Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 18
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Hay mañanas en las que uno despierta siendo exactamente la misma persona que la noche anterior. Y hay otras en las que algo ha cambiado, aunque resulte imposible señalar qué.

Erin permanece boca arriba, sin moverse. La luz de la mañana se filtra por la persiana. La pistola descansa a su lado.

Parpadea. Intenta asimilar lo que pasó anoche; todas esas fotos. Se incorpora de golpe. Su mirada va directa a la mesa donde las dejó ayer. Siguen ahí, desordenadas.

Las observa una a una, como si esperara que hubieran cambiado durante la noche.

Pero no. Ahí está ella en cada una de esas imágenes, viviendo su día a día mientras alguien la espía.

Alguien ha estado ahí, muy cerca. El tiempo suficiente para aprender sus rutinas, sus puntos ciegos. Siente un nudo en la garganta.

Se gira instintivamente hacia la ventana. Aparta la cortina solo unos centímetros y observa la calle: un hombre paseando a su perro, una mujer hablando por el móvil… Todo se ve normal. Deja caer la cortina de nuevo. Al menos, ahora sabe que no eran imaginaciones suyas.

* * *

El parque de Genar está lleno de vida. El agua del estanque brilla en pequeños destellos por la suave caída del sol.

Los niños corren de un lado a otro con trozos de pan en las manos, riendo mientras los patos se arremolinan junto a la orilla.

Algunos padres observan desde los bancos, otros conversan sin prisa.

Erin recorre con la mirada ese escenario cotidiano en busca del comisario. Esta mañana le envió la ubicación del sitio donde debían verse y aún no ha contestado al mensaje.

Al cabo de un rato, lo ve, sentado en uno de los bancos, encorvado un poco hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas. Ella se acerca. Él no levanta la cabeza de inmediato.

—Sabía que vendrías —le dice Erin.

Él sigue ensimismado en sus pensamientos.

—Sé lo de Angus Harris —continúa ella frente a él.

Al principio Lizarraga no reacciona, solo hay un leve parpadeo de ojos.

—Y sé lo de Aitor Abia.

Al decir eso él alza la vista. En sus ojos hay una tristeza y un desgaste difícil de describir.

—No deberías haber llegado tan lejos —suelta al final.

—¿Me culpas de lo de Abia?

—No, ni mucho menos… Pero no deberías haber indagado más. Te dije que pararas.

—Y tú no deberías haberme ocultado la verdad.

—No te he mentido —contesta negando con la cabeza.

—No… Solo me dejaste fuera.

El hombre sostiene su mirada un instante… y luego la aparta. Ella se sienta a su lado.

—Alguien me está siguiendo y amenazando.

—¿Qué has dicho? —pregunta, nervioso.

—Tengo fotos mías de mi día a día. Saben dónde estoy, qué hago, con quién hablo…

Lizarraga se incorpora un poco, tenso. Sus ojos recorren el parque de forma automática, evaluando toda la zona.

—Tienes que salir de esto, Erin.

—No.

—Escúchame…

—¡No puedes pedirme eso!… Me metí en el Cuerpo para hacer justicia. No para mirar hacia otro lado, cuando algo no se ajusta o cuando hay gente haciendo lo que le da la gana.

—¡¿Crees que no lo sé?!

Él respira hondo antes de continuar hablando.

—Aitor Abia… —empieza, pero se detiene un instante, como si le costara encontrar la forma—. Era como un padre para mí.

—Lo siento mucho, Frank, de verdad.

—Le pedí que guardara ese teléfono… Pensé que así estaría a salvo, que nadie lo relacionaría conmigo… Y mira ahora.

Las palabras no suenan a rabia, suenan a culpa.

—Ha dado su vida por protegerme…

—Entonces, ayúdame a entenderlo —suelta al fin ella—. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué protegías a Angus Harris?

—No puedo contártelo.

—Frank…

—No es una cuestión de confianza —le dice firme—. Es más peligroso de lo que crees.

—Puede… —se cruza de brazos—. Pero mirar hacia otro lado tampoco va a hacer que desaparezca.

El bullicio del parque continúa a su alrededor: risas, pájaros, gente paseando… Como si todo eso no tuviera nada que ver con ellos.

—Hay guerras que no se pueden ganar —afirma él.

—Quizás… Pero rendirme tampoco es una opción.

Él no insiste más. La mira con preocupación, sin añadir nada más. Y eso, más que cualquier palabra, lo dice todo.

