19
Erin acelera y el motor responde. El paisaje empieza a desdibujarse a ambos lados de la carretera. Al rato, el coche también acelera.
—Vale… ¡Juguemos! —espeta ella entrecerrando los ojos.
Su pulso va cada vez más rápido y su expresión se endurece. Reduce de golpe la velocidad. El coche de atrás también lo hace.
—¡Perfecto! —refunfuña.
Se fija en su alrededor. Hay una curva cerrada más adelante, un pequeño ensanchamiento de emergencia junto al arcén.
Sin pensarlo, gira el volante y frena con decisión.
El coche se detiene. Erin abre la guantera y coge la pistola.
Sale del coche. La brisa del mar le golpea la cara, pero no lo siente, solo escucha su propia respiración.
El otro coche frena unos metros detrás. La puerta se abre.
Erin levanta el arma, firme y sin temblar.
—¡No te acerques! —vocifera con una voz capaz de cortar el aire.
La figura sale del coche lentamente con las manos en alto.
—Hey, hey… tranquila…
Erin no baja el arma. Entorna los ojos y entonces lo reconoce. Alex Stan.
—¡¿Qué haces?!
—Perdona… No quería asustarte… —se excusa dando un paso despacio todavía con las manos arriba.
Erin no responde. Sigue apuntando.
—Te he llamado —añade él—. Varias veces.
Erin, sin bajar el arma, saca el móvil con la otra mano. En la pantalla hay varias llamadas perdidas de él.
—No tengo ni idea de dónde está la comisaría de Rabadás —se excusa, intentando una media sonrisa torpe—. Y cuando te vi por el pueblo, te llamé para decirte que te seguiría…
Erin lo observa analizando cada gesto suyo y cada palabra. Lo que dice le resulta bastante convincente o quizás muy bien fingido. Finalmente… baja el arma, aunque no la guarda.
—Podrías haberlo dicho antes o usar el GPS.
—Es verdad, pero también podrías haber contestado —responde él con calma.
Ella no replica. Se apoya un segundo en el coche. Cierra los ojos un instante, algo sobrepasada. Cuando los abre, lo mira.
—Creí que eras otro.
—¿Otro?
—Nada —responde negando con la cabeza.
El viento mueve las hojas de los árboles cercanos haciendo un remolino. Stan baja poco a poco las manos.
—Oye… —dice con cuidado—. Si estás metida en algo… puedes decírmelo.
—No —espeta ella cortante.
—Vale.
Erin guarda por fin el arma.
—Vamos, sígueme… Esta vez tendré el teléfono encendido.
Él asiente con una sonrisa.
La carretera vuelve a abrirse ante ellos, sin sobresaltos. Erin conduce sin mirar el retrovisor durante unos minutos, aunque consciente de él. El paisaje empieza a cambiar poco a poco. Reconoce el pueblo de Rabadás antes de ver el cartel.
Las primeras casas emergen dispersas, blancas, con fachadas castigadas por la humedad del mar. Algunas persianas ya están bajadas.
Erin reduce la velocidad. El coche se dirige por calles que podría recorrer con los ojos cerrados. Gira una esquina y a la derecha se impone la inmensa playa de Las Sirenas. El mar está en calma, iluminado por la luna llena. Las olas rompen con suavidad.
Por un momento, le vienen infinitos recuerdos: Caterina, veranos que ya no existen, cosas que no volverán. Pestañea recogiendo con fuerza una lágrima que estaba a punto de salir.
Sigue avanzando unos metros más, hasta dar con su destino. La comisaría de Rabadás asoma al final de la calle principal. Es una comisaría pequeña, pero funcional. Aparcan frente a la entrada. Stan baja del coche primero.
—No está mal —opina, mirando alrededor—. Es tranquilo.
—No —responde Erin cerrando la puerta—. De tranquilo no tiene nada.
La noche se cierra. La oscuridad parece borrar los contornos de los edificios y los árboles.
Hay una taberna que está a pocos minutos de la comisaría. Es un establecimiento pequeño, de los de siempre, con las mesas de madera gastada y un televisor encendido sin volumen. Erin entra primero. Dentro, hay dos hombres mayores en la barra, hablando en voz alta.
—¿Aquí te va bien? —le pregunta a Stan indicando una de las mesas.
—Sí.
Se sientan a una mesa junto a la ventana. Una camarera se acerca. Ella pide algo rápido y él la imita. Ninguno empieza la conversación. No parece que sea incomodidad, más bien no saben qué decirse. Al final, Erin saca una libreta del bolso y rompe el silencio.
