17
La mañana sigue a medio construir cuando Erin sale de casa.
El viento recorre la calle con insistencia y le despeja la mente a la fuerza.
Cierra la puerta detrás de sí y permanece quieta un instante.
Las llaves tintinean entre sus dedos. El cansancio no le da tregua.
No ha dado ni dos pasos, que ya vuelve a instalarse sobre sus hombros.
Camina hasta el coche, repasando mentalmente todo lo ocurrido, como si ordenar los hechos pudiera devolverle algo de control. El motor arranca con un sonido grave. Se queda con las manos apoyadas en el volante, mirando al frente. Tiene tantas incógnitas, que no sabe por dónde empezar.
Se incorpora al tráfico. La ciudad empieza a llenarse de movimiento: gente cruzando sin mirar, semáforos que cambian con rapidez de color, coches que avanzan y se detienen en una coreografía caótica que, de algún modo, siempre funciona.
El teléfono suena. Ella tarda un segundo en reaccionar. Pulsa el manos libres, sin apartar la vista de la carretera.
—¿Sí?
—¿Qué tal?
La voz de Ángela suena clara al otro lado. Erin siente un leve sudor frío en la nuca.
—Bien… —responde, con un hilo de voz—. De vuelta al trabajo.
—¿En serio? ¿Ya? ¡Pero Erin! Deberías descansar…
—No sé descansar.
—Lo sé… —contesta resoplando, pero sin enfado—. Bueno, en cualquier caso, te llamaba porque ha pasado algo muy fuerte…
—¿Qué? —pregunta inquieta.
—Tengo una autopsia dentro de unas horas. Un nuevo cuerpo.
Erin guarda silencio a la espera.
—Adivina quién.
—No estoy para juegos, Ángela.
—Aitor Abia.
El nombre cae como una piedra.
—¡¿Qué…?!
—Como lo oyes. Lo han encontrado esta mañana.
—Pero… ¿cómo?
—Suicidio —responde Ángela, aunque su tono deja claro que no lo cree—. Eso dicen. Pero ya te contaré cuando tenga las primeras muestras.
Erin siente cómo algo se le cierra en el pecho.
—Ve con cuidado, ¿vale?
La llamada se corta. Erin sigue conduciendo de modo automático. Un pensamiento le invade la cabeza. Se arrepiente de haber dudado de Ángela.
«¡Pues claro que sabía lo del SUV! Es forense. Trabaja con Lizarraga. Es normal que tenga información…»
—Por favor… —musita—. Es Ángela. Mi amiga.
«Me estoy volviendo muy suspicaz. Ya dudé de Moisés. No puedo empezar a desconfiar de todo el mundo…»
Aparca frente a la comisaría. En cuanto cruza la puerta tiene la sensación de estar en una burbuja sin oxígeno.
Lizarraga está en su despacho. Cuando levanta la vista y la ve, su expresión cambia de inmediato.
—Te ordené que descansaras —le reprocha, sin levantar la voz—, y no han pasado ni tres días.
—Sabes que eso no va mucho conmigo… —contesta, algo indiferente.
El comisario la examina un largo rato, como calibrando algo. Se muestra agotado. Parece que algo le estuviera pesando más de lo habitual.
—Pasa.
Dentro del despacho hay otra persona. Un hombre alto, de complexión atlética, ojos marrones, pelo castaño, algo despeinado y perilla. Tiene un aire tranquilo, pero hay algo en su postura que indica lo contrario. Al hablar, su acento lo delata. Inglés, aunque su apellido es rumano.
—Inspectora —saluda, tendiéndole la mano—. Soy Alex Stan.
Ella vacila un instante antes de estrechársela. Algo en su rostro le resulta familiar. No sabe qué.
—Erin —le responde mientras le estrecha la mano.
—El subinspector —añade Lizarraga—. Se incorporó ayer.
—Será tu compañero… hasta que Vázquez se reincorpore —dice pronunciando el nombre con cuidado.
La inspectora afirma con la cabeza, aunque la idea no le gusta en absoluto.
—Quiero trabajar en el caso del coche —manifiesta sin rodeos—. El atropello.
—No. Se está encargando otra unidad —niega Lizarraga.
—Pero…
—Erin —la corta—. No es buena idea mezclar lo personal con…
—Es injusto.
La palabra sale antes de poder contenerla. Ella se gira, tratando de controlar la frustración. Stan, al darse cuenta de la incómoda situación, sale del despacho, formulando una excusa.
