erin observando por el rabillo del ojo a Stan.
Se levanta del sofá.
—Cualquier detalle, por pequeño que sea, llámenos, puede ser importante.
Valentina afirma con la cabeza, pero hay algo extraño en su expresión, como si no lo hubiera contado todo.
Fuera, el aire resulta más suave que antes. En Rabadás, el clima cambia sin avisar, como si el pueblo respirara a su propio ritmo. Erin se detiene junto al coche, dejando que esa calma engañosa le recorra un instante el cuerpo.
—Localiza el móvil —ordena a Alex, sin mirarlo—. A ver si da alguna señal.
—De acuerdo… La mujer ocultaba algo —contesta.
—Lo sé. Lo averiguaremos…
—¿Dónde vas tú?
—Al trabajo de Gabriel Montes.
El centro comercial se levanta a las afueras; una mole de cristal y hormigón, demasiado grande para un lugar como ese. A esa hora, un martes, está medio vacío.
Las puertas automáticas se abren con un suave zumbido. Dentro, todo es luz blanca y superficies pulidas. Los pasillos se extienden largos, casi simétricos. Su trazado parece concebido para ejercer control y complicar cualquier escapatoria.
Los pasos de Erin resuenan más de lo normal. Casi todas las tiendas están abiertas, menos alguna que está de reformas. Hay dependientas apoyadas en el mostrador, mirando el móvil. Un guardia de seguridad apoyado contra una columna, muy tranquilo… Pura rutina.
Erin se presenta a los diferentes puestos y hace preguntas. Repite el nombre de Gabriel Montes. Algunos niegan, sin siquiera pensar. Otros dudan un segundo, antes de hacerlo.
—No… no lo he visto.
—Ese día yo no vine.
—No me suena.
Erin está a punto de marcharse, cuando uno de los guardias de seguridad se acerca a ella.
—Oiga, perdone… —advierte el hombre aclarándose la garganta—. Su coche sigue aquí.
—¿Cómo? —pregunta sorprendida.
—El coche está en el parking subterráneo. Lleva ahí desde hace días… Pero él no fichó —añade el hombre—. No entró a su turno.
—Enséñeme las cámaras, por favor.
La sala de control es pequeña y oscura. Iluminada solo por el parpadeo de varias pantallas. El guardia rebobina las imágenes.
—Aquí está Gabriel aparcando… —comenta el hombre congelando la imagen.
En la pantalla surge el coche de Gabriel Montes aparcando en una plaza del parking. La hora registrada marca las nueve y media de la mañana.
Erin se acerca un poco más a la pantalla. La puerta del coche se abre. Gabriel sale, tranquilo. Cierra, ajusta las llaves en la mano y se dirige hacia la entrada. Nada inusual.
—Rebobine un poco —dice Erin.
La imagen cambia. Gabriel sigue hacia el acceso interior. Hay unas escaleras mecánicas a la izquierda y ascensores a la derecha.
—¡Pare! —le ordena ella alzando suavemente una mano.
El guardia detiene el vídeo. Aparece alguien más, aunque casi no se aprecia. Un hombre apoyado cerca de los ascensores, con la visera de la gorra baja y ropa oscura.
—¿Puede acercarlo un poco más?
La imagen se amplía, aunque no lo suficiente. El rostro sigue oculto.
—Póngalo otra vez.
Lo reproduce de nuevo. El hombre se incorpora cuando Gabriel pasa a su lado. Le dice algo. No se oye. Gabriel se detiene y responde. No muestra síntomas de estar nervioso. No hay discusión o sorpresa. Solo… una conversación. Erin entorna los ojos, intentando enfocar al máximo su visión.
—Rebobine otra vez.
El gesto es natural. El momento en que ambos se miran.
—Diría que no se conocían —apunta el guardia.
—O sí…
El vídeo continúa. Los dos entran juntos en el ascensor. Las puertas se cierran.
—¿Hay cámaras abajo? —pregunta Erin sin apartar la vista.
—Sí, es la planta cero. El parking se utiliza poco.
El guardia cambia de cámara. Otra planta. El ascensor se abre. Gabriel sale primero y el otro hombre detrás. Hablan un rato. Incluso hay un gesto, casi una media sonrisa. Y entonces… se esfuman del encuadre.
El guardia continúa buscando un poco más, pero ninguna otra cámara los recoge, ni saliendo, ni volviendo. Tampoco separados.
—¿Eso es todo? ¿Cómo puede ser? —pregunta ella sobresaltada.
—Sí.
—¿Seguro?
—He revisado todo.
—¿Hay alguna salida de emergencia abajo?
El guardia duda un momento.
—Sí, claro —contesta golpeándose la frente —seguro que salieron por allí. ¿Pero por qué lo obligó a irse? ¿Quién era ese hombre?
Erin se aproxima un poco más a la pantalla. Reproduce el momento una y otra vez. El instante exacto en que el desconocido le habla. No percibe ninguna fuerza, ni amenaza.
—Gabriel fue con él —responde ella, al fin, levantándose despacio—. No lo obligó.
—¿Entonces? —pregunta, asombrado.
—Lo convenció… Y lo sacó justo por donde nadie mira —añade ella en voz baja.
Apaga la pantalla. Ya no necesita ver más.