* * *

El lunes amanece gris. La lluvia, aunque cae fina, es constante y va dibujando hilos sobre los cristales de la comisaría. La gente entra y sale con prisa, encogiéndose bajo paraguas oscuros, arrastrando el inicio de semana como una carga inevitable.

Erin se sienta frente a Alex Stan, su nuevo compañero impuesto. Hay un expediente aburrido abierto entre los dos.

—Pelea entre equipos de fútbol —comenta él—, una discusión absurda que acaba peor de lo que empieza.

Erin asiente sin mucho interés.

—Rutina…

—Eso parece.

Stan intenta que se fije en él, con una sonrisa.

—Prometo no ser un compañero terrible.

Erin sigue sin reaccionar, leyendo en silencio. Él sigue esperando algún gesto por parte de ella.

—Perdona —responde ella finalmente aflojando los hombros—. No es contigo.

Stan se relaja un poco.

—Lo imaginaba…

Él señala una fotografía en la mesa de Erin.

—¿Es tu hermana?

Le irrita la pregunta. No le gusta que le invadan su espacio.

—Mi mejor amiga, Caterina… Murió hace años.

—Lo siento.

—Yo también.

La presencia de Simón Molina, el comisario principal, no pasa desapercibida. Cruza la comisaría con seguridad, saludando lo justo. A su paso, algunas conversaciones se apagan o bajan de tono. Cuando ve a Erin, se para en seco.

—Inspectora.

Ella levanta la cabeza del informe.

—Comisario.

Molina esboza una sonrisa contenida.

—Me alegro de verla de vuelta. Siento lo de su compañero…

Erin asiente sin añadir nada más.

—La necesitamos.

—¿Para qué? —pregunta ella, con la mosca en la oreja.

—Para un caso nuevo. Y quiero a la mejor.

—¿De qué se trata?

—Un desaparecido. En Rabadás.

Erin intercambia una mirada breve con Stan.

—Eso puede llevarlo cualquier inspector o subinspector de allí.

—No —insiste él—. Tú tienes más experiencia que nadie en desapariciones.

—¿Y quiere que me traslade?

—Temporalmente.

—¿Pero realmente cree que es necesario? Allí hay gente capacitada…

La expresión de Molina cambia, ahora más firme.

—Necesito a alguien en quien pueda confiar.

La frase cae entre ambos como un lastre.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Lizarraga contempla la escena desde su despacho acristalado. Las miradas de Erin y él se cruzan. No hay ningún gesto, ni señal, pero un pensamiento inevitable se abre paso: «¿Me están apartando de Genar? ¿De Angus Harris?».

Mantiene el contacto visual con el comisario un segundo más… y luego se gira.

En su apartamento, se prepara una pequeña maleta con algunas cosas. No piensa estar mucho tiempo fuera. Está enfadada. No le gustan las prisas ni las decisiones que no pasan por ella. Todo esto le huele a chamusquina.

Cecilia llama a su puerta en ese momento.

—He recibido tu mensaje. ¿Te vas?

Erin asiente con el gesto resignado.

—Espero que solo sean unos días.

—Yo también lo espero.

—Te he preparado unos tapers de comida para el camino.

A Erin se le dibuja una sonrisa en el rostro.

—Tú siempre tan amable y atenta…

—Y me encargaré de Logan, no te preocupes…

—Gracias Cecilia.

De camino hacia el pueblo donde viven sus padres, se para un momento en hospital. Cuando llega a la planta de la UCI se detiene frente al cristal. Moisés sigue igual de quieto que el día anterior.

—Vuelve —musita ella mientras cierra los ojos. Lo dice con la misma esperanza con la que se pide un deseo antes de soplar las velas.

Tampoco sabe si lo dice por él… o por ella misma.

La carretera hacia Rabadás se abre ante ella. El cielo empieza a oscurecer. Conduce sin la radio puesta, escuchando solo el sonido del motor. Odia que la hayan trasladado a Rabadás con una excusa trivial e injustificable.

«No es un traslado. Es una salida sutil para que deje de hacerme preguntas… ¡¿Pero qué se han creído?!»

Las luces del coche iluminan la carretera. Durante un instante cree ver algo en el retrovisor. Un coche en la lejanía. El mismo coche que iba detrás de ella cuando paró en el hospital.

«No puede ser casualidad…»

Erin no aparta la mirada. Su pulso se acelera. El coche sigue ahí, a la misma distancia. Sin adelantar, ni cambiar de dirección.

—Perfecto… —musita para sí misma con una sonrisa algo malvada—. Ven conmigo .