—Gabriel Montes. Cincuenta y siete años. Seguridad privada en un centro comercial.
Stan asiente.
—Lleva dos días desaparecido —la interrumpe él—. Leí el informe.
—La mujer dice que no es propio de él.
—Siempre dicen lo mismo.
—No siempre mienten —replica ella aguantando el contacto visual.
—No, pero tampoco siempre dicen la verdad.
—En este pueblo ha desaparecido mucha gente…
—¿Sí? —pregunta, desconcertado.
Erin no responde de inmediato. Su mirada se pierde un instante más allá del cristal. Hacia la calle, hacia algo que ya no está ahí.
—Sí. Más de la que debería.
Stan se fija con más atención en el rostro abatido de Erin.
—¿Tienes a alguien cercano que desapareciera?
Ella vuelve al lugar.
—En realidad la hicieron desaparecer… Pero no quiero hablar de ello.
La camarera deja las bebidas. El ruido del vaso al tocar la mesa rompe algo invisible entre ellos. Stan da un pequeño sorbo.
—Aun así —insiste él—, la mayoría de las desapariciones tienen explicación.
—No estoy de acuerdo —responde ella negando con suavidad.
Él apoya los codos sobre la mesa, algo encorvado hacia ella.
—La gente no desaparece sin motivo.
—A veces alguien hace que se vaya.
—¿Y tú qué crees? —pregunta Stan.
—Que nadie desaparece del todo.
—¿No?
—Siempre dejan algo atrás.
—O lo dejan a propósito…
Hay algo en su tono que no le acaba de gustar.
—¿Y por qué harían eso?
—A veces la gente mata para proteger lo que ama… o lo que teme.
El sonido del bar da la impresión de que se apaga un instante. Erin no sabe cómo responder a eso.
—Si alguien mata a quien ama, necesita estar encerrado —anuncia al final.
—Quizás —responde él con calma—. Pero seguro que hay tribus o naciones que preferirían matar a su propio pueblo, antes que sublevarse ante otro líder. Y eso es una forma de amar…
—¿Y ahora me hablas de genocidio?
Él sonríe con un gesto irónico. Ella desvía la vista. No le gusta esa respuesta. No le gusta lo fácil que suena. Stan da otro sorbo. Luego, ella intenta cambiar de registro:
—Bueno… Alex, cuéntame algo de ti… Y que no sea de tribus, ni naciones.
—¿Qué quieres que te cuente?
—No sé… lo que quieras, pero que sea breve, que mañana tenemos que madrugar —sonríe ella.
—Mi padre es rumano, mi madre inglesa y mi bisabuela española, así que ya ves… soy una mezcla de mundos.
—Como yo, entonces… Padre escocés, madre española, abuela portuguesa…
—Crecí entre dos sitios, sin pertenecer del todo a ninguno —explica con desgana—. Me vine joven a Barcens. Conocí a alguien… Pensé que me quedaría.
—¿Y?
—Me quedé —aclara esbozando una sonrisa ladeada—. Pero ella no. Luego entré en la academia, me hice policía. Supongo que… era más fácil entender a los demás, que entenderme a mí mismo.
Ella lo mira comprensiva. Parece que está intentando ser honesto y eso le gusta.
—¿Y ahora? —pregunta.
—Ahora intento no cometer los mismos errores.
—Suerte con eso —responde ella bajando la vista al vaso.
La calma llega más suave esta vez. Erin se levanta unos minutos después.
—Mañana empezamos con la mujer, ¿vale?
—¿A primera hora? —pregunta Stan.
—Sí.
Salen del local. En la calle ya no queda mucha gente. El sonido del mar llega, lejano. Se separan en la esquina.
—Descansa —se despide él.
—Tú también.
Erin se echa a caminar sin mirar atrás. De pronto, vuelve a sentir la misma sensación. Una mirada clavada entre los omóplatos. Se gira rápido, con la respiración agitada. La calle está vacía. No hay nadie, nada anormal, ni extraño.
Y, sin embargo… Cuando llega a su coche, algo le llama la atención.
En el cristal delantero, casi invisible bajo la luz de una farola, hay un nombre escrito.
El suyo. Alguien ha escrito Erin, trazando un dedo sobre el polvo.
Ella observa el trazo sin tocarlo. Vuelve a levantar la vista.
La calle sigue vacía. Aun así, se da cuenta de que no ha dejado de estar vigilada ni un solo momento.