La mirada de ella se pierde en una estantería llena de libros antiguos y polvo acumulado. Uno de ellos llama su atención. Un mundo feliz. Aldous Huxley. El nombre se queda flotando en su mente, como si todo acabara de cobrar sentido.
—Erin —le retrae Lizarraga—. ¿Me estás escuchando?
Ella parpadea. Vuelve al presente. Pero el nombre sigue en su cabeza. Aldous Huxley. El pseudónimo. Angus Harris. ¿Demasiada casualidad? «¿Lizarraga le dio el pseudónimo a Harris?»
Se gira lentamente.
—¿Te encuentras bien? —pregunta el comisario.
—Sí… es sólo que…
El comisario se acerca y le coloca las manos en los hombros.
—Mírame.
Erin levanta la vista.
—Eres casi una hija para mí —afirma con una firmeza que no admite réplica—. Y si te digo que dejes este caso en manos de otros… es porque debes hacerlo.
Sus ojos brillan. No de tristeza. De algo más intenso. Protección y rabia.
—¿Me entiendes?
Erin sigue sin apartar los ojos.
—De acuerdo.
Cuando baja al coche, ya es mediodía. Se ajusta el cinturón, cuando de repente nota que hay alguien dentro, en el asiento trasero.
—En serio… —refunfuña ella, cerrando los ojos un segundo—. ¿Vas a presentarte así cada vez?
—¿No te parece divertido? —le pregunta Jameson, chistoso.
—No.
—¡Conduce! —le ordena él, acomodándose—. Y hablamos.
Un espasmo de rabia le sacude el rostro, pero finalmente arranca.
—Supongo que ya sabes lo de Aitor Abia —continúa él.
—Sí. Suicidio…
—Claro… —responde—. Pero tú y yo sabemos…
—Que no es un suicidio —dicen ambos a la vez.
Ella mira a Jameson con estupor.
—He averiguado de quién era el teléfono en realidad —continúa Jameson.
Erin lo observa por el retrovisor, expectante.
—Adivina.
—Lizarraga —suelta ella.
—Vaya… ¿Lo sabías? —contesta él arqueando una ceja.
—Digamos que aún estoy atando cabos.
—Entonces esto te gustará más. Aitor Abia era su tío.
Erin se queda helada. Eso explicaría el aspecto y el peso en su mirada de hace un momento.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Por eso estaba así…
—La pregunta es otra —responde Jameson—. ¿Qué relación tenía con mi padre?
El coche se detiene en un semáforo.
—Creo que Lizarraga intentaba protegerlo.
Jameson no responde.
—Seguramente le dijo que usara un pseudónimo —continúa Erin—. Que se escondiera.
—Y aún así murió —se queja.
—Porque hay algo más grande —replica ella, girándose por primera vez—. Algo por encima de todos nosotros.
El semáforo se pone en verde y el coche sigue en marcha.
—Pues yo no tengo miedo de nadie —espeta él, tensando un puño.
Erin aparca junto a un parque. Después, se gira completamente.
—Pues deberías… Y ahora… ¡sal de mi coche! —le suelta, desafiante, luego, saca un móvil del bolso—. Ten. Es de prepago. Si vamos a hacer esto… lo haremos bien.
Jameson lo coge esbozando una sutil sonrisa y ella, sin saber por qué, también sonríe. Y eso la incomoda más que todo lo demás.
* * *
Esa noche, en casa, el móvil vuelve a sonar. Se debate entre sus pensamientos, si debería contarle a Neil que su archienemigo ahora es su fiel compañero de caza. Pero de momento, decide no contárselo.
—Hola…
—¿Estás bien? —pregunta él, sin rodeos.
—Sí —responde ella dejándose caer en el sofá.
Primera mentira.
—Leí el mensaje sobre lo del suicidio de Abia y lo de Ángela…
—Sí… Y además también sé otra cosa: Aitor Abia era el tío de Lizarraga.
—¿En serio?
—Sí… Creo que es el número que el comisario utilizaba para comunicarse con Angus Harris.
Cuando empezó a sospechar que podrían estar vigilándolo desde dentro del Cuerpo, no destruyó el teléfono.
En vez de eso, hizo un cambio de titular y lo puso a nombre de su tío, Aitor Abia Lizarraga.
El número siguió activo, pero dejó de estar vinculado oficialmente a él.
Aitor no solía usar ese teléfono, solo lo custodiaba. Y ahora… está muerto.
—Menuda mierda… ¿Crees que lo presionaron para que hablara?
—Sí… Y protegió a su sobrino hasta el final.
—¿Y Ángela?
—Estaba equivocada… Me siento fatal por haber desconfiado de ella. Hace muchos años que nos conocemos. Es mi amiga. Me estoy volviendo paranoica…
—No… Te están pasando muchas cosas graves… Y es normal que desconfíes. Pero recuerda que no estás sola y puedes contármelo todo.
Entonces nota un pequeño nudo en el estómago. Odia tener que mentir, pero cree que no llevaría muy bien que Jameson fuera su nuevo colaborador.
—Ojalá estuviera allí… —dice Neil después de una pausa—. Contigo.
—Ahora mismo no hace falta, es peligroso.
—Por eso mismo sí hace falta.
—Vale, lo admito. Me encantaría verte, sí, pero después de lo de Moisés… No creo que sea lo más conveniente. No quiero ponerte a ti en peligro también. Por mi culpa. No lo soportaría.
—Voy a venir antes de Navidad —le responde haciendo caso omiso a sus advertencias—. No puedo dejarte sola en esto.
—Neil, por favor… Uff —resopla ella—. ¿Por qué eres tan cabezón?
—Mira quién fue a hablar…
Deja el teléfono sobre la mesa. El gato duerme en el sofá, ajeno a todo. Hay algo que sigue girando en su cabeza desde hace horas.
Se levanta y se dirige hacia la mesa donde ha dejado la carpeta de Diego Durán y otras cosas.
Registra todo de nuevo, buscando algo que se le haya podido escapar.
Algún dato o detalle. Entonces recuerda algo: el sobre con las fotos.
Se gira bruscamente. Lo busca entre los documentos.
Al fin lo encuentra. Las examina una por una, con detenimiento.
En la última imagen, en la que ella sale mirando por la ventana, empieza a calcular el ángulo, la altura, la distancia, la perspectiva… .
—No puede ser tomada desde la calle… —musita—. Debió hacer la foto desde uno de los edificios de enfrente.
Se gira hacia la puerta y coge la pistola. La carga, con un gesto automático. Sale a la calle, decidida a encontrar el ángulo desde donde se hizo la fotografía de su casa. El aire de la noche hace que se le tense la nuca.
Camina unos pasos hacia el otro lado, justo enfrente de su apartamento.
Intenta calcular el ángulo. Vuelve otra vez delante de su edificio y recorre con la mirada las ventanas de enfrente.
Una, dos y tres, hasta que se detiene. La última es la que mejor encaja.
Un piso frente al suyo. Segunda planta. Erin entrecierra los ojos.
Nota una presencia oculta entre las cortinas, que acaba de apartarse corriendo.
Enseguida, Erin levanta el arma y corre hacia allí.
—¡Policía! —grita desde la calle.
Nadie responde desde arriba, pero ella sabe que dentro hay alguien. Encuentra el portón de la entrada abierto y sube.
Cuando llega a la segunda planta se detiene frente a la puerta.
Analiza primero la cerradura. No parece muy complicada.
Saca una ganzúa del bolsillo y se agacha ligeramente.
Con un leve chasquido el mecanismo cede.
Se queda quieta un instante, escuchando.
Luego, empuja la puerta con cautela. No hay ruido, pero presiente que no está vacío.
Lo siente antes de comprobarlo. Se aproxima despacio, fijándose en cada detalle.
La ventana está entreabierta. Una cortina se mueve levemente, aún con la inercia de algo reciente.
Alguien ha estado allí, aún se puede oler su esencia.
Se acerca al dormitorio y abre el armario. Hay un poco de ropa de hombre; camisas, una chaqueta, un par de pantalones. Nada que llame la atención. Nada que diga quién es. Sin etiquetas, ni papeles, ni descuidos. Todo está muy ordenado, como si cada detalle fuera pensado.
Recorre todo el piso: la cocina, el baño…
y nada. Hasta que llega al salón. Entonces lo ve.
La mesa está llena de fotografías. Muchas.
Su pulso cambia de golpe. Es ella; en la calle, en la comisaría, con Vázquez, entrando en casa de Beatriz.
Tomando café, hablando por teléfono… Viviendo. Erin traga saliva.
—¿Eres tú quién le hizo esto a Moisés…? —masculla.
La imagen del coche vuelve a su cabeza. El impacto, el ruido… Estruja las fotos entre los dedos.
—¿Eres tú…?