Por la noche, el bar aún está medio vacío. Había ido mucho a este local. La última vez que estuvo fue con Neil. La decoración era tropical y estaban haciendo una temática especial de Cuba. Hoy todo está normal, aunque las luces son cálidas y el hilo de fondo musical es agradable.
Erin se sienta a una mesa apartada, con el teléfono apoyado en la oreja y la mirada perdida en el reflejo tenue de las luces sobre la barra.
—Estoy casi segura de que esto ha sido cosa de Lizarraga —alcanza a decir en voz baja—. El caso, el traslado… todo. Para mantenerme lejos de Genar y de Angus Harris.
—Creo que Lizarraga empieza a caerme bien —contesta Neil al otro lado, dejando escapar una pequeña risa.
Ella esboza una media sonrisa.
—Quiere protegerte —añade él—. Eso me gusta.
—Lo sé… —admite al fin—. Pero no va a servir de nada. Voy a seguir investigando. La distancia no cambia eso.
Neil resopla con suavidad.
—¿Decepcionado? —pregunta ella.
—No… Preocupado… Pero te conozco. Y sé que no vas a parar.
—Exacto.
—¿Y el nuevo? —pregunta Neil al cabo de un rato.
—Tiene experiencia… Es serio y callado —explica, titubeando un segundo—. Observa más de lo que habla.
—Eso suena peor de lo que crees.
—Lo sé —admite—. Pero el problema no es él. Soy yo.
—Eso sí suena más real —se ríe al otro lado.
—Necesito tiempo para confiar, ya lo sabes.
—Claro. Tómate el tiempo que creas.
Cuando cuelga, Erin deja el teléfono sobre la mesa. Justo entonces, la puerta del bar se abre. Ray ya está dentro. Hay algo distinto en él. No es solo la ropa: una camisa azul, los vaqueros claros, lejos del negro habitual; es la forma en que camina. Más seguro.
—Vaya… —suelta Erin, alzando una ceja—. No pareces tú.
Ray sonríe, algo incómodo, pero sin perder esa nueva calma.
—Supongo que eso es bueno.
—Sí —contesta ella, riendo—. Quería decir que te sienta bien la camisa.
Ray trata de disimular lo ruborizado que está.
Empiezan a hablar del caso y de todo lo vivido estos días. Las palabras van fluyendo mientras Erin lo observa entre frase y frase. « ¿ Por qué me resulta hoy más atractivo que nunca? » , piensa.
—¿Me estás escuchando? —pregunta él.
—Sí, claro —responde con disimulo—. Creo que Lizarraga me ha enviado aquí para apartarme, para mantenerme a salvo.
—A lo mejor va bien mantener cierta distancia… No digo que dejes de investigar, pero sí que seas prudente y quizás esperar un poco a que las cosas se calmen. Es peligroso que haya alguien acechándote, Erin…
—Tal vez tengas razón… —confiesa ella girando lentamente el vaso entre los dedos.
—No soportaría que te hicieran daño —suelta el forense cogiéndole una mano.
A ella le sorprende tal seguridad y confianza en sus palabras sin que le tiemble el labio. Tanto que no puede esconder el calor en sus mejillas. Los dos se miran muy fijamente, como si se hubiera detenido el tiempo.
—Hay algo distinto en ti —constata Erin.
Ray duda si contestar. Luego, le suelta la mano con sutileza.
—Estoy viendo a alguien —dice, sin mucho énfasis.
La frase cae con delicadeza. Una pequeña sonrisa cruza el rostro de Erin, aunque se desvanece rápido. Hay algo amargo latiendo en ella. No sabe si son celos o cansancio. O esa sensación persistente de llegar siempre tarde… a todo.
—Me alegro —anuncia al fin.
Su voz suena bastante sincera, aunque un poco vacilante.
Más tarde, Erin conduce rumbo al motel, con la canción de fondo Maybe tomorrow de Stereophonics. So maybe tomorrow, I’ll find my way home. Quizás mañana encontraré el camino a casa.
Tiene un nudo en el estómago, que le hace encogerse un poco. No está así por Ray. Es esa sensación que tantas veces ha tenido y que siempre que va a Rabadás le sucede. Se parece a un vacío. Todos sus sentimientos quedan expuestos, dispersos en pequeñas partículas que no sabe cómo ordenar.
Un mensaje de Neil se cuela por todo el coche. Tiene el manos libres activado. Su voz es cálida y sensual. Es un mensaje de audio simple, pero tan necesario esta noche…
¿Adivinas que me ha traído mi hermana para comer? ¡Haggis! ¡Correcto! Como me gustaría ver tu cara de… ¿angustia? (risas) al verme comer… De verdad, te echo de menos y no sabes cuánto.
Erin reduce la velocidad unos metros antes, hasta detenerse frente a una casa. La de sus padres. O lo que queda de ella.
Permanece dentro del coche, con el motor apagado y las manos apoyadas en el volante.
La contempla de lejos. La luz de una de las ventanas sigue encendida.
Es la habitación de su madre. Nunca entendió por qué no baja las persianas.
Siempre lo hace. Quizá no siente la necesidad de ocultar nada.
Quizá ya ha dejado de importarle. O tal vez las ventanas abiertas la ayudan a combatir la soledad.
Los segundos dejan de avanzar. Hasta que, de pronto… la luz se apaga. Erin sigue mirando, hasta que la oscuridad envuelve la casa.
Enciende el móvil y escribe: Yo también te echo de menos y me comería un haggi si fuera necesario con tal de